Capítulo 1
Era la clase de matemáticas, casi quedándome dormida del aburrimiento. Las ecuaciones no eran lo mío; en realidad, nada que tuviera que ver con números lo era.
Me apoyé en el pupitre, con la cara oculta entre los brazos, cuando de repente sentí una mano en la cabeza. Levanté la vista. El profesor me observaba con desaprobación.
—¿Estás a gusto, Lucía? —preguntó con sarcasmo.
—Un poco.
Él negó con la cabeza.
—Ve a lavarte la cara para que despiertes, se te caigan las lagañas y, de paso, puedas poner atención.
—Sí. —Salí del salón de clases. Escuché cómo varios compañeros se reían de la situación.
Me dirigí lentamente hacia el baño. En el camino me encontré con Sofía.
—Hola —se detuvo frente a mí.
—Hola, ¿no tienes clase?
—Sí, pero me sacaron —apartó un mechón rubio del hombro con un descaro casi orgulloso.
—¿Y ahora qué hiciste? —Ella siempre terminaba metiéndose en problemas por contestarles mal a los profesores.
—Nada, lo juro —levantó las palmas de las manos.
—Mmm… no te creo.
—¿Y tú qué haces afuera? ¿No tienes clase?
—Amm, sí…
—Ajá, también te sacaron. —Me miró acusadoramente con esos ojos verdes.
—No… bueno, solo me mandó a lavar la cara.
—¿Te dormiste? —Sonrió, divertida.
—Claro que no, solo descansaba un poco los ojos.
—Ajá, sí, lo que digas.
El día de hoy, Sofía vestía completamente de negro, con un delineado gótico, unos jeans con agujeros por todos lados, mallas de red y una chaqueta de cuero. Daba aires de una chica gótica problemática.
—Es que era matemáticas. Nunca entiendo nada.
—Oh, pero deberías aprovechar para ver al lindo profesor. —Levantó las cejas de forma pícara.
—No es mi tipo —arrugué la nariz en una mueca.
—¡Pero si es el tipo de todas! —fingió estar ofendida—. Se me olvidaba que tú solo tienes ojos para Sergio.
—Pues sí. No lo negaré —dije sonriendo—. Además, el profesor ya está apartado.
—Cierto —dio unos pasos hacia adelante—. Ya vete antes de que te castiguen —comentó mientras avanzaba.
Me agradaba mucho Sofía, por algo era una de mis mejores amigas. Era divertida e inteligente, aunque le gustaba buscar problemas con los profesores. Tenía un serio problema con la autoridad.
Llegué al baño y me dispuse a lavarme la cara. Cuando me secaba, sentí unas manos en la espalda.
—¡Buh! —gritó alguien, pegué un brinco al mismo tiempo que me quitaba la toalla de papel de la cara. Giré para ver quién era la miserable que se atrevió a asustarme.
—Hola —dijo Daniela, riéndose.
—¡Hija de tu…!
—¡Eh, cuidado con lo que dices! —me interrumpió. La observé con odio fingido.
—No vuelvas a hacer eso —le apunté con el dedo, amenazándola con la mirada.
—No prometo nada —respondió quitada de la pena—. El profesor mandó por ti; dijo que te viniera a despertar.
Entrelazó las manos detrás de la espalda y se balanceó sobre las puntas de los pies, pasando después a los talones con un aire juguetón. —¿Cree que vine a dormir al baño?
—Pues no suena tan descabellado.
—¡Claro que sí! —chillé, ofendida.
—El otro día fingiste estar enferma y te fuiste a dormir a la enfermería.
—¡Sí estaba enferma!
—¿Qué tenías? —me acusó con la mirada, cruzándose de brazos.
—Me dolían… los ojos —sonó más como pregunta que como respuesta.
—Ajá. Bueno, vámonos porque no quiero que me regañen.
—Sí. —Salimos del baño y nos dirigimos a la clase.
Cuando entramos al salón, el profesor me dirigió una mirada desaprobadora, pero parecía más divertido. Era un hombre muy atractivo. Medía como un metro ochenta u ochenta y cinco; tenía veintiocho años y ojos grises, igual que yo. Casi todas las chicas de la escuela se morían por él, pero muy sensatamente, él las ignoraba y no aceptaba sus regalos. Eso hablaba muy bien de su persona.
