Prólogo
(Tres meses antes del crimen)
La lluvia en el Nivel Medio poseía una cualidad corrosiva, una entidad viva que siseaba contra el cristal reforzado de la ventana con la insistencia de mil agujas de ácido. Era el estado natural de la ciudad, una tormenta eterna, un llanto perpetuo de las superestructuras superiores que drenaban sus desechos químicos sobre los habitantes de abajo. El sonido, un zumbido estático y monótono, se había convertido en el ritmo cardíaco de una población que había olvidado el significado del silencio absoluto.
El apartamento de David, suspendido en el piso cuarenta y siete, ocupaba un purgatorio arquitectónico. Estaba lo suficientemente alto como para que los filtros de aire mitigaran el hedor a podredumbre orgánica y metal oxidado que ascendía desde el Sumidero, pero desesperadamente bajo como para soñar con la luz de las estrellas. El cielo, si es que aún existía más allá de las rutas de tráfico aéreo y la niebla de polución, era un mito reservado para los ejecutivos de las Zonas Altas.
David permanecía de pie junto al ventanal, observando el abismo de hormigón y luces. La única claridad que se atrevía a violar la intimidad de la sala, aparte de la cálida lámpara de tungsteno aque lujo anacrónico que brillaba sobre su escritorio, provenía de la fachada del edificio contiguo. Un inmenso holograma publicitario de fideos “Felicidad Instantánea” flotaba en el aire viciado, proyectando ráfagas cíclicas de luz azul eléctrica y magenta sobre los muebles desgastados. El eslogan parpadeaba con una alegría sintética que a David siempre le resultaba una burla cruel, pero esa noche, decidió ignorar la ironía.
Sonrió para sí mismo, sintiendo el peso y la textura de un pequeño paquete en sus manos. Estaba envuelto en papel grueso de color marrón, áspero al tacto, atado con un cordel de fibra natural que había costado una pequeña fortuna en el mercado negro de antigüedades. Sus dedos trazaron los bordes del objeto con nerviosismo.
—Sé que no es una ocasión especial —dijo David. Su voz sonó extrañamente sólida en la quietud del apartamento, compitiendo con el repiqueteo de la lluvia—. Pero cuando lo vi en el escaparate... no pude evitarlo. Me recordó a ti.
Ana levantó la vista de su terminal. Llevaba horas acurrucada en el sofá gris, con las piernas recogidas bajo una manta de algodón y los pies descalzos hundidos en la alfombra sintética. La luz vibrante del anuncio exterior barrió su rostro en ese instante, tiñendo su piel pálida de tonos violáceos y cian. Por un segundo, pareció un espectro digital, una imagen a punto de desvanecerse en la estática.
Sin embargo, cuando ella bloqueó la pantalla y sus ojos encontraron los de él, la humanidad regresó de golpe. Esa mirada cansada pero cálida transformó el apartamento. Por un momento, aquel cubo de hormigón frío se sintió como un hogar, un refugio hermético contra la hostilidad del exterior.
—David... —empezó a decir, dejando la terminal a un lado. Su tono mezclaba el cariño con una suave reprimenda—. Estamos ahorrando para la actualización de los filtros. Sabes que no tenías que gastar créditos en mí.
—No pienses en el precio —la interrumpió él, acercándose al sofá. Se sentó en el borde de la mesa de centro, quedando frente a ella—. Solo ábrelo.
Ana lo estudió un momento, buscando algún rastro de broma en su expresión. Al no encontrarlo, extendió sus manos delgadas. Deshizo el nudo del cordel con una precisión delicada, casi quirúrgica, consciente de la fragilidad del papel real.
El sonido del envoltorio rasgándose fue nítido, un crujido orgánico ajeno a los pitidos y zumbidos de su vida diaria. Cuando el cartón cayó al suelo, reveló el secreto.
Era un cuaderno. Las tapas estaban forradas en cuero negro genuino, con un grano irregular que atestiguaba su origen animal. Un cierre de latón envejecido mantenía las hojas guardadas en su interior, brillando tímidamente bajo la luz de neón. La calidad de los materiales era una anomalía; ver un objeto analógico en un mundo devorado por lo digital era algo difícil de ver fuera de los museos o las colecciones privadas de la élite.
El olor a cuero curtido y papel virgen se elevó entre ellos, rico y terroso, desplazando el olor estéril del aire reciclado.
—Últimamente escribes mucho, pero siempre en pantallas, siempre en la nube —murmuró David, observando la fascinación en los ojos de ella—. Supuse que tus poemas merecían un hogar físico. Un lugar donde un fallo del servidor o un error humano no pudiera borrarlos.
Ana pasó la yema de los dedos por la textura de la cubierta, como un ciego leyendo Braille. Parecía incrédula ante la solidez del regalo.
—Es... perfecto —susurró. Su voz tembló, cargada de una emoción que David interpretó como gratitud—. Un cuaderno cualquiera habría servido, David. Pero esto... esto es hermoso.
—Lo vi en una tienda de importación de las Zonas Altas y no pude resistirme. Espero te sirva para atrapar todas esas ideas que dices que se escapan.
Ana abrió el cierre de latón con un clic metálico y acarició la primera página en blanco. —No tenías por qué... —repitió, levantando la vista.
David se inclinó para besarla, sintiendo el calor de su piel, la realidad de su presencia. En ese instante, el mundo exterior, con sus lluvias ácidas y sus corporaciones corruptas, dejó de existir.
Pero la paz en el Nivel Medio siempre era un préstamo, nunca una propiedad.
El sonido rompió la atmósfera con la violencia de un cristal roto.
