Una condena anhelada
En la cima de un peñasco me encontraba contemplando el vacío, tan silencioso como era, su presencia era opresiva y melancólica. ¿Cuánto tiempo habré observado el mismo paisaje inerte? No lo sé. Hace mucho que perdí la noción del tiempo. Solo tenía claro una cosa: este era el fin.
Mis manos estaban aferradas al borde, pero no temblaban, era un agarre firme que indicaba determinación.
—Dios, perdóname. Pero es preciso en nombre tuyo pecar.
Con dos pasos al frente, mis manos estaban tocando la nada y permití que la gravedad venciera mi cuerpo dejándome caer al vacío. Pronto todo acabaría. Paz. Era lo único que necesitaba.
Un último rezo era entonado débilmente mientras mi cuerpo viajaba en caída libre.
—Y líbranos del mal, Amen.
Todo es oscuridad, de repente, el cielo se vuelve visible ante mis ojos, y estaba apresado por una mórbida nube de polvo que bloqueaba toda luz solar, tiñendo la Tierra de un enfermizo tono amarillento que apagaba toda esperanza de vida; el aire, extremadamente reseco y cargado de una densidad que se volvía asfixiante, oprimía fuertemente los pulmones con cada respiración. El árido suelo estaba tapizado por una infinidad de huesos, humanos y animales, reposados en una fila que se perdía en el horizonte; el olor a carroña y putrefacción estaba impregnado por todo el ambiente. Sin importar hacia donde dirigiese uno la mirada, todo lo que era visible gritaba muerte. Y allí me encontraba yo, con mi débil cuerpo sobre el suelo que provocaba un ardor profundo debajo de mí. La caída no había funcionado.
—Sabía que no tenía sentido intentarlo—mis manos presionaban para levantarme del suelo.
El dolor que sentía no era por la caída, era la resignación a existir. En un desesperado acto de rebeldía contra Dios, había atentado contra mi propia vida sin éxito alguno; ahora solo podía rendirme a su voluntad.
Con un gran esfuerzo me veía ya alejado del suelo, con mis manos y rodillas apoyadas en este, me dispuse a seguir mi arrastre sin rumbo, como un errante que su única vista había sido la desolación que lo abrazaba por doquier. Una falsa libertad era mi compañía, y me recordaba constantemente que, conceptos como el libre albedrio carecían de sentido intrínseco cuando solo existía un camino posible, la nada absoluta; la libertad dejaba de ser algo anhelado para volverse una condena silenciosa.
Es difícil decir con exactitud cuántos años han pasado desde que todo comenzó. La humanidad vivía pacíficamente en la Tierra, y esta rebosaba de vida y alegría; sin embargo, cuando eso apareció por primera vez en el cielo, todo cambió. Nadie sabe de dónde vino ni cómo llegó, simplemente apareció autoproclamándose Dios. Su figura era indescifrable: era algo que, iba más allá de la imaginación humana, rodeado de un halo de luz enceguecedor, pero que, a la vez, no dañaba ni molestaba la vista, se posaba imponente en el cielo, rebosando una majestuosidad impoluta. Y sus palabras resonó en lo más profundo de las mentes de todas las personas en el mundo: «He venido por ustedes, hijos míos. «He venido a salvarles».
—¡Mis plegarias fueron escuchadas!
—Oh, Dios todopoderoso… ruega por nosotros.
—¡Nuestro señor ha venido para guiarnos!
—Mi fe fue recompensada.
Eran algunas de las frases que podían escucharse a lo largo de todo el mundo al unísono; el idioma variaba, pero la fe era la misma mientras levantaban su mirada hacia el cielo.
Actualmente, calculo que no deben quedar más de diez personas con vida en la Tierra, siendo bastante optimista, ya que, hace bastante tiempo que no he visto a ninguna otro ser humano. Tal vez yo sea el último con vida, pero me reconforta pensar que allá afuera todavía existen personas viviendo, que aun en la lejanía, me hacen compañía.
La verdad es que en el momento exacto en que la humanidad se extinguió, el tiempo ya no tenía la necesidad de moverse; yo había quedado atrapado, viviendo fuera de este.
Los días fueron pasando. Dios seguía en el cielo como si estuviese constantemente observándonos, y eso, en vez de bañarnos en una paz y tranquilidad angelical, nos hacía sentir angustiados. Luego confirmamos una de las verdades que se dice sobre Dios, que es omnisciente. Todo lo sabe. Castigaba a todo aquel que dudaba de su veracidad sin siquiera haberse pronunciado en voz alta, con el solo hecho de que el pensamiento se cruzara por tu mente, ya estabas condenado. De esta manera, un régimen del miedo se estableció sobre los humanos sin la necesidad de una sola palabra; todo aquel que osara revelarse, era castigado. Un castigo que iba más allá del entendimiento humano. Pero, ¿qué sucedía con aquellos que dudaban? ¿Era algo tan complejo que el solo pensarlo era casi imposible? Tengo una hipótesis, cierto es, pero primero debo explicar algunas cuestiones filosóficas.
