01
Pov de Jimin:
Mi vida era una farsa envuelta en papel celofán. Simple, sí. Aburrida, también. Tengo veinticinco, soy un doncel, y sí, soy atractivo. Una figura delgada con curvas suaves, la piel pálida, los labios que se ven hechos para pecar.
¿Pero de qué me servía ser el objeto de deseo de otros, si el único hombre que me excitaba era una sombra, una leyenda, un asesino?
Solo fantaseaba con un hombre: Ghostface.
No el Ghostface de las películas; el nuestro. J.J. El más antiguo, el más sádico.
La prensa decía que tenía tatuado el brazo derecho, un rasgo que el bastardo se aseguraba de dejar ver en la escena. Dos iniciales grabadas en carne: J.J.
Maldita sea. Con solo imaginarme en cuatro patas sobre esta cama, la seda fría bajo mis rodillas, y él… él follando mi trasero de la manera más sucia y perversa, sentía un nudo tenso en mi vientre.
Nunca había visto su rostro, solo el horror blanco de la máscara, pero lo presentía: debajo de ese plástico cheap, había una belleza jodidamente oscura y cruel. Un rostro hecho para mirar a su presa mientras la destrozaba.
No estaba solo en esta oscura adicción. Félix, mi primo, tan opuesto a mí. Un doncel con diecisiete años, belleza angelical que ocultaba un morbo casi tan grande como el mío.
Él estaba obsesionado con el segundo: H.H., el supuesto hermano menor de J.J. Se rumoreaba que H.H. era más impulsivo, más joven y sin tatuajes.
Somos dos donceles rotos. Dos piezas que solo quieren ser reclamadas y folladas por los asesinos que nos devolvieron la emoción.
Ahora, me encontraba recostado en mi cama, la suavidad rosa de mi habitación, demasiado femenina, pensaba , contrastando con la basura que rodaba en mi mente.
Revisaba el celular. Los Ghostfaces volvieron a hacer de las suyas. Una hermosa rubia asesinada ayer.
Me mordí el labio, un pensamiento sucio pinchándome: ¿Será J.J. gay?
El terror me golpeó.
¿Y si era heterosexual? ¿Y si odiaba a los donceles? ¿Y si simplemente nos consideraba asco?
No. Mi obsesión era más fuerte. La aparté. Él tenía que ser gay. Él tenía que estar buscando una posesión como yo.
Casi siempre me quedaba solo de noche. Félix, un chico de universidad, se quedaba hasta tarde por "cosas de la biblioteca", aunque ambos sabíamos que esperaba ser visto por su H.H.
Apagué el celular y la pantalla se oscureció. Me hundí en la seda, el tacto lujurioso en mi piel. Aquí, en esta cama, he pasado horas rezando a la oscuridad para que mi teléfono sonara.
He fantaseado con deslizar la yema de mi dedo sobre la pantalla y escuchar su aliento pesado.
Iba a cerrar los ojos, dispuesto a caer en un sueño húmedo, cuando mi celular comenzó a sonar.
Número Desconocido.
Me senté como un resorte, el corazón golpeándome las costillas con la fuerza de un puñetazo.
"Mierda, mierda, mierda..."
Mi mente gritaba, la excitación recorriéndome como electricidad. Por favor, sé tú. Por el amor de todos los pecados, ¡sé J.J.!
Mi respiración se cortó al ver la pantalla: "Félix Tonto".
El golpe de la decepción fue físico, un vacío frustrante. Contesté, mi voz plana:
—¿Qué quieres, enano?
—Jimin, no me grites. Creo... creo que me están viendo.
La voz de Félix era un susurro nervioso al otro lado. Estaba en la biblioteca, claro. En lugar de sentir preocupación, una sonrisa lenta y perversa curvó mis labios.
—¿Y? ¿Te llamó? ¿Te preguntó si te gustan las películas de terror?
—No. Solo siento una sombra detrás de mí. Y... me gusta. ¿Crees que sea H.H.? —Había emoción, una perversión infantil, en su voz.
—Probablemente lo sea. H.H. es el impulsivo. Dale un espectáculo, bebé.
