Prólogo
—Hoy el mundo está celebrando, ¿sabes?
Hay una alegría en el aire... los niños juegan en las calles, las personas sonríen como si todo estuviera bien. Es el segundo aniversario de la aparición de Eleonor, la heroína que salvó al mundo del mal. Derrocó a los gobiernos corrompidos por los mutantes, derrotó a los villanos que querían apoderarse del planeta, y trajo la tan añorada paz.
Reconstruyó hogares, cambió leyes y su luz ha llegado hasta el último rincón del mundo.
Por fin, los secretos más oscuros de la humanidad están saliendo a la superficie.
—Es ridículo, ¿no lo crees, Catherine?
Un hombre se encontraba arrodillado frente a una lápida sin nombre ni fecha. Su voz estaba cargada de una ironía amarga. Llevaba ropa negra de invierno, guantes de piel y lentes oscuros. Pero no era el frío lo que lo hacía temblar.
—¿De verdad necesitaban monstruos con poderes para darse cuenta del sistema roto? ¿Que como sociedad estaban podridos? Tuvieron que esperar a que llegara una mujer brillante, una heroína casi celestial, para entender que llevaban décadas caminando entre sombras.
El hombre bajó la cabeza y suspiró, como si el peso de sus palabras también lo aplastara.
—El dolor siempre estuvo ahí, Cat. Solo que ellos decidieron ignorarlo. Nunca ven más allá de lo que quieren ver. Así como nunca te vieron a ti.
Cerró el puño con fuerza, mostrando que cada palabra que decía, le dolía en lo profundo.
—Ahora te recuerdan solo como la sombra de Violette. Como su fiel ayudante, su mascota silenciosa. Te nombran con desprecio, como si todo lo que hiciste lo hubieras hecho a propósito.
Guardó silencio, intentando respirar. El ardor en su alma lo consumía.
—Escuché que está perdiendo poder. Que ya nadie la ve como antes. Y claro, tú ya no estás. Ya no estás para limpiar su camino, ni para ser la mano que dispare el arma por ella.
Su tono se endureció.
—Yo ayudé un poco con eso, lo admito. Pero me enferma la forma en que te nombran. Como si tú hubieras sido la villana y no la víctima que en realidad fuiste.
Se levantó con lentitud. Sacó una rosa negra del abrigo y la colocó con cuidado sobre la tumba.
—Ojalá en tu próxima vida puedas ser feliz. Que no tengas que vivir bajo pena ni bajo el martirio de la maldad humana.
El viento sopló suave. El hombre se detuvo un segundo más, y murmuró:
—Hasta nunca... mi amada Catherine.
Y se fue.
A su alrededor, la ciudad seguía celebrando.
Cantaban, reían, brindaban por la paz.
Pero el mal no había desaparecido. Solo había aprendido a ocultarse mejor.
Y ahí, en esa lápida sin nombre ni fecha, yacía el cuerpo de un alma cuyo fin no había llegado.
Por el contrario, apenas estaba iniciando su principio...