Capítulo 1 -Parte 1
El calor ya se empezaba a sentir apenas siendo las nueve de la mañana. Las mañanas de febrero ya no eran tan frescas como antes y la única posibilidad de conseguir algo fresco era a la sombra de algún árbol tupido.
El clima se había transformado drásticamente en las últimas décadas. Las lluvias, antes generosas y frecuentes, ahora eran esporádicas y apenas suficientes para mantener la producción agrícola en niveles mínimos.
Los campos, que alguna vez se extendían verdes y fértiles, se debatían entre la sequía y la supervivencia. Sólo los avances en sistemas de riego controlados por la IA y el tratamiento eficiente de aguas residuales habían permitido que la tierra siguiera brindando alimento, aunque cada cosecha se volvía un desafío.
Definitivamente el 2060 estaba siendo un año muy caluroso. Aquellas tardes de lluvia intensa que dejaba las calles de Puebla inundadas, como ríos y lagunas improvisadas, ya eran cosas del pasado y perduraban en la memoria de los más viejos.
En algunas ocasiones, el aire temblaba con el calor acumulado en el pavimento, creando espejismos distorsionados en la distancia.
Un zumbido constante de energía eléctrica flotaba en el ambiente, mientras los dispositivos de enfriamiento luchaban contra un enemigo que parecía decidido a ganar.
La humanidad había aprendido a adaptarse, pero algunos sabían que aquello no era suficiente. Porque el clima no solo había cambiado. Lo habían cambiado.
En una de las jardineras de la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (FCFM), de aquellas que siempre seguían verdes por el sistema de riego, el pasto era suave y fresco. En el centro, había un roble frondoso que obligaba a algunos estudiantes y docentes a reposar un poco entre cada clase. Era uno de los últimos árboles frondosos que permanecían en la facultad.
Benjamín estaba tumbado en el pasto a la sombra del roble. Con algo de dolor en el cuerpo, pero sobre todo en la cabeza, apenas abrió los ojos y la silueta de su estudiante y asistente se dibujaba entre sombras y luces, sonrío ligeramente.
—Ya es hora de iniciar —dijo Rubén con una voz melodiosa y tono paternal.
—¿Qué hora es? —preguntó Benjamín mientras se incorporaba con parsimonia. Por primera vez sentía cómodo el pasto, la espalda le dolía, pero parecía que se acostumbraba al dolor, la migraña ya casi desaparecía.
—Casi son las 10am del sábado 21 de febrero de 2060 —respondió mientras le tendía una mano para ayudarlo a levantarse.
—Tuve un sueño raro —Benjamín se sacudió el pasto y comenzaron a caminar hacia su laboratorio.
—Me cuenta en el camino —Rubén comenzó a caminar.
Rubén era mucho más flaco y joven que Benjamín. Alto, pálido y de cabello largo; su gusto por el rock y los viajes lo hacía evidente por el constante uso de playeras de Metallica y otros grupos viejos de nombres raros que sólo los iluminados podían descifrar. Parecía más músico que investigador, sin embargo, su cerebro era lo más importante, según el Dr. Benjamín García. Rubén Bravo era un tipo amable, educado y muy parlanchín, su mejor alumno hasta el momento. Le gustaba divagar en varias ideas, algunas inconexas, pero era entretenido hablar con él, a pesar de eso era talentoso. Recién se había titulado de la maestría en física teórica y había ingresado al doctorado el año anterior. Benjamín decidió aceptarlo para asesorarle sus tesis después de darle clases de Cristales Fotónicos.
Hecho que sorprendió al Dr. Meneses, director de la Facultad, porque Benjamín siempre había preferido trabajar solo. No era un tipo muy sociable, pero tampoco era grosero con los demás. Simplemente se sentía más cómodo en la soledad que en compañía.
Su laboratorio estaba en el edificio que daba al este, el más nuevo de la facultad. Estaba bien equipado y muchos de los laboratorios tenían materiales y recursos nuevos. El presupuesto de la universidad había crecido demasiado en las últimas décadas. La ciencia en México estaba en auge gracias a una nueva forma de gobierno que supo aprovechar las crisis geopolíticas y la postguerra.
Después de la crisis del COVID-19 y de la recesión económica mundial, vino la III Guerra Mundial y se estableció un nuevo orden. Rusia y China controlaban todo el comercio. La OTAN perdió todo y para que por fin hubiera paz, tuvieron que disolver la organización y algunos de ellos firmaron un armisticio, principalmente Estados Unidos, quienes iniciaron todo al querer expandir su territorio con la anexión de Canadá y Groenlandia y después un fuerte conflicto con Irán, gracias a Israel.
Esto llevó a que Rusia, China e India tuvieran que intervenir y terminaron tomando el control en diferentes rubros; uno de ellos era el financiero. México aprovechó la situación y se alineó con Rusia, permitiendo que, al terminar el conflicto, el PIB creciera más de lo que cualquiera hubiera imaginado; la inflación bajó y el ingreso per cápita para los mexicanos permitió una mejor calidad de vida.
