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Summary

Max Calloway, un detective varado en su propio duelo y sin una guía para ser un adulto con aficiones, ve cómo su rutina se descarrila cuando rescata a un joven que todos daban por muerto desde hacía dos décadas. El chico es un completo misterio, pero cuando sus miradas se cruzan, Max cree que puede ver a través de sus grietas más íntimas. Incapaz de ignorar esa sensación de amenaza y fascinación, Max se aferra a la única certeza que le queda: necesita descubrir quién es ese muchacho y por qué su mera presencia le remueve hasta lo que creía enterrado. Pero quizás -sólo quizás-, lo que descubre no sea del todo bueno.

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

La llamada

【M】【A】【X】 

Todos en la estación de policía parecen haber perdido el juicio desde el momento en que una llamada —irrastreable, lo cual es casi un oxímoron en esta época dominada por la geolocalización compulsiva— comunicó algo tan insólito que, durante un instante, creí que estaba escuchando mal: alguien que debería llevar muerto veinte años acaba de ser encontrado.

La mayoría se muestra incrédula, aunque la llamada, escueta hasta lo ofensivo, proporcionó una dirección concreta en mitad de ninguna parte antes de cortarse sin ofrecer margen para preguntas.

—¿Crees que no será una broma, Max? —pregunta Ethan, mi compañero habitual en patrullas y el único capaz de cubrirme cuando siento que el mundo entero pesa como el plomo—. He apostado veinte dólares a Hanna Troban a que esto es una llamada falsa hecha por un adolescente que se cree ingenioso.

No respondo. Y no porque no pueda, sino porque la lógica de su argumento hace agua por todos lados. Para empezar, ¿qué adolescente conoce un método para llamar sin dejar rastro? Desde luego uno común no. Y si se tratara de uno de esos mocosos acomodados que viven a la sombra del dinero familiar, probablemente habría encontrado entretenimientos más adecuados —y menos arriesgados— que interferir con una estación de policía. Podría haber invertido ese tiempo en pagar por una prostituta, o alquilar un salón de juegos para sus amigos igual de molestos y elitistas con ellos.

La voz del comunicante, claramente distorsionada para evitar su identificación, aportó únicamente lo imprescindible: una noticia imposible y una localización precisa. Nada más. Sin contexto, sin motivación, sin un atisbo de humanidad.

Pero hay un problema de fondo: la supuesta víctima, oficialmente fallecida hace dos décadas, abre un abanico de interrogantes que no se resuelven con facilidad.

¿Quién es exactamente? ¿Ciudadano o extranjero? ¿El informante le conoce? ¿De dónde demonios ha salido la información? ¿Y por qué ahora?

—Deja de perder el tiempo con hipótesis vacías, Ethan, y mantén el paso —mi tono suena áspero, pero si esto es real, estamos frente a un acontecimiento sin precedentes en toda la historia del departamento.

—Siempre tan duro, Max… —murmura él, reprimiendo una sonrisa que parece un tic, aunque no insiste.

Trabajo en el Departamento de Policía de Wichita, Arkansas. Un lugar donde la calma dura lo mismo que un caramelo en la puerta de un colegio. Secuestros, persecuciones, tráfico de lo que sea: ese es el menú habitual de nuestra unidad. Y aun así, los desenlaces rara vez son satisfactorios. Algunos desaparecidos aparecen muertos; algunos delincuentes prefieren ingerir sustancias letales antes que pisar una celda; otras veces llegamos a una granja que debería estar llena de armas o droga, pero encontramos únicamente el eco del viento porque alguien se nos adelantó.

No somos perfectos. Trabajamos con limitaciones y, a veces, incluso los casos más sencillos se prolongan de forma exasperante.

Pero esto… es distinto.

Una posibilidad tan improbable que, por extraño que parezca, acelera mi pulso y me recuerda el motivo por el que elegí esta profesión. No por los titulares; tampoco por las condecoraciones. Sino por la sensación, frágil y efímera, de que salvar a alguien aún vale la pena, aunque la vida se empeñe en demostrarnos lo contrario.

