Capítulo 1 El escritor que llegó con la noche
El joven llegó al pequeño pueblo justo cuando el sol terminaba de extinguirse entre las montañas.
La luz naranja se deshilaba como un suspiro cansado, dejando atrás un cielo profundo y silencioso.
Demasiado silencioso.
Cargaba una mochila gastada, un cuaderno lleno de tachaduras y un cabello verde oscuro que el viento despeinaba con sutileza.
Las pecas salpicadas en sus mejillas resaltaban más bajo la luz fría del anochecer, dándole un aire ingenuo que él no notaba… pero otros sí.
Había venido buscando inspiración.
Eso era lo que se repetía desde la estación del tren.
Un escritor de veintiún años con bloqueo, intentando encontrar en la noche lo que no halló en la ciudad.
Pero apenas cruzó la entrada del pueblo, sintió algo extraño.
Un cosquilleo detrás de la nuca.
Una tensión en el aire.
Como si la oscuridad levantara el rostro para observarlo.
Intentó ignorarlo. Solo estaba cansado, se dijo.
Un aroma metálico, leve, casi dulce, lo acompañó mientras avanzaba entre faroles antiguos.
A veces su imaginación era demasiado vívida… ser escritor tenía esas desventajas.
Caminó por el sendero de piedra, sintiendo cómo los faroles oscilaban con un viento que no rozaba su piel.
Quizá aquí, entre calles silenciosas y luces parpadeantes, podría escribir de nuevo.
Así lo pensaba… hasta que el cosquilleo en la nuca regresó.
Un tirón invisible, un llamado.
El joven se detuvo sin querer. No estaba solo. No lo veía. Pero lo sentía.
Un par de ojos fijos en él, desde algún punto donde la sombra era más oscura que el resto.
Giró un poco, con cautela.
Entre dos casas, apenas distinguió una silueta. Observándolo.
El corazón se le aceleró, golpeando el pecho como si intentara escapar.
La figura dio un paso hacia atrás y desapareció.
—¿Hola…? —dijo el escritor, sabiendo que era inútil.
La calle estaba vacía.
Tragó saliva.
—Hermosa bienvenida… —murmuró para sí, intentando reír.
Siguió caminando sin mirar atrás.
Pero la sensación persistió: una mirada clavada en su espalda, como si la noche lo persiguiera con dramatismo innecesario.
Lo que el joven escritor no sabía era que alguien sí lo estaba siguiendo.
Desde la altura de un tejado, con los ojos dorados brillando, un joven rubio lo observaba avanzar con pasos nerviosos.
Lo había olido desde el momento en que entró al pueblo.
La sangre de ese escritor tenía un aroma diferente.
Una mezcla peligrosa de calor, dulzura y emociones fuertes.
El rubio tragó saliva.
Si él lo podía oler… otros también lo harían. Y no todos tendrían su control.
Llegó finalmente a la posada: una construcción cálida, iluminada por lámparas amarillas.
La dueña —una mujer mayor de voz suave— le ofreció un formulario.
—Nombre completo, cielo —pidió con una sonrisa amable.
El joven tomó el bolígrafo.
Por un instante dudó, sin saber por qué la noche afuera parecía contener la respiración mientras él escribía.
Y entonces, trazó:
Izuku Midoriya.
La mujer leyó el nombre, asintió con dulzura y le entregó la llave de su habitación.
—Hace frío en las noches —dijo ella—. Y más últimamente. Ten cuidado al salir tarde.
—Gracias… —respondió él, sin entender por qué esas palabras le provocaron un escalofrío.
Subió a su habitación, dejó la mochila y el cuaderno sobre la mesa, y se asomó por la ventana.
El pueblo parecía dormido, pero la noche… no.
La noche nunca dormía ahí.
Izuku abrió su cuaderno. Quería escribir algo: una frase, una imagen, cualquier cosa que demostrara que viajar había valido la pena. Pero no podía. No con esa sensación extraña presionándole el pecho.
Suspiró y presionó el lápiz contra la página. Cuando levantó la vista y miró por la ventana, lo vio.
De pie bajo un farol, del otro lado de la calle. Un chico joven y pálido. Hermoso de una forma inquietante, casi irreal. Cabello rubio con un mechón negro en forma de rayo. Ojos dorados que brillaban como si guardaran luz propia.
Izuku se quedó helado.
El chico lo estaba mirando. Directo. Fijo. Sin parpadear.
El peliverde retrocedió un poco, sorprendido.
El rubio, como si hubiera sentido su desconcierto, sonrió. Una sonrisa dulce… demasiado dulce.
Izuku parpadeó apenas un instante y cuando volvió a mirar, el chico ya no estaba.
