El Chico De Los Ojos Rojos by ConejitoSangriento at Inkitt
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EL CHICO DE LOS OJOS ROJOS

Summary

En un mundo moderno donde las almas gemelas existen y se manifiestan como una marca imborrable en la piel, Kyojuro Rengoku siempre creyó que el destino sería claro, ardiente y sencillo. No lo fue. Capitán de Kendo, apasionado y directo, Kyojuro se enfrenta a un torneo regional que promete definir su futuro... y a Rise Kibutsuyi, el implacable capitán de la Academia Upper Moon. Lo que comienza como rivalidad se transforma lentamente en algo más profundo, silencioso y peligroso: un vínculo que desafía expectativas, normas familiares y el poder de quienes creen que el amor puede ser controlado.

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28
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18+

INTRODUCCIÓN

Kyojuro Rengoku creció creyendo en el amor como otros niños crecían creyendo en los cuentos.

No porque alguien se lo hubiera enseñado con palabras grandilocuentes, sino porque lo veía todos los días.

Su madre, Ruka, reía con suavidad mientras preparaba el desayuno, y su padre, Shinjuro, fingía gruñir por las mañanas solo para terminar robándole un beso cuando creía que nadie miraba.

No eran perfectos. Discutían sobre cuánto gastar en víveres, se agotaban después de las largas jornadas enFlame Hashira, el taller mecánico de Shinjuro, y se preocupaban por el futuro de sus hijos. Sin embargo, siempre, siempre se elegían.

Cuando Ruka enfermaba de gripe, Shinjuro dejaba todo para cocinarle sopa de pollo, aunque le quedara demasiado salada, y leerle los poemas que guardaba en un viejo cajón. Cuando Shinjuro perdió un contrato importante, Ruka le tomó la mano sobre la mesa y le recordó que la suerte era como el viento: a veces soplaba en tu contra, pero siempre terminaba cambiando de dirección.

«El amor no es magia», le explicó su madre una vez, mientras le acomodaba el cabello rojo como el fuego. Kyojuro apenas tenía siete años y descansaba en su regazo. «Es una decisión. Cada día, una y otra vez. Pero cuando es verdadero... arde bonito. Como las brasas de la chimenea en invierno: calienta sin quemar e ilumina sin cegar».

Kyojuro se tomó aquellas palabras muy en serio.

Demasiado en serio, tal vez.

Cuando nació Senjuro, Kyojuro tenía nueve años y estaba convencido de que el mundo acababa de recibir algo sagrado. Lo sostuvo con manos torpes, temeroso de lastimarlo. Aquel cuerpo era demasiado pequeño, demasiado frágil entre sus brazos.

Su madre lo observaba desde la cama, agotada, pero con una sonrisa que parecía contener toda la luz del sol. Ruka tenía los ojos cansados, aunque todavía brillantes. Su cabello negro como el carbón, normalmente tan abundante y brillante, se encontraba desordenado. Su hermoso rostro lucía ojeroso después de una larga noche de parto, pero también irradiaba felicidad ante la llegada de un nuevo integrante a la familia.

«Cuídalo bien», le pidió con una voz apenas audible. «Los hermanos mayores son el primer hogar de los pequeños. Cuando el mundo les haga daño, tú serás el lugar al que regresarán para curarse».

Y Kyojuro lo hizo.

Desde ese día, ser fuerte dejó de ser únicamente el deseo infantil de parecerse a los héroes de las películas que veía en televisión. Se convirtió en una responsabilidad.

Aprendió a cocinar cosas sencillas: sopa de letras, huevos revueltos y verduras hervidas a media cocción. Aprendió a leer en voz alta para que Senjuro se durmiera, incluso cuando las historias le parecían aburridas, e inventaba una voz diferente para cada personaje.

Aprendió a fingir valentía, incluso cuando tenía miedo. Durante las tormentas, permanecía de pie junto a la cuna de Senjuro y le decía que los truenos eran solamente el cielo riendo.

También aprendió a amar sin condiciones, a colocar las necesidades de su hermano antes que las propias y a celebrar sus pequeñas victorias como si fueran suyas: cuando dio su primer paso, cuando pronunció su primera palabra o cuando recibió su primera felicitación por un dibujo en la guardería.

Tal vez por eso, cuando escuchó por primera vez hablar sobre las almas gemelas, no dudó.

En aquel mundo moderno, todos conocían la regla, como si se tratara de una ley inalterable de la naturaleza:

Algún día, sin previo aviso, aparecería un símbolo sobre tu piel.

Un símbolo único, formado por líneas y figuras que ninguna otra persona tendría, excepto aquella destinada a caminar contigo durante el resto de tu vida.

