WARHAMMER40K: CAMPOS DE GUERRA

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Summary

En la vasta oscuridad del milenio 41, solo existe la guerra... Los mundos del Imperio arden bajo el fuego eterno del conflicto. En el planeta devastado de Vorgath Prime, los ejércitos del Imperio del Hombre luchan contra horrores indescriptibles: enjambres tiránidos que devoran todo a su paso, herejes del Caos sedientos de almas y los implacables necrones que resurgen de las arenas del olvido. Entre el estruendo de los cañones y los gritos de millones, un solo Capitán Astartes se alza: Marcus Valen, de los Ultramarines. Forjado en mil batallas, lidera a sus hermanos en una campaña que definirá el destino del sector Helion. Pero incluso su fe en el Emperador será puesta a prueba cuando antiguos aliados revelen su traición… y el velo del Caos se rasgue para liberar algo mucho peor. En los Campos de Guerra, la lealtad no es eterna, la gloria es efímera y la muerte es la única constante. Solo aquellos que comprendan el verdadero significado del sacrificio podrán sobrevivir... — o ser recordados. Lo

Genre
Scifi
Author
Yeffry17_
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1-La guerra es siempre la guerra.

En la vasta oscuridad del espacio solo existe la guerra.

Desde que nací, fui entregado al servicio del Emperador. Siempre fui lo suficientemente bueno como para sobrevivir… y para ganar cada combate.

Comencé siendo un don nadie, como muchos otros. Ja… rayos, a veces aún siento que sigo siendo aquel insignificante muchacho que solo cargaba balas para los soldados en las barracas.

Pero aunque esas dudas regresen, sé que ya no soy aquel hombre. Porque ahora soy un Astartes: un Marine Espacial al servicio no solo del Emperador, sino de toda la humanidad.

Mi escuadra y yo hemos recibido una misión: descender sobre un planeta desconocido y lejano, un mundo maldito, y erradicar las instalaciones del Caos desde su interior. Muchos han caído ya… este planeta consume la vida misma, y la guerra nunca cesa. Pero seguimos adelante, porque somos el flanco izquierdo del Imperio, el muro que contiene la oscuridad.

Esta es nuestra primera misión… y espero, por el honor del Emperador, que no sea la última.

Nuestro escuadrón estaba compuesto por cinco marines. Nuestros cuerpos, encerrados en las armaduras metálicas del Adeptus Astartes, brillaban débilmente bajo la luz roja de los indicadores de la nave. El rugido del motor resonaba como un rezo mecánico a través del casco: una plegaria hecha de acero y combustible sagrado.

Viajábamos en una de las naves de despliegue rápido del Imperio, rumbo a la superficie de un planeta olvidado y maldito. En el asiento delantero, el Capitán Clavious nos lideraba. Era un hombre que había visto más guerras de las que yo había vivido; su rostro, marcado por cicatrices antiguas, era un mapa de victorias y pérdidas.

A su lado estaban mis hermanos: Artruss, veterano de mirada helada; Kane, cuyo silencio valía más que cualquier sermón; y Volvon, el más joven, aunque su fe ardía más que el fuego de un lanzallamas.

Atravesábamos la atmósfera a toda velocidad. Las nubes del cielo rojo nos envolvían como un océano de sangre hirviente. La nave temblaba violentamente; nuestros asientos vibraban con cada estallido de turbulencia. No temblábamos por miedo, sino por la furia del descenso.

Por un instante, incluso entre aquel estruendo, sentí calma. Nos miramos en silencio, sabiendo que quizás ese sería el último momento de paz antes del descenso al infierno.

Entonces la voz del piloto estalló por el comunicador, rompiendo la quietud:

—Caballeros, prepárense para el aterrizaje. Hay una gran fiesta esperándolos allá abajo.

Debajo de nosotros, una guerra se desplegaba con furia divina. Las fuerzas del Caos chocaban contra nuestros hermanos en una danza de fuego y muerte. Desde las alturas pudimos ver a las criaturas aladas del enemigo surcar los cielos en manadas, parodias grotescas de aves. Sus alas de carne y hueso palpitaban con la energía de los Dioses Oscuros.

