Back to Hawkins

Summary

Ella solo quería encontrar su camino...termino con mas problemas -temporada 1✅

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
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16+

PRÓLOGO

Elise alzó una ceja al ver el titular del periódico local.

“Estrella juvenil de judo se retira definitivamente.”

Rodó los ojos. Los encabezados dramáticos, como siempre, para vender.

Pasó el dedo por la foto: ella, caída en el tatami, la cara hecha pedazos.

Bufó.

—Mínimo hubieran usado otra foto...

Bill cerró la caja en la parte trasera de la pick-up.

—¿Segura que quieres irte? —preguntó otra vez.

Elise hizo bolita el periódico y lo lanzó dentro del coche.

—Muy segura —sonrió—. Un cambio me vendría bien.

Bill tomó su mano con cariño.

—Tu mamá, Eric y yo te queremos aquí. Esta es tu casa, cielo. No tienes que irte. Podemos ayudarte...

—Bill... —Elise respiró hondo, mirando la fachada—. No creo que puedan ayudar con esto. Es algo que tengo que descubrir sola.

Esta es mi casa, pero no mi hogar... y nada tiene sentido ahora. Necesito encontrarlo, y no creo que sea aquí.

Bill apretó su mano y le sonrió con esa dulzura tan suya. Era buena persona. La trataba como una hija.

Pero ni ese cariño lograba sanar lo que ella llevaba atorado.

—Es normal sentirse así —dijo—. A todos nos pasa alguna vez.

Elise respondió con una sonrisa corta.

La puerta de la casa se abrió y Diane apareció cargando una lonchera gigantesca.

Elise la miró con asombro.

—¿A cuánta gente vas a alimentar con eso?

Bill comentó en voz baja:

—Eres una deportista de alto rendimiento... necesitas comer bien. —Luego añadió divertido—. Aunque podrías alimentar al ejército si quisieras compartir.

—Ex —corrigió Elise—. Y no conozco a ningún militar.

Diane frunció el ceño ante sus miradas inquisitivas.

—Es un snack para el camino —se defendió.

Elise soltó una carcajada.

—Mamá, el camino es largo, pero no tanto. —Agitó la bolsa—. Esto parece para una expedición de quince años.

Aun así, tomó la bolsa y la dejó atrás.

Cuando regresó la mirada, Diane tenía los ojos llenos de lágrimas.

Elise suspiró y la abrazó fuerte.

—Te prometo llamar tanto como pueda —susurró.

Diane la sostuvo aún más.

—Puedes quedarte, cielo. Podemos encontrar un nuevo sentido... juntas.

Elise negó suavemente y le limpió una lágrima de la mejilla.

—Mamá, sabes que no puedo quedarme. No me siento cómoda aquí...no es por ustedes.

Diane bajó la mirada. Había sido duro para ambas: perder a Sarah, huir del dolor, sobrevivir como podían... y ahora su hija intentaba cerrar una herida que ninguna había atendido del todo.

—Me equivoqué tanto —murmuró Diane—. Si no hubiera...

—Ey, ey, ey —la interrumpió Elise sujetándole las manos—. Tú hiciste todo para protegerme. No te culpes. Yo no lo hago. Piensa que esto es solo otra competencia.

Diane soltó una risa entrecortada.

—Suena dramático.

—Te encantan las películas dramáticas —respondió Elise—. La vida te premió con una hija igual. Aunque creo que ya es momento de cambiar de género.

Bill fingió toser para ocultar la risa. Diane lo miró entrecerrando los ojos. Elise terminó riéndose también.

Los abrazó a ambos.

—Voy a llamar seguido. Quiero noticias de Eric... y de ustedes.

Subió a la camioneta.

Miró la casa una última vez.

Encendió el motor.

Su última pelea empezaba ahí

❋───────────────❋───────────────❋

Elise, de diez años, miró nerviosa el tatami.

Era su primera pelea. Su padre le había dejado elegir un deporte... y ella había elegido este.

Pero ahora no estaba tan segura, especialmente viendo lo salvaje que se veía su oponente.