No había nombres.

No había fechas.

No existían pistas sobre dónde encontrarla ni sobre cuándo llegaría.

Solo una marca que te condenaba a esperar... o a buscar.

Algunos aseguraban que el símbolo aparecía cuando conocías a tu alma gemela. Otros decían que surgía cuando estabas preparado para amarla. Nadie lo sabía con certeza, pero todos creían en ello.

Era una especie de sueño colectivo, un hilo invisible que unía a los seres humanos mediante la esperanza de encontrar a la persona destinada para ellos.

Ruka llevaba una marca con forma de llama en el pecho, cerca del corazón. La mostraba a sus hijos mientras les hablaba de ella con una sonrisa cariñosa. Shinjuro poseía la misma llama en el antebrazo y la presumía siempre que podía, tanto frente a sus compañeros del taller como en casa, mientras ayudaba a los niños con sus tareas.

A los diez años, Kyojuro todavía no tenía ningún símbolo. Sabía que no existía una edad exacta para que apareciera.

Y eso estaba bien.

O eso se repetía cada mañana frente al espejo, mientras examinaba cada centímetro de su piel: brazos, pecho, costillas, espalda y piernas.

Nada.

Solo encontraba algunas pecas en las mejillas y una pequeña cicatriz en el codo, recuerdo de un accidente de la infancia.

En la Academia Kimetsu, especialmente entre los estudiantes mayores, el tema era inevitable. Algunos ya tenían marcas visibles en las muñecas, las costillas o las clavículas.

Había símbolos sencillos, como un círculo atravesado por una línea o una estrella de cinco puntas irregulares. Otros eran mucho más complejos: pequeños laberintos, constelaciones o flores con pétalos tan delgados como hilos.

Algunos estudiantes los mostraban con orgullo y utilizaban blusas con escote o prendas de mangas cortas para que todos pudieran verlos. Otros los ocultaban bajo la ropa, incluso durante los días más calurosos, como si ignorarlos pudiera hacerlos desaparecer. Como si el destino les hubiera entregado una marca que jamás habían deseado recibir.

Kyojuro no sentía envidia.

Sentía expectativa.

Era como un niño que esperaba la mañana de Navidad, convencido de que algo maravilloso llegaría, aunque todavía no supiera qué sería ni cuándo sucedería.

Solía hablar de ello con Tengen Uzui, su mejor amigo desde que el albino tenía ocho años y Kyojuro apenas siete.

Ambos estudiaban en la primaria Kimetsu cuando se conocieron. Tengen, durante uno de sus primeros actos de rebeldía para llamar la atención de su padre, presionó la alarma contra incendios.

En medio de su huida, o mejor dicho, de su desastroso intento de escapar, provocó que Kyojuro chocara contra una de las mesas del comedor y la derribara con gran estruendo.

Para Tengen, el pequeño Kyojuro se ganó su respeto cuando, a pesar de no haber activado la alarma, aceptó cumplir el castigo a su lado.

Con los años, aquella amistad se convirtió en una hermandad cada vez más fuerte. Ni siquiera se distanciaron cuando Tengen ingresó a la secundaria y Kyojuro comenzó su sexto año de primaria.

Por fortuna, la Academia Kimetsu era una institución privada que ofrecía becas a familias de bajos recursos y brindaba educación completa dentro del mismo campus, desde primaria hasta preparatoria. Aunque estudiaran en niveles diferentes, podían encontrarse durante los descansos, en los clubes escolares y en algunas actividades compartidas.

Aun así, Kyojuro solía sentirse un poco solo en su salón. Su entusiasmo vibrante y su alegría desbordante resultaban excesivos para algunos de sus compañeros. Intentaba no tomárselo como algo personal, aunque era complicado, especialmente cuando llegaba el momento de realizar trabajos en equipo y muy pocas personas querían unirse a él.

Fue entonces cuando conoció a Mitsuri Kanroji.

Ella llegó como un estallido de color durante un día gris y lluvioso de octubre.

Llevaba una falda verde a cuadros, una blusa blanca con volantes y zapatos negros, acompañados por unas calcetas de colores vibrantes. Su cabello era de un rosa intenso que se mezclaba con el verde en las puntas, y poseía una sonrisa tan luminosa que parecía transformar el aula completa.

Su familia acababa de mudarse a la ciudad y Mitsuri ingresó al primer año de secundaria en la Academia Kimetsu. El primer día se sentó junto a Kyojuro sin pedir permiso y comenzó a hablarle como si se conocieran desde siempre, como si el destino ya hubiera decidido que debían coincidir.

«¡Hola! Soy Mitsuri», se presentó con una voz suave y melodiosa mientras ocupaba el asiento a su lado, antes del inicio de la clase de matemáticas. «Me gustan tus ojos. Parecen fuego».