El Capitán Clavious se puso de pie; su voz rugió por encima del estruendo metálico:

—¡Esta es nuestra parada! ¡No nos dejarán aterrizar… así que tendremos que saltar!

—¡Abriendo compuertas! —gritó el piloto.

El aire ardiente invadió la cabina. Desde la abertura vimos el infierno: fuego, balas trazadoras, explosiones y los gritos lejanos de los moribundos. Naves caían envueltas en llamas; las torretas rugían y el cielo era un mosaico de muerte.

—¡Marines! —clamó Clavious— ¿Cuál es nuestra misión?

—¡Destruir el núcleo del enemigo, señor! —gritamos al unísono.

El Capitán asintió. Las compuertas se abrieron por completo.

El viento rugió como una bestia y, uno a uno, tomamos nuestras armas, saltando hacia el corazón del combate. Caímos del cielo como meteoros, heraldos del Emperador. Y el infierno nos dio la bienvenida.

Antes del salto, el piloto se giró hacia nosotros; la luz roja del compartimiento teñía su rostro sudoroso.

—Los veré luego… cuando terminen la misión en la vieja iglesia. ¿Ya saben cómo llegar allá, cierto? —preguntó, ajustando los controles con manos temblorosas, intentando mantener la nave entre las turbulencias.

Asentimos al unísono; nuestras armaduras chirriaron bajo el movimiento. El piloto esbozó una sonrisa cansada, mezcla de fe y resignación.

—¡Que el Emperador los guíe, hermanos! —gritó, golpeando el panel con el puño metálico.

Y saltamos.

El rugido del viento nos golpeó como un millar de cuchillas. La noche del cielo era profunda e infinita; en medio de ella descendíamos, envueltos en fuego y devoción. Cada uno empuñó su espada de energía; las runas grabadas en la hoja brillaron con la furia del Emperador.

Nadie vendría a salvarnos. Nosotros éramos los que traíamos la salvación.

Cerré los ojos un instante, y lo vi: al Emperador —o la imagen que mi mente había construido de Él—, una figura envuelta en luz dorada que me observaba con juicio silencioso. Abrí los ojos.

Un chillido desgarró el aire: criaturas aladas se lanzaban en picada desde las nubes, sus cuerpos retorcidos y ojos encendidos por la corrupción del Caos.

—¡Por el Emperador! —rugí, levantando la espada.

Con un tajo, destrocé a una de ellas en pleno aire. Su sangre negra salpicó mi armadura, chispeando contra el metal sagrado. No hubo tiempo para pensar; otras se abalanzaron, gritando con voces imposibles, ecos de mundos condenados. Respondimos con fuego, acero… y fe.

Pocas veces había sentido la verdadera oscuridad de la guerra, pero mientras caíamos desde esos cielos teñidos de rojo supe que algo no andaba bien con el planeta. Se respiraba enfermedad, corrupción; el aire apestaba a Caos.

A nuestro alrededor, las sombras se agitaban entre rugidos y fuego. Criaturas aladas surgían del abismo, retorcidas por la blasfemia. Con un solo movimiento de mi espada y la fuerza bendita de mi armadura arranqué alas, corté gargantas y esparcí su sangre antes de tocar tierra.

—¡Tocaremos suelo en tres… dos… uno! —rugió el Capitán Clavious a través del comunicador, descendiendo envuelto en sangre y acero, acosado por tres engendros del Caos.

Mi furia creció con cada golpe. Sentí una presencia oscura susurrando en mi mente. No era miedo; era satisfacción. Sabía que acabaríamos con ellos. Sabía que el Emperador observaba.

Aterrizamos con precisión implacable, de rodillas, las espadas clavadas en la tierra como estandartes. Algunos dirían que fue un aterrizaje heroico. Yo lo llamo… un aterrizaje forzoso.

Segundos después del aterrizaje, las bestias terrestres se nos echaron encima. Yo blandía mi espada con la mano derecha y, con la izquierda, les destrozaba el cráneo con mis balas.