Al cambio de gobierno, hubo más mejoras. La situación política cambió a favor del pueblo; antes eran 800 congresistas en dos cámaras, al terminar la guerra eran solo 100 congresistas en una sola cámara, 96 de ellos eran elegidos por elección popular, y los otros cuatro eran propuestos por el presidente de la república y ratificados por el mismo Congreso. Sin partidos políticos, sólo era gente común. Los sueldos de los tres poderes de la Unión bajaron más de la mitad; esto permitió que la toma de decisiones fuera eficiente y con menos corrupción. Se implementó un nuevo esquema para la recaudación de impuestos y el gobierno empezó a tener más dinero que se invirtió en educación, salud y ciencia.
Este último, dio un brinco enorme y México se convirtió en potencia científica y tecnológica. La fuga de cerebros cesó y desde la educación secundaria se fomentaba la ciencia y la tecnología con becas y concursos.
Las oportunidades de crecer científicamente en México se multiplicaron y muchos estudiantes del extranjero preferían estudiar en las universidades mexicanas, que ganaron rápidamente prestigio a nivel mundial y se colocaron entre las mejores del mundo.
Sin embargo, eso aumentó la competencia y encontrar trabajo como investigador se hacía cada vez más difícil. La élite de científicos estaba en las universidades y desde ahí publicaban en las mejores revistas del mundo; los pocos afortunados que trabajan en una universidad eran considerados lo mejor de lo mejor.
Una de las universidades que se vieron más beneficiadas fue la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), que hizo crecer la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas (FCFM). Después de que la Facultad de Administración se mudara a Ciudad Universitaria 3 (CU3), la FCFM adquirió sus edificios viejos y los remodeló, tanto por fuera como por dentro. En uno de esos edificios estaba el laboratorio de Aceleración Cuántica Avanzada; en el último piso, al fondo, lejos de miradas indiscretas, donde casi nadie llegaba.
La verdad es que sólo el director de la FCFM sabía con detalle lo que hacían en ese laboratorio. Nadie más tenía interés en eso y era algo que Benjamín agradecía. La privacidad era importante para un proyecto de esa magnitud. Aunque en realidad, la privacidad era para Benjamín, más que para el proyecto.
Durante el corto recorrido, del roble al laboratorio, Benjamín le contó los pocos recuerdos que le quedaron de su sueño. Rubén tocó el cristal de la puerta del laboratorio con la palma de la mano y se abrió de par en par; olía más a cafetería que a un laboratorio de ciencias. Entraron los dos y fueron directo a la cafetera que estaba en una mesita justo al terminar el pasillo, tomaron cada uno su taza y se sirvieron generosamente.
El aroma del café recién hecho le llegó hasta el cerebro y activó varios recuerdos. La taza de Benjamín era de lo más sencilla, apenas se distinguía su nombre. Le dio un sorbo y sintió el tostado del café que activó aún más recuerdos, especialmente de su adolescencia, recuerdos agradables de cuando todo parecía ir de maravilla. Después se movieron al fondo del laboratorio y revisaron las ecuaciones del pizarrón por segunda vez en el día.
—Hemos revisado esto un montón de veces todos los días y siempre llegamos a la misma conclusión —dijo Rubén sin despegar la mirada del pizarrón, y dando un pequeño sorbo a su taza.
—No podemos fallar —respondió Benjamín. Tomó un trago de su café, lo saboreó y se dio la vuelta hacia las computadoras—. No han llegado los paneles nuevos y seguimos atorados con los cristales, aunque lleguen los paneles no podremos encriptar si no hay cristales.
—Pues sí, y también debemos probar las líneas de comando, no confío mucho en la IA —Rubén se acercó a la computadora y colocó su taza a un lado, aún se notaba caliente el contenido.
—Reescribiste la secuencia alfa ¿no? —dijo Benjamín que ya estaba revisando las líneas de código.
—Sí, pero tiene que revisarla —enfatizó Rubén.
Encendieron las otras tres computadoras que tenían en el laboratorio de 40m2 en forma de L deforme.
En la esquina norte, al fondo del laboratorio, estaba el dispositivo que estaban construyendo, parecía una cabina telefónica londinense de forma octagonal, un poco más grande y plateada por fuera.
En la esquina oeste estaban las computadoras y los escritorios de los dos científicos, un montón de libros y hojas en desorden los adornaban. En la esquina este había otros aparatos, como un espectrómetro y algunos láseres, y en la esquina sur estaba el otro dispositivo ligeramente más pequeño, la diferencia era imperceptible a primera vista.
El orden no era algo propio de su laboratorio, pero sabían en donde estaba cada cosa.
Revisaron a fondo cada línea de programación y casi a punto de irse a comer, entró una llamada al teléfono de Benjamín.
—Dr. García —dijo una voz femenina muy cómica al otro lado de la línea.
—Sí —respondió Benjamín tratando de contener la risa— ¿Qué sucede?
