EL BENEFACTOR | ENDEAVOR X READER

Summary

La vi en un callejón olvidado, un diamante en bruto que solo yo supe reconocer. Otros habrían pasado de largo, pero yo, Enji Todoroki, sé cómo transformar la desesperación en una oportunidad. Le ofrecí una mano, un refugio, una nueva vida... un precio que solo ella pagaría. No fue caridad, fue una inversión. Y ahora, prepárate para ser testigo de cómo la moldeo, cómo la reclamo, porque en mi mundo, la ayuda siempre tiene un costo, y esta "salvación" es mi posesión más preciada.

Genre
Drama
Author
EusstasMai
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Los pasos de alguien se escuchaban en la profundidad del oscuro y denso bosque, un eco inquietante que se arrastraba por entre los árboles. Un gemido, apenas un hilo de sonido, se escapó de la mujer agotada. Cada crujido de las ramas al ser aplastadas por unos zapatos tan pulcros y brillantes resonaba más cerca, con una precisión metódica que helaba la sangre. Zapatos que, a simple vista, ella sabía que eran caros. Un ser. Un cazador. Y ella, la presa, corría sin rumbo fijo, con la desesperación clavada en cada músculo.

¿Pero qué hacía ella ahí? ¿Cómo llegó a ahí?

La vi por primera vez en aquel callejón olvidado, un rincón de la ciudad donde la desesperación se aferraba como la mugre a las paredes. No era un lugar para una joven como ella, tan frágil, tan... desorientada. Otros pasarían de largo, ignorarían la silenciosa súplica en sus ojos, o peor, se aprovecharían. Pero yo, Enji Todoroki, un hombre de fortuna y con una visión particular del mundo, siempre he sabido reconocer el valor donde otros solo ven desdicha.

Estaba empapada por la lluvia ligera que caía esa tarde de primavera, tiritando, con ropas sucias que apenas cubrían su delgado cuerpo. Un trozo de pan seco era su única posesión, aferrado con dedos ennegrecidos. Patética, sí, pero fascinante. Algo en ella, en esa vulnerabilidad cruda y esa mirada perdida, me llamó la atención. Una oportunidad. No de negocio, no directamente. Una oportunidad de cultivar algo, de moldearlo a mi gusto.

- Disculpa, ¿estás bien? - Mi voz fue suave, mi tono cuidadosamente calibrado para sonar preocupado, no amenazante. Se encogió, como un animalito asustado, sus hombros tensos. Una respuesta esperada. Me acerqué despacio, mi sombra cayendo sobre ella mientras le extendía una mano que sostenía un billete de cien dólares. - Pareces perdida. ¿Necesitas ayuda?

Sus ojos, grandes y llenos de desconfianza, se posaron en el dinero antes de subir a mi rostro. La necesidad era evidente en cada fibra de su ser. Era tan joven, apenas una adulta, con el mundo aún por descubrir, o más bien, por serle revelado por mí. Ella dudó, y ese instante de indecisión, esa mezcla de miedo y anhelo, fue la confirmación que necesitaba.

- No te haré daño, - le aseguré, bajando un poco la voz, convirtiéndola en una promesa cargada de peso. - Solo quiero ayudarte. Puedo ofrecerte un lugar seguro, algo de comer, y ropa limpia. Una vida diferente a esta, muy lejos de este... foso.

Vi la chispa de la esperanza encenderse en sus ojos. Era una apuesta, lo sabía. Pero las mejores inversiones son aquellas en las que se ve el potencial oculto. Me presenté, mi nombre resonando con la autoridad y la opulencia que mi posición me otorgaba. Ella apenas pudo murmurar el suyo, tan bajo que casi lo perdí en el murmullo incesante de la ciudad. No importaba. Pronto, su nombre sería solo un eco de su pasado, reemplazado por la vida que yo le daría.

Ella aceptó. Por supuesto que aceptó. Era la única puerta que se le abría. La ayudé a levantarse, sintiendo su peso ligero, casi insignificante, mientras la guiaba hacia mi coche de lujo, discretamente aparcado al final de la calle. La observé mientras se acomodaba en el asiento de cuero, sus ojos grandes y curiosos mirando por la ventana con una mezcla de asombro y timidez ante el mundo que se abría ante ella, el mundo que yo controlaba.

