Echoes of the Twilight

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Summary

Echoes of the Twilight sigue a Rai, un chico que intenta llevar una vida normal en una ciudad donde lo extraño parece ocultarse entre las sombras. Pero cuando sucesos misteriosos comienzan a alterar la rutina, Rai y sus amigos se ven envueltos en una serie de acontecimientos que los conectan con fuerzas antiguas y con un pasado que nadie recuerda. Entre visiones, secretos y ecos del crepúsculo, Rai deberá enfrentar lo desconocido para descubrir quién es realmente... y qué papel juega en el delicado equilibrio entre la luz y la oscuridad.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
13+

— Prólogo —

Hace mucho tiempo, cuando los dioses y los mortales coexistían en armonía, el mundo estaba dividido en distintos

clanes, cada uno bajo la bendición de sus deidades. Entre ellos destacaban los Aethyr, guardianes de la luz dorada de Paradiso, y los Tenebrae, hijos de la oscuridad, encargados de mantener el orden desde las sombras. 

Sin embargo, también existía un tercer clan que se destacaba por su misterio: los Twili, llamados mediadores entre la luz y la oscuridad, protectores del equilibrio y la justicia. Ellos fueron los más afectados por la Guerra Celestial, un conflicto que se desató cuando algunos Aethyr intentaron imponer su fe como la única verdadera. Sin previo aviso, atacaron y devastaron la capital Twili, llevándolos al borde de la extinción. En respuesta, los clanes restantes, liderados por los Tenebrae y los últimos sobrevivientes Twili, se unieron para enfrentarse a los Aethyr. La batalla fue feroz y hubo numerosas bajas en ambos bandos.

Cuando todo parecía perdido, los guerreros más poderosos de cada clan, conocidos como los sabios elementales, sacrificaron sus vidas para invocar a las ocho deidades cardinales en el campo de batalla, logrando debilitar al enemigo, aunque fue cuestión de tiempo para que las invocaciones se esfumaran.

En su último aliento, una guerrera Twili invocó a Themis, la diosa del orden cósmico, sacrificando su vida en el proceso y poniendo así fin a la guerra, así como al clan del crepúsculo. Con los Aethyr derrotados, su nueva líder imploró el perdón, restaurando el poder en cada región y enviando a los responsables a prisión. Así, un tratado de paz selló el destino de las naciones.

Sin embargo, los relatos antiguos mencionan que una Twili logró sobrevivir, pero, al poco tiempo, se desvaneció en las sombras… y nunca se supo más de ella.

la luz del atardecer se filtraba por las ventanas del aula. Un hombre alto, vestido con un traje oscuro, cerró con cuidado un libro envejecido.

—Aún queda una pregunta —dijo, mirando a sus alumnos—: ¿qué pasó con la otra sobreviviente?

Antes de que alguien pudiera responder, la campana sonó. El eco del timbre se mezcló con el sonido de mochilas y sillas arrastrándose.

—Recuerden traer su ensayo sobre la Guerra Celestial el próximo viernes —anunció el profesor, deteniéndose en la puerta—. Y, por favor, alguien despierte a su compañero.

Raimundo, un chico de cabello oscuro y desordenado, parpadeó con pesadez mientras sus amigos, Yadira y Joseph, reían divertidos.

—¿Ya terminó la clase? —bostezó.

—Joven Raimundo —suspiró el profesor, cruzándose de brazos—, debería prestar más atención. Esto será clave para su ensayo.

—¿No hemos escuchado esta historia antes? —preguntó Rai, estirándose con desgano—. Siempre cuenta lo mismo. Al menos podría decirnos qué pasó después.

El profesor arqueó una ceja, con una sonrisa desafiante.

—Ya que está tan interesado, podrá escribir cuatro cuartillas adicionales sobre la posguerra.

El salón estalló en risas mientras Rai murmuraba una maldición.

—Bien hecho, genio —se burló Joseph, dándole una palmada en la espalda.

—Sí, al menos eso te mantendrá ocupado el fin de semana —añadió Yadira, entre risas.

—Gracias por su gran apoyo —replicó Rai con sarcasmo, intentando ocultar la sonrisa.