La verdad, a mí no me gustaba. Se me hacía muy grande para mí. Sí, era guapo, pero yo estaba enamoradísima de mi novio. Él era lo mejor del mundo. Llevábamos saliendo dos años y siempre me respetaba. Además, Daniela ya había “apartado” al profesor. Decía que era su novio.
Sonó el timbre y me sacó de mis pensamientos. Me apresuré a guardar mis cosas y salí corriendo del salón. Daniela ya se había ido. Me dirigí a la cafetería por mi almuerzo.
Sergio me esperaba en la entrada. Lo saludé con la mano y me devolvió una sonrisa encantadora.
—¿Tienes hambre? —preguntó cuando llegué frente a él.
—Sí, mucha.
—¡Vamos! —hizo un gesto con la cabeza.
Nos tomamos de la mano y fuimos juntos por nuestra comida. La fila no era muy larga, así que nos atendieron rápido. El aire estaba impregnado por el olor a pizza recalentada, papas fritas y ese característico aroma a charola de metal caliente. El murmullo de estudiantes conversando, el sonido de las sillas arrastrándose y las charolas chocando llenaban el lugar de ruido y vida.
Con nuestras bandejas en mano, nos dirigimos a la mesa donde nos esperaban nuestros amigos.
—Hola —me senté con cuidado.
—Hola —respondieron Daniela y Sofía al unísono.
Sergio saludó con un movimiento de cabeza.
Esteban, su amigo, llegó al mismo tiempo que nosotros. No dijo nada. Él era así: callado y reservado.
Mientras hablaba con Daniela y Sofía sobre la tarea de español, sentí la mirada de Esteban recorriéndome de pies a cabeza. En cuanto notó que lo había visto, enderezó la espalda y desvió la mirada hacia Sergio, comenzaron a platicar como si nada.
Subí el cierre de mi suéter. Era mi forma de protegerme. Quizá solo era mi imaginación… pero tal vez no.
—Oye, Lucía, ¿crees que te dejen? —inquirió Daniela.
—¿Ah? ¿Qué cosa? —volteé hacia ella, desconcertada.
—¿No estás poniendo atención? —Sofía me miró, divertida—. Dijimos que el sábado iríamos al cine y de ahí, pijamada en mi casa.
—Oh, perdón. Le preguntaré a mi mamá.
—Bien, espero que esta vez sí te dé permiso. —comentó Daniela mientras se acomodaba la mascada del cuello.
—Mientras papá salga de viaje, yo creo que sí. Se va mañana y regresa la otra semana, así que debo aprovechar.
—¿Por qué tu papá nunca te deja dormir en nuestras casas? —preguntó Sofía.
—Porqué cree que se quedará conmigo —respondió Sergio mientras masticaba.
—¿Ya le vieron la cara antes? —Daniela no lograba ocultar su curiosidad.
—¡Claro que no! —me apresuré a responder. Ellos no tenían por qué saber de esas cosas. Sergio me miró con una sonrisa de complicidad.
—Algo me dice que sí —Sofía alzó una ceja.
—¡Que no! —insistí.
—Bien, entonces el sábado ya están los planes. No se vale cancelar —declaró Daniela.
Sofía y yo asentimos con la cabeza.
Iba de camino a mi casillero a buscar mis libros. Tenía clase de Historia, mi materia favorita. Al llegar, respiré hondo, esperando que no hubiera nada más que mis libros ahí dentro.
Puse la combinación, abrí el casillero con temor. Estaba aliviada: en efecto, solo estaban los libros. Tomé la libreta y el libro de Historia.
Cerré el casillero y fui directo al salón. Cuando entré, aún no llegaba la profesora. Me senté en la primera fila, cerca de la puerta. Los lugares ya estaban asignados por número de lista, así que casi en todas las materias me tocaba sentarme igual. Estuve perdiendo el tiempo en mi celular, viendo mis redes sociales mientras esperaba a la profesora.
