Capitulo 1
Satoru Gojo no era un hombre de sutilezas, y mucho menos cuando se trataba de Joselyn. El apartamento, decorado con un minimalismo moderno que contrastaba con la energía caótica de Satoru, estaba sumido en un silencio cómodo hasta que él decidió romperlo. Joselyn estaba de pie cerca del sofá, revisando algo en su teléfono. Llevaba ese enterizo azul eléctrico que Satoru tanto adoraba; el escote era tan pronunciado que dejaba al descubierto gran parte de sus tetas y los intrincados tatuajes que adornaban su piel canela. Sus gafas de montura fina le daban un aire intelectual que, irónicamente, solo lograba encender más los instintos de Gojo.
Él se acercó a ella, con sus pasos largos y silenciosos sobre la alfombra.
—Oye florecita... —su voz llegó baja y vibrante que hizo que Joselyn levantara la vista del celular—. ¿Acaso llegastes a sentir el temblor?—
Joselyn parpadeó, ajustándose las gafas mientras lo miraba con una mezcla de confusión y la sospecha habitual de quien sabe que Satoru está a punto de salir con alguna tontería.
—¿Cuál temblor, Satoru? Aquí no se ha movido nada —respondió ella, con un tono escéptico pero suave.
Satoru no respondió de inmediato. En su lugar, acortó la distancia. Sus ojos, ocultos tras las habituales gafas oscuras que decidió bajarse un poco para revelar ese azul infinito y burlón, se clavaron directamente en el pecho de Joselyn.
—¿Y esta grieta? —preguntó él, colocando de forma rápida su rostro en el profundo valle que se formaba entre sus tetas, justo donde el vestido se abría de par en par.
Joselyn soltó una carcajada espontánea, llevándose una mano a la boca.
—¡Satoru! Eres un idiota —dijo ella, aunque sus ojos brillaban con diversión.
Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más o volver a su teléfono, la imprevisibilidad de Gojo entró en acción.
Sin previo aviso, Satoru se inclinó. Sus manos grandes y cálidas se posaron en las caderas de Joselyn, anclándola en el sitio, mientras él hundía su rostro directamente en el escote de ella. Joselyn soltó un jadeo de sorpresa que le hizo soltar el teléfono, que cayó sobre el sofá. No era una agresión, era un asalto de pura adoración física. Satoru inhaló profundamente el aroma de su piel, llenando sus pulmones con una mezcla de vainilla, loción cara y ese olor natural, cálido y femenino, que lo volvía loco.
—Hueles tan malditamente bien.— murmuró contra su piel, directamente contra el esternón de ella, lo que le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna.
Satoru no se detuvo ahí. Empezó a restregar su mejilla contra la suavidad de sus tetas, jugando de manera infantil pero cargada de una intención sexual evidente. Joselyn sentía la punta de la nariz de él, sus labios rozando la piel sensible, y luego, la lengua de Satoru hizo su aparición. Dio un lametón largo y lento desde la base de uno de sus tetas hacia arriba, siguiendo la línea del tatuaje que bajaba por su pecho. Joselyn echó la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro entrecortado.
—Satoru... espera, estamos en la sala.— logró decir, aunque sus manos ya se habían hundido en el cabello blanco y sedoso de él, empujándolo más hacia su cuerpo en lugar de apartarlo.
—La grieta es profunda, tengo que inspeccionarla.— bromeó él, con esa voz juguetona que usaba antes de ponerse verdaderamente serio.
Él abrió la boca y atrapó la parte superior de su teta izquierda, succionando con una firmeza que hizo que las piernas de Joselyn flaquearan.

El contraste entre la frialdad de la habitación y el calor húmedo de su boca era embriagador. Satoru usaba sus labios y dientes para jugar, mordisqueando con cuidado, jalando la piel con sus labios, mientras sus manos bajaban de sus caderas para apretar sus nalgas con fuerza, pegando la pelvis de ella a sus muslos. Joselyn estaba excitada, su respiración se volvió errática y pesada.

La imprevisibilidad de Satoru siempre era su debilidad; podía pasar de un chiste tonto a devorarla en cuestión de segundos. Ella bajó la mirada y vio la cabeza de Satoru perdida entre su pecho, su cabello blanco desordenado contra el azul de su ropa.
—Eres un animal.— susurró ella, con una sonrisa lasciva, sintiendo cómo la humedad empezaba a acumularse entre sus propias piernas.
Satoru levantó la vista un momento, con los labios brillantes por la saliva y los ojos encendidos.
—Tu animal favorito —replicó él, antes de volver a bajar, esta vez buscando el otro lado, decidido a no dejar ni un centímetro de esa "grieta" sin reclamar. La mano de Satoru subió y desenganchó con destreza uno de los tirantes finos que sostenían el enterizo, dejando que la tela cediera y revelara aún más de lo que él ya estaba devorando con la mirada. La sorpresa en el rostro de Joselyn se transformó en una invitación silenciosa cuando él la levantó en vilo, obligándola a enroscar sus piernas alrededor de su cintura mientras seguía trabajando con su boca en su teta, moviéndose con paso firme hacia la habitación principal.

