EL CHICO DE LOS OJOS ROJOS

Summary

En un mundo moderno donde las almas gemelas existen y se manifiestan como una marca imborrable en la piel, Kyojuro Rengoku siempre creyó que el destino sería claro, ardiente y sencillo. No lo fue. Capitán de Kendo, apasionado y directo, Kyojuro se enfrenta a un torneo regional que promete definir su futuro... y a Rise Kibutsuyi, el implacable capitán de la Academia Upper Moon. Lo que comienza como rivalidad se transforma lentamente en algo más profundo, silencioso y peligroso: un vínculo que desafía expectativas, normas familiares y el poder de quienes creen que el amor puede ser controlado.

Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

INTRODUCCIÓN

Kyojuro Rengoku creció creyendo en el amor como otros niños crecen creyendo en los cuentos.

No porque alguien se lo enseñara con palabras grandilocuentes, sino porque lo veía todos los días.

Su madre, Ruka, reía con suavidad mientras preparaba el desayuno, y su padre, Shinjuro, fingía gruñir por la mañana solo para terminar robándole un beso cuando creía que nadie miraba.

No eran perfectos. Discutían sobre cuánto gastar en víveres, se cansaban después de jornadas largas en el taller de mecánica de Shinjuro "Flame Hashira", se preocupaban por el futuro de sus hijos... pero siempre, siempre, se elegían. Cuando Ruka se enfermaba de gripe, Shinjuro dejaba todo para cocinarle sopa de pollo —aunque saliera demasiado salada— y leerle poemas que guardaba en un cajón viejo. Cuando Shinjuro perdió un contrato importante, Ruka le tomaba la mano en la mesa y le decía que la suerte era como el viento: a veces soplaba contra ti, pero siempre volvía a cambiar de rumbo.

—El amor no es magia —le dijo una vez su madre, acomodándole el cabello rojo como el fuego cuando Kyojuro apenas tenía siete años, mientras lo acunaba en su regazo—. Es decisión. Cada día, una y otra vez. Pero cuando es verdadero... arde bonito. Como las brasas de la chimenea en invierno: calienta sin quemar, ilumina sin cegar.

Kyojuro se tomó esas palabras muy en serio. Demasiado en serio, tal vez.

Cuando nació Senjuro, Kyojuro tenía nueve años y estaba convencido de que el mundo acababa de recibir algo sagrado. Lo sostuvo con manos torpes, con miedo de romperlo —ese cuerpo pequeño, tan frágil entre sus brazos—, mientras su madre lo observaba desde la cama, cansada pero con una sonrisa que parecía contener todo el sol. Ruka tenía los ojos cansados, pero brillantes. Su cabello, que solía ser tan brillante como el de Kyojuro pero en negro como el carbón, estaba aun desordenado. El bonito rostro de su madre aun, lucia ojeroso y cansado por una noche pesada de parto, pero radiante de ver un integrante más de su familia.

—Cuídalo bien —le pidió ella, con una voz apenas audible—. Los hermanos mayores son el primer hogar de los pequeños. Cuando el mundo les haga daño, tú eres el lugar al que volverán para curarse.

Y Kyojuro lo hizo.

Desde ese día, ser fuerte dejó de ser solo un deseo infantil —de ser como los héroes de las películas que veía en la televisión—. Se volvió una responsabilidad. Aprendió a cocinar cosas simples: sopa de letras, huevos revueltos, verduras hervidas a media cocción. Aprendió a leer en voz alta para que Senjuro se durmiera, incluso cuando las historias eran aburridas para él, haciendo voces diferentes para cada personaje. Aprendió a fingir valentía incluso cuando tenía miedo: cuando escuchaba truenos fuertes, se quedaba de pie al lado de la cuna de Senjuro y le decía que era solo el cielo que reía. Aprendió a amar sin condiciones, a poner las necesidades de su hermano antes que las suyas, a sentir alegría por sus pequeñas victorias —cuando dio su primer paso, cuando dijo su primera palabra, cuando aprobó su primer dibujo en la guardería — como si fueran las suyas propias.