Desde que mi esposa, Elmira, murió hace ocho años, me he refugiado en el trabajo con la devoción de un adicto que necesita su dosis para no desmoronarse. El duelo por el cónyuge no sólo desgarra; pulveriza. Y en mi caso, la herida se profundizó al comprender que no perdí únicamente a la mujer con la que había construido una vida entera, sino también al hijo que representaba esa unión.

Nunca me permití derrumbarme más de lo estrictamente necesario. Ni una jornada completa dedicada al llanto. Las lágrimas no la van a devolver, ni resucitarán al bebé que nunca nació, ni alterarán el pasado. El dolor, por más que uno intente negociar con él, no ofrece rebajas.

Miro por la ventanilla del coche mientras avanzamos por carreteras secundarias interminables. Los campos de trigo se extienden hasta donde alcanza la vista, y el atardecer les otorga un color naranja que recuerda a esos vasos de zumo industrial saturados de azúcar para disimular la acidez de la fruta. A pesar de esa escena casi idílica, los destellos rojo y azul de los coches patrulla dibujan sobre el paisaje un tono indefinible, algo que ningún catálogo cromático contemplaría.

La radio, siempre presente como un insecto insistente, escupe voces de mis compañeros. Algunos siguen especulando sobre la llamada y cuestionando si era necesario enviar tres vehículos a un paraje tan remoto, un lugar que podría figurar en los mapas como «donde Dios perdió la voluntad de buscar su sandalia». Otros comentan trivialidades irrelevantes, y esa palabrería vacía se me instala en el estómago como una irritación creciente.

Alargo el brazo, tomo el comunicador y presiono el botón:

—Reservad las charlas para más tarde. Tenemos trabajo que hacer.

Cuelgo con un ligero golpe firme. De inmediato me llaman aguafiestas, rígido, viejo gruñón. Nada nuevo. Aun así, su indulgencia ante un caso tan desconcertante me provoca una punzada de fastidio. Miro el comunicador como si pudiera fulminarlo, deseando que mis compañeros recordaran que no estamos en un bar charlando sobre el partido del domingo.

A mis cuarenta y dos años, no necesito que un puñado de jóvenes me diga cómo debo comportarme o en qué invertir mi tiempo. ¿Acaso no entienden que no estamos en una tertulia de jubiladas?

Si la llamada es correcta, debemos darnos prisa. No se presenta todos los días la oportunidad de rescatar a alguien que lleva veinte años desaparecido y cuya muerte había sido asumida por todo el país. Aunque sé que la identificación mediante huellas nos dará respuestas, una sensación incómoda se instala en mi pecho: algo me dice que este caso no será sencillo.

¿Por qué nos contactan ahora? ¿Cómo ha sobrevivido? ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Y por qué ningún departamento de policía consiguió localizarlo antes?

Preguntas que se multiplican sin ofrecer nada, salvo el silencio que acompaña siempre a los enigmas demasiado antiguos para encajar en el orden natural de las cosas.


Cuando el GPS del coche patrulla anuncia que hemos llegado, prácticamente todos descendemos a cierta distancia de la propiedad. Nadie quiere ser el idiota que permita que el capturador —o los capturadores— huya y convierta nuestra presencia en una anécdota vergonzosa en la comisaría.

La granja, situada a varios metros, conserva una calma que casi resulta ofensiva. A estas horas —algo más de las siete— ya no se trabaja en el campo, y aun así la escena desprende una quietud que no encaja con lo que deberíamos encontrar. La casa se ve medianamente cuidada, pero no con el esmero que alguien tendría por su hogar y su sustento; más bien transmite una dejadez selectiva, como si el propietario hubiera decidido invertir energía únicamente en lo que trascendía a sus intereses inmediatos.

Aun más extraño resulta el muro de hormigón que rodea la casa. En esta zona lo habitual es tener verjas o cercados que permitan ver los cultivos y actuar rápido ante plagas o intrusos. Sin embargo, aquí alguien ha levantado un muro de unos dos metros y medio, mal construido, irregular, casi improvisado. Parece obra de alguien que necesitaba aislar el interior del exterior sin preocuparse por la estética ni la lógica agrícola.

La casa principal es amplia, con un primer piso que intenta evocar cierta modernidad de principios de los años dos mil. El tejado ha perdido algunas tejas; la madera de las paredes muestra una pintura demasiado reciente para un lugar teóricamente habitado. Es como si alguien hubiese intentado maquillar la fachada con la torpeza del que quiere convencer sin que le pregunten.

Me resulta todavía más extraño teniendo en cuenta el clima de Arkansas: cualquiera con dos dedos de frente sabe que aquí los tornados no son un mito ornamental, sino un fenómeno que exige preparación. Y esta granja, claramente, no está preparada. Pero los campos que la rodean, en cambio, parecen sacados de un folleto de agricultura ejemplar: espigas gruesas, doradas, alineadas con una rectitud casi sospechosa; espantapájaros colocados en puntos estratégicos; los caminos entre franjas completamente despejados. Es un contraste absurdo, como si dos realidades incompatibles hubieran sido superpuestas sin cuidado.

—Creo que ya he venido aquí unas cuantas veces —musita Banks, lo suficientemente bajo para sonar prudente, pero lo bastante alto para que todos le lancemos una mirada inquisitiva.

—¿Estás seguro? —pregunto, frunciendo el ceño.

Banks mira a su compañero, como si esperase que compartiera la repentina iluminación, pero el otro parece perplejo.

—Jerry, ¿no te acuerdas del caso de envenenamiento del dos mil catorce? —insiste Banks.

El jadeo de Jerry basta como respuesta, ya que parece que esa breve información es suficiente para que, por un momento, viaje mentalmente a ese pasado.

—Dios… ¿Qué ha pasado desde entonces?

Jerry clava los ojos en la granja. Sus cejas negras se juntan con tal intensidad que parecen fundirse en una sola línea gruesa. Se mantiene inmóvil, concentrado, como si intentara que algún recuerdo enterrado ascendiera a la superficie.

—¿No estaba la casa orientada al noroeste? —pregunta con una vacilación que me parece ligeramente absurda. ¿Qué clase de pregunta es esa?—. Lo digo porque ahora está mirando hacia el sur.

—Guardad las batallitas para la comisaría. Tenemos un rescate, ¿recordáis? —interviene Ethan, con esa sonrisa burlona que me obliga a rodar los ojos. Jamás entenderé por qué les parece fascinante desperdiciar tiempo.

Lanzo un suspiro profundo, me froto la cara y marco una estrategia elemental; hasta un novato podría seguirla:

—Jerry y tú, Banks, cubrid la puerta principal. Si intentan escapar, quiero que estéis ahí. —Luego me señalo a mí y a Ethan—. Nosotros iremos por la parte trasera, bordeando el muro. Lo más probable es que haya una segunda salida, ya que sólo un idiota construiría un auto-encierro sin sentido.

Eso, claro, asumiendo que no estamos frente a una broma mal elaborada. No sería la primera vez que algún adolescente intenta hacerse el gracioso. Siempre ocurre lo mismo: llegamos, nadie sabe nada, los propietarios protestan por la interrupción y volvemos a la base con unas muecas que dicen demasiado.

Asentimos al unísono y nos ponemos en movimiento. Saco mi arma; Ethan sostiene la cizalla que, según la misteriosa llamada, debíamos llevar. Que nos indiquen el tipo de herramienta necesaria es, cuanto menos, inquietante, pero no podemos ignorar algo así.

