Capítulo 1. Miradas
Hangwoo
—¡Orden lista!
*Sonido de campana en la puerta.*
Hoy es sábado y yo debería estar acostado, pero no. Hoy me tocó cubrir a mi compañero, ya que no pudo venir. Estoy cansado, con sueño, pero aquí estoy… todo por unos billetes.
Normalmente trabajo entre semana, pero un compañero tuvo un “asunto personal”. No me lo creo, pero lo acepté porque necesito el dinero. Aparte de tener que soportar a toda la gente, también tuve que aguantar a un señor cabreado.
—Por tercera vez, señor, ¡ya le dije que la máquina del café expreso no sirve! —le dije ya con poca paciencia.
El señor, molesto, se levantó y se fue. Bien, lo que me faltaba: perder a un cliente.
Respiré profundamente y Seong, mi amiga, me miró.
—Hangwoo, ¿puedes llevar a la mesa cinco su capuchino? No puedo, hay mucha gente.
Los fines de semana son cuando la cafetería rebosa.
La miré con cara de cansancio y molestia, y ella me respondió con una mirada preocupada.
—Oye, ¿estás bien? Sé que no estás acostumbrado, porque trabajas en los días donde no hay tanta gente —me dijo preocupada.
Seong era una chica muy bonita, no solo por su personalidad, sino también por sus rasgos: pelo largo y ondulado, ojos verdes que combinaban con las pocas pecas de su rostro.
—Sí, solo que ese señor me amargó el día, es todo —le dije. Luego tomé el capuchino y fui hacia la mesa.
* * *
Taehyung
Miré alrededor para ver si ya me traían mi capuchino. Llevaba 15 minutos desde que lo pedí. Al ver que no llegaba, me volví a concentrar en mi trabajo. Estaba revisando las fotos de una boda: algunas ya las tenía impresas y otras seguían en la cámara, así que revisaba ambas al mismo tiempo.
—Un capuchino húmedo —escuché decir.
Antes de alzar la cabeza para dar las gracias, vi cómo las fotos se mojaban.
—¡Mis fotos!
—L-lo siento…
—¡Ten más cuidado! —dije furioso, pero cuando miré al chico, me quedé callado.
Era un chico castaño, de ojos color miel. Tenía un aspecto inocente y tierno que hizo que me sintiera mal por haberle alzado la voz.
—Lo lamento. Le traeré otro. No hará falta que lo pague —dijo mientras limpiaba la mesa sin mirarme, pero yo no podía apartar la mirada de él.
Era guapo.
Cuando alzó la mirada y vio que lo estaba observando, se sonrojó. Me pareció aún más tierno.
Él también se quedó mirándome, pero fue el primero en romper el silencio:
—Ya le traigo su capuchino.
Y sin decir más, se fue.
* * *
Hangwoo
¡Dios santo!
¡Qué vergüenza! ¿Por qué siempre me pasan estas cosas?
—¿Qué pasó? —Seong apareció de repente, dándome un susto.
—¿Eh?
—¿Qué pasó?
—Nada —mentí.
—Ajá…
Me di la vuelta para darle la espalda y preparar otro capuchino.
—Sabes que estás rojo como un tomate, ¿verdad? —me dijo mientras limpiaba la barra.
Miré mi reflejo en la máquina de capuchinos… y sí, estaba rojo.
—Es que… le derramé el capuchino a ese chico, pero no fue mi intención. ¡No le digas nada al jefe! —dije todo nervioso.
—Ay, Hangwoo —me dijo con una sonrisa—. No te preocupes, yo se lo daré.
*Ruidos del ambiente.*
Es la primera vez que me pasa esto… y justo frente a un chico. ¡Ay, Dios! Pensándolo bien, era un chico bastante lindo. No lo vi bien, pero recuerdo su cabello negro, y sus ojos oscuros. La palabra perfecta sería guapo.
No, Hangwoo, concéntrate.
—Oye, el chico sí que estaba guapo —dijo Seong.
—¿Eh?
—El chico al que le derramaste el capuchino.
—S-supongo… —me sonrojé solo de pensarlo.
Escuché su risa, y cuando volteé, la vi riéndose. La miré molesto.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—Nada, solo observo el maravilloso rojo.
—¿El maravilloso rojo? —le dije, pero ella solo se volvió a reír y se fue a atender otra mesa.
*Sonido de campanilla.*
Volteé y me quedé quieto. Era él. Me miraba directamente. Ahora podía verlo perfectamente: rostro bonito, cabello negro algo despeinado, ojos oscuros que combinaban con su piel clara.
—¿Q-qué se le ofrece? —¡Dios!, ¿de verdad estaba nervioso?
—La cuenta.
—¿La cuenta? —pregunté confundido.
—Sí, aquí se pide, ¿no?
Pero… se suponía que le había derramado su capuchino. ¿Por qué me pedía la cuenta?
—¿Hangwoo? —Seong apareció de nuevo. Cuando la miré, vi cómo volteaba hacia el chico y sonreía.
Oh no… espero no estar rojo otra vez.
—¿Sí? —pregunté, notando cómo ambos me miraban.
—¿Qué haces ahí parado? El chico te está pidiendo la cuenta.
—Ah, sí… pero no es necesario que pague, ya que le derramé su capuchino —dije apenado.
Seong se rió, y supe que estaba rojo otra vez. ¿Tanto me odia la vida? Cuando giré los ojos en blanco, vi que él me observaba.
—¿Hangwoo? Así te llamas, ¿eh? Pues… si no me aceptas la cuenta, le diré a tu jefe lo que pasó aquí —dijo con una leve sonrisa.
¿En serio? ¿Por qué haría eso?
—¿Por qué?
—Porque ordené.
—Pero yo te derramé tu capuchino. Lo mínimo que puedo hacer es no cobrarte.
—Con que me lo recompusieras bastaba.
—Pero…
—Nada de peros. Cóbrenme, o haré lo que dije.
Sin opción, fui a la caja registradora y le cobré.
—Serían 3,500 wones. ¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo —dijo, tendiéndome el dinero.
—Gracias… y bonita noche.
—Sí que es bonita —respondió de repente, haciendo que levantara la cabeza.
Nos quedamos mirándonos.
¡Dios!, sí que era guapo. Pero… recordé algo: él sabía mi nombre, pero yo no sabía el suyo.
Antes de poder preguntar, me echó una última mirada con una sonrisa hermosa y se fue, dejándome con la palabra en la boca.
>Terminé mi turno laboral y ya llegué a casa, pero en el camino no dejaba de pensar en él. Qué horror, fue una experiencia vergonzosa, pero… él era algo inexplicable. Hoy no pude preguntarle su nombre, pero espero volver a verlo.