Cuando alcé la vista, ya habían llegado la mayoría de mis compañeros; la profesora iba entrando. Era una mujer de unos treinta y cinco años. No era la típica profesora de Historia que vestía como anciana y usaba gafas; al contrario, siempre iba muy bien arreglada, con traje como si trabajara en un despacho. Su maquillaje era natural, pero elegante. Siempre andaba muy pulcra.
Guardé mi teléfono, abrí mi libro de Historia justo donde nos habíamos quedado la clase pasada. Ahí estaba. Un sobre verde, exactamente igual a los anteriores. El estómago se me encogió al instante. Una corriente helada me recorrió la espalda. Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. Tragué saliva.
No. Otra vez no. Volví a meter el sobre en el libro y lo cerré con fuerza. No me di cuenta de que todos me veían con curiosidad hasta que la profesora Elina se colocó delante de mí.
—¿Estás bien, Lucía? —frunció las cejas, mostrando preocupación.
—Oh, sí. Disculpé —balbuceé, tratando de recuperar la compostura.
—Si te sientes mal puedes ir a la enfermería —insistió.
—No, de verdad, estoy bien.
—Bueno, comencemos con la clase —dijo para todos.
Aproveché para respirar hondo, tratando de tranquilizarme y reunir valor. Abrí de nuevo el libro y tomé el sobre con las manos temblorosas. Apenas pude abrirlo. Saqué la nota:
¿Me extrañaste, Lucía? Yo a ti sí.
Las noches son más silenciosas sin tus maullidos favoritos, ¿no crees?
Esta vez, espero que sepas portarte bien.
Si te duele… yo puedo consolarte. Ya sabes que siempre estoy cerca.
Ojalá esta vez sí hagas lo que te pida.
Con amor: Tu querid@.
La nota la escribieron a computadora. No había indicios de quién pudiera ser.
La primera vez que recibí una fue hace tres meses. Solo eran insultos tontos. Creí que venían de alguna compañera o de alguien que solo quería molestarme, así que no le comenté a nadie y simplemente tiraba las notas a la basura. Pero cada semana subían de tono y eran más frecuentes.
Comenzaron a amenazar mi vida. Me asustaba, pero no creí que lo dijeran en serio.
La última nota nunca la podré olvidar. Fue hace dos semanas. Decía que tenía que ir sola a la escuela por la noche y que, si no, lo iba a lamentar.
Pero no fui. No estaba loca. Quién sabe qué podrían hacerme.
Y vaya que lo lamenté.
***
Entraba a la calle de mi casa. Me detuve un momento a responder unos mensajes del grupo de WhatsApp con mis amigas. Preguntaban si haríamos algo el fin de semana. Quedamos que iríamos a Rita’s, pero solo nosotras tres.
Seguí mi camino. La tarde era tranquila, el viento de la primavera era frío, pero con un buen suéter te sentías más cómoda. Mis mejillas se sentían heladas, así que puse las manos sobre ellas para calentarlas.
Cuando iba entrando al patio de mi casa, vi algo gris en el escalón de la entrada. Parecía un tapete mojado. Con cada paso que daba, distinguía un poco mejor.
Me encontraba a tres metros de distancia cuando supe que era Maó, mi gatita.
Estaba tirada, desparramada, su cuello en un ángulo extraño, antinatural. Cuando la tomé en brazos, su sangre me manchó la ropa. El suelo se hallaba empapado.
Me sentía confundida. ¿Cómo pudo pasarle esto? La revisé por todas partes. Tenía el abdomen abierto y tres agujeros donde su sangre se veía ya coagulada.
—No, Maó… ¿Quién te hizo esto? —chillé, sintiendo cómo se me rompía la voz.
Mi corazón se sentía tan pesado. Tenía un nudo enorme en la garganta y las náuseas me ahogaban. No sabía si por la escena tan horrible o por el olor de la sangre.
***
Recuerdo que no pude decirle a nadie. La enterré en el patio trasero de mi casa. Les dije a mis padres que alguien la había atropellado. Aún ahora lloraba en las noches antes de dormir.
Tragué saliva. El nudo en mi garganta ardía, y me forcé a no llorar. Tomé el libro de Historia y fingí poner atención a la clase.
El día se había arruinado de la peor manera posible. Ya no pude concentrarme en nada.