Infinite Game | Natki by Nina at Inkitt
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Infinite Game | Natki

Summary

En la soledad del complejo de los Vengadores, un dios encuentra una conexión inesperada con la única persona que parece entender lo que es vivir una vida de redención manchada de sangre. Esta amistad se convertirá en el pilar que los sostendrá durante años. Pero...unos años después, cuando surge una última esperanza, todos deberán reunirse.

Genre
Action/Drama
Author
Nina
Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Cómo empezó todo


Entre la humareda acre y los destellos de energía moribunda, una figura se alzó entre los escombros de la nave. Thor, con un ojo vendado y el otro ardiendo en una furia ciega, emergió como un dios vengativo.

Sin una mirada atrás, sin un pensamiento para nada que no fuera el Titan, se lanzó. El hierro que lo aprisionaba cedió ante su poder como hilo de araña. Pero su embestida fue tan feroz como inútil. Thanos, con una calma aterradora, lo derribó con la facilidad con la que se aplasta una mosca. El Crucero se llevó dos gemas del infinito, dejando a su paso un reguero de sangre, cadáveres de amigos y dos dioses destrozados.

Detrás de Thor, semi-enterrado en un montón de cableados brillantes, Loki yacía. Un jadeo áspero e irregular escapaba de sus labios, mientras sus largos dedos, pálidos y temblorosos, se aferraban a su cuello. Allí, donde la mano infinitamente poderosa de Thanos se había cerrado, una horrible constelación de moretones purpúreos ya florecía sobre su piel. La derrota no llegó con un estruendo, sino con un silencio espantoso, denso y cargado de polvo y desesperación.

Fue el estruendo lejano de unos motores lo que rompió el hechizo de horror. Desde la claridad del espacio, una nave de líneas familiares se acercó. La Comandante de Valkiria. Thor, moviéndose como un autómata, arrastró a su hermano. No hubo palabras, ni reproches, ni consuelos. No quedaba nada que decir. Solo el esfuerzo mudo de cargar con el peso de lo que quedaba de su familia, asegurándose de que no se moviera, de que no dejara de respirar.

El aterrizaje en las afueras del complejo de los Vengadores fue brusco. Bruce Banner estaba fuera, a punto de subir a una quinjet rumbo a Wakanda con el resto del equipo. La llegada inesperada de la nave le hizo contener la respiración, y una oleada de alivio le inundó el pecho al ver las siluetas de Thor y Loki. Pero el alivio se congeló al instante.

Thor descendió primero, su mirada vacía fija en un punto lejano. Detrás, Loki, demacrado y tambaleante, se apoyaba en el marco de la puerta, su elegancia habitual reducida a una fragilidad desgarradora.

- ¡Thor! ¿Qué... qué pasó? - preguntó Bruce, corriendo hacia ellos. Thor ni siquiera lo miró. Su voz sonó como grava, ronca y desprovista de toda emoción.

- Thanos. Tiene la Gemas.

El silencio que siguió a las palabras de Thor era más elocuente que cualquier grito. Bruce sintió el mundo tambalearse bajo sus pies. Las Gemas. Thanos. El fin de todo. Pero su mirada no podía despegarse de la figura demacrada que se aferraba al umbral de la nave.

- Tú... - murmuró Bruce, acercándose con cautela, con las manos levantadas en un gesto instintivo de paz. - Estás... ¿Está bien?

Thor no respondió.

Solo apretó la mandíbula, su único ojo brillando con una amargura infinita. Fue el propio Loki quien, con un esfuerzo sobrehumano, enderezó ligeramente la espalda.

Una mueca de dolor le retorció los labios, pero su voz, aunque quebrada por la presión en su garganta, conservó una sombra de su antigua hilaridad cruel.

- Me han... estrangulado con la mano que sostenía el poder de crear y destruir galaxias. No, no estoy... bien.

Bruce asintió, tragando saliva. No había tiempo para preguntas. Se giró hacia Thor, su voz suave pero urgente.

- Thor, escucha, los demás ya se fueron a Wakanda. Tenemos que...

Pero Thor ya se estaba moviendo.

Su mirada se había clavado en un poste de hierro retorcido que sobresalía de los restos de una torre de comunicación cercana.

Con un gruñido gutural, lo arrancó de su base con un chirrido metálico. La electricidad estática crepitó alrededor de sus puños.

- No hay tiempo para planes - rugió, y su voz ya no era grave, era el fragor de una tormenta a punto de estallar.