Satoru cruzó el umbral del dormitorio sin dejar de chupar su pezón ni por un segundo. Joselyn, con las piernas fuertemente enroscadas alrededor de su cintura, sentía cada músculo de los poderosos muslos de Gojo trabajar bajo ella. Él no solo la cargaba; la poseía con cada paso, manteniendo su rostro enterrado en ese escote que ya estaba totalmente deshecho.
Al llegar al borde de la cama king size, Satoru no la depositó con delicadeza. En lugar de eso, la dejó caer con un golpe sordo y elástico sobre el edredón de seda gris. El impacto sacó un pequeño jadeo de los pulmones de Joselyn, pero antes de que ella pudiera acomodarse, el peso de Satoru ya estaba encima, atrapándola entre el colchón y su cuerpo.
—Todavía no he terminado con mi peritaje, Joselyn.— gruñó él, con una sonrisa de lado que prometía de todo menos descanso.
Sus manos, grandes y expertas, terminaron de apartar con un movimiento fluidola la tela azul que estorbaba, el pecho de Joselyn quedó totalmente al descubierto, liberado de las restricciones del enterizo. La luz tenue de las lámparas de noche hacía que su piel canela brillara, resaltando la curva perfecta de sus tetas y la urgencia de sus pezones, ya oscuros y erguidos por el frío y la excitación. Satoru se quedó un segundo en silencio, observándola desde arriba. Se quitó las gafas oscuras por completo y las lanzó a algún lugar de la alfombra, dejando que sus ojos recorrieran cada centímetro de ella.
—Santa madre... —susurró, y esta vez no había rastro de broma en su voz—. Eres una obra de arte, florecita. Una obra de arte que quiero lamer por completo.— Sin esperar respuesta, volvió al ataque.
Se lanzó sobre su pecho izquierdo con un hambre renovada. El sonido fue inmediato: un slurp húmedo y sonoro cuando su lengua rodeó la areola de Joselyn. Su boca se cerró firmemente sobre el pezón, succionando con una fuerza que hizo que Joselyn arqueara la espalda, enterrando sus uñas en los hombros de la camisa de Satoru.