El capitán Clavious, quien también peleaba con una destreza que pocas veces yo había presenciado, hacía contar cada golpe y cada bala, al punto de parecer disfrutar cada vez que una criatura del Caos caía bajo su martillo, el cual aplastaba las cabezas de sus enemigos haciendo un sonido húmedo cada vez que se quebraban bajo su peso.

Artruss sonreía; se podía escuchar su risa alocada aun con la máscara puesta mientras disparaba frenéticamente al enemigo con su gran ametralladora, pulverizando a toda bestia que se le echaba encima.

Volvon, por su parte, tenía un gran cuchillo con el cual desmembró a varios enemigos; su silencio era parte de él.

Kane, sin embargo, prefirió usar sus puños: aunque podía usar armas, era un maniático; con solo un puñetazo abrió de par en par la cabeza de uno de los enemigos, luego comenzó a usar su espada, cortando por donde podía.

—Esto es divertido —dijo—.

El capitán Clavious le contestó: —¡Concéntrate en la batalla, marine!—.

—Señor, mi bitácora indica que estamos cerca de las fuerzas amigas —dije mientras cortaban por la mitad a otro enemigo.

—Así es, hermano Marcus; debemos abrirnos paso hasta llegar al gran patio de aquellas edificaciones de piedra —señaló Clavious.

Delante de nosotros se alzaban unas construcciones enormes; entre ellas, puertas gigantes daban entrada a los caminos que dirigían al centro de la ciudad.

—¡Maldición, hermanos! Entonces estamos a las afueras de la ciudad —dijo Kane, esquivando un golpe enemigo.

—Si llegamos al centro y tomamos esas puertas podremos ayudar a las fuerzas amigas y, desde allí, continuar hasta los túneles que nos llevarían directo a la ciudad subterránea donde se esconden los herejes y donde está el núcleo —añadió clavious blandiendo su espada en el pecho de un enemigo.

—Entonces que así sea, hermanos: matemos esta escoria y ayudemos a los aliados —dijo Artruss.

—No es nuestro objetivo principal, pero será divertido, ¿no, Marcus? —preguntó finalmente Volvon.

Yo solo dije: —Hagámoslo, hermanos. ¡Por el Emperador!—

Y nos dispusimos a limpiar el camino de todo hereje y corrupción.

Nuestras balas y nuestras espadas brillaban bajo la luz rojiza de aquel planeta maldito. La sangre de las bestias salpicaba nuestras armaduras, y los gritos de las criaturas sonaban como una sinfonía para mis oídos. Mis venas, llenas de adrenalina, impulsaban mis brazos a golpear con fuerza devastadora.

Cuando llegamos a las monumentales puertas de la ciudad, habíamos dejado un camino lleno de cadáveres mutilados, la escoria del caos reducida a nada. Pasamos las puertas y llegamos al gran patio, donde las fuerzas aliadas estaban siendo masacradas. Solo un pequeño pelotón permanecía en pie.

Los soldados aliados, que se preparaban para un segundo ataque de los tiránidos, nos vieron llegar. Todos se pusieron de rodillas; eran mucho más bajos que nosotros —enanos en comparación—, pero eran una fuerza élite humana que luchaba hasta el final por el Imperio. Algunos nos miraban con asombro, mientras otros murmuraban al pasar:

—Son ellos, los ángeles del Imperio.

Pero nosotros no nos considerábamos ángeles. Solo éramos marines.

Los soldados de la Astra Militarum eran guerreros fuertes y valientes, pero aquella guerra, aquel mal, era más grande que ellos. En los rostros se leía la fatiga de la batalla: cejas tensas, labios agrietados, respiraciones cortas. El aire olía a ozono y pólvora; bajo la capa de humo se percibía la sal de la sangre seca. Algunos radiaban órdenes a tropas en otros puntos de la ciudad; otras emisoras respondían, y otras —lamentablemente— permanecían mudas.