Nos movemos con rapidez y la discreción necesaria, manteniendo el cuerpo ligeramente inclinado para reducir la visibilidad. Nuestros pasos sobre la tierra resuenan demasiado limpios, como si alguien hubiese barrido el perímetro del muro con un esmero impropio de una granja. Sin ramas sueltas, sin piedrecillas. Nada. Demasiado perfecto. Demasiado antinatural.

Tal como intuía, encontramos una segunda puerta. Es idéntica a la frontal: sin cadena, entreabierta, pero sin rastro de huellas recientes en el suelo. No sé si la falta de marcas indica profesionalidad o abandono.

No le doy más vueltas a ese tema, porque sino quizás todo termine en desastre por sobreanalizar cosas tan insignificantes.

Elevo el arma a la altura del pecho, me acerco a la puerta y señalo a Ethan que se mantenga detrás. Me pego a la pared exterior después de echar una rápida carrera, devorando varios metros con zancadas rápidas. Si la distribución sigue la lógica habitual, la cocina estará justo detrás.

Ethan observa por la ventana estrecha situada junto al marco, para así darme la información que necesito. Tras unos segundos, me hace una señal clara: despejado.

Me coloco frente a la puerta, respiro hondo y la derribo de una patada. La madera cede con un crujido seco, muy similar a cuando partes una tostada con los dientes o pisas una galleta, cediendo la madera lo suficiente para mostrar un ángulo lastimero hacia dentro.

—¡Policía de Wichita! —grito, con voz firme, y el arma apuntando al interior—. ¡Manos donde pueda verlas!

Para mi desconcierto, no existe ninguna respuesta ante mis palabras. Ni un murmuro o golpe, sino más bien nos recibe un silencio que se me antoja incómodo y extraño.

Es una cocina, tal como esperaba. Limpia, ordenada, sin platos en el fregadero ni marcas de uso reciente. Demasiado pulcra para un lugar que debería estar habitado. Hay un aroma tenue a madera y detergente, una quietud que parece suspendida en el aire, como si los habitantes hubieran desaparecido justo antes de nuestra llegada.

¿Dónde se han metido esos cabrones?

Debería haber alguien dentro, debido a que el vehículo familiar que vimos fuera así lo sugiere. ¿Por qué no escucho pasos en el piso superior? ¿Por qué esta casa parece detenida en el tiempo?

—Ethan, regresa al cobertizo que pasamos antes —ordeno en voz baja mientras avanzo pegado a la pared, sintiendo el frío de las baldosas a través de la ropa—. Si ves algo extraño, llámame. No te adelantes ni te hagas el héroe, ¿entendido?

—Puedes contar con ello —susurra antes de desaparecer por la puerta rota.

┴┬┴┬┴┬┴┬┴┬┴┬┴┬ ┴┬┴┬┴┬┴┬┴┬┴┬┴┬

El resultado final parece sacado de una película de suspense —de las buenas, no de esas producciones que uno olvida en cuanto apaga la pantalla— porque todos tenemos más preguntas que respuestas sobre lo que acabamos de encontrar.

Para empezar, tal como había anticipado durante el trayecto, alguien intentó huir por la entrada principal. Banks y Jerry lo interceptaron antes de que pudiera siquiera calcular la distancia hasta el camino. Lo redujeron con una torpeza eficaz —esa mezcla tan típica de los agentes jóvenes que todavía no han decidido si quieren impresionar o sobrevivir— y lo inmovilizaron sin darle margen para escurrirse.

El hombre, que rondará los cuarenta, no dejó de gritar incoherencias en un idioma que ninguno de los dos logró identificar; porque su prosodia era terrible. Sus ojos estaban desorbitados, y su respiración era tan irregular que costaba decidir si actuaba bajo efectos de alguna sustancia o si se hallaba en un estado de histeria primario, ese que anula cualquier lógica. Entre sus alaridos, repetía una frase: “¡El maldito monstruo lo hizo!”. Ni siquiera modulaba la voz; berreaba, como si temiera que las palabras se le deshicieran en la lengua.

