El Acecho
En una habitación oscura, una figura se movía de un lado a otro, agitada. Marcos, con cautela, se acercó a la ventana para observar si algo había cambiado afuera.
—Parece que ya se fueron —pensó, mientras cerraba las cortinas de golpe.
Marcos Fuentes, un universitario que se había trasladado a la gran ciudad para hacer sus sueños realidad, comenzó a sentirse inquieto una semana después de rentar ese departamento. Aseguraba que lo seguían y lo vigilaban. Solo en su habitación se sentía completamente seguro.
Los que lo acechaban estaban en el edificio continuo. Marcos ya no podía más; sabía que irían a por él, así que buscó su teléfono móvil y marcó el número de su amigo, Pablo.
—Hola, Pablo —decía Marcos, caminando de nuevo hacia la ventana.
—¿Hola, Marcos? ¿Pasa algo?
—Creo que han empezado a moverse, Pablo... Necesito tu ayuda —suplicaba Marcos, moviendo levemente la cortina para mirar.
—Dime, ¿qué necesitas?
—Por favor, ven lo más rápido que puedas —insistió Marcos.
—De acuerdo, estaré allí en veinte minutos —dijo Pablo y colgó.
Marcos pensaba en Pablo como su único ancla a la cordura. Pablo era el único que, en lugar de sugerirle psiquiatras o un viaje a casa, le había ofrecido atención, emoción y la teoría de la pandilla. Los demás decían que debía calmarse, que todo lo que sentía era por estar muy lejos de su hogar, que tratara de salir a distraerse, ya que al aislarse solo aumentaba su paranoia. Marcos había aceptado esos puntos de vista al principio, hasta que un día vio a un sujeto que lo espiaba cuando él entró a su departamento. El sujeto permaneció en su puesto, inmóvil como una gárgola, sin quitar la mirada de su ventana. Marcos sintió la pesada fijeza de esos ojos como una aguja clavada en su pecho. Cuando llamó a la policía, por supuesto, el tipo ya se había esfumado.
Ya no quería contar a nadie lo que le pasaba; solo confiaba en Pablo, su amigo de la infancia, quien era un "niño rico" en busca de emociones fuertes. Se veían a menudo, ya que Pablo tenía su propio auto. El día que le contó sobre los problemas que tenía, Pablo le dijo que podría ser una pandilla, que quizá lo confundieron con alguien más y que por ello buscaban el momento preciso para actuar. Le aconsejó que lo mejor que podía hacer era no mostrarse tanto, para que pensaran que el sujeto que buscaban había escapado.
Solo esperaba que pasaran esos veinte minutos, a que llegara su amigo y lo sacara de esa casa. Marcos no se atrevía a salir por temor a que se lo llevaran, y tampoco podía llamar a la policía. Ya lo habían amonestado por llamar varias veces por el mismo problema, pues cuando ellos fueron a investigar no encontraron nada. Le dijeron que buscara ayuda de un profesional, un detective o un psiquiatra.
—¡Maldita sea, no pasa el tiempo! —Solo habían pasado cinco minutos y Marcos estaba agitado—. ¡Vamos, Pablo, apresúrate!
Mientras paseaba de un lado a otro para calmar sus nervios, Marcos se vio atrapado por el reflejo de su propia mente. El apartamento no era un hogar, sino una pocilga. Una capa de polvo gris cubría todos los muebles y libros; el olor a comida rancia luchaba contra el hedor a humedad. Los platos sucios formaban una torre precaria en la cocina y las bolsas de basura desbordadas se apilaban en las esquinas. Su hogar era, en ese momento, el reflejo exacto de su espíritu: un laberinto sucio e indescifrable.
Al llegar al baño, la suciedad se sentía espesa, casi tangible. Se mojó el rostro y el cabello, notando en el lavabo el cabello pegajoso y ralo, el mechón que caía como una sentencia, otra señal física de que su tensión estaba destrozándolo por dentro.
Al terminar de refrescarse, volvió a la ventana. "Tenía que seguir vigilando", se dijo. Pero se arrepintió cuando lo hizo: al frente de la calle estaban dos individuos más junto al que había visto días antes. Los tres observaban la ventana sin hacer movimiento alguno.
—¡Oh, no! —se decía Marcos, muy perturbado, mientras buscaba su teléfono y marcaba con gran dificultad.
—Hola, Marcos, ya estoy llegando... —dijo Pablo con tono apacible.
—¡Pablo, escucha! ¡Ahora son tres los que me están vigilando!
—Tranca la puerta con algo hasta que llegue. Voy a acelerar a fondo.
—Está, está... bien —contestó Marcos, mientras corría por la sala y buscaba objetos pesados para bloquear la puerta. Arrastraba, empujaba todo lo que podía para asegurarla. "Nadie podrá entrar", pensaba espantado.
Al terminar, regresó a la ventana; era lo único que podía hacer hasta que llegara Pablo. Al dar un vistazo, se percató de que dos autos estaban estacionados junto a los tres sujetos que no dejaban de mirar la ventana, como si supieran que Marcos estaba allí. Entonces, uno de los tres hombres súbitamente levantó su brazo. Cuando lo tuvo en lo más alto, las luces de la calle se apagaron. También el ruido de los perros que ladraban y aullaban asustados se acalló. Las alarmas de los autos y todo sonido desaparecieron. Era como si el mundo entero hubiera desaparecido; solo estaban Marcos y esos tres desconocidos que no se movían, ellos solo vigilaban.
—¡Diez minutos más, solo diez! —se decía Marcos, aunque muy en el fondo él creía que cuando Pablo llegara a su departamento, sería demasiado tarde.
Pero un pensamiento de esperanza recorrió súbitamente su mente. Se apartó de la ventana y buscó algo que había olvidado que tenía.
Buscó con desesperación en el fondo del armario, detrás de una pila de ropa sin doblar, hasta que sus dedos tocaron el frío metal. "¡Aquí estás!", susurró.
La pistola la había comprado en el mercado negro hacía unos meses. No era más que un fetiche, un capricho ridículo en una vida tranquila. Ahora, en medio de este silencio asfixiante, era su única esperanza. Era su mejor aliada para sobrevivir hasta que llegara Pablo. Llenaba el cargador con las balas que le había regalado el vendedor, ya que ese hombre quería deshacerse de ese objeto como si tuviera una maldición.
Volviendo a su manía de ver por la ventana, tropezó con un mueble. Se incorporó con dificultad, sintiéndose más abrumado por la falta de sonido. Solo podía oír los pasos de sus pies y el latir de su corazón.
—¿Cómo lo hizo? —se preguntaba—. ¿O es que estoy volviéndome loco en realidad?
Mirando por la ventana, se percató de que los tres individuos lo saludaban. Muy deprisa, Marcos se apartó del cristal. Estaba seguro, no podría escapar de esa situación solo; necesitaba que llegara Pablo. Así que volvió a ver su reloj.
“Cinco minutos más” era todo lo que tenía que esperar. No importaba lo mucho que le asustaba ver por esa ventana, tenía que hacerlo si quería escapar. Entonces se dio cuenta, muy tarde, de que si esos tipos iban a por él, no tendrían problemas en acabar también con su amigo.
—¡Oh, no! ¡Qué hice! —Marcos llamaba mientras se lamentaba de sus acciones.
—Marcos, cálmate, ya estoy cerca.
—¡No vengas! ¡Los tipos que me siguen te harán daño a ti!
—Escucha, Marcos, cálmate, estoy llevando a alguien más.
—¿Por qué? ¡De qué hablas! ¿Quién más? ¿Para qué?
La voz de Pablo, antes apresurada y cómplice, se volvió suave, casi anestesiada, y eso fue lo que realmente heló la sangre de Marcos.
—Lo siento, Marcos, hemos hablado con tu familia. Y conmigo, claro. Te quiero mucho, hermano, pero tienes que entenderlo. No podemos dejarte así. Estás enfermo. ¡Necesitas ayuda profesional! Estoy llevando a un experto en este tipo de problemas. Por favor, cálmate, por tu propio bien. ¡Nada de lo que ves es real!
Marcos sintió cómo el teléfono se le resbalaba, pero lo atrapó con la mano que no sostenía la pistola. Sus ojos se fijaron en los tres hombres, que ahora habían avanzado hasta el borde de la acera.
—¡¿Tú también, por qué no me crees, por qué nadie me cree?! —gritaba Marcos de forma ahogada, con lágrimas de frustración y desesperación, mientras se acercaba de nuevo a la ventana.
—Sí, amigo. Todo el mundo lo sabe. Lo del espía en el edificio de enfrente, las luces apagándose... todo es tu mente, Marcos. Es la paranoia. Solo que nadie quería entrometerse. Yo no puedo dejarte en ese estado, así que cálmate, todo estará bien.
—¡Debo de estar muy loco, Pablo! ¡Si no es real, ¿por qué los tres tipos siguen allí, mirándome sin moverse?! —Al terminar de decir eso, los tres desconocidos se movieron, y con lentitud, comenzaron a avanzar. Los rostros que estaban ocultos en las sombras se iban haciendo visibles—. ¡Te lo juro, están aquí! ¡Si estoy loco no me importa, solo ven! ¡No dejes que me lleven! —gritaba desesperado Marcos.
En ese momento, el teléfono se apagó.
“¿Qué era lo que vio Marcos que lo aterrorizó hasta el punto de preferir ir a un hospital psiquiátrico?”
—¡¡Por favor, ayúdenme!! —Gritaba aterrado Marcos, levantando la pistola mientras disparaba para todos lados—. ¡¡AUXILIO!! —Gritaba, pero nadie oía sus lamentos.
Al llegar finalmente al departamento, Pablo y el psiquiatra quedaron boquiabiertos al observar el completo desorden. La puerta y los muebles estaban deshechos, arrasados por una fuerza que no encajaba con la histeria humana. Pero lo que más les impresionó fue que la ventana había desaparecido y que en su lugar solo estaba un Gran Hoyo Negro. No era solo un vacío; era una grieta en la realidad, una ausencia de luz que parecía absorber el color de la propia pared que lo rodeaba. Era como mirar un trozo de noche estelar comprimido, silencioso y hambriento.
—¿Qué pasó aquí? ¡Marcos! ¡Marcos! ¿Dónde estás? —Buscaba Pablo, preocupado. El psiquiatra, en cambio, se había quedado paralizado, con los ojos fijos en la negrura, su lógica destrozada. Pablo no entendía qué había pasado allí, pero había sido algo terrible, algo terrible para Marcos.
Minutos antes de que Pablo llegara, Marcos gritaba desesperadamente. Un hecho que el mundo jamás creería, algo que solo pasaba en la mente de perturbados.
En realidad, eso hace más fácil mi trabajo, el de llevar estos especímenes para la investigación. El ser humano es algo fascinante y peculiar; siempre se obtiene información divertida. De sus cuerpos no hay mucho para investigar, pero sí de sus recuerdos, sus ideas, sus mentes... Eso es como la televisión, esa cosa que tanto disfrutan estas criaturas.
Es una lástima que Marcos no sea usado para esos propósitos, ya que solo su cuerpo será estudiado, pero su amigo y el otro sujeto tienen características de recuerdos más interesantes. Es mejor que los llevemos a todos, es lo mejor...
Fin