—Pero... ¿y si no es H.H.? ¿Y si es J.J.? —preguntó Félix, el miedo ahora mezclado con una curiosidad mórbida—. Tú dijiste que J.J. está tatuado. El que a mí me gusta no lo está.
—No te preocupes. J.J. es mío. Él sabe quién es su verdadero objetivo —le dije con una dosis de arrogancia posesiva.
—Mierda. Tengo que... —La línea se cortó con un sonido abrupto. No fue un 'colgado'. Pareció un golpe seco.
Me quedé mirando el celular. Me sentí fugazmente preocupado, pero debajo de la preocupación burbujeaba algo más oscuro: celos.
Ojalá el asesino de Félix realmente lo estuviera persiguiendo. Ojalá el mío me reclamara. Ojalá yo fuera el centro de esa violencia, no él.
No, J.J. es mío.
Decidí que el único placer que tendría esta noche sería el que yo mismo me diera. Apagué el celular y lo tiré a un lado.
Mañana sería otro día. Mañana, o pasado mañana, seguiría esperando esa puta llamada.
Pov de Jungkook:
Soy Ghostface. O, para el hermoso doncel que consume mis pensamientos, soy "J.J.".
Tengo veintisiete, y sí, soy atractivo. Un cuerpo meticulosamente trabajado que oculta la brutalidad que es mi verdadero arte.
Soy el asesino más temido de esta jodida ciudad, un título que llevo con orgullo. He cometido crímenes que harían vomitar a un demonio, pero mi única adicción en este momento es él: Jimin.
Ese cuerpo. Esas curvas delicadas que claman por ser magulladas por mis manos.
Esa cabellera rubia que quiero envolver en mi puño mientras lo hago gemir. Y su trasero... carajo, es la perfección tallada para mi placer.
Dejé que mi brazo tatuado, oscuro, fuera visto a propósito. Dejé migajas de pan para ver si mi presa se interesaba. Y lo conseguí. Él se interesa. Lo sé porque lo he escuchado.
No me nota, pero siempre estoy presente. He pasado horas en la oscuridad, con el móvil intervenido, escuchando la grabación de su habitación.
Esos gemidos. La forma en que gime mis iniciales con la boca llena de deseo, mientras se penetra con esos juguetes sexuales que son un insulto a lo que su cuerpo realmente necesita.
Me excita hasta el punto de la violencia. Sé que espera mi llamada. Que me suplica que lo posea, que entre y lo folle hasta que me ruegue que pare. Pero yo nunca paro.
Ahora, estoy en el salón de mi penthouse. Todo aquí es negro, frío, como mi propia alma. Afilo mi cuchillo de caza, la hoja deslizándose contra la piedra con un sonido satisfactorio.
Mi celular vibró. Era Hyunjin.
—¿Y bien, hermanito? —dije, sin dejar de mirar mi reflejo en el acero.
—Lo vi más cerca hoy, Jungkook. Al doncel.
Hyunjin tiene veintidós, una belleza cincelada por los dioses que usa como su propia máscara de inocencia.
Él es el impulsivo, pero su obsesión por el primo de Jimin, Félix, lo convierte en un cobarde.
—¿Y? ¿Lo tocaste? —pregunté, deslizando el pulgar por el filo.
—No pude. No tengo el disfraz de H.H. y... carajo, es tan hermoso de cerca, Jungkook.
Me reí. Una risa seca y divertida. Le recordé, sarcástico: —¿Eres un asesino despiadado, Hyunjin, o el maldito Romeo? ¿Le tienes miedo a un doncel o a que tu polla erecta te delate?
Hubo un silencio tenso. Luego, Hyunjin suspiró con frustración: —No me acerqué porque tengo la polla jodidamente dura, ¿feliz?
Me incliné, la risa resonando en el salón. —Estos jóvenes de ahora, tan hormonales. Vuelve a casa, Hyunjin. Te recuerdo que la presa principal es mía.
Hyunjin cortó la llamada. Obsesión por obsesión.
Miré mi celular. La adrenalina de la conversación me había encendido.
Quería su voz, la confirmación de que me estaba esperando. Desbloqueé el teléfono y marqué. Número desconocido.
Al tercer tono, contestó.