Y antes de que Bruce pudiera protestar, antes de que pudiera decirle que esperara, que no fuera solo, el dios del trueno se elevó en el aire con un estruendo sordo y se lanzó hacia el cielo, dejando atrás una estela de ozono y desesperación.

Bruce solo pudo observar, sabía, con una certeza que le heló la sangre, lo que iba a pasar.

- No irá solo. - la voz de Valkiria, cargada de una fatiga milenaria, sonó a su lado. Bajaba de la rampa de la nave, su armadura estaba manchada de hollín y algo oscuro que Bruce no quiso identificar. - Pero no lo alcanzaremos. Ni aunque quisiéramos.

Bruce se volvió hacia ella, desesperado.

- ¿Qué pasó allí? ¿Cómo...?

- Thanos. Su nave nos interceptó. - exhaló, y por primera vez, Bruce notó la profunda tristeza bajo su capa de estoicismo. - Él... quería la Gema del Espacio. La que estaba en el Teseracto. - Loki, sin levantar la vista, emitió un sonido que era mitad risa amarga, mitad quejido de dolor.

- Le ofreci un trato. Le di el Teseracto a cambio de... de la vida de mi hermano. - Su voz era un hilo áspero, cada palabra un suplicio. - El Titan no es hombre de palabra. Tomó la gema... y se largó. - Bruce palideció. La imagen era demasiado vívida, demasiado cruel.

- Dios mío...

- Eso no fue lo peor. - continuó Valkiria, su voz plana, como si al no darle emoción pudiera hacer los hechos menos horribles. - Después de irse, su orden siguió en pie. Su nave... masacró a los supervivientes. A los que quedaban de Asgard. - Bruce vio cómo sus puños se apretaban. - Logré evacuar a unos pocos cientos antes de que mi nave fuera alcanzada. Están a salvo. O tan a salvo como se puede estar ahora mismo.

Bruce asintió lentamente, tratando de procesar la escala de la tragedia. Un reino entero, borrado. Su mirada volvió a Loki, cuya fragilidad repentina le parecía tan surrealista como aterradora.

- Déjame ayudarte. - suspiró, acercándose.

Loki alzó por fin la vista.

El orgullo y la arrogancia se habían esfumado, dejando solo una vulnerabilidad desnuda y dolorosa. Asintió, una vez, casi imperceptiblemente. Con la ayuda de Valkiria, Bruce lo puso de pie y, sosteniéndolo, comenzaron a caminar hacia el interior del complejo.

No pasó mucho tiempo antes de que un nuevo estruendo, esta vez más familiar, anunciara un regreso. Una quinjet aterrizó con brusquedad en la misma pista. La rampa bajó y Steve Rogers bajó primero, con expresión grave, seguido de Natasha Romanoff.

Y detrás, Thor.

Aterrizó suavemente, sin el estruendo habitual que acompañaba sus llegadas. No emitió un solo sonido. En sus ojos no había rastro de la tormenta, solo un vacío absoluto, un pozo sin fondo de dolor.

Caminó directamente hacia Steve y, sin mediar palabra, le extendió Stormbreaker. El hacha, que momentos antes debía haber destellado con poder inconcebible, ahora parecía solo un trozo de metal pesado y triste. Steve la tomó, sorprendido por el gesto y por el peso muerto que parecía tener.

- Thor... ¿Qué...?

Pero Thor ya había pasado de largo, su mirada fija en la puerta principal del complejo.

Su marcha era lenta, pesada, como si cada paso requiriera un esfuerzo sobrehumano. Natasha intercambió una mirada de preocupación con Steve antes de seguir al dios en silencio. Bruce salió a su encuentro en el vestíbulo principal, su rostro marcado por la angustia.

- Él... me contó lo de la gema. Y ...- añadió Bruce, buscando cualquier tipo de reacción.- Lo siento, Thor. Lo siento muchísimo.

- ¿Dónde están? - Thor habló, pero su voz no era la suya. Era plana, metálica, como un eco desde muy lejos.

- Al final del pasillo, a la derecha. - indicó Bruce, señalando con la cabeza.

Thor reanudó su caminata, pasando junto a Bruce como un fantasma. Steve y Natasha se unieron a Bruce, observando cómo la figura normalmente tan imponente de Thor se alejaba, reducida a una sombra de su ser.

- ¿Qué le paso? - preguntó Steve en un susurro, depositando el hacha contra una consola con cuidado.