Era el comienzo de nuestro arreglo. No había una condición explícita, por supuesto. Mi generosidad era un regalo, sí, pero todo regalo tiene un precio. Y ella, en su desesperación, estaba a punto de aceptarlo sin dudar, sin comprender aún la letra pequeña de mi oferta. Mi esposa, Rei, en casa, dormía plácidamente, ajena a los nuevos arreglos que estaba haciendo para mi conveniencia. Las apariencias eran importantes, siempre lo habían sido. Y esta chica... ella sería mi secreto mejor guardado, mi nueva adquisición.

Mi adquisición se adaptó con una rapidez asombrosa, casi enternecedora. Era como una flor marchita que, al ser trasplantada a tierra fértil, volvía a florecer, ignorante de la mano que la había plantado. Mi propiedad remota, escondida entre la densa vegetación del bosque, era un refugio perfecto. Aquí, el aire era diferente; olía a pino, a tierra húmeda, y a las delicias que ella misma aprendió a preparar bajo mi supervisión. Todo a su disposición. Todo a mi disposición. Un mundo perfecto, oculto a los ojos del mundo. El mío.

Los días transcurrían con una placidez estudiada. Desayunos tranquilos, paseos por los senderos boscosos bajo mi atenta mirada, lecturas en la biblioteca iluminada por el sol que se filtraba entre las hojas. Y luego estaban las noches. Noches en las que la intimidad se convertía en otra forma de conexión, en un lazo que, yo creía, nos unía más. Para ella, al principio, había una mezcla de timidez y una necesidad palpable de afecto. Para mí, era una confirmación de mi control, otra faceta de su dependencia.

Le di ropas nuevas, la guié a través de mi vasto guardarropa, permitiéndole elegir. Verla girar frente al espejo, con telas suaves y colores vibrantes que resaltaban su juventud, era una pequeña gratificación. La vi sonreír, esa sonrisa genuina que rara vez se asoma en las calles. La instruí, sí, pero solo para mi pequeño universo. Le enseñé los modales que a mí me complacían, el arte de la conversación y la discreción que se esperaban de ella. También la guie en la cocina, para que preparara mis platillos favoritos. La moldeaba para ser la compañera perfecta en la intimidad de mis noches, en el silencio de este lugar apartado. Era un proyecto fascinante, verla absorber cada lección, ansiosa por complacer, por no volver al abismo del que la había rescatado.

Nunca le faltó nada. Desayuno en la cama con vistas a los imponentes árboles. Tardes de lectura en la biblioteca, con volúmenes encuadernados en cuero que nunca antes habría soñado tocar. Cenas elaboradas, siempre íntimas, siempre solo nosotros dos, con los aromas que ella misma había conjurado. Después, nos retirábamos a mi habitación. Se acostumbró a mi presencia constante, a mi voz grave que llenaba el silencio de la casa y del bosque. Me gustaba verla reír, verla relajarse, creerse segura.

Mi amabilidad era un manto cálido, envolvente. Le daba regalos exquisitos: joyas delicadas, obras de arte que le resultaban extrañas pero que admiraba porque yo las admiraba, y una asignación semanal que superaba con creces cualquier suma que hubiera visto antes. - Para tus pequeños caprichos, querida - le decía, sonriendo. Y ella me miraba con una gratitud que casi me convencía de mi propia benevolencia. Un trato justo, ¿no? Su lealtad por mi generosidad. Su discreción por mi protección. Y su cuerpo, ofrecido con una mezcla de necesidad y deber. No necesitaba nada más. No necesitaba a nadie más. Ella sabía de Rei, por supuesto. Mi esposa, el pilar de mi vida pública. La fachada perfecta. Y ella, mi secreto, mi placer prohibido, confinado a la sombra del bosque.

Pero el lujo, lo sabía, era la primera de mis cadenas. La hacía dependiente, la apartaba aún más del mundo exterior. Poco a poco, las llamadas a sus antiguos conocidos, si es que tenía alguno, cesaron. No había nadie más en esta propiedad que nosotros dos y mis hombres de confianza, quienes se aseguraban de que su acceso al exterior fuera inexistente. Cada camino fuera de la propiedad estaba vigilado, cada posible vía de escape, sellada. No era un encierro; era una protección, le explicaba con paciencia. El mundo de afuera era cruel, peligroso, lleno de juicios y ojos curiosos. Además, ¿qué diría mi esposa si se enterara? Yo era su único puerto seguro. El único que la aceptaba tal como era, sin preguntas, sin condiciones... o eso creía ella. Y yo me deleitaba en esa fe ciega.

Había momentos, sin embargo, en que la fachada se resquebrajaba. Pequeños detalles. Una pregunta sobre mi día, demasiado personal, acerca de mi vida fuera de la mansión. Un comentario inocente sobre una flor que no era de su agrado. Una mirada demasiado prolongada hacia el camino que se perdía entre los árboles, un anhelo por algo más allá de mis muros. Cosas triviales, pero que revelaban un atisbo de independencia, de voluntad propia que debía ser controlada. Era entonces cuando mi paciencia flaqueaba, cuando la máscara de benevolencia se tensaba, y mis ojos, mis implacables ojos azules, le recordaban quién era el dueño de esa casa. Y de su destino. Ella era mi secreto más oscuro, y los secretos se guardan bien, especialmente en lo profundo del bosque. Y en la cama.

La complacencia, pensaba yo, es un veneno lento. Y a veces, era necesario un antídoto. Llevábamos meses así, yo en mi rutina, ella en la suya, que era mi rutina. La había convertido en una extensión de mi voluntad, una sombra dócil que se movía por la casa con una gracia que yo mismo había pulido. Pero había momentos, pequeñas fisuras, en los que su propia voluntad, esa chispa de independencia que la hacía atractiva, también se volvía una molestia. Un comentario ingenuo, una pregunta sobre mi vida fuera de esas paredes, un anhelo en su mirada al observar el camino que se perdía entre los árboles. Pequeñas rebeldías que necesitaban ser corregidas.

Esa noche, la irritación me carcomía. Una llamada de Rei, un recordatorio de mis “deberes” y la farsa que mantenía ante el mundo, había tensado mis nervios. Y justo entonces, al revisar unos papeles, noté un pequeño descuido de su parte, algo trivial, pero que me dio la excusa perfecta para liberar la tensión acumulada.

- Querida, - mi voz se escuchó, más gruesa de lo habitual, resonando en el silencio de la sala. No había ternura en ella, solo la autoridad que exigía atención inmediata. - Ven acá.

Ella se acercó, la vi dudar por un instante, su paso ligero. - ¿Qué sucede? - Sus ojos se posaron en mí, en esos orbes azules que ardían ahora con una furia silenciosa, un fuego interno que parecía dispuesto a consumirla. Mi gran mano se posó en su espalda, no con una caricia, sino con una posesividad que la atrajo sin remedio hacia donde yo quería que viera, hacia el insignificante error que había cometido.

- Mira, - mi dedo apuntó a la hoja ligeramente arrugada. - ¿Acaso no ya sabías que en esta casa, las cosas son como yo lo diga? ¿Que cada detalle importa?

- Mi señor, - le tembló la voz, un susurro al querer excusar el dicho error. - U-usted me dijo que-

Un chasquido seco. Mi palma conectó con su mejilla. El impacto llegó a su rostro como una bofetada de hielo y fuego a la vez. El ardor se extendió de inmediato, punzante, y un dolor sordo y palpitante la hizo vacilar. Quería salir de ahí, lo supe por la forma en que sus ojos se abrieron desorbitados, pero ¿cómo podría desear tal cosa? Si solo era una mujer, una amante, y lo peor, de un hombre que era capaz de todo. La miré con enojo, con decepción... pero por un instante fugaz, casi imperceptible, creyó ver un atisbo de tristeza en el fondo de mi mirada, una melancolía que la confundió antes de que el brillo de mi furia se endureciera de nuevo.

- Si no quieres terminar allá afuera, - mi voz era fuerte, cortante como un látigo, cada palabra un mandamiento, - es mejor que no me vuelvas a decepcionar. Sabes muy bien que aquí lo tienes todo. Esta es nuestra casa. Nuestra única casa.