El capitán Clavious y nosotros nos acercamos a quien lideraba aquella escuadra: el capitán North. Era un hombre de temple de hierro, mirada penetrante y porte marcial. Saludó al vernos acercarse, la mano derecha aún sobre la empuñadura enfundada de su arma; su gesto fue breve, contenido, sin sonrisa. «Pensé que no llegaría nadie», dijo con rectitud en la voz, una voz que no admitía dudas.

—«Pues aquí estamos», —respondió Clavious— y acto seguido pidió el informe. A nuestras espaldas resonaban detonaciones, como tambores lejanos que marcaban un funeral.

North inclinó apenas la cabeza y relató con voz áspera: «Señor, hemos resistido aquí, pero los tiránidos nos han golpeado con fuerza». Pisó la cabeza de un muerto con las botas, como quien aplasta una plaga para no mirar la carne. «Durante las últimas cuarenta y ocho horas estos monstruos han estado muy activos», añadió, ajustándose la gorra con un gesto seco. La suciedad en sus guantes crujió como una advertencia.

—«¿Han pasado por aquí otros marines?» —preguntó Clavious, escudriñando el horizonte teñido de rojo.

—«No, señor. Ustedes son los primeros —quizás en otro punto del planeta haya más— pero aquí, por ahora, son los primeros.» North esbozó una sonrisa breve, casi una mueca. Señaló un sendero: un corredor macabro de cadáveres, mezcla de soldados y monstruos, cuerpos que aún humeaban. Más allá se alzaban edificios semiderruidos; en uno de ellos una abertura permitía el paso exacto de nuestros hombres.

Clavious miró el camino y gruñó: «Veo que al final está obstruido por escombros —lo que imagino fue una edificación hereje». North soltó una risita contenida y explicó: «Ese fue el primer edificio hereje que encontramos: una base del Caos. La derribamos. La batalla fue digna. Por allí no podrán cruzar; tendrán que avanzar por dentro de los edificios. Les demorará, pero los llevará hasta la segunda compañía; desde ahí darán con los túneles.»

Asentimos. Clavious hizo la señal: sígueme. North respondió con un saludo militar rígido y pronunció la bendición que todos conocemos: «Que el Emperador los guíe». Luego se dirigió a un pequeño grupo de soldados alineados con precisión clínica. Subió a un tanque de guerra como si ascendiera un púlpito y, con voz que rompía el humo, gritó:

—«¡Soldados! ¡Somos la esperanza para acabar con los herejes! ¡La última línea en este paso, hermanos! No permitiremos que ningún tiránido ni hereje atraviese este camino. Si hemos de morir, si quieren nuestras vidas… ¡les daremos el infierno antes de que lo logren!»

Su voz rebotó por las calles como un gong; fue un eco que despertó la furia y la resolución. «—¡Sí!» —respondieron todos—, levantando las armas en un gesto que era juramento y condena a la vez. Corrieron a sus posiciones con pasos que marcaron el pulso de la ciudad.

Una primera ola de tiránidos, incontable, se abalanzaba hacia las puertas. Al parecer, la masacre que causamos en el aterrizaje había atraído a fuerzas adicionales: más bocas, más hambre. No podíamos quedarnos —nuestra misión era vital. Teníamos que apresurarnos; mientras la base subterránea del Caos permaneciera en pie, más soldados caerían.

Lo último que se escuchó antes de que nos internáramos por la abertura que un tanque imperial había abierto en la fachada fue un coro de destrucción: bombas que estallaban en cascada, ráfagas de disparos, alaridos bestiales, y los vítores valientes de la escuadra del capitán North. Aquellos hombres se sacrificaban para impedir que más tiránidos y herejes entrasen en la ciudad. A mis oídos, su entrega fue un bautismo de fuego y una muerte digna, ofrecida al Imperio.

Que el Emperador los acoja en su seno. Que las puertas de la Muerte sean su descanso, hermanos.

“Mi armadura llevaba el azul heráldico de Ultramar; el omega dorado sobre el hombro brilló como juramento.”una última vez bajo el sol rojizo débil

Mientras nos adentramos en el orificio del edificio.