El comunicador de Ana, un dispositivo delgado, negro y sin marca que descansaba sobre la mesa auxiliar, comenzó a vibrar. Era una vibración agresiva, dura, que hizo traquetear el dispositivo contra la madera. Una luz cian, fría y clínica, se proyectó desde la pantalla, cortando la calidez de la sala como un láser.
El efecto en Ana fue aterrador.
Su cuerpo se tensó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La suavidad en su rostro se evaporó, reemplazada por una máscara de alerta instintiva. Sus ojos se apartaron de David y se clavaron en la luz parpadeante con una intensidad depredadora.
El rostro de Ana quedó inexpresivo, y su cuerpo pareció entumecerse, preparándose para algo que David no podía ver.
—Un segundo, me están buscando —dijo. Su voz salió nivelada, carente de cualquier inflexión emocional. Sonaba casual, pero la tensión subyacente hacía vibrar el aire.
Se levantó del sofá con un movimiento brusco, dejando el cuaderno abierto, y caminó hacia el baño. Deslizó la puerta corredera con fuerza, pero el mecanismo viejo no selló del todo. Quedó una rendija, una línea negra de apenas un centímetro.
David se quedó inmóvil un instante. La brusquedad de Ana había dejado un vacío en la sala. Miró al suelo, donde yacía el envoltorio olvidado. Con un suspiro pesado, se inclinó para recoger el papel y el cordel, necesitando ocupar sus manos en algo. Lo arrugó lentamente hasta formar una bola y lo tiró en el cesto de basura cercano a la cocina.
El silencio del apartamento regresó, pero ahora se sentía denso, opresivo. El siseo de la lluvia afuera sonaba más fuerte, más amenazante.
Desde el fondo del pasillo, a través de la rendija de la puerta mal cerrada, escuchó un sonido.
Al principio fue un murmullo ininteligible. La curiosidad, mezclada con una preocupación punzante, lo empujó a moverse. Ana nunca había estado estresada, al borde del colapso por “proyectos especiales” que no podía discutir. David se acercó a la puerta con el cuidado de no hacer ruido, sintiéndose un espía en su propio hogar, un intruso en la vida de la mujer que amaba.
No era la voz de Ana la que hablaba. Era una voz sintética. Un sonido procesado a través de un modulador de alta gama, frío, andrógino y preciso como el filo de un cuchillo quirúrgico.
—...la candidata es compatible —dijo la voz mecánica—. Solo queda la logística. Una vez confirmada la transferencia, el Fixer se encargará del resto.
David se detuvo en seco, con la respiración contenida. Las palabras flotaron en el aire, ajenas a su realidad. ¿Candidata? ¿Transferencia? ¿Fixer? Ese era el vocabulario de los mercenarios, de las operaciones encubiertas que veía en los noticieros, no de su prometida.
Hizo una pausa, retrocediendo apenas unos centímetros. Luego, la voz del modulador habló de nuevo, dictando una sentencia final con una frialdad matemática:
—Es un riesgo calculado, solo evitemos errores.
El pánico floreció en el pecho de David. Riesgo calculado. ¿Estaba ella en peligro? ¿Estaba siendo extorsionada?
Antes de que pudiera procesar el terror, el sonido de la conversación cesó abruptamente. Un silencio repentino cayó sobre el pasillo.
David comprendió que no podía estar allí cuando ella saliera. El corazón le martilleaba contra las costillas mientras retrocedía sobre sus pasos, forzando a sus piernas a moverse con sigilo pero con urgencia. Se dejó caer en el sofá justo cuando el sonido del cerrojo resonó en el baño. Agarró el cuaderno de la mesa, fingiendo examinar el cuero, aunque sus manos temblaban.
La puerta del baño se abrió de golpe.
Ana estaba allí. Se estaba secando las manos en una toalla blanca con movimientos tranquilos. La transformación fue lo más perturbador de todo: la frialdad mecánica, la postura rígida, todo había desaparecido. Aunque estaba ligeramente pálida bajo la luz del pasillo, la sonrisa de hacía unos instantes había vuelto a su rostro, una máscara de normalidad tan perfecta que resultaba obscena.
—Perdón —dijo ella, colgando la toalla y acercándose a él—. Ya sabes cómo es la burocracia.
David levantó la vista, buscando algún fallo en la simulación, algún rastro de la voz que acababa de escuchar. No había nada. Solo Ana.
—¿Quién te busca a estas horas de la noche? —preguntó David. Odió el temblor en su propia voz, el sonido de su miedo.
Ana no dudó ni un segundo.
—Nadie importante, alguien de la oficina —respondió. La mentira salió con una facilidad líquida que provocó un escalofrío profundo en David. Esa voz ligera y despreocupada no encajaba con la sentencia de muerte que el modulador acababa de pronunciar—. Para la próxima solo contestaré con “número equivocado”.
Se acercó a David para besarlo, invadiendo su espacio con familiaridad. David no se apartó, pero su cuerpo reaccionó con rigidez. Cuando sus labios se encontraron, no sintió amor. Todo lo que David pudo sentir fue la tensión residual en los hombros de ella, como cables de acero bajo la piel, la gelidez de sus manos al tocarle el brazo y el sudor frío perlando su cuello.
Se separó suavemente, mirándola a los ojos, tratando de ver a través de la máscara.
—¿Segura que estás bien? —preguntó, interrumpiendo el momento.
Ana sostuvo su mirada. La luz del holograma exterior parpadeó, reflejándose en sus pupilas oscuras, ocultando cualquier verdad que pudiera haber allí.
—Mejor que nunca.









me gusto esta primera parte de tu historia, la seguiré leyendo.