Los seres humanos, desde siempre le tuvieron un miedo irracional a lo desconocido, el simple hecho de no ser capaces de ver en la oscuridad es un miedo instintivo, primigenio de nosotros. Lo desconocido es un miedo primitivo; encontrarse envuelto en una penumbra que no deja ver nada de lo que hay frente a uno, le provoca un pavor incomprensible. Constantemente buscamos darle un significado y un sentido a todo en esta vida, porque nos aterra enfrentarnos a algo que no comprendemos, necesita tener lógica para nosotros porque creemos que, de este modo lo desconocido no nos abrumará y podremos vivir tranquilamente. El concepto de Dios, es algo que escapa de nuestro entendimiento como ser pensante. Los seres humanos le dimos nuestro propio significado a la palabra Dios, uno en el cual creer, para así no temer de este. Pero la verdad es que nunca entenderemos en su totalidad dicho concepto, pues es algo que está por encima de todo. Dios somos todos: los humanos, las plantas, el agua, los planetas, el universo, y mucho más que todo lo mencionado. En cuanto al universo, se tienen registros de civilizaciones en el año 3000 a.C que ya lo observaban con detenimiento para estudiarlo, y en todos estos años, fuimos capaces de tener enormes avances en relación a este y su funcionamiento; no obstante, estoy seguro que todos estos avances y descubrimientos, representan solo el 1% de todos los secretos que esconde. Querer conocer y comprender el universo en su totalidad, es algo prácticamente inalcanzable para el ser humano. Ni siquiera alcanzando la inmortalidad podríamos descubrir todo lo que esconde. No somos conscientes de su extensión, y nunca lo seremos; escapa de nuestra imaginación. Para poner un ejemplo: Próxima Centauri, la estrella más cercana al planeta Tierra, se encuentra a una distancia de 4.28 años luz, traducido a kilómetros es la friolera cantidad de cuarenta billones ciento cuarenta mil millones de kilómetros, es difícil imaginarse tales dimensiones, ¿no? Así de basto es el universo, y eso hablando solo de la estrella más cercana a nuestro planeta. Simplemente el ser humano es incapaz de dimensionar el universo en su totalidad.
Ahora bien, volviendo a nuestra idea original, si el universo ya de por sí es incomprensible para el ser humano, ¿dónde situaríamos a Dios, que está muy por encima de conceptos como el universo? El concepto de este es simplemente inimaginable, va más allá de cualquier pensamiento o razonamiento humano, es incomprensible, carece de toda lógica; por eso los humanos inventamos un significado que aplacara nuestro terror a lo desconocido de aquello que llamamos Dios.
Rápidamente nos dimos cuenta que el castigo que las personas que dudaban recibían, era conocer a Dios. Verlo a la cara significaba recibir el conocimiento absoluto, y este creaba una consciencia elevada, creando conflictos con la conciencia racional de los seres humanos. Trascendían. Pero el cerebro humano no estaba desarrollado para tener ese conocimiento. Verse cara a cara con Dios, era entender la verdad absoluta; en cuestión de una fracción de segundo, nuestro cerebro se veía expuesto al infinito conocimiento universal. Cualquier persona enloquecería al no poder procesar tanta información. Los secretos que el ser humano había anhelado desde la era de las cavernas, era ahora temido, era preferible vivir en la completa ignorancia. ¿Qué clase de rostro tendría Dios?, ¿Cuál sería el propósito verdadero del Universo?, ¿Qué había más allá de la vida? Todas esas preguntas y barreras mentales que nos detenían como seres humanos, evitando que trascendamos a una especie más desarrollada podían romperse, la oportunidad estaba frente a nosotros. Pero nadie era capaz de mantenerse cuerdo al probar el dulce sabor del infinito saber cósmico. Todos terminaban descendiendo a la locura absoluta, y su cerebro simplemente dejaba de funcionar, callando sus pensamientos y latidos para toda la eternidad. El pecado más grande que el hombre podía cometer, era tener hambre de conocimiento. Querer estar a la altura de Dios en su sabiduría.
Mi mente solo sabía divagar entre estos pensamientos durante todo el día, me volví en una suerte de filósofo del fin de los tiempos. Me pasaba horas, días enteros, semanas caminando sin rumbo alguno. En algún momento, dejé de necesitar de alimentos y agua para sobrevivir, pero los dolores siguen ahí. Vivo en un constante estado de sentir que mi estómago se devora a sí mismo por el hambre extremo, mi piel intenta absorber la sangre desde lo más profundo de mi ser para mantenerse un poco hidratada, un dolor inconcebible palpita por todo mi cuerpo; pero sigo vivo. Nada parece matarme, como si Dios me mantuviese con vida por gusto propio, para verme en un espiral infinito de sufrimiento.
—¡¿Qué es lo que quieres de mí?!—grité con la poca fuerza que residía en mis pulmones oxidados.
Silencio.
—Me concediste el don de la inmortalidad, un anhelo humano desde tiempos inmemorables, pero a su vez me permitiste conservar el poder sentir dolor. La inmortalidad dejó de ser un regalo para volverse una enfermiza esclavitud, condenándome a sufrir por el resto de la eternidad. Todo esto únicamente por un capricho que satisfaga tu mórbido placer. ¿o es que acaso me equivoco?
