Chapter 1: Cuando el sol se apagó (parte 1)
Durante siglos, la humanidad creyó haber alcanzado la cima de su propia creación.
Las ciudades relucían con torres de cristal que respiraban electricidad, los mares eran domados por máquinas de energía ecológica, y los cielos ardían con luces artificiales más constantes que las estrellas. Humanos y animales coexistían en una armonía diseñada, programada, limpia. O eso parecía.
Bajo aquella brillante superficie, el mundo seguía podrido.
Las desigualdades no habían desaparecido: solo se habían maquillado con tecnología. En las zonas altas, los poderosos celebraban su “utopía”; mientras tanto, en los márgenes olvidados, los pobres vivían entre ratas, humedad y miseria, respirando el polvo de una tierra que ya no les pertenecía.
Era el año 2050, y la perfección había alcanzado su punto más frágil.
Entonces ocurrió.
Primero fue un rumor, un leve aumento en la luminosidad del sol, como si alguien hubiera girado un interruptor invisible. Nadie le dio importancia. Pero pronto la claridad se hizo insoportable: una luz blanca, pura y atroz, comenzó a devorar el cielo. Los satélites cayeron uno a uno como insectos quemados. La noche dejó de existir.
El día se volvió un enemigo.
Aquellos que se atrevieron a mirar el resplandor quedaron ciegos al instante.
El miedo se propagó más rápido que la luz misma. Las calles se vaciaron, las familias se escondieron en los sótanos, y las oraciones se mezclaron con gritos de locura.
El mundo entero pareció contener el aliento… esperando que alguien, o algo, apagara el incendio del cielo.
Pero no ocurrió.
Durante un año entero, el resplandor cubrió la Tierra como una maldición silenciosa.
Las ciudades se derrumbaron, los campos ardieron, y el aire se volvió irrespirable.
El ser humano, acostumbrado a mirar hacia arriba con orgullo, aprendió a vivir bajo tierra como una bestia que huye de su propio reflejo.
Y así, en la oscuridad, nació una nueva era.
Se construyeron túneles, refugios, colonias improvisadas bajo metros de concreto. Se adaptaron los viejos sistemas de alcantarillado para albergar familias enteras. El mundo se convirtió en una red subterránea de vida, miedo y esperanza. Nadie sabía cuánto duraría aquel encierro. Nadie sabía si la superficie seguía existiendo.
Cinco años después, el 7 de octubre de 2055, el silencio fue roto por la risa de una niña.
Aizaya, de apenas cinco años, jugaba entre los escombros húmedos con sus hermanos, explorando túneles prohibidos donde los adultos temían entrar.
Fue ella quien lo vio primero: un destello, delgado como un hilo de oro, filtrándose entre una pared medio derruida. Se acercó, fascinada, sin escuchar los gritos de sus hermanos llamándola desde atrás.
El suelo tembló.
La pared cayó.
Y la oscuridad fue atravesada por una luz desconocida.
El aire cambió. Por primera vez en años, el viento olía a cielo.
—¡Aizaya! —gritó su hermano mayor—. ¡Apártate de ahí!
Pero la niña apenas podía escuchar. La luz la envolvía, cálida y brillante. Por un instante, creyó ver algo moverse en ella: una forma danzante, como una pequeña llama flotando dentro del resplandor.
Entonces alguien más llegó: un anciano de cuerpo frágil y mirada apagada, que apenas podía sostenerse de pie. Lo habían visto llorar muchas veces, recordando el mundo perdido. Esa vez, sin embargo, sus lágrimas eran diferentes.
—Por fin… —susurró—. Por fin se acabó esta tortura.
Su voz resonó en el túnel como una plegaria.
Uno a uno, los refugiados se acercaron, temblando, hasta que la luz los bañó a todos.
Subieron.
Y cuando sus ojos se acostumbraron al resplandor, vieron lo imposible:
el cielo azul,
las nubes moviéndose,
el viento acariciando los árboles que aún quedaban en pie.
Lloraron. Rieron. Algunos cayeron de rodillas, otros gritaron alabanzas al cielo.
La humanidad había vuelto a nacer.
O al menos, eso creyeron.
Durante semanas, la noticia se extendió como fuego.
Los túneles se vaciaron; las ciudades comenzaron a repoblarse.
El gobierno, o lo que quedaba de él, proclamó el “Renacer de la Superficie”.
Pero junto con la alegría, regresaron las viejas sombras.
Y entre ellas, un nombre que pocos se atrevían a pronunciar:
Las Damas Negras.
Vestidas con harapos oscuros y rostros cubiertos, eran las guardianas de un saber antiguo. Las llamaban brujas, herederas de un pacto olvidado. Decían haber predicho la catástrofe del Sol con estas palabras:
> “La oscuridad devorará la luz,
y durante diez años el alma humana será puesta a prueba.
Cuando la claridad regrese, no traerá salvación,
sino un castigo nacido del cielo.”
Al principio, nadie las tomó en serio.
Pero cuando los días pasaron y la paz comenzó a quebrarse, las miradas volvieron a ellas.
Y el miedo también.

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