- La pregunta es... qué no le ha pasado. Reconocería ese estado...Lo perdió todo. - añade Natasha, camino dentro con Bruce. Steve decidió ir por otro lado, cada uno en sus cosas...y qué mejor...Era momento de estar a solas.

El pasillo pareció extenderse infinitamente ante Thor, cada paso un eco vacío en el silencio sepulcral del complejo. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre su armadura carbonizada, destacando las abolladuras y las salpicaduras de algo que no era su sangre.

Finalmente, se detuvo frente a una puerta de metal reforzado. No titubeó. La empujó con una suavidad antinatural.

Thor se acercó y se desplomó en una silla metálica junto a la camilla. El chirrido del metal contra el suelo rasgó el aire. Por un largo rato, no se movió. Solo observaba el ritmo cardíaco de su hermano en la pantalla, como si su propia existencia dependiera de ese pico verde que subía y bajaba.

Fue su hermano quien rompió el silencio. Sin abrir los ojos, su voz, un susurro áspero y destrozado, flotó en la penumbra.

- ¿Mataste al Titán?

La pregunta, directa y cargada de la única expectativa que le quedaba, golpeó a Thor como un puño. Bajó la cabeza, y por primera vez desde la destrucción de Asgard, una lágrima surcó el polvo y la sangre de su mejilla.

Cayó sobre el dorso de su mano con un peso de galaxia.

-No. - la palabra sonó a confesión, a fracaso absoluto. - El hacha... lo atravesó. Me dijo que había fracasado. Que debía haber apuntado a la cabeza.

Loki abrió lentamente los ojos. No había reproche en su mirada, solo una comprensión lúgubre y compartida.

- Entonces... lo logró.

- Sí. - confirmó Thor, su voz quebrada. - Lo logró.

Un nuevo silencio, más pesado que el anterior, se instaló entre ellos. Loki intentó tragar y una mueca de dolor le contrajo el rostro, se incorporó, levantándose. Le miró, de pie, delante de él.

- Eh no... quédate quieto.

Pero ya se había sentado en el borde. Sus dedos se enredaron en los tubos del suero intravenoso, tirando de ellos con un descuido peligroso.

- Quieto es lo único que he estado. - escupió las palabras. Su voz era un chirrido áspero, irreconocible. - Mientras tú... te lanzabas a una batalla perdida. De nuevo.

- Era nuestra única oportunidad. - rugió Thor, la culpa y la furia mezclándose en su voz. - ¡Tenía que intentarlo!

- ¡Y mira cómo te fue! Matarlo no era suficiente. Nunca lo fue.

- ¿Y qué proponías? ¿Otro de tus trucos? - Thor dio un paso al frente, su sombra envolviendo a Loki. - ¡Mira a dónde nos llevó tu último truco! ¡Le diste la gema! ¡Le abriste la puerta!

El silencio que siguió fue peor que cualquier gritó. Loki desvió la mirada, fijándose en una grieta del suelo. Su pecho se movía con dificultad. Cuando volvió a hablar, toda la rabia se había esfumado, dejando solo una amargura desoladora.

- Le di la gema... - susurró, - cambio de tu vida, hermano. Una transacción justa, ¿no crees?

Una tos seca y brutal lo sacudió, doblando su cuerpo. Se llevó las manos al cuello, los ojos desencajados por un pánico instantáneo y primitivo, como si los dedos de Thanos volvieran a cerrarse sobre su tráquea.

Thor se abalanzó.

Sus grandes manos, capaces de partir montañas, se cerraron con infinita delicadeza alrededor de los hombros de Loki, impidiendo que cayera.

No dijo nada.

La furia se había evaporado de su rostro, reemplazada por un horror impotente. Loki se dejó sostener, su frente cayendo sobre el hombro de Thor con un peso muerto. Su respiración era un silbido horrible, roto.

- Lo siento. - la voz de Thor era un susurro áspero, cargado de un dolor milenario. - No debí...

- Cállate. - la orden de Loki fue apenas audible, sofocada por la túnica de Thor. - Solo... cállate.

- Se fue. - dijo Thor. - Thanos. Después del chasquido... simplemente se fue. A algún lugar donde no puedo seguirlo.

- Él ganó. Nosotros... - Hizo una pausa, buscando la palabra correcta en el vacío que los rodeaba. - Sobrevivimos. Es lo único que sabemos hacer.

- No todos. - la respuesta de Thor fue un mazazo de realidad.

- No. - susurró. - No todos.

