C.1
Pecado entre mafias.
Jeon Jungkook no era un chico cualquiera. Era el único heredero de Jeon Wooseok, líder de una de las mafias más temidas del país, un hombre al que hasta la misma policía evitaba nombrar. Desde que tenía memoria, su vida había estado marcada por la sangre y el poder: fiestas lujosas, autos deportivos, escoltas a todas horas, armas escondidas bajo los trajes más finos. Todo lo que alguien pudiera soñar, él lo tenía.
Pero nada de eso importaba. No al menos para Jungkook.
Porque en medio de tanto lujo y muerte, lo único que él anhelaba era amor. No un amor pasajero, no un capricho más. Quería ser amado de verdad, con el corazón, y ese amor tenía nombre: Kim Taehyung.
El único problema era que Taehyung no era cualquier persona. Era el hijo de Kim Hyungbin, líder de la mafia rival que operaba en el sureste asiático, el enemigo eterno de los Jeon. Y ese detalle volvía su amor en un pecado imperdonable.
Jungkook recordaba con claridad el día en que su padre lo había mirado a los ojos y con esa calma gélida que lo caracterizaba le había dicho:
—Jungkook, recuerda que eres mi sangre, mi hijo, y el próximo líder. No me traiciones jamás. Escúchame bien… —su voz había subido de tono, volviéndose un rugido que helaba la sangre—. Nunca te relaciones con los hijos o miembros de otras mafias. Si lo haces, no me temblará la mano en matarte con mis propias balas.
Jungkook había inclinado la cabeza con sumisión en ese momento. Pero por dentro, ya había elegido traicionarlo.
Taehyung era un riesgo, sí, pero un riesgo que valía la pena. Amaba al castaño desde hacía años, desde que se conocieron en una reunión secreta en un club neutral donde sus padres negociaban con traficantes internacionales. Habían cruzado miradas solo un instante y supieron que estaban destinados a ser más que enemigos. Desde entonces, su amor se había convertido en el secreto más peligroso de sus vidas.
Tres años habían pasado desde aquel primer beso robado entre disparos y amenazas. Tres años de citas clandestinas, de mensajes ocultos, de promesas susurradas al oído en habitaciones de hotel donde nadie los conocía. Tres años en los que el mundo entero parecía un campo de batalla, excepto cuando estaban juntos.
Y ahora, a punto de cumplir cuatro años de relación, Jungkook estaba más emocionado que nunca. Habían planeado un viaje a Daegu, la ciudad natal de Taehyung, un lugar cargado de recuerdos que querían convertir en testigos de su amor. Allí pasarían una semana juntos, alejados de las balas, del dinero y de las malditas guerras de poder. Solo ellos dos.
O al menos eso creía.
Tres días antes del viaje, Jungkook caminaba por los pasillos de la mansión Jeon. Sus pasos resonaban sobre el mármol, firmes, como si no llevara en la espalda el peso de un secreto que podía costarle la vida. Su plan era simple: avisar a su padre que volaría a Tokio en un viaje de negocios ficticio, lo que en realidad era una coartada para irse a Daegu sin levantar sospechas.
Cuando estuvo frente al despacho de su padre, levantó la mano dispuesto a tocar, pero se detuvo en seco. De dentro salían murmullos. Reconoció enseguida la voz grave de Jeon Wooseok y la voz rasposa de Jihoon, la mano derecha de su padre.
Por costumbre, Jungkook habría ignorado aquella conversación, acostumbrado a los planes sangrientos que se tramaban a diario entre esas cuatro paredes. Pero esta vez escuchó un nombre que le heló la sangre.
—…el hijo de Kim —dijo Jihoon con tono bajo—. Según mis informes, está en una relación con un joven dos años menor que él. No sabemos de quién se trata, ni su nombre, pero sabemos que en unos días se reunirá en Daegu.
El corazón de Jungkook se detuvo.
—Perfecto —rió su padre, esa risa fría que presagiaba muerte—. Será la oportunidad perfecta para darle el golpe final a Kim.
—Sí, señor —Jihoon rió también—.
—Prepara todo y avisa al resto de la mafia —ordenó Wooseok con calma mortal—. En una semana iremos a visitar al hijo de Kim… y no prometo que vayamos en plan de amistad.
El silencio posterior fue más aterrador que las propias palabras.
Jungkook retrocedió un par de pasos, conteniendo el aire en los pulmones. No podía permitir que nadie lo descubriera escuchando. Cuando Jihoon salió del despacho, le hizo una reverencia y siguió de largo, fingiendo normalidad.
Por dentro, el pánico lo consumía.
No era la primera vez que escuchaba planes de muerte, pero esta vez se trataba de Taehyung. Su Taehyung. El hombre que lo había amado sin importar el apellido, que lo había mirado con ternura cuando el mundo lo veía como un heredero de sangre fría. El hombre que le había enseñado lo que era ser vulnerable y al mismo tiempo fuerte.
No, no permitiría que su padre lo tocara.
Se obligó a recuperar la calma antes de entrar al despacho. Tocó suavemente y, al escuchar el “adelante”, entró con una sonrisa falsa en los labios.
—Hola, padre —saludó con una leve reverencia—. ¿Cómo se encuentra?
—Bien, hijo —respondió sin siquiera mirarlo a los ojos—. ¿Qué te trae por aquí?
—Vengo a avisarle que saldré de viaje. Mi vuelo a Tokio sale en dos horas —dijo con naturalidad ensayada.
—Perfecto, Jungkookie —Wooseok sonrió apenas—. Si necesitas algo, llama a Min, estará a tus órdenes.
—Me llevaré a Yoongi, por si surge algún problema —respondió.
—Está bien. —Su padre se inclinó hacia atrás en la silla, con una sonrisa que heló al pelinegro—. Gasta lo que quieras, hijo. De todas formas, en unos días seremos la mafia principal de todo el sureste. Planeo atacar a lo más importante para Kim… su hijo. Cuando lo mate, Kim será vulnerable y yo lo sacaré del tablero.
Jungkook tragó saliva, fingiendo emoción.
—¡Qué gran noticia, padre! Espero que pueda cumplir su objetivo.
“Eso… si no lo saboteo yo mismo”, pensó.
Hizo una reverencia y se retiró con calma. Pero en cuanto cruzó las puertas del despacho, su respiración se agitó. Cada paso que daba hacia el estacionamiento era una lucha contra el miedo, contra las imágenes de Taehyung herido, contra la certeza de que el tiempo corría en su contra.
Afuera lo esperaba Yoongi, su guardaespaldas y confidente, con el auto listo para partir.
—¿Listo para Tokio? —preguntó Yoongi arqueando una ceja.
Jungkook sonrió con ironía.
—Sí… para “Tokio”.
Ambos sabían que ese destino era solo un disfraz. El verdadero viaje lo llevaría a Daegu, directo a los brazos de Taehyung, directo al epicentro del peligro.
Un riesgo. El mayor de todos.
Pero Jungkook no podía, no quería, vivir sin él.
Mientras el auto se alejaba de la mansión Jeon, miró por la ventana y apretó los puños con fuerza.
—No dejaré que te toquen, Tae. Aunque tenga que enfrentarme a mi propio padre… aunque tenga que convertirme en un traidor.
Y con esa promesa grabada en el alma, Jungkook partió hacia Daegu, sin saber que el viaje que iniciaba marcaría el principio de la guerra más sangrienta y peligrosa de sus vidas.