Ignoramos la mayor parte del delirio, pero en el piso superior descubrí un cadáver. Una mujer, posiblemente familiar del detenido, por las marcas casi recientes que las lágrimas habían dejado en su rostro y por la forma desesperada en que él la miraba incluso mientras lo esposaban. Ella estaba tendida en la cama, dispuesta con una quietud que pretendía imitar el sueño, pero la herida que perforaba su pecho decía otra cosa. Una puñalada limpia, directa. Lo más desconcertante es que no había sangre en el colchón ni en el suelo. Tampoco la había en la ropa del hombre que intentó huir.

Todo se vislumbraba demasiado… estéril. Fácil de comprender si fue premeditado o casual, aunque nada está teniendo un maldito sentido desde ese reporte anónimo.

Apenas tuve tiempo para analizar aquello, porque desde el exterior escuché la voz angustiada de Ethan anunciando que había encontrado a alguien dentro del cobertizo. Bajé de inmediato, esperando hallar un escenario acorde a los clichés cinematográficos: un lugar en ruinas, cubierto de polvo, con herramientas olvidadas y algún mueble medio destrozado acumulando telarañas.

Pero lo que me encontré dejó mi mente suspendida en una mezcla de desconcierto y alarma profesional.

Libros. Cientos. No, me estoy quedando corto; miles. Pilas caóticas formando columnas, murallas improvisadas, torres que desafiaban cualquier norma arquitectónica elemental. Si alguien me dijera que ese cobertizo había sido tragado por una biblioteca improvisada contra el fin del mundo, lo creería sin dudar.

Y, en medio de aquel laberinto construido a base de papel amarillento y tapas dobladas, había un muchacho.

Está sentado como si habitara una zona privada, ajeno a todo lo que ocurre fuera de esas paredes de libros; como si el prisma de sus existencia estuviera separado del resto. Tiene un aspecto dejado: el cabello, larguísimo, cae hasta el pecho en mechones que recuerdan más al barro reseco que a cualquier tono castaño natural. Incluso distingo excrementos de pájaro atrapados entre los nudos. Su ropa, básica hasta el extremo, está harapienta, manchada por sustancias que prefiero no identificar aquí ni en ningún parte del proceso.

La piel del chico es tan pálida que da la impresión de que la luz del atardecer vaya a quebrarla. Está delgado, pero no delgado de forma normal, sino desprovisto de reservas, consumido. Y sin necesidad de ser médico reconozco señales inequívocas de abusos repetidos.

El cuerpo habla, incluso cuando la mente ha sido obligada a callar.

—Esto es increíble… —Ethan jadea, sin saber dónde mirar o si debería mirar en absoluto.

Comparto su impresión, pero mantengo la compostura. No me sirve de nada perder el control ahora, por muy increíble que sea esta situación. Hay que actuar ya, obtener respuestas, y asegurarnos de que esta persona está en el mejor estado posible.

—Llama al capitán —le ordeno, golpeándole el hombro con firmeza para sacarlo del estupor—. ¡Vamos, espabila! No tenemos toda la noche, joder.

—¡Voy, voy! No hace falta ser tan bruto.

Ethan se aleja con pasos apresurados, y yo me giro hacia el chico. No sé si nos escucha o si nos está ignorando de forma deliberada, aunque ambas opciones son inquietantes. Su calma resulta anómala en alguien que ha vivido —o está viviendo— un infierno.

¿Es él nuestro desaparecido? ¿El niño que todos dieron por muerto dos décadas atrás? ¿O estamos ante otra pieza de un rompecabezas aún más grande?

—Oye, chico —digo, esperando que alce la mirada. No lo hace—. Soy el teniente Calloway. ¿Puedes moverte? ¿Te duele algo?

Su respuesta es un silencio casi ofensivo, e incluso sigue leyendo. Pasa página con unos dedos llenos de callos y cortes diminutos que parecen cicatrices hechas de hace años, como si cada herida hubiera sido una afirmación repetida de su propia supervivencia.