Más tarde esa noche, Izuku decidió salir a caminar.
Necesitaba despejarse, tener ideas o simplemente aire fresco.
Las calles estaban casi vacías. Apenas el murmullo del viento, el crujir lejano de los árboles…Y un calor extraño detrás de él. Un calor vivo. Como si una chimenea hubiera tomado forma humana y caminara a unos metros.
Izuku aceleró un poco. El calor también. Sus pasos se volvieron más rápidos. Y de pronto lo escuchó una respiración detrás de él. Cálida. Profunda. Hambrienta.
El peliverde se giró muy despacio…
No había nadie.
Pero una voz áspera y baja susurró desde las sombras:
—Vaya, vaya… qué joven tan inocente tenemos por aquí.
Izuku se congeló.
El aire, de pronto, le pesó en la garganta.
—Tan ingenuo… —continuó la voz, cargada de una emoción que no supo nombrar— tan dulce.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Quién… quién está ahí? —preguntó Izuku, intentando mantener la voz firme.
Silencio.
Y después, un susurro que le heló la sangre:
—Tu olor… debería ser ilegal.
Izuku retrocedió un paso y chocó con la pared húmeda del callejón.
La respiración del desconocido se volvió más pesada.
Más cercana.
Más hambrienta.
—Quiero verte… quiero… —la voz era casi un gemido carnal— morderte.
Izuku sintió que las piernas le temblaban.
Quiso gritar, correr... desaparecer, pero no pudo.
Algo invisible parecía sujetarlo.
El calor, el aliento, la presencia asfixiante… todo lo envolvía.
Y poco a poco, entre las sombras, una figura salió a la luz.
Un chico pálido, alto, de hombros anchos.
Cabello rubio, puntiagudo y desordenado.
Ojos rojos —fríos, crueles— que lo recorrieron de arriba abajo como si ya fuera suyo.
El desconocido avanzó con lentitud, disfrutando cada segundo del miedo de Izuku.
—Mírate… —murmuró la voz profunda y ronca—. Temblando así…
Su sombra se inclinó hacia él, demasiado cerca.
Demasiado encima.
—¿Quién… eres? —preguntó Izuku con un hilo de voz.
El rubio salvaje le sonrió con un cinismo que helaba y ardía a la vez.
—Supongo que deberías saber el nombre de tu futuro dueño —murmuró él, ladeando la cabeza con una sonrisa que no prometía nada bueno—. Soy Katsuki Bakugo.
Una carcajada baja, oscura, escapó de sus labios mientras se inclinaba aún más, acercándose al oído de Izuku.
—Qué maldita provocación eres… —susurró, y el aliento caliente le rozó la piel como una amenaza.
Izuku tragó saliva, paralizado.
—¿Qué… qué quieres de mí? —logró preguntar, la voz temblorosa, llena de pánico.
Bakugo sonrió, satisfecho de verlo temblar.
—Eres un niño muy gracioso.
—¡No soy un niño! —disparó Izuku, aunque el miedo le quebraba la voz—. Tengo 21 años… y me llamo Izuku Midoriya.
Bakugo repitió su nombre en un murmullo ronco, lento, saboreándolo.
—I-zu-ku… —sus ojos rojos brillaron con hambre— aún mejor.
Bakugo bajó la mirada a su cuello. Despacito. Como si ya lo estuviera desnudando con los ojos.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró, acercándose tanto que Izuku sintió el calor de su cuerpo sin que llegara a tocarlo—. Que hueles mejor de lo que imaginé.
Izuku contuvo un jadeo.
—Tan dulce… —Bakugo cerró los ojos un segundo, inhalando— tan jodidamente delicioso.
Apretó un puño contra la pared, justo al lado de la cabeza de Izuku.
La fuerza hizo vibrar los ladrillos.
—Quiero probarte —susurró con un tono tan bajo que parecía indecente—. Morderte hasta hacerte gritar mi nombre.
Izuku se quedó pegado a la pared, con el corazón desbocado.
Bakugo colocó una de sus manos sobre el rostro de Izuku. La otra bajó… despacio… hasta posarse en su cintura. Los dedos eran fuertes, calientes. Izuku contuvo la respiración.
—Así está mejor —ronroneó Bakugo, acercando su cuerpo quedando muy pegado a Izuku—. Quédate quieto.
Apretó la mano en su cintura para dominarlo. Izuku sintió un estremecimiento involuntario que Bakugo notó… y disfrutó.
—Tsk… sabía que reaccionarías así —susurró con una sonrisa torcida.
Bakugo inclinó la cabeza hacia su cuello y pasó los labios a milímetros de la piel. Rozando. Saboreandolo.
El aliento caliente bajó por el cuello de Izuku, provocándole un temblor que lo dejó sin palabras.
