Mi vida en el parque
No sé si la reencarnación es cierta, pero en dado caso, espero me toque ser un gato en mi próxima vida.
Me llamo Lucas y soy un gato callejero de pelaje oscuro, como cualquier otro de los que vagan solitarios por las calles de esta bulliciosa y enorme ciudad. He vivido toda mi vida en un gran parque del centro y es el único entorno que conozco, mas no me quejo. Este sitio es hermoso, está lleno de árboles, flores de todo tipo, ardillas que corretean alegremente y muchos pájaros cantores.
Mi madre nos dio a luz a mí y a mis cuatro hermanos de camada en un rincón agradable y acogedor debajo de una banca de madera, que desde entonces, se ha convertido en mi refugio favorito.
He sido muy curioso desde que abrí mis ojos y empecé a dar mis primeros pasos para explorar el mundo que me rodeaba.
Un día, mientras intentaba trepar a un árbol por primera vez, vi un par de niños riéndose y haciendo caras felices a mi madre y mis hermanos, los tomaron con cuidado entre sus brazos y se alejaron de allí. Nunca más volví a verlos. Al principio, me costó un poco acostumbrarme a estar sin ellos, aunque muy pronto comencé a apreciar mi nueva vida y establecí una rutina diferente.
Hoy como cada mañana, me desperté, estiré mis patas, arqueé mi lomo y solté un largo bostezo. Estaba listo para empezar un nuevo día.
La luz del tibio sol se filtra a través de las ramas de los árboles, reflejando sus rayos sobre el pavimento lleno de hojas muertas. Ya está avanzado el otoño, las temperaturas están bajando, y muy pronto, tendré que refugiarme en un sitio más cálido.
Me gusta mucho vivir en el parque, es muy tranquilo y apacible. Tengo muchos árboles para trepar, puedo beber agua fresca de la gran fuente que adorna el centro y la comida no me falta; siempre encuentro las sobras que dejan algunos humanos, ya sea un sándwich a medio terminar o un trozo de pizza de pepperoni.
A veces, una anciana bonachona que se pasea por aquí, me ofrece una lata de pescado o una galleta para gatos. Ella fue la primer humana que se acercó a mí y me puso ese nombre de Lucas, tal parece que los humanos tienen la costumbre de llamarse con nombres propios para poder distinguirse los unos de los otros.
En temporada de lluvia, cuando casi nadie se pasea por el parque, siempre puedo atrapar algún ratón despistado o un par de palomas gordinflonas que suelen acurrucarse en el techo del quiosco, donde los humanos compran revistas y otras chucherías. La vida me sonríe, podría decirse que soy afortunado.
Pero lo que más me gusta de este parque, es poder observar con atención a los humanos. Me parece fascinante ver cómo se mueven caminando erguidos sobre dos patas en vez de cuatro, la manera en que se comunican, emitiendo sonidos más largos y graves que los maullidos y ronroneos a los que estoy acostumbrado y cómo interactúan entre sí. Siempre me he preguntado qué es lo que pasa por sus mentes, cómo serán sus vidas en realidad.
En cuanto terminé de zamparme la lata de atún ―que la anciana bondadosa me sirvió amablemente esta mañana―, me acomodé al borde de mi banca favorita, comencé a limpiarme las patas y miré de reojo a las personas que pasaban cerca de mí.
Una pareja de adolescentes enamorados se sentó en el banco de enfrente, iban tomados de la mano, sonriéndose y mirándose a los ojos. Me pareció curioso verlos comportarse como un par de tórtolos en primavera estando ya avanzado el otoño.
Después de un rato se levantaron, y antes de retirarse, la joven humana se acercó a mí ―hablándome en un tono agudo e infantil― y me acarició la cabeza muy despacio. Me puse a ronronear muy contento, aunque el gusto me duró muy poco, su novio le dijo algo, la tomó con cuidado por el brazo y se alejaron.
Luego, un hombre de porte distinguido ―vestido con un traje negro y una corbata gris―, pasó caminando a toda prisa hablando por teléfono, sin siquiera reparar en mi presencia.
Una mujer de mediana edad con ropa deportiva, acompañada de un chihuahua color arena que llevaba atado con una correa, iba trotando y escuchaba música en sus audífonos inalámbricos. Se detuvo un momento frente a mi banca para anudar las agujetas de sus tenis; mientras tanto, el perro se acercó a mí, comenzó a olfatearme y me ladró, tratando de intimidarme.
En realidad, no me asusté. Estoy acostumbrado a los comportamientos extraños de los canes que los humanos suelen sacar a pasear por aquí —tal parece que ellos no saben andar solos, como nosotros los felinos—. En cuanto la humana se percató de lo que su chihuahua estaba haciendo, lo jaló por la correa, obligándolo a seguir corriendo a su lado.
Cerca de la fuente, un grupo de niños ruidosos que llevaban uniforme escolar, corrían gritando alegres por todos lados. Su maestra trataba de mantenerlos juntos para que no se alejaran de ella, al igual que las aves que anidan en los árboles con sus polluelos recién salidos del cascarón.
Los pequeños humanos son los que me resultan más fascinantes de todos, me da la impresión de que para ellos todo es un juego y ven las cosas de manera más simple y relajada que los adultos.
Siempre me pregunto qué significa realmente ser un humano. ¿Sería divertido caminar sobre dos piernas y hablar con sonidos que no sean maullidos? ¿Sería emocionante vivir una vida llena de ocupaciones y prisas? ¿Acaso todo eso tiene algún propósito y significado especial para ellos? No lo sé. En verdad, desearía averiguarlo, pero sería imposible hacerlo desde mi perspectiva de gato. Para eso, tendría que convertirme en un humano.