La Mordida Eléctrica
CapĂtulo 1: La Mordida ElĂ©ctrica
La lluvia caĂa como un velo de mercurio sobre Neo-Tokyo, transformando las calles en rĂos de neĂłn reflectante. RyĹ«ji Ishida corrĂa con el cuello de su chaqueta escolar empapado, esquivando charcos que chispeaban bajo las luces de los anuncios holográficos. "¡Maldita sea, otra vez tarde!", murmurĂł para sĂ mismo, acelerando el paso hacia el Instituto Keisatsu. El timbre ya habĂa sonado en su mente, un eco fantasma de la campana que marcaba el inicio de otra jornada de fingir normalidad.
Pero la normalidad era un lujo que RyĹ«ji habĂa perdido hacĂa tres meses, en esa fatĂdica noche en CYGNUS Labs. Recordaba cada detalle como un flash de memoria quemada: el laboratorio subterráneo, el zumbido de los generadores cuánticos, y luego... el caos. Una alarma estridente, vidrios rotos, y una araña —no una cualquiera, sino una abominaciĂłn bio-elĂ©ctrica, un experimento fallido de los cientĂficos de CYGNUS— que se escabullĂł de su contenedor y se lanzĂł sobre su brazo. La mordida no doliĂł al principio; fue como un beso de corriente estática. Pero despuĂ©s... despuĂ©s vino el fuego en sus venas, el relámpago que reescribiĂł su ADN.
Ahora, sus venas brillaban tenuemente bajo la piel cuando la adrenalina subĂa, como circuitos vivos. PodĂa trepar paredes con garras que generaban impulsos elĂ©ctricos, lanzar telarañas cargadas de voltaje que paralizaban a los matones, y moverse a velocidades que hacĂan que el mundo se ralentizara en un parpadeo azul. Thunder-Spider habĂa nacido en la oscuridad de un callejĂłn, probando sus poderes contra un grupo de yakuza que traficaban con implantes ilegales. Desde entonces, era su sombra nocturna, el rumor que aterrorizaba a los criminales.
El instituto apareciĂł ante Ă©l, un monolito de acero y vidrio que se erguĂa como un centinela indiferente. RyĹ«ji se colĂł por una entrada lateral, jadeando, y se deslizĂł en su asiento justo cuando el profesor de Historia de los Quirk comenzaba su monĂłlogo sobre la "Era de la MutaciĂłn Post-Segunda Guerra". Al lado suyo, Hiro Tanaka ya estaba allĂ, con la cabeza gacha sobre su cuaderno, garabateando algo que parecĂa un diagrama de armadura antigua. Hiro era el tipo de chico que pasaba desapercibido: alto, delgado, con ojos que parecĂan absorber la luz en lugar de reflejarla. Nunca hablaba mucho, pero RyĹ«ji lo habĂa visto una vez, en un entrenamiento de kendo del club, moverse con una precisiĂłn que rozaba lo inhumano.
—Oye, Tanaka —susurrĂł RyĹ«ji, sacudiendo el agua de su cabello—. ÂżViste las noticias anoche? Ese incendio en el distrito de Shibuya... raro, Âżno? ParecĂa... intencional.
Hiro levantó la vista por un segundo, sus ojos oscuros como pozos de obsidiana. —Rumores —dijo con voz baja, casi un gruñido—. Solo rumores de mitos urbanos. Como ese vigilante araña que dicen que salta entre los cables del metro.
RyĹ«ji sintiĂł un cosquilleo en la nuca, un pulso elĂ©ctrico que subiĂł por su espina dorsal. ÂżSabrĂa algo? No, imposible. Nadie conocĂa su secreto. Ni siquiera su madre, que trabajaba turnos dobles en una fábrica de drones para pagar sus "estudios". Se riĂł nervioso, fingiendo desinterĂ©s. —SĂ, claro. Mitos. Como si Neo-Tokyo necesitara más cuentos para dormir.