—Mm… —Bakugo inhaló profundo, estremeciéndose—. Qué olor…
Se acercó aún más, su nariz rozando el hueco del cuello.
Su boca apenas rozó la piel, sin llegar a besar.
—Podría perderme aquí —susurró contra su cuello, una voz tan baja que parecía indecente—. Podría arrancarte un gemido sin morderte siquiera.
Izuku sintió que las piernas casi le fallaban.
La mano de Bakugo en su cintura lo sostuvo con más fuerza.
—Eso es —murmuró—. No te caigas, bebé. Aún no termino contigo.
Y cuando Bakugo abrió los labios, preparándose para hundir los colmillos...
Una chispa amarilla iluminó el callejón.
El cuerpo de Bakugo fue lanzado hacia atrás como si lo hubiera golpeado un rayo.
Izuku cayó de rodillas, respirando con dificultad.
Una mano cálida —suave, casi temblorosa— lo tomó del hombro.
—No te va a tocar —susurró una voz.
Izuku levantó la mirada. Ojos dorados encendidos en furia. Cabello rubio claro movido por la electricidad. Respiración agitada, como si hubiera corrido para salvarlo. Era el chico que había visto junto al farol.
—¿Qué demonios haces, chispa? —escupió Bakugo desde el suelo, incorporándose con una sonrisa peligrosa—. Yo lo vi primero.
La electricidad chisporroteó alrededor del rubio de ojos dorados.
—Primero que nada, sabes perfectamente que me llamo Denki Kaminari —respondió Denki, con una firmeza que ni él sabía que poseía—. Y en segunda… él no te pertenece.
Su cuerpo seguía brillando con energía; cada descarga hacía temblar las sombras del callejón.
Bakugo soltó una carcajada ronca, mostrando los colmillos con descaro.
—Ay, por favor, Kaminari… —lo miró de arriba abajo, burlón—. Ese humano está pidiendo a gritos que lo muerdan.
Izuku sintió el estómago retorcerse.
Denki dio un paso adelante, luego otro y otro... Hasta situarse justo delante de Izuku, protegiéndolo con el cuerpo.
—No vas a ponerle un dedo encima —dijo entre dientes.
Su electricidad estalló contra el piso, iluminando la silueta de Izuku detrás de él.
Bakugo rió con hambre.
—Relájate, Denki… no pienso matarlo. Solo quiero divertirme un poco.
—No. —Denki apretó los colmillos, los ojos le brillaban—. Él no es un juguete para ti.
El aire se tensó, cargado de una energía casi palpable.
Fue entonces cuando Izuku lo notó: tanto Bakugo como Denki tenían los caninos alargados, brillando bajo la luz tenue del callejón.
El calor abrasador de Bakugo chocó con la electricidad vibrante de Denki, creando una presión invisible que hizo que a Izuku le zumbara la cabeza.
Por un momento, sintió que el mundo giraba a su alrededor.
Bakugo alzó una ceja, divertido por la escena.
—Paciencia, chispa… —murmuró con una sonrisa carnal—. En algún momento te lo voy a quitar.
Y se perdió en las sombras. Denki se giró hacia Izuku, el peliverde aún estaba temblando.
—Shhh… —murmuró Denki, acercando su mano a la mejilla sin tocarlo del todo, como si tuviera miedo de romperlo—. Ya pasó. Estoy aquí.
Izuku apoyó la frente en su hombro sin pensarlo.
—Gracias… —susurró.
Denki tragó saliva.
—No agradezcas —dijo en voz baja, cargada de algo que no se atrevía a admitir—. No pienso dejar que nadie te toque así.
Izuku levantó lentamente la mirada y Denki, sin darse cuenta, inhaló su olor.
Su cuerpo se tensó.
Sus pupilas se dilataron.
Su respiración se volvió más profunda.
—Izuku… —susurró, como si algo dentro de él se rompiera— no… no deberías oler… así…
Izuku parpadeó, confundido.
Denki dio un paso atrás, temblando.
—Tu sangre…
Tu sangre no es normal…
Y antes de que Denki pudiera explicar, un brillo extraño apareció en una de las azoteas cercanas.
Dos ojos amarillos. Felinos. Brillando como oro líquido bajo la luna. Hambrientos.
Izuku sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Denki levantó la vista y su expresión se tensó.
—Mierda… —susurró.
La figura en la azotea dio un paso hacia adelante.
La luz lunar reveló una silueta delgada, una falda apenas movida por el viento, una sonrisa torcida y unos colmillos recién expuestos.
Sus ojos brillaron con una fascinación peligrosa.
—Izuku Midoriya… —canturreó, ladeando la cabeza— hueles tan delicioso como imaginé.