El silencio era abrumador, y solo se veía cortado por el fúnebre sonido que la árida brisa provocaba al chocar contra los peñascos aleatoriamente dispuestos a lo largo del terreno. Se elevaban de forma majestuosa e imponente frente a mí; me demostraban lo diminuto que era.
—Era de esperarse, ¡ja! —solté una leve carcajada. Ya sabía el resultado. Silencio. Nadie respondería a mi agonía. Nadie lo había hecho en tal vez unos 60 años, o tal vez más.
Mi arrastrar había seguido sin rumbo específico por bastantes años, con un pesar en los hombros y espalda causado por el calor intenso que había en la atmosfera. Era extremadamente exhaustante, un aire llameante que resecaba la piel hasta agrietarla. El concepto de día y noche había dejado de existir hace bastantes años; ahora solo se vivía en un eterno atardecer amarillento, con unas temperaturas fijas que seguro rondaban los 45 grados. Si el infierno existiese, seguro sería algo parecido a esto. La desolación que se cernía sobre la Tierra era agónica.
Mis esqueléticas manos tocaban lentamente el suelo, unas detrás de la otra comenzaban a moverse, permitiéndome seguir mi viaje mientras el suelo debajo de estas hervía con un fulgor intenso en mi estómago. El día estaba extrañamente silencioso; a pesar de no haber visto otro ser humano en años, la presencia de Dios siempre se podía sentir en el aire, como si estuviese observándome constantemente sufrir. En cambio, ahora el ambiente se sentía sepulcralmente calmado, la presión de Dios ya no recaía sobre mí, aun así, el silencio se sentía peor, incómodo.
—Dios, si todavía me escuchas—jadeo—, dime ¿por qué he de sufrir yo este destino?
El viento se levanta ahogando mis palabras en ecos que resuenan a la distancia.
—Nunca he dudado de ti. He de esperar que, debido a mi devoción después de tantos años, sea digno de una respuesta tuya.
Una vez más nada. Silencio absoluto.
—Yo, como científico que alguna vez fui, deseaba la vida eterna para permitirle a la humanidad avanzar como civilización. Tú me la concediste, pero al mismo tiempo me arrebataste mi humanidad. ¿De qué me sirve vivir una eternidad, si no queda civilización alguna la cual atestigüe mi presencia? Es casi como si no existiese por completo. Me encuentro en un lugar olvidado por el cosmos.
Mi existencia propia se sentía como un error, algo que chocaba con el gran esquema universal dispuesto por Dios. Aun así, se me permitía existir, o tal vez, más que permitirme existir, se me condenaba a existir.
—Dime Dios, ¿qué he de hacer para permitirme el descanso eterno?
Dios respondía con silencio a mis plegarias.
Ciertamente, después de tantos años vagando sin rumbo, acompañado solo con mis pensamientos, disponía de una conciencia más elevada, era más sensible, y me permitía percibir el sinsentido de esta vida de una forma tal que abrumaba. Todo a mi alrededor estaba en un estado aletargado, no se veía afectado por este sinsentido, todo seguiría simplemente existiendo eternamente sin preocupación alguna; sin embargo, para mí, la inmortalidad que tanto había deseado el hombre desde sus orígenes, era un terrible castigo. Quizá el más cruel de todos.
El olor a carroña y putrefacción en el ambiente era permanente, pero se intensificaba dependiendo de cada lugar al que me dirigía. Luego de unas largas horas de arrastre, mi cuerpo se resentía por el cansancio; debajo de mis palmas podía sentir los huesos que llevaban décadas adornando el suelo, algunos ya convertidos en polvo que se esparcían vibrantemente con cada sacudida de aire. El polvo de huesos entraba por las fosas nasales y descendían hasta posarse en los pulmones, como una carga aplastante que impedía el correcto funcionamiento de estos. Respirar era doloroso, desgastaba las pocas energías que le quedaban a mi cuerpo, al borde ya del colapso.
—Tal vez este sea un buen lugar para descansar.
Mi cuerpo se desplomaba lentamente, abatido por el arrastre ejecutado durante horas bajo el opresivo calor. Al golpear el suelo, motas de polvo se alzaban con fiereza, esparciéndose por todos lados; algunas entraban por mi nariz y oídos.
—Dios, nunca he dudado de ti desde el día en que apareciste.
Forzosamente con una respiración entrecortada mis labios se movían.
—¿Es que acaso no soy digno de tu misericordia que me permites vivir en este sufrimiento eterno? —la palabra misericordia resonó en mi mente.
Mis ojos comenzaban a cerrarse. Sentía el crujido que provocaban mis parpados al cerrarse; estaban resecos, cubiertos de polvo, y parecían pegados. Los colores anaranjados que mi cuerpo se había acostumbrado a ver con mayor agudeza debido a una evolución forzada, comenzaban a apagarse lentamente, la oscuridad comenzaba a reinar en mi cabeza y todo mi cuerpo se estremecía.
—Tal vez sea un buen lugar para descansar… para algo como yo…