¿De verdad una niña debía verse así?

—¡LIZI! —gritó una voz chiquita.

Elise sonrió sin poder evitarlo.

En las gradas, Sarah agitaba el tonto peluche que Elise le había ganado en una máquina. Desde el día que se lo dio, la niña no lo había soltado jamás.

Suspiró. Le había prometido ganar.

—¡TÚ PUEDES! —chilló Sarah, emocionada.

¿Podía?

Miró a la niña enfrente: parecía lista para morder.

Pero luego vio los ojos enormes de su hermana, llenos de orgullo.

Tenía que poder.

No.

Iba a poder.

❋───────────────❋───────────────❋

Sarah observaba el labio partido de Elise con fascinación.

—Se ve cool —declaró, convencida.

—¿A que sí? —replicó Elise, justo cuando Diane presionó el algodón.

—¡Au! —siseó, apretando los ojos.

Diane negó, cansada.

—Le dije a tu padre que esto era una terrible idea...

Elise levantó la barbilla con orgullo infantil.

—Pero gané.

Sarah asintió enérgicamente. La medalla colgaba en su propio cuello porque Elise se la había puesto apenas salió del tatami.

—¡Siiii! Yo gané contigo —proclamó, abrazando el peluche con la medalla encima.

Elise rió bajito.

El labio dolía, pero el orgullo no cabía en su pecho.

Era buena. Muy buena.

“El hada patea traseros”, decía Sarah, porque su hermana era hermosa como un hada de cuento.

❋───────────────❋───────────────❋

Elise balanceaba su mano con la de Sarah mientras caminaban entre los árboles detrás de la casa.

Era su rutina favorita: salir al bosque, inventar historias, o simplemente hablar de tonterías sin que los adultos escucharan.

Ese día parecía uno normal.

Tranquilo.

Lleno de sol filtrándose entre las hojas.

—Entonces quieres una montaña de helado para tu cumpleaños —dijo Elise, pateando una piedra.

Sarah asintió con entusiasmo.

—De chocolate. Gigante. Así —abrió los brazos mientras el peluche colgaba aplastado.

Elise rió.

—¿Y cómo la vamos a mantener helada, genio?

—No lo sé... para eso está papá. Además—

La frase se cortó en seco.

La tos llegó de golpe.

Una tos tan violenta que hizo que Sarah se doblara sobre sí misma.

Elise parpadeó, confundida.

—¿Sarah?

La niña tosió otra vez. Y otra.

Cada vez más profunda, arrancada desde adentro, como si el aire se negara a entrar.

Elise se agachó, sosteniéndola por los hombros.

—Ey, tranquila... respira. Solo respira.

Pero la tos no cedía.

Sarah comenzó a ponerse roja... luego morada.

El miedo se le subió a Elise por la garganta como un puñal helado.

—Sarah, mírame. Mírame —pidió con la voz quebrada.

Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas.

Elise sintió el pánico estallar.

—¡PAPÁ! ¡MAMÁ! —gritó, la voz rota—. ¡AYUDA!

❋───────────────❋───────────────❋

Cáncer.

La palabra cayó como un peso muerto en la sala.

El doctor la había dicho, y luego todo sonó lejos.

Elise solo sabía una cosa:

Podía perder a su hermana.

Y ese miedo la estaba sofocando desde adentro.

Miró a sus padres.

Jim estaba inmóvil, rígido, los nudillos blancos.

Diane tenía las manos entrelazadas, apretadas como si rezara sin darse cuenta.

Elise tragó saliva.

—¿Se va a curar... verdad? —preguntó, con una voz que no parecía la suya.

Diane tomó su mano al instante.

—Lo hará —respondió—. Sarah es una niña fuerte.

Elise asintió.

No porque entendiera.

Sino porque necesitaba creerlo para no romperse ahí mismo.

El doctor siguió hablando.

Tratamientos.

Términos médicos.

Complicaciones.

Pronósticos.

Pero Elise ya no escuchaba nada.