—En la entrada está un camión de DHL —dijo la voz— está preguntando por usted, dice que tienen unas cajas y son muy grandes ¿Quiere que pasen o usted viene por ellas?
—Que pasen —respondió Benjamín con premura—, los espero abajo. Gracias.
Los paneles reflectantes finalmente habían llegado. Benjamín sintió un estallido de emoción recorriéndole el cuerpo, una sensación que no experimentaba desde su infancia, cuando la expectación de abrir los regalos en Navidad o el Día de Reyes lo mantenía despierto toda la noche.
A pesar de la euforia, se obligó a mantener la ecuanimidad, a no dejarse llevar por el frenesí del momento. Pero no necesitaba palabras para saber que Rubén sentía lo mismo. La sonrisa amplia en su rostro lo delataba.
Era más que un simple paquete de materiales. Era el inicio de algo trascendental. Ahora sólo era cuestión de recibir los cristales de benitoíta que estaban creciendo en el laboratorio de Ciencias de Materiales.
—Vaya que está pesado esto —dijo el repartidor mientras él y su ayudante descargaban unas cajas rectangulares delgadas y largas, y las acomodaban en el laboratorio— ¿Qué son? Si es que se puede saber.
—Paneles reflectantes de vidrio polarizado y dopado con cristales de turmalina azul para construir un acelerador cuántico que permite el entrelazamiento encriptado de información —dijo Benjamín con toda la franqueza y seriedad posible—. Es como un espejo que incrementa la amplitud de ondas ultravioleta que inciden en la materia, acelera sus partículas encriptadas y las teletransporta a otro lado con alto grado de encriptación.
—Oh que bien, no entendí nada —mencionó el repartidor después de pestañear un par de veces. Su rostro delataba su completa ignorancia.
—No te preocupes —dijo Benjamín muy tranquilo mientras firmaba la hoja de recibido—, a veces ni yo lo entiendo.
Benjamín y Rubén se apresuraron a abrir las cajas como si fueran juguetes nuevos y terminaron de instalar los ocho paneles en cada dispositivo cerca de las 6 de la tarde, con hambre apenas se percataron del hermoso color azul pálido que se llegaba a ver en los translúcidos paneles rectangulares cuando un poco de luz se reflejaba en ellos.
Salieron a comer con la intención de no regresar, ya estaban cansados. No había sido mucho el esfuerzo físico, pero para alguien que no hacía ejercicio era extenuante montar 16 paneles de 12 kg cada uno.
Rubén devoró un plato de pollo en adobo y Benjamín apenas comió algo. No porque no tuviera hambre, pero si comía ya no cenaría con Claudia y ese era un momento que le gustaba disfrutar. Sentía que se había ganado la lotería al casarse con una mujer como ella.
Manejar ya se había vuelto rutinario, a veces ni sabía cómo había llegado a casa, hasta que bajaba del carro después de estacionarlo en la cochera. A pesar de la seguridad que podía brindar un auto modelo 2058 con todo y la tecnología IA de punta en los autos y en el camino, había accidentes y le preocupaba manejar así, pero su mente estaba en las líneas de código y las ecuaciones del pizarrón de su laboratorio.
En los últimos días estaba más ido que nunca, concentrado en su trabajo, le decía él; cuando llegaba a casa y trabajaba en su biblioteca un poco de música le ayudaba a concentrase y se olvidaba del mundo. Su esposa, Claudia, le tenía mucha paciencia; tal vez porque ella también era científica y sabía muy bien lo que significaba centrarse en una investigación.
Claudia tenía un doctorado en ciencia de materiales y era la jefa del laboratorio principal del Instituto de Ciencias Aplicadas de la BUAP. Su laboratorio tenía el mayor presupuesto de todos. No se sabía si era porque daba buenos resultados, o daba buenos resultados porque tenían un gran presupuesto.
Justo ahí es donde estaban creciendo los cristales de benitoíta que le hacían falta a Benjamín para el experimento del siglo, según él y su ego; aunque sabía que no era así, pues ya se habían establecido colonias en Marte y la Luna, la nanotecnología y la IA facilitaban la vida y mejoraban la salud. Un pequeño experimento que encriptaba información para teletransportarla a otro lado no era algo que fuese impactante, aunque tal vez, sí necesario. Pero él se daba ánimos alimentando su ego de esa forma.
Benjamín entró a casa, saludó a Claudia con un beso y se fue al cuarto en la planta baja que habían adaptado como biblioteca; en el pizarrón estaban anotadas las ecuaciones de su vida. Sentado frente al pizarrón observándolas pensaba detenidamente si había algún error. Le aterraba encontrarlo, pero sabía que era necesario; era parte de su formación como científico.
Por su mente pasó toda la historia de cómo llegó a esa cosa tan rara pero que permitía que un trozo pequeño de una manzana desapareciera de un extremo del laboratorio y apareciera en el otro extremo. Se le escapó una sonrisa al recordar que fue en una borrachera en sus tiempos de universitario, la única que tuvo. El mejor día de su vida, lo llamaba él, porque mató dos pájaros de un tiro.