La clase continuĂł, un borrĂłn de fechas y teorĂas sobre cĂłmo los quirk —esas anomalĂas genĂ©ticas que definĂan a la sociedad— habĂan cambiado el mundo. Pero RyĹ«ji no escuchaba. Su mente vagaba hacia la noche anterior: un tip anĂłnimo sobre un robo en un almacĂ©n de CYGNUS, en las afueras. HabĂa llegado tarde, solo para encontrar el lugar en llamas, con contenedores de prototipos bio-elĂ©ctricos robados. Y en las sombras, un sĂmbolo chamuscado en la pared: un rayo estilizado, rodeado de nubes de tormenta. Raijin Syndicate. El nombre le erizaba la piel. ÂżQuiĂ©nes eran? ÂżPor quĂ© CYGNUS? Y peor aĂşn, Âżpor quĂ© sentĂa que lo estaban cazando a Ă©l?
El timbre final lo sacĂł de su trance. Mientras recogĂa sus cosas, Hiro se levantĂł con una gracia felina, ajustándose la correa de su mochila. —Ishida —dijo de repente, deteniĂ©ndose en la puerta—. Si ves algo... extraño en la ciudad, no lo ignores. Los mitos a veces sangran.
Ryūji parpadeó, confundido. —¿Qué?
Pero Hiro ya se habĂa ido, fundiĂ©ndose con la multitud de estudiantes como humo en la niebla.
Esa noche, bajo un cielo que rugĂa con truenos lejanos, Thunder-Spider se columpiaba entre los rascacielos, sus telarañas crepitando con chispas azules. La ciudad era un laberinto de cables expuestos y anuncios parpadeantes, un playground para alguien como Ă©l. Siguiendo un rastro de energĂa residual —un pulso que solo Ă©l podĂa sentir, como un latido en el Ă©ter—, aterrizĂł en el techo de un edificio abandonado en el bajo mundo de Akihabara.
AllĂ, en el interior, oyĂł voces. Voces con acento gutural, hablando de "el prĂłximo cargamento" y "el sujeto alfa". Se asomĂł por una ventana rota, su corazĂłn latiendo al ritmo de un generador cercano. Un grupo de hombres con tatuajes de rayos —Raijin, sin duda— custodiaban cajones marcados con el logo de CYGNUS. Dentro de uno, vio un brillo: viales de suero bio-elĂ©ctrico, el mismo que lo habĂa cambiado a Ă©l. Estaban fabricando algo. Soldados. Monstruos como Ă©l, pero sin alma.
Antes de que pudiera actuar, una sombra se moviĂł en el callejĂłn de abajo. Una figura envuelta en llamas controladas, armadura roja y negra que parecĂa forjada en el infierno de un dojo ancestral. La katana en su mano ardĂa sin consumir el metal, y con un movimiento fluido, el intruso —no, el hĂ©roe— saltĂł al tejado opuesto, lanzando una ráfaga de fuego que iluminĂł la noche.
Shogun Fire. RyĹ«ji lo reconociĂł al instante de los rumores. El samurái de las sombras, el que quemaba corrupciĂłn sin dejar cenizas. Sus caminos nunca se habĂan cruzado... hasta ahora.
Un grito desde el almacén rompió el momento: "¡Intrusos! ¡El Sindicato no perdona!"
Los hombres de Raijin se armaron, sus armas zumbando con energĂa robada. RyĹ«ji sintiĂł el pulso en sus venas intensificarse. Era hora de encender la tormenta.
Con un salto cargado de relámpagos, Thunder-Spider se lanzĂł al vacĂo, telarañas extendiĂ©ndose como venas de trueno. Abajo, Shogun Fire girĂł su espada, el fuego danzando en desafĂo. Dos mitos, a punto de colisionar en la lluvia.
ÂżUnidos por el destino... o destinados a electrocutarse mutuamente?