Solo veía las piernas colgando de Sarah en la camilla.

Las coletas torcidas.

El peluche aplastado entre sus brazos.

Si los milagros existían, quería ser ella quien tuviera esa enfermedad no su dulce hermana.

Pero la vida —tan dulce antes— empezaba a volverse amarga.

❋───────────────❋───────────────❋

Elise peinaba a su hermana como todas las tardes, con esa paciencia que solo ella tenía.

Pero cuando pasó el cepillo una vez más, algo se quedó pegado entre las cerdas.

Un mechón.

Otro.

Respiró hondo, apretando el mechón entre los dedos.

No quería que Sarah lo viera, pero su hermana ya sabia que significa ese silencio.

Un quejido pequeñito rompió el silencio.

—Voy a parecer... —Sarah tragó saliva, los ojos llenándosele de lágrimas— una bruja mala del bosque.

Elise dejó el cepillo de inmediato, como si quemara.

—¿De qué hablas? —murmuró, poniéndose frente a ella— Para mí eres la niña más encantadora del planeta. Una princesa encantadora, con una belleza sin igual. Tu eres mucho más bella que cualquier niña.

Sarah le lanzó una mirada herida, de esas que duelen más que cualquier golpe.

—No mientas. Tu cabello parece una cascada de oro.

Elise giró hacia el espejo.

Su propio reflejo la irritó.

Ese brillo dorado que a Sarah tanto le gustaba ahora le parecía una crueldad del mundo. Que ese cabello estaba ahí para hacer sufrir a su hermana.

Respiró hondo.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa pequeña, peligrosa, llena de decisión.

—Tengo una idea.

Sarah parpadeó, confundida.

Elise tomó la mano de su hermana, apretándola con esa seguridad que solo ella sabía dar.

❋───────────────❋───────────────❋

Hopper apenas alcanzó a abrir la puerta cuando vio a Elise cruzar el pasillo directo al cuarto de su hermana.

La cabeza completamente rapada de su hija mayor es lo primero que vio, sonrío ese día si que había sido caótico

—¡Sarah! —entró sin frenar— Mira. Gane otra pelea y no creerás que gane también el concurso de ciencia mamá tomo video.

Levantó la medalla con la misma seguridad de siempre.

Sarah se incorporó un poco, ojos brillantes.

—Claramente —dijo Elise acercándose— este triunfo es para la hermana más fuerte de todas, las mas lista e inteligente.

Le puso la medalla alrededor del cuello.

Sarah tocó el metal, curiosa.

—¿Hiciste explotar algo? —pregunto su hermana viendo el diploma de concurso de ciencias

—Claro hubieras visto sus caras de pánico.

—Cool—dijo la niña asintiendo en aprobación.

—La próxima vez me acompañaras, explotaremos todo el laboratorio juntas. —Elise alzo su meñique ¿Okey?

Sarah asintió feliz e hizo la promesa con su hermana.

Jim nego espero que nadie hubiera salido herido.

Las dos juntas, compartiendo una medalla como si nada más importara.

Esperó, con una calma que ni sabía que tenía, que esa unión jamás se desgastara.

❋───────────────❋───────────────❋

Elise abrazó el conejo de peluche que Sarah llevaba a todos lados.

Dos años de tratamientos, subidas y bajadas, promesas que parecían funcionar.

Y luego... un mes.

Solo un mes para que todo se desplomara.

El cuerpo de Sarah simplemente se cansó.

Las lágrimas le nublaron la vista, pero no hizo nada por detenerlas.

Frente a ella, el pequeño sarcófago permanecía cerrado, inmóvil, demasiado frío para algo que había sido tan lleno de vida.

Elise negó despacio, apretando el peluche contra el pecho.

Quería retroceder el tiempo.

Escuchar otra vez la risa de Sarah, sus comentarios tontos, sus “eres cool”, sus “tú puedes”.

Quería verla emocionarse por una medalla, por un chiste malo, por cualquier cosa.

Quería a su hermana de regreso.

Pero no había regreso.

No esta vez.