Tal vez por eso, cuando escuchó por primera vez sobre las almas gemelas, no dudó. En ese mundo moderno, todos sabían la regla, como si fuera una ley de la naturaleza:

Algún día, sin previo aviso, aparecería un símbolo en tu piel. Un símbolo único, hecho de líneas y formas que nadie más tendría. El mismo que llevaría la persona destinada a caminar contigo por el resto de tu vida. No nombres, no fechas, no pistas sobre dónde encontrarla o cuándo. Solo una marca que te condenaba a esperar... o a buscar.

Algunos decían que el símbolo aparecía cuando te encontrabas con tu alma gemela. Otros, que aparecía cuando estabas listo para amarla. Nadie lo sabía con certeza, pero todos lo creían. Era como un sueño colectivo, un hilo que unía a todos los seres humanos en la esperanza de encontrar a su media naranja.

Su madre Ruka, tenía su marca en forma de una llama en su pecho, cerca del corazón le decía con una sonrisa cariñosa, mientras que su padre Shinjuro lucia la suya en el antebrazo, y siempre que podía presumía en el trabajo, en casa mientras ayudaba hacer las tareas de los niños.

A los diez años, Kyojuro todavía no tenía el símbolo, sabía que no había una edad exacta para ello.

Y eso estaba bien. O eso se repetía cada mañana frente al espejo, mirándose el cuerpo desnudo, revisando cada centímetro de piel roja: brazos, pecho, costillas, espalda, piernas. Nada. Solo la textura de su piel, algunas pecas en las mejillas, una pequeña cicatriz en el codo por un accidente cuando era niño.

En la Academia Kimetsu, el tema era inevitable. Algunos ya tenían marcas visibles en muñecas, costillas, clavículas. Símbolos simples —un círculo con una línea en el centro, una estrella con cinco puntas irregulares— o complejos —laberintos pequeños, flores con pétalos finos como el hilo—. Algunos los mostraban con orgullo, llevando blusas con escotes o mangas cortas para que todos lo vieran. Otros los cubrían con mangas largas, incluso en los días más calurosos, como si ignorarlos pudiera borrarlos, como si el destino le hubiera dado una marca que no querían.

Kyojuro no sentía envidia. Sentía expectativa. Como un niño que espera el día de Navidad, sabiendo que algo bueno vendrá, aunque no sepa qué es ni cuándo llegará.

Solía decírselo cada vez que podía a Tengen Uzui, su mejor amigo desde que el albino tenia 8 años y Kyojuro 7 años. Ambos estudiaban en la primaria Kimetsu, Tengen llevado por una rebeldía de llamar la atención de su padre, había presionado la alarma contra incendios. En su escape, o mejor dicho, intento de escape, hizo que Kyojuro chocará contra una mesa del comedor tirandola con gran estruendo. Para Tengen, el pequeño Kyojuro se ganó su respeto cuando acepto el castigo a su lado.

La amistad se había vuelto una hermandad mas fuerte, incluso cuando Tengen ingreso a la secundaria y Kyojuro a su sexto año en la primaria.

Fue una suerte que la Academia Kimetsu fuera una institución privada con becas de apoyo a familias con poco recursos, pero con educación completa en el mismo campus, desde nivel Primaria hasta nivel preparatoria. Aunque a veces se sentía un poco solo en clases, su entusiasmo vibrante y alegría desbordante solía ser demasiado para sus compañeros; aunque intentaba no tomarlo personal, incluso si era realmente complicado, porque al momento de hacer tareas muy difícilmente alguien quería unirse a él.

Fue entonces cuando conoció a Mitsuri Kanroji.

Ella llegó como un estallido de color en un día gris y lluvioso de octubre. Llevaba su falda verde a cuadros, su blusa blanca con volantes y zapatos negros, pero siempre con calcetas de colores vibrantes. Su cabello era de un rosa intenso que se mezclaba con el verde en las puntas, y su sonrisa era tan fácil que parecía iluminar todo el aula. Se sentó a su lado el primer día de clases cuando su familia se mudo a la ciudad, ingresando a su primer año en la secundaria Kimetsu; ella sin pedir permiso le habló como si se conocieran de antes, como si el destino ya hubiera decidido que debían coincidir.