¿Sordo? La idea cruza por mi mente, pero no encaja del todo. El cobertizo está ahora iluminado por el resplandor anaranjado del atardecer que entra por la puerta abierta. Cualquier persona reaccionaría ante un cambio así, aunque fuera con un parpadeo. Él no.

—¡Eh! —alzo un poco la voz, provocando que resuene en el habitáculo; pero obtengo la misma nada.

Entro un paso. Sólo uno. Me detengo y observo el entorno con mirada escrupulosa, intentando comprender qué clase calvario habrá tenido que soportar alguien como él.

El lugar es un despropósito: hay un váter en una esquina, sin papel higiénico, sin lavabo cercano. No veo duchas. Por las manchas de su piel —pálida, pero no limpia— puedo deducir que debe de llevar años sin un baño adecuado. Las columnas de libros ocupan cada rincón, y desde mi posición reconozco títulos que no deberían coexistir en un mismo lugar: psicología, anatomía, mecánica, gastronomía, revistas de moda de hace años, novelas románticas que quizás los veinteañeros ni conozcan, manuales técnicos... Es como un universo incongruente, construido sin criterio aparente.

Nada que se parezca a una cama, un armario o una simple manta. Ni siquiera los presos, que han destrozado la sociedad de diferentes maneras, tienen algo peor que esto. Hasta lo perros se les trata con más cariño, al parecer.

Avanzo con cuidado entre las torres de papel, temiendo provocar un derrumbe que, a estas alturas, sería una metáfora demasiado evidente del estado de este chico. El olor se intensifica con cada paso: sudor, humedad densa, polvo acumulado, un fondo almizclado que me hace pensar en encierro prolongado. Y, tal vez, el olor sutil de algún animal muerto hace mucho tiempo.

Cuando por fin llego hasta él, me agacho y, con un gesto lento, coloco la mano sobre el borde superior del libro y lo empujo suavemente hacia abajo para obligarlo a mirarme.

—Oye… —mi voz baja casi por instinto. No es suave, pero tampoco autoritaria. Es… humana, supongo—. ¿Puedes oírme? Estás a salvo.

No reacciona al instante. Tarda casi un minuto pero, cuando alza la cabeza, algo en mi interior se tensa.

Sus ojos verdes se clavan en los míos con una intensidad que no puedo encajar. Da la sensación de que examina cada rincón de mi mente, como si mis pensamientos fueran visibles a través de un cristal unidireccional. He interrogado sospechosos que han intentado desentrañar mis emociones, pero jamás me he sentido observado de esta manera.

Es aterrador... e interesante. ¿Tiene siquiera eso t sentido?

—Estás a salvo —repito, moviendo los labios con más lentitud. Quizás lea los labios, o a lo mejor sólo estoy perdiendo el tiempo.

El chico me observa unos segundos más, imperturbable, casi estudiándome.

—¿Puedes levantarte? —pregunto.

Silencio.

—¿Te duele algo? ¿Tienes heridas recientes?

Nada. Aunque baja la mirada hacia mi mano sobre el libro, como si ese gesto despertara una pequeña ínfima señal de atención.

—¿Tienes nombre? —insisto, dando un par de golpecitos sobre el tomo, haciendo que el sonido resuene entre tantos silencios acumulados—. ¿O recuerdas tu apellido?

No espero grandes discursos, para ser honesto. Sólo necesito un punto de referencia, una grieta en ese muro inexpugnable para empezar a trabajar. No es como si en este mundo existiera algún superpoder absurdo como, no sé, leer a la gente como un libro abierto y saber hasta qué ha comido esa mañana.

Cuando no obtengo respuesta, me incorporo al mismo tiempo que suspiro y doy un par de pasos para retirarme, dispuesto a llamar a los equipos médicos y forenses. No se puede forzar a alguien que ha pasado por algo tan grotesco.

Entonces lo escucho, siendo una voz áspera, quebrada, usada tan poco que parece oxidada:

—No lo recuerdo.

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