Thor se dejó caer de nuevo en la silla.

La energía que lo había sostenido, primero en la furia y luego en la angustia, lo había abandonado. Ahora solo quedaba una losa de hielo en el pecho y un cansancio que amenazaba con consumirlo por completo.

– ¿Y ahora? – La voz de Loki sonó áspera, raspando contra las paredes del silencio. – ¿Cuál es el gran plan del Rey de Asgard? - Thor no se movió. Su voz llegó apagada, filtrada por sus palmas.

– No hay Asgard. No hay trono. No hay plan. Solo esto. – Golpeó suavemente su propio pecho con un puño cerrado. – Solo esto... y nada.

– Eso es indulgencia, Thor. El lamento es un lujo que los que están muertos no tienen. Los que quedamos... nos movemos. O nos quedamos a morir aquí.

– ¿Adónde? – Thor alzó por fin la cabeza. Su único ojo, inyectado en sangre y dolor, era un pozo de desesperanza. – ¿Adónde podemos ir que no sea otra tumba? Medio universo se ha desvanecido. ¿Y qué somos nosotros?

– Somos los testigos. – dijo Loki, y su tono tenía una extraña cualidad, no de consuelo, sino de frío análisis. – Los que recordaremos. Para que la venganza, cuando llegue, no sea un acto ciego, sino un juicio.

– La venganza... – Thor repitió la palabra como si probara un veneno amargo. – La venganza ya no significa nada. Matarlo no devolverá a nadie. No devolverá a... – No pudo terminar. Los nombres se acumularon en su garganta: Heimdall, sus amigos, su pueblo.

– No se trata de eso... es... no sé... tú eres el que protegía. Ese siempre fue tu trabajo, ¿no? Proteger los Nueve Reinos. Pues los Reinos se han reducido a este pasillo, a esta habitación. Y tu deber sigue siendo el mismo. - Thor lo miró, y sonrió.

– ¿Me estás dando una lección de deber ahora? ¿Tú?

– Alguien tiene que hacerlo. - una sonrisa apareció en su rostro. – Te has vuelto terrible para eso por tu cuenta.

La puerta se abrió con un suave chirrido.

Bruce asomó la cabeza, su rostro una mueca de preocupación. Caminó dentro con lo que parecía una botella de cerveza, y dos copas de vino. Su mirada se volvió un pin-pon, de Thor a su hermano.

- Todo bien? Oí... voces.

Thor se levantó, la silla chirrió al ser empujada hacia atrás.

Parecía más grande que nunca en la pequeña habitación, un dios desplazado en un mundo de tecnología y luces frías.

Su hermano caminó hasta la entrada, ninguno de los dos le detuvo. Cogió la copa de vino y se sentó al lado de Thor, cambiando sus vestimentas a unas...humanas.

- ¿Y? ¿Los demás? - preguntó Thor.

- Pues por ahí... No sé donde, Nat sigue aquí. Steve igual, pero los otros...se fueron.

- Se fueron – repitió Thor, la palabra sonando hueca.

– A hacer lo que se hace cuando el mundo se acaba, supongo – murmuró Loki antes de dar un sorbo pequeño, cuidadoso, a su vino. Hizo una mueca de dolor al tragar, pero la disimuló rápidamente.

– No lo sé, Thor – admitió Bruce, frotándose la nuca. Se sentía profundamente fuera de lugar, un humano común atrapado en una tragedia de dioses. – Todo fue... muy rápido. Después de que te fuiste, Steve y Natasha intentaron organizar lo que quedaba. Revisar listas, intentar establecer contacto... pero las comunicaciones están caídas en todo el mundo. Es el caos. Un silencio aterrador en la mitad de las líneas...

- ¿Y tú? - le preguntó Loki, dejando la copa en una mesa.

- Intentaré un proyecto privado...necesitaré ayuda durante unos días... ¿Podrías...?

- Sí, por qué no... - contestó sin titubear. - Mientras me quitéis esto. - señaló el collarín.

- Mañana, posiblemente.... Thor... ¿Qué harás?

El silencio que siguió a la pregunta de Bruce era denso, cargado con el peso de un reino perdido y una corona hecha de escombros. Thor miró el fondo de su copa de vino como si las respuestas pudieran estar escondidas entre los reflejos borrosos de la luz.

- Mi pueblo, o lo que queda de él, está con Val – dijo finalmente, su voz un eco cansado de la tempestad que había sido. – Iré a ayudarlos. A asegurarme de que tengan refugio, comida... algo que se parezca a un futuro. Es lo único que me queda por hacer.