—Hola! Soy Mitsuri —dijo, con una voz suave que parecía una canción, mientras se sentaba a su lado antes del inicio de las clases de matemáticas —. Me gustan tus ojos. Son como el fuego.

Kyojuro se sonrojó hasta las orejas. Nunca nadie le había dicho eso a sus 12 años.

Desde ese día, Mitsuri nunca dejó de hablarle. Le contaba sobre sus amigos, sobre sus gustos —amaba la comida dulce, especialmente los helados de fresa, y le encantaba bailar—, sobre sus miedos —tenía miedo a las arañas y a estar sola en la oscuridad—. Su risa era contagiosa, un sonido claro que parecía no pedir permiso para llenar el espacio. Kyojuro se enamoró sin dramatismos, sin grandes declaraciones ni escenas románticas. Fue un proceso lento y natural, como el sol que sale por la mañana.

Primero fue admiración: admiraba su valentía al ser tan abierta, su capacidad para ver el bien en todas las cosas, su forma de hacer sentir a los demás importantes. Luego calidez: cuando ella se sentaba a su lado en el comedor, cuando le pasaba su botella de agua cuando tenía sed en las clases de educación física, cuando le sonreía desde el otro lado del aula. Luego ese cosquilleo incómodo pero bonito en el estómago cuando ella se reía demasiado cerca, cuando su mano tocaba la suya por accidente al tomar un libro, cuando le miraba con esos ojos de color verde claro que parecían ver hasta el fondo de su alma.

Y entonces pensó: Debe ser ella. No por el símbolo —porque no lo tenía—, sino porque quería que lo fuera. Porque con ella se sentía completo, como si hubiera encontrado el pedazo que le faltaba a su vida.

Cada noche, antes de dormir, revisaba su piel con más cuidado que nunca. Brazos. Pecho. Costillas. Espalda. Nada. Aun así, no perdió la fe. Se decía a sí mismo que tal vez el símbolo tardaba más en aparecer para algunos, que tal vez necesitaban pasar más tiempo juntos para que el destino lo marcara.

Así se decía al menos, cada año que pasaba y sus sentimientos parecían solo crecer por su mejor amiga. Incluso fue gracias a ella (y por supuesto, también gracias a Tengen) que se inscribió al club de Kendo, encontrando una nueva pasión que lo marcaría para toda la vida, aunque aun no lo supiera.

Sus emociones parecían vibrar con mayor intensidad, al pasar los días entre tareas y entrenamientos, sobre todo cuando Mitsuri fue a su casa por una tarea de historia.

Mitsuri fiel a su carácter saludo a sus padres sin pena, incluso abrazo con mucha ternura al pequeño Senjuro. Nadie se molesto, incluso ella se llevó fácilmente con Ruka al ayudarle en la cocina sin que nadie se lo pidiera.

Desde entonces, verla por la casa Rengoku se había vuelto habitual y nadie parecía cuestionarlo.

—Cuando aparezca —le dijo una vez a Senjuro, que lo escuchaba con ojos enormes y curiosos mientras lo ayudaba a arreglar su cama—, sabré que valió la pena esperar. Sabré que Mitsuri es la persona que está destinada a estar conmigo.

Senjuro asintió con la cabeza, convencido de que su hermano mayor nunca se equivocaba. Kyojuro era su héroe, el hombre más fuerte y bueno del mundo, y si él decía que Mitsuri era su alma gemela, entonces así debía ser.

Además, tener una hermana mayor que te diera dulces y galletas de sus clases de economía, era una razón más para querer a Mitsuri como alma gemela de Kyojuro; incluso si Senjuro no entendía del todo lo que esas palabras significaban.

Pero el destino... no suele ser tan amable con los corazones jóvenes.

Kyojuro aún no lo sabía, pero el símbolo que un día marcaría su piel no nacería del primer amor, sino de algo más profundo, más doloroso y más real. Porque no todas las llamas que iluminan... están destinadas a quedarse. Algunas se apagan rápidamente, dejando solo oscuridad y frío. Otras se convierten en brasas que calientan durante mucho tiempo, pero nunca vuelven a ser lo que eran. Y algunas... algunas se extienden, se vuelven más grandes y más fuertes, hasta que iluminan todo el camino.