- Sí, lo tengo todo, pero no tengo tu cien por ciento de ti, mi señor, - la desesperación la impulsó a seguir, una imprudencia que, lo sabía, pagaría. - No quiero ser solo la mujer, la amante. Lo quiero a usted, quiero ser la señora de-

Antes de que pudiera formular otra súplica, mi palma conectó de nuevo con su rostro, esta vez con una fuerza que la hizo tambalear. Cayó al suelo, desplomándose sin un sonido, mientras lágrimas silenciosas se mezclaban con el hilo de sangre que brotaba de la comisura de su boca. La vi temblar, un pequeño insecto aplastado.

- Ya te dije por qué no puedo hacerlo, pero siempre es lo mismo contigo, - mi voz ahora era un trueno controlado, pero implacable. - Si no querías esto, entonces vete. Vete ahora que te doy la oportunidad de irte, pero olvídate de mí, de mis lujos y de mi amor.

Ella abrió los ojos, invadida por el horror que sería eso. Volver a lo que era antes, una mujer que nunca amaban, alguien sola y a la que siempre ignoraban... Era una perspectiva más aterradora que mi furia. La vi gatear hacia mí, sus rodillas rozando el suelo frío, suplicante.

- ¡NO! ¡NO QUIERO, POR FAVOR, PERDÓNAME, NO QUIERO PERDERTE, YO... YO...!

- Shhh, calla, - mi voz se suavizó de forma escalofriante, una manipulación que siempre funcionaba. Me agaché, la levanté y la senté en la silla más cercana. - Perdóname tú a mí, mira lo que te hice, amor mío. Tu mejilla y tu labio.

Me dirigí al botiquín, mis movimientos precisos, automáticos. - Te pondré la pomada para que no te quede moretón. Pero no vuelvas a decirme que quieres tener mi apellido. No puedo dártelo. No es que no quiera; ojalá te hubiera conocido antes.

Ella lo sabía. Sabía que si la vida me hubiera cruzado con ella en otra circunstancia, no habríamos podido estar juntos. Ella era solo una adolescente en ese tiempo. Demasiado joven para que yo siquiera la notara.

Demasiado joven para esta jaula dorada. Y yo, por supuesto, no habría sido lo que soy. La abracé entonces, un abrazo que parecía de consuelo, pero que para mí era solo otra forma de reafirmar mi posesión sobre su cuerpo tembloroso, sobre su alma fragmentada.

La calma era mi creación. Una burbuja de lujo y sumisión que yo había inflado con cada regalo, cada caricia, cada palabra que susurraba sobre nuestro “amor”. Pero la naturaleza, incluso la más dócil, siempre busca su propia forma. Y en ella, el anhelo de algo más empezó a manifestarse de maneras sutiles, casi imperceptibles para un ojo menos agudo que el mío.

Sus ojos, antes llenos de gratitud ingenua, comenzaron a posarse con demasiada frecuencia en los gruesos ventanales, más allá del cristal que enmarcaba el denso bosque. La quietud de las tardes, antes un refugio, parecía ahora pesar sobre ella. A veces, al encontrarla en la biblioteca, sus dedos trazaban las páginas de libros de viajes, de historias de mujeres que se atrevían a vivir más allá de los muros. Pequeños suspiros se escapaban de sus labios cuando creía que no la escuchaba. Preguntas inocentes sobre la ciudad, sobre las noticias del mundo, que yo desviaba con calma, recordándole lo brutal que era el exterior, lo afortunada que era al estar “protegida” aquí conmigo.

Mis hombres de confianza me informaban de cada uno de sus movimientos. Sus paseos por el jardín no se extendían más allá de los límites visibles. Sus intentos de usar el teléfono, rápidamente interceptados. No lo hacía por maldad, le decía, sino por su seguridad. Mi reputación, la discreción de nuestra situación, era primordial. Y ella, con un nudo en la garganta, asentía, suplicando con los ojos, pero sin atreverse a desobedecer.

Sin embargo, hubo un incidente que no pude ignorar. Una mañana, la encontré con una pequeña libreta, escribiendo febrilmente. Cuando me acerqué, la cerró con un sobresalto, su rostro palideciendo. Y - Solo... algunas ideas, - balbuceó. Se la quité de las manos. Era un diario. En sus páginas, vi descripciones de la casa, de los días, y, lo que era más preocupante, pequeñas notas sobre mi comportamiento, mis cambios de humor, las fechas de mis viajes a la ciudad para ver a Rei. Una cronología, un registro de mi “amabilidad” y de mis “correcciones”. No eran quejas, aún no. Eran observaciones. Demasiado detalladas. Demasiado conscientes.

- ¿Qué es esto? - Mi voz era tranquila, pero la frialdad en ella la hizo temblar. - Creí que entendías la importancia de la privacidad en este hogar. Especialmente la mía.

Sus disculpas fueron un torrente de arrepentimiento. Rompí la libreta frente a ella, las hojas cayendo como confeti inservible. Fue un acto simbólico. Un recordatorio de que nada de su vida era suyo aquí. Ni siquiera sus pensamientos. Ella lloró, por supuesto. Y yo, una vez más, la “consolé“. La abracé, la besé, la volví a tomar esa noche, reafirmando mi propiedad sobre cada centímetro de su ser. Para mí, era un acto de amor; para ella, una advertencia, una cadena invisible que se apretaba un poco más.

Pero esa libreta fue una señal. La prueba de que, a pesar de mi control absoluto, su mente no estaba completamente doblegada. Y eso, para mí, era un desafío. Un juego. Empecé a probar sus límites de formas más sutiles.

Retrasar mis regresos a casa. Observar su reacción. Inventar excusas para prohibirle ciertas actividades, solo para ver su obediencia. Cada vez, ella cedía, pero el miedo en sus ojos crecía. Y yo, en mi egocentrismo, lo atribuía a la gratitud por mi protección.

No la veía como una prisionera. La veía como alguien a quien había salvado, a quien estaba puliendo para ser la joya más exquisita de mi colección. Si a veces se sentía un poco presionada, era por su propio bien. Si lloraba, era por su inmadurez, por no comprender aún la magnitud de mi afecto. Los golpes ocasionales, la sangre en su labio... eran solo correcciones necesarias, el método de un jardinero que poda una rama para que crezca más fuerte, más hermosa, más exactamente como él la desea.

No sabía exactamente cuándo supe que ella intentaría irse. No hubo un momento preciso, sino una acumulación de señales. La forma en que sus ojos se detenían por demasiado tiempo en los candados de las puertas, la forma en que su respiración se volvía superficial cuando yo me ausentaba, incluso por un instante. Su obediencia, antes dócil, ahora se sentía forzada, como la de un resorte estirado al límite. Había algo nuevo en ella, un fuego frío que me resultaba extrañamente fascinante. Una desesperación creciente que yo, en mi soberbia, atribuía a la angustia de estar lejos de mí, en lugar de la urgencia por escapar de mi control.

Los pequeños “castigos” se habían vuelto más frecuentes, mis “correcciones” más severas. Ella lloraba con más facilidad ahora, sus gemidos se ahogaban en las sábanas de seda de nuestras noches. Se encogía bajo mi toque, y aunque seguía respondiendo a mi dominio en la cama, la chispa de lo que yo había confundido con anhelo se había extinguido, reemplazada por una especie de resignación helada. La veía mirarme, sus ojos cargados de un terror silencioso que me irritaba. ¿Acaso no entendía que todo lo que hacía era por su bien? Por nuestro bien.

La noche de la huida, yo lo sentí. No la vi preparar nada, no escuché ruidos. Simplemente... lo sentí. Esa inquietud en el aire, esa sutil alteración en el ritmo de la casa. Me levanté, sigiloso. La cama estaba vacía. No había rastro de ella en la habitación, ni en el pasillo, ni en la biblioteca donde solía leer hasta tarde. Una punzada de algo que rozaba la ira me recorrió. Mi mariposa había intentado volar de mi red. Qué ingenua.

Salí a la noche, no me molesté en encender las luces exteriores. El bosque, mi cómplice silencioso, ya se había tragado su figura. No llamé a mis hombres de inmediato. Esto era personal. Esto era nuestro asunto. La lluvia fina de la tarde había dejado la tierra blanda, y sus huellas, aunque ligeras, eran fáciles de seguir para alguien que conocía cada centímetro de su propiedad como yo.

Los pasos de alguien se escuchaban en la profundidad del oscuro y denso bosque, un eco inquietante que se arrastraba por entre los árboles. Un gemido, apenas un hilo de sonido, se escapó de la mujer agotada. Cada crujido de las ramas al ser aplastadas por unos zapatos tan pulcros y brillantes resonaba más cerca, con una precisión metódica que helaba la sangre. Zapatos que, a simple vista, ella sabía que eran caros. Un ser. Un cazador. Y ella, la presa, corría sin rumbo fijo, con la desesperación clavada en cada músculo.

¿Pero qué hacía ella ahí? ¿Cómo llegó a ahí?

Mis pasos eran firmes, medidos. El crujido de las hojas secas bajo el lustre impecable de mis zapatos de cuero italiano marcaba el ritmo de la noche. Era una sinfonía silenciosa, rota solo por los débiles sollozos que me guiaban. Podía sentir su miedo, como un rastro cálido en el aire helado del bosque. No era una cacería en el sentido vulgar de la palabra. Esto era más bien una recuperación. Ella era mía. Y se había extraviado.

La vi. Apenas a unos metros, tropezando con una raíz expuesta, cayendo de rodillas. Su cabello se pegaba a su rostro sudoroso, y sus manos, sucias, temblaban al intentar levantarse. No había fuerza en ella. Aceléré el paso, cerrando la distancia. Ella escuchó el cambio en el ritmo de mis pisadas. Sus ojos se abrieron en un horror renovado. Intentó arrastrarse, rasgando sus uñas contra la tierra, pero sus piernas no respondían.

La alcancé. La agarré del brazo, su piel fría y sudorosa se sintió frágil bajo mi mano. Ella gimió, un sonido que apenas era audible. “¡No! ¡Por favor, no!” Su voz era un susurro roto. Se debatió con la fuerza de la desesperación, pero era un esfuerzo inútil. Yo era más fuerte, más grande, más decidido.

La arrastré hacia mí, sin soltarla. “¿Creíste que podías escapar? ¿De mí?” Mi voz era un gruñido bajo, controlada, pero con una furia implícita que ella sin duda percibió. La sujeté con más firmeza cuando intentó zafarse de nuevo, sus pequeños puños golpeando mi pecho con la fuerza de una mariposa contra un muro de piedra. No me afectaba, solo aumentaba mi irritación. Tiré de ella, su cuerpo esbelto se estrelló contra el mío. “Qué ingenua eres.”

Sus gritos, ahora más fuertes, resonaron brevemente antes de que mi mano se posara sobre su boca, silenciando el patético lamento. Sus ojos, dilatados por el terror, me miraban con una mezcla de súplica y odio que me resultaba casi estimulante. Sentía su corazón latir desbocado contra mi pecho, una prueba más de mi dominio. Forcejeó, intentando morder, arañar, pero yo la sostenía con la fuerza de un depredador que ha atrapado a su presa. La arrojé suavemente contra el tronco de un árbol cercano, no con la intención de lastimarla gravemente, sino de recordarle su posición. El impacto fue sordo, pero suficiente para dejarla sin aliento, para que las lágrimas fluyeran de nuevo por sus mejillas.

Se deslizó por el tronco, desplomándose. La miré, mis ojos azules atrapando los suyos. El desafío que había visto antes en su mirada se había apagado por completo. La verdad, finalmente, se había asentado en ella: no había escapatoria. No existía un mundo para ella donde yo no estuviera. No había lugar para esconderse en este vasto bosque que yo consideraba mío. Vi la rendición en sus pupilas, la chispa final de resistencia apagándose. Era el sonido de un cristal quebrándose. Mi pequeño proyecto, mi mariposa, había aceptado su destino.

Extendí mi mano. Ella la tomó, su piel fría y temblorosa contra la mía. La levanté, sintiendo su peso ligero, casi insignificante. El juego había terminado. Y yo, el cazador, había ganado la última ronda.

La guié de regreso a la casa, el silencio del bosque cerrándose a nuestras espaldas. La luna se asomaba entre las copas de los árboles, bañando nuestro camino en una luz fantasmal. Dentro, la calidez de mi hogar la esperaba. Mi hogar. Donde ella pertenecería para siempre. Un secreto bien guardado en la profundidad del bosque. Un eco de una flama marchita, atrapado para ser solo mío. El fin de su desesperación, el principio de su... permanencia. Y mientras cerraba la puerta tras nosotros, asegurándola con el familiar sonido de los cerrojos, me permití una sonrisa. Una sonrisa de completa y absoluta victoria.