Corona
"Los estigmas de Cristo son el eco físico de su Pasión, la máxima representación del amor divino manifestado en el sufrimiento humano. Son el testimonio visible e ineludible de la Redención."
Las heridas sagradas, la máxima expresión de fe. La sangre de Cristo manifestada en las hermosas heridas en las muñecas de su hijo.
"Mi fe ha hecho un milagro", alababa al cielo, bailando en la cocina donde su pequeño hijo sollozaba mientras su madre le limpiaba las heridas. "No llores, hijo, Dios te ha elegido, eres un santo, un guerrero del Altísimo."
Su congregación enloquecería de fervor cuando se enterara.
Se presentó ante el pastor, le habló de su fe, de lo mucho que le rogó a Dios por una muestra de su amor y él se la envió, dejando su marca sagrada en el cuerpo de su hijo.
El pastor presentó al niño, asustado y herido, ante la congregación, con sus heridas sagradas como una muestra del amor eterno del Padre Celestial.
Para el siguiente sermón, la cantidad de fieles se había duplicado. Las ofrendas también.
La mañana en que el niño despertó con los pies sangrando y llorando de miedo y dolor, la madre se lanzó de rodillas al suelo agradeciendo por la bendición que su familia había recibido. Tanta felicidad no le cabía en el pecho.
Las siguientes semanas, la congregación ya no cabía en el pequeño templo. Cada persona deseaba ver, tocar, escuchar al niño milagroso, el elegido de Dios que exhibía sus heridas con orgullo.
El pequeño, sentado en el altar, miraba a todos buscando a su madre, suplicando ayuda con los ojitos llenos de lágrimas. Lágrimas que el pastor ofrece al mejor postor.
Las heridas en la frente se manifestaron en pleno sermón. Con un grito, el niño se llevó las manos a la cara, tratando de calmar el dolor de su piel desgarrándose, dejando salir desde dentro cada espina que alguna vez torturó al cordero sagrado.
El pastor tomó sus manos y las sujetó lejos de su cara. Los fieles debían ver cómo se manifestaba el amor de Dios frente a ellos, cómo cada herida brotaba sin que nadie lo manipulara, que quedara constancia de que el milagro era real, que Dios los había elegido para ser testigos de su grandeza.
No soltó las manos del niño ni cuando este cayó inerte en el altar, agotado de tanto dolor y tristeza.
La madre fue alabada por la gente, que le rogaba que intercediera ante su hijo santo, que les diera la oportunidad de rogar por un milagro. Cada petición incluía un detalle, un obsequio que garantizaría ser escuchado, ser ayudado. Y ella aceptaba con humildad: el toque de Dios llegaría a todos.
El niño milagroso es retenido, no puede salir del templo. La gente lo busca fuera, quiere llegar a él, a la máxima expresión de Dios en la Tierra.
La madre se queda con él, lee la Biblia para el niño, lo acuna contra su pecho acariciando sus heridas, las marcas que han nacido en la piel de su cordero, la forma en que el Padre Celestial la ha premiado por su devoción.
La espalda del niño fue exhibida la tarde del día en que se manifestó el estigma. El pastor contaba cada latigazo llorando, orgulloso, con voz ardiente mientras narraba cómo el cuerpo de nuestro Señor fue flagelado de manera horrible.
La congregación aullaba de felicidad cada vez que el número de heridas aumentaba. La madre de rodillas limpiaba la sangre y dejaba las vendas enrojecidas en una canasta que luego sería entregada a quien la necesitara... o pagara más por el sagrado líquido.
"Resiste, mi niño", canturreaba la madre tratando de tranquilizar al pequeño que apenas reaccionaba al martirio. "Dios te ha tocado, Dios te ha dado un regalo, nos ha bendecido."
El brillo fanático de su mirada, el orgullo en la voz del pastor, la fe manifestada en el cuerpo de su hijo, del fruto de su vientre. Ella es la madre del salvador.
"Hay un quinto Estigma, hermana", el pastor la abordó una tarde, semanas después del primer milagro. "La manifestación más pura del amor, el sacrificio final para nuestro cordero, el que nos abrirá las puertas celestiales."
Observaron la imagen de yeso del crucificado, sus manos y pies clavados a la madera, su frente sangrante, las marcas de los látigos en su piel... la herida de su costado.
"La lanza sagrada abrió el costado del salvador y de su cuerpo brotó sangre y agua, símbolos de vida eterna y comunión."
Dejó en las manos santas de la madre una daga bendecida.
"El quinto Estigma, la unión con Cristo, la representación más pura del amor y la bendición de Dios. Él nos ha entregado al mártir, al cordero sagrado, nos ha permitido amarlo y adorarlo hasta el último momento, y ahora su alma celestial se ha elevado para ponerse a la diestra de Dios, y desde allí enviará sus bendiciones a todo aquel que sea su fiel creyente."
Sobre el altar, rodeado de velas y flores blancas, el pequeño parecía dormir. Las heridas de su cuerpo eran exhibidas como la más grande manifestación divina, el martirio que lo convirtió en santo, las heridas que sus creyentes venerarán para siempre.
La herida del costado aún manaba sangre y agua.
La daga sagrada, colocada en una caja de cristal para que todo aquel que quisiera observar el instrumento divino pudiera hacerlo.
"Bendita eres entre las mujeres." La sonrisa de la madre era suave, dulce, angelical. "Bendito tu vientre de donde surgió el cordero."