- Eso es... bueno, Thor. Realmente bueno.

Loki, que había estado observando la interacción con una expresión impenetrable, apartó la mirada hacia la ventana, hacia el cielo nocturno que ocultaba un universo irrevocablemente cambiado.

No hizo ningún comentario sarcástico, ninguna objeción cínica. Solo un leve parpadeo, un rápido destello de algo que podría haber sido alivio, antes de que su máscara de indiferencia volviera a colocarse.

- Entonces, supongo que esto es un adiós – murmuró Bruce, incómodo. – Por ahora.

Thor se levantó, su figura aún imponente pero desprovista de su fuego característico. Parecía simplemente... grande. Y terriblemente cansado.

- No es un adiós. Es... reagruparse. – Extendió una mano y la colocó sobre el hombro de Bruce con una gentileza que contrastaba con su fuerza. – Cuida de él. No lo dejes hacer nada estúpido.

- Hey. – protestó Loki, con un débil atisbo de su antigua petulancia. – Puedo oíros a los dos, ¿sabéis?

- Sí... Adiós. - dijo Thor, dándole una mirada a los presentes, se volvió a la puerta y se fue, cerrándola tras él.

- Bien – dijo Bruce, frotándose las manos con un nerviosismo que le recorría todo el cuerpo. Rompió el silencio como se rompe un cristal, con torpeza y un sonido estridente. – ¿Otro poco? – señaló la botella de vino con la cabeza. – O... no sé, ¿deberías estar bebiendo? Con los analgésicos y todo eso...

- Me da igual, realmente.

- Vale... me iré. Hay una habitación arriba, libre. Steve quiere hablar contigo... No sé que quiere pero... Por favor... Se gentil, Loki.

- ¿Pretendes que me quede aqui, con vosotros? ¿Estás loco? - sonrió con sorna. - No, gracias.

- Vale. - respondió Bruce, en realidad le daba igual lo que hiciera, mientras no fuera caos. Se dio la vuelta y se fue, dejando la puerta abierta, la botella a medio terminar en la mesa y su copa.

Una risa seca, áspera como el papel de lija, le escapó de los labios. Un sonido feo, carente de toda alegría.

¿Quedarse? ¿Jugando a ser el prisionero de guerra, el invitado incómodo, la mascota rota de los Vengadores?

Su historial aquí no era precisamente el de un aliado de confianza. Lo sabía él, y sin duda lo sabían ellos.

La “habitación libre” de la que hablaba Bruce probablemente tendría barras en la ventana y un cerrojo de triple seguridad.

Se quitó el collarín con urgencia y lo arrojó al suelo. Se dirigió a la mesa y cogió la botella de vino por el cuello.

No había gracia en beber de una copa, no ahora.

Un trago largo y ardiente le quemó la garganta, pero ahogó otro espasmo de dolor. Dejó la botella, ya notablemente más ligera, sobre la mesa con un golpe seco.

Su mirada se posó entonces en el collarín ortopédico, abandonado en el suelo donde lo había arrojado. Un trozo de espuma y tela blanca, vulgar y humillante.

Con el pie, lo empujó con desdén hasta debajo de la camilla, donde las sombras lo ocultaron.

La base estaba en silencio, sumida en ese estado de shock post-traumático que seguía al Chasquido. No era difícil moverse como una sombra, evitando las pocas presencias que sentía: la firma bioeléctrica de Banner, concentrada y ansiosa en un laboratorio; la de Romanoff, fría y alerta como un cuchillo en la sala de comunicaciones; la de Rogers, una pesada losa de determinación y pena en el gimnasio.

Encontró lo que buscaba en un hangar auxiliar, una nave de reconocimiento, pequeña, ágil y, lo más importante, no registrada en el inventario principal. Un juguete de Stark, sin duda. Abandonado.

El arranque de los motores fue un susurro casi imperceptible, un fantasma de sonido que se disipó en la noche. La bahía de carga principal estaba abierta al cielo, una herida abierta en el costado del complejo.

No había protocolos de salida, ni preguntas por el canal de comunicación. Solo el vacío y el silencio.

- Mierda. - susurró el pelinegro, apagando motores. Romanoff estaba detrás de la nave, de brazos cruzados. - ¡Mierda! - dio varios golpes a la consola frustrado, se levantó del asiento del copiloto y se quedó pensando que hacer.

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