Kyojuro se sonrojó hasta las orejas.

En sus doce años de vida, nadie le había dicho algo semejante.

Desde aquel día, Mitsuri nunca dejó de hablarle.

Le contaba sobre sus antiguos amigos y sobre todo lo que le gustaba. Amaba la comida dulce, especialmente los helados de fresa, y le encantaba bailar. También compartía sus miedos: le aterraban las arañas y no soportaba quedarse sola en la oscuridad.

Su risa era contagiosa, un sonido claro que no pedía permiso antes de llenar todo el espacio.

Kyojuro se enamoró sin dramatismos, sin grandes declaraciones ni escenas románticas. Fue un proceso lento y natural, como la llegada del amanecer.

Primero sintió admiración. Admiraba la valentía con la que Mitsuri se mostraba tal como era, su capacidad para encontrar algo bueno en casi todas las situaciones y su manera de hacer sentir importantes a las personas que la rodeaban.

Después llegó la calidez. La sentía cuando ella se sentaba junto a él en el comedor, cuando compartía su botella de agua durante las clases de educación física o cuando le sonreía desde el otro lado del aula.

Finalmente apareció aquel cosquilleo incómodo, pero agradable, en el estómago. Lo sentía cuando Mitsuri reía demasiado cerca, cuando sus manos se rozaban por accidente al tomar un libro o cuando ella lo observaba con aquellos ojos verde claro que parecían capaces de llegar hasta el fondo de su alma.

Entonces lo pensó:

“Debe ser ella.”

No porque hubiera aparecido el símbolo, pues todavía no lo tenía, sino porque deseaba que fuera ella.

Porque a su lado se sentía completo, como si hubiera encontrado una pieza que jamás había sabido que le faltaba.

Cada noche, antes de dormir, revisaba su piel con mayor atención.

Brazos.

Pecho.

Costillas.

Espalda.

Nada.

Aun así, no perdió la fe.

Se decía que tal vez el símbolo tardaba más en aparecer en algunas personas. Quizá necesitaban pasar más tiempo juntos antes de que el destino decidiera marcarlos.

Al menos, eso se repitió durante cada año que transcurrió, mientras sus sentimientos por su mejor amiga continuaban creciendo.

También fue gracias a ella, y por supuesto a Tengen, que se inscribió en el club de kendo. Allí descubrió una nueva pasión que lo acompañaría durante toda la vida, aunque todavía no lo supiera.

Sus emociones parecían vibrar con mayor intensidad conforme pasaban los días entre tareas, clases y entrenamientos. Sobre todo después de que Mitsuri visitó su casa para realizar un trabajo de historia.

Fiel a su personalidad, Mitsuri saludó a sus padres sin mostrar la menor timidez y abrazó con enorme ternura al pequeño Senjuro.

Nadie se molestó por su familiaridad. Al contrario, se ganó rápidamente el cariño de todos. Se llevó especialmente bien con Ruka y la ayudó en la cocina sin que nadie se lo pidiera.

Desde entonces, verla en la casa de los Rengoku se volvió algo habitual.

Nadie parecía cuestionarlo.

«Cuando aparezca», le dijo Kyojuro una tarde a Senjuro, quien lo escuchaba con ojos enormes y curiosos mientras ambos arreglaban la cama, «sabré que valió la pena esperar. Sabré que Mitsuri es la persona destinada a estar conmigo».

Senjuro asintió, completamente convencido de que su hermano mayor nunca podía equivocarse.

Kyojuro era su héroe, el hombre más fuerte y bueno del mundo. Si él afirmaba que Mitsuri era su alma gemela, entonces debía ser verdad.

Además, tener una hermana mayor que le regalara dulces y galletas preparados durante sus clases de economía doméstica era una razón adicional para desear que Mitsuri se convirtiera en el alma gemela de Kyojuro.

Incluso si Senjuro todavía no comprendía por completo lo que aquellas palabras significaban.

Sin embargo, el destino no suele ser amable con los corazones jóvenes.

Kyojuro aún no lo sabía, pero el símbolo que algún día marcaría su piel no nacería de aquel primer amor, sino de algo mucho más profundo, doloroso y real.

Porque no todas las llamas que iluminan están destinadas a permanecer.

Algunas se apagan rápidamente y dejan detrás de ellas únicamente oscuridad y frío.

Otras se convierten en brasas capaces de ofrecer calor durante mucho tiempo, aunque nunca vuelvan a arder como antes.

Y algunas...

Algunas crecen.

Se extienden.

Se vuelven más fuertes.

Hasta que terminan iluminando todo el camino.

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