Esa noche, Rai regresó a casa, donde fue recibido por Diana, su tutora: una mujer alta, de mirada firme y voz cansada, que lo esperaba en la cocina mientras preparaba la cena.

—Escuché que discutiste con tu profesor otra vez —comentó, cruzándose de brazos.

—Es que siempre repite la misma historia… —se quejó Rai.

Diana suspiró. —Sé que te molesta, pero no provoques a quienes tienen poder sobre ti… especialmente si te pueden reprobar.

Rai soltó una risa burlona. —¿Qué? ¿También te llamó para quejarse de mí?

—Me importa más lo que hiciste la otra noche —Diana lo miró con seriedad—. Dime, ¿cómo explicas que un joven enmascarado atacara a unos encapuchados en el cementerio con un bate?

Rai tragó saliva. —¿Eh? Tal vez solo pasaba por ahí y… vio a gente sospechosa que quería hacerle algo a un gato —balbuceó.

—Mira, no estoy enojada, pero debes tener cuidado. ¿Quién sabe qué te hubieran hecho si perdías? Sabes muy bien que esas personas no dudarían en matar a un niño.

Rai bajó la mirada. —Lo sé. Pero… no podía simplemente mirar cómo le hacían eso a un pobre animalito.

Diana suspiró de nuevo. —Mañana hablaremos de esto. Sube a descansar; te llamaré cuando la cena esté lista.

Rai subió las escaleras hacia su habitación algo molesto. pero aun así no pudo evitar voltear a ver a Diana desde las escaleras. Diana se había sentado, masajeándose las sienes, con la mirada perdida.

Rai quiso decir algo, pero al final… solo miró cabizbajo al suelo y se fue a su habitación. Ya dentro, dejó su mochila en la silla del escritorio y se lanzó hacia su cama, algo molesto.

—Vaya día —susurró, mientras miraba su teléfono; al poco tiempo, se quedó dormido.

Oscuridad. Vacío.

Rai despierta en un lugar oscuro. Mientras camina con cautela, se encuentra con una superficie parecida a un espejo, logrando observar su reflejo: sus ojos grises como la ceniza, su cabello negro como la noche, su lunar al lado derecho de la barbilla, y su piel, similar al color de una taza de café con leche, brillando en la eterna oscuridad del lugar.

Pero algo no cuadraba. Cuanto más miraba su reflejo, más raro se volvía...

Su cabello, que normalmente apenas le alcanzaba para una coleta medio decente, ahora le caía por la espalda como si nunca lo hubiera cortado.

Frunció el ceño y se acercó un poco más al espejo.

Sus ojos… también eran distintos. Más claros. Más plateados.

Parpadeó, se frotó los ojos, pero la imagen seguía ahí.

—¿Qué demonios…? —murmuró.

Algo confundido, sintió curiosidad, así que colocó la palma de su mano frente al espejo y de alguna manera logró sentir calidez emanar de su reflejo, como si estuviera tocando su propia palma. Sin saber cómo reaccionar, volvió a mirar su reflejo, pero lo que vio le heló la sangre: la expresión de su reflejo había cambiado a una más determinada y nostálgica, y una pequeña luz azulada brillaba en su pecho.

Rai, preguntándose qué rayos pasaba, sintió cómo la mano de su reflejo lo tomó y lo arrastró a su interior. Al otro lado no había nada más que un vacío oscuro del cual cayó.

Mientras caía cada vez más profundo, sentía un hormigueo que le recorría todo el cuerpo, y al final del túnel vio una tenue luz dorada, parecida al sol cuando se ocultaba en el horizonte.

Y al casi rozar con sus dedos esa luz, se despertó de un sobresalto.

—¿Qué… fue eso? —exclamó tembloroso mientras miraba sus manos—. Ese sueño de nuevo…

Pero antes de intentar procesarlo, Diana lo llamó para cenar. Él se intenta recomponer del susto y se dirige a la cocina, aun confundido por el sueño. Todavía temblando, se promete intentarlo de nuevo esa noche.

Pero entonces…

Desde una ventana cercana, arriba de un árbol, una sombra lo observa en silencio, mientras sostiene lo que parece ser un dije con una piedra color índigo en el centro.

—Por fin te encontré… —murmura mientras se desvanece en las sombras.


Fin del prólogo.