—¿Te estás divirtiendo?
—Solo si tú me haces divertirme —dijo Jimin.
Carajo. Su voz era coqueta, expectante, y tan seductoramente peligrosa que mi polla se tensó de inmediato.
Sabía exactamente quién era. Lo había escuchado antes. Mi corazón latió rápido.
—Qué interesante... —dije con la voz distorsionada, lenta y profunda—. Escuché que esperabas la llamada de un chico tonto, Jimin. ¿Estabas decepcionado cuando era tu primito?
Hubo un jadeo al otro lado. Lo había atrapado. Lo estaba iluminando con la evidencia de su propia fantasía.
—¿Cómo... cómo sabes eso?
—Lo sé todo, Jimin. Sé que usas seda rosa. Sé que te excitas en la oscuridad. Y sé... que no me tienes miedo. Me quieres.
Hubo un susurro, bajo, casi inaudible.
—Sí.
Esa palabra. Fue una bomba. Colgué de inmediato. No quería darle más, no esta vez.
Sonreí, un verdadero depredador. La sonrisa de un hombre que acaba de confirmar que su obsesión es mutua.
Él lo espera. Se está preparando para mí. Mañana por la noche lo llamaría de nuevo, y esta vez, mi maldita fantasía se cumpliría.
Iba a darle el encuentro más sucio que había anhelado.
Pov de Jimin:
Miré el celular, sintiendo la ausencia de su respiración distorsionada como si me hubiese quitado el oxígeno.
Me desplomé en la cama, la seda fría. Me había colgado. El bastardo. Me había encendido hasta el punto de la combustión y me había dejado ardiendo solo.
Sentí un pinchazo agudo en la ingle, la confirmación de que la conversación había sido más efectiva que cualquier juguete que tuviera a mi alcance.
La voz de J.J la seguridad de que él estaba observando en este preciso momento, era el afrodisíaco más potente que jamás había probado.
Mi celular vibró con un mensaje de texto. Era Félix Tonto.
Félix (23:45): Estoy bien. Se escuchó un ruido horrible, pero creo que no era H.H. Solo una rata gigante. Ya voy para la casa.
Lo leí y lo dejé en visto. Me importaba que estuviera a salvo, claro, pero en ese momento, la supervivencia de Félix era un pensamiento lejano, una molestia que interrumpía mi éxtasis oscuro.
Tenía un problema, un problema urgente de erección y necesidad que solo las palabras de Ghostface habían podido invocar.
Me puse de rodillas en la cama, la seda deslizando contra mi piel. Imaginé su mano grande, cubierta con el guante oscuro, aferrándose a mi muslo mientras me inclinaba.
Me desabroché el pantalón con manos temblorosas, liberando mi erección dura y pulsante.
Cerré los ojos, evocando la voz de él , susurrando la lista de mis pecados y mi vulnerabilidad. Me agarré con fuerza, moviendo mi mano con ritmo rápido y sucio.
No me bastaba con tocarme; necesitaba sentirme dominado, necesitaba que ese Ghostface estuviera aquí, observando y dirigiendo.
—Estás sucio, Jimin. Gime mi nombre, no el del juguete —imaginé que me decía con esa voz profunda.
Gimoteé, sintiendo que la sangre me martilleaba en la cabeza. Me giré, imaginando que él estaba parado en el umbral, con la máscara pálida, observando mi humillante entrega.
Fantaseé con que entrara, me volteara de un golpe, y me penetrase sin avisar, castigando mi cuerpo por haberlo anhelado tanto.
La fantasía fue tan real que mi cuerpo se arqueó, y el orgasmo me golpeó con una violencia repentina. Me quedé temblando, empapado de sudor, con la cabeza enterrada en la almohada.
La frustración era abrumadora. No era suficiente.
Abrí los ojos, mirando las sombras de la habitación. Sabía que él me llamaría de nuevo.
Y la próxima vez, la seda se iba a desgarrar y las fantasías serían reemplazadas por la brutal realidad de mi obsesión.
No tenía que esperar. No después de esa llamada. Él vendría.
Yo no era la presa, yo era el carnicero voluntario. Y J.J. lo sabía.