—¡Ah! Satoru... despacio...— gimió ella, aunque sus caderas se movían hacia arriba, buscando más presión.
—¿Despacio?— Satoru levantó la cabeza un segundo, con un hilo de saliva conectando su labio con el pezón de ella.
Soltó una risita ronca. —Sabes que no sé qué significa esa palabra. Además, esta "grieta" de la que hablábamos... parece que se está expandiendo. Tengo que sellarla bien.—
Volvió a bajar, pero esta vez alternó. Sus manos apretaban ambas tetas, juntándolos para crear un canal profundo donde hundió su nariz y su boca. Los sonidos de succión, besos húmedos y el chasquido de su lengua contra la piel llenaban la habitación.
—Schlip Schlip slap slap mmuah mmuah.—
Satoru emitía pequeños gruñidos de satisfacción, sonidos guturales que vibraban en el pecho de Joselyn y la hacían estremecer. Era una coreografía de lujuria juguetona. Satoru pasaba de lamerle los pechos a subir por su cuello, dejando marcas rosadas a su paso.
—Tienes un sabor...— comenzó él, besando la curva de su mandíbula con mordiscos juguetones. —como a… problemas. Problemas de los que no quiero salir nunca.—
—Tú eres el problema, Satoru —rio Joselyn, con la voz entrecortada, mientras él le llenaba el rostro de besos rápidos y ruidosos, como si fuera un cachorro hiperactivo, para luego bajar de golpe y morderle el lóbulo de la oreja.
—Soy la solución a tu aburrimiento, admítelo.— murmuró él al oído, su aliento caliente estaba enviando una nueva oleada de calor a la entrepierna de ella.
—Mira cómo estás. Estás temblando de verdad ahora. ¿Ves? El terremoto era real, yo solo predije las réplicas.—
Joselyn soltó una carcajada que terminó en un gemido cuando Satoru atrapó su otro pezón entre sus dientes, tirando con una suavidad experta antes de volver a rodearlo con la calidez de su boca. Los sonidos que él hacía eran animales, casi desesperados, devorándola como si no hubiera comido en días. Ella sentía la humedad de su lengua recorriendo cada poro, el roce de su nariz contra la parte inferior de su busto, y la presión constante de su cuerpo contra el de ella.
—Satoru, por Dios... me vas a dejar...— ella no pudo terminar la frase.
Él se detuvo un momento, apoyándose en sus antebrazos para quedar cara a cara.
—¿Te voy a dejar cómo? —preguntó con esa sonrisa de suficiencia—. ¿Loca? ¿Mojada? ¿Pidiendo más? Porque ese es el plan, nena. No acepto menos de un diez en mi evaluación de desempeño.—
Joselyn lo miró, con las gafas ligeramente ladeadas sobre su nariz y las mejillas encendidas.
—Eres un idiota engreído.— respondió ella, sujetándolo por la nuca para atraerlo hacia un beso profundo, cargado de lengua y deseo. —Pero eres mi idiota.—
Satoru aceptó el beso con una ferocidad que casi le quita el aliento, pero pronto sus labios regresaron a su destino favorito. Bajó de nuevo a sus tetas, esta vez usando ambas manos para masajearlas con fuerza, viendo cómo su piel se enrojecía bajo su toque. Se dedicó a lamer el surco entre ellas, haciendo sonidos de "ñam ñam" de manera cómica que hicieron que Joselyn soltara una risita en medio de sus gemidos.
—¡Para! No bromees ahora.— protestó ella, dándole un golpecito juguetón en la cabeza.
—Es que te ves deliciosa, de verdad.— dijo él, volviendo a ponerse serio por un instante mientras sus ojos se oscurecían.
—No tienes idea de lo que me haces sentir cuando me miras así, con el pecho agitado y los ojos nublados. Me dan ganas de... bueno, de muchas cosas que requieren que te quite el resto de este traje azul.—
Satoru bajó una mano, recorriendo el abdomen plano de Joselyn hasta llegar a la cremallera o el borde de la tela que quedaba en su cadera. Se detuvo ahí, mirando a Joselyn con un desafío silencioso, esperando su permiso mientras sus labios seguían rozando el pezón derecho de ella, manteniéndola al borde del abismo.
—¿Seguimos con la inspección, agente Joselyn? —preguntó en un susurro cargado de electricidad.
Ella solo pudo asentir, enterrando sus dedos en las sábanas, lista para lo que fuera que el impredecible Satoru Gojo tuviera preparado para la siguiente fase de su "temblor".
Satoru no perdió ni un segundo más. Con la misma energía eléctrica que lo caracterizaba, terminó de despojar a Joselyn del resto de su enterizo azul. La tela se deslizó sobre sus muslos firmes y cayó al suelo como un recuerdo lejano. Ahora, ella estaba totalmente expuesta ante él, una visión de curvas, piel canela y deseo vibrante que hizo que la mandíbula de Satoru se tensara.
—A ver esa grieta principal... —murmuró.
Con un movimiento experto, Satoru la tomó de los tobillos y la arrastró hacia el borde de la cama. Joselyn soltó un pequeño grito de sorpresa que se transformó en un suspiro profundo cuando él la acomodó. Satoru se colocó de rodillas en el suelo, justo entre sus piernas abiertas, mientras ella permanecía acostada, con las nalgas justo en el límite del colchón. Pero Satoru quería más acceso. La obligó a subir las piernas, apoyando sus pies sobre sus hombros anchos, exponiendo su feminidad de par en par bajo la luz de la habitación.
Gojo bajó la cabeza y se quedó un instante observando. La zona estaba ya brillante, un néctar transparente que delataba lo mucho que Joselyn lo deseaba.
—Estás empapada florecita. Parece que el temblor de hace un rato causó una inundación.— bromeó, aunque sus ojos azules quemaban con una intensidad depredadora.
Sin más preámbulos, Satoru se lanzó al ataque. No empezó con suavidad; hundió su cara directamente entre sus piernas, inhalando el aroma almizclado y excitante que emanaba de ella. El primer contacto fue un lametón largo, desde la base de su entrada hasta el capullo de su clítoris. El sonido fue un shlurp húmedo y carnal que resonó en el silencio de la alcoba.

—¡Oh, Satoru!— Joselyn echó la cabeza hacia atrás con sus manos agarrando con desesperación el edredón mientras sus dedos se curvaban por la descarga de placer.
Satoru era un maestro. Usaba su lengua como si fuera un instrumento de precisión, alternando entre pasadas largas y planas que cubrían toda la zona y toques rápidos, casi eléctricos, justo en el centro de su placer. Sus manos no estaban quietas; sus dedos grandes y fuertes sujetaban sus muslos, manteniéndola abierta, mientras sus pulgares masajeaban sus labios externos, ensanchando la entrada para que su lengua pudiera profundizar más.
—¡Mmmh, sí, justo ahí! —gemía Joselyn, con su cuerpo sacudiéndose levemente con cada movimiento de él.
Gojo empezó a hacer sonidos guturales, gruñidos de puro placer mientras saboreaba cada gota de ella. El sