Capítulo 1
En un convento, reconocido en la región por ser un umbral de religión, se encontraba un joven llamado Elías, caminaba siguiendo a un cura por uno de los pasillos bañados por el sol de media tarde.
ーLlevarás todos estos libros a mi despacho, sin dejarlos caer ーel hombre se detuvo de repente, el joven casi chocó contra élー. Si me entero de que alguna hoja tiene, aunque sea la más mínima arruga, romperé las reglas del salón de las hermanas en tu espalda.
ーSi, Cura Joshua. ーdijo Elías por lo bajo, pero asegurándose de que su voz se oyera.
A los adultos allí no les gustaba que Elías susurrara respuestas, pues creían que era irreverente, un reto a la autoridad, un pecado del cual el chico ya conocía el castigo.
Había muchos jóvenes en este convento, pues era un lugar al que muchas familias acudían para reformar a sus hijos e hijas, las instalaciones eran grandes, aunque austeras y frías. Elías casi llegaba a la puerta del cuarto indicado, pero sus piernas fallaban, los castigos y constantes marchas lo habían dejado sin energía, jamás había sido un chico muy fuerte o activo, pero eso no lo hizo caer, sino el choque accidental contra alguien.
ー¡Mira por dónde caminas! ーgritó otro joven, molesto por el golpe de los libros contra su espalda.
Elías no se había podido fijar bien en aquel chico, pues los libros y el cansancio disminuyeron su visión frontal.
ーPiérdete. ーfue lo único que le pudo responder mientras recogía los libros.
El chico, un pelinegro, no se rebajaría a pelear con cualquiera, así que simplemente caminó con rapidez por encima de las hojas que recogía Elías y desapareció por el pasillo. Elías se atragantó un improperio, por miedo al oído ajeno no diría nada, solo le quedaba lamentar lo que le pasaría.
Al joven se le permitió probar el sagrado ayuno, pero al nivel que solo hacían los más santos, eso sumado a la reprimenda principal. El día que se le concedió comer de forma normal lo sintió cómo un verdadero milagro, el único que había obtenido desde que llegó al convento, pero mientras caminaba distraído con su charola volvió a tropezar.
ーUps ーfue una voz conocida, era el mismo pelinegro de hacía díasー. Ahora estamos a mano.
Antes de un destello, Elías había tomado su comida y se la había embarrado al otro de una cachetada. Una hermana reaccionó rápido golpeando una mesa con su bastón.
ー¡Paren ya! ーgritó con su gran voz, y al llegar frente a ambos, uno a uno los tiró de forma violenta al piso jalando les del cabello.
Ninguno dijo una sola palabra, recogieron el desastre sin que les diera una orden y sin apartar la vista de aquel bastón, el cual estaba desgastado por su frecuente uso en los castigos.
ーSi hacen estos desastres ーvolvió a hablar la hermanaー, haré que los metan en la caja.
ーNo. ーdijeron al unísono.
ーPerdónenos, por favor, hermana. ーdijo el pelinegro.
ーRezarás en la capilla, Thiago, toda la noche ーel joven iba a decir algo pero la hermana, de una cachetada, lo hizo callarー. Sin velas, de pie frente a los Santos, y en la mañana… Ya veremos.
Thiago ya sabía qué significaba, se cubrió su muñeca derecha para donde el cuero ya había dejado su marca.
ーTu, Elías, iras con el cura Joshua ーlo miró con desprecióー. Él está encargado de los que son como tú.
Sin duda, el convento era duro, todos los adultos allí lo eran más y, a los jóvenes solo les llevaba unos días comprender que sus padres no volverían por ellos sin importar cuántas rabietas o gritos de ayuda hicieran, pues a este lugar solo llegaban las familias más desesperadas o las más creyentes.
Elías ahora odiaba a alguien aparte del Cura Joshua, a aquel pelinegro. Los jóvenes dejados allí solían ignorarse entre sí, pocos hacían amigos, eso era también promovido por las autoridades del convento, pero ahora Elías tenía sus razones.
Cada vez que se encontraban por un pasillo chocaban sus hombros para hacer caer al otro, se susurraban improperios, habían miradas de odio y más, hasta que un día, todos los cables se cruzaron.
ー¿Qué haces? ーpreguntó Thiago a Elías, estaban detrás de unas escaleras del patio interiorー. ¿Estabas llorando?
Elías lo miró, imperturbable, sin lágrimas evidentes, serio.
ーNo me digas, ¿el Cura te golpeó muy fuerte? ーElías siguió sin hablar, algo lo sostenía en su sitio, inamovibleー. No, no fue eso. ¿Acaso fue porque no recibiste carta alguna hoy?
Elías tembló por un instante, su armadura se quebró y Thiago lo notó. Solo había un día feliz para los jóvenes del convento cada mes, y ese era el día de las cartas, las cuales solo podían recibir, nunca enviar.
ー¿Te abandonaron? ーdijo con sorpresa fingidaー. ¿No le importas a tu mami? No me sorprendería, lo hacen con muchos…
Elías se levantó y empujó con furia a Thiago haciéndolo caer, alcanzó a darle dos puñetazos más cuando se le tiró encima al pelinegro, este también sumó sus golpes. Forcejearon, se insultaron y gruñeron por el esfuerzo, todo sin notar la sombra que se cernía sobre ellos.
ー¡A la caja! ーtronó una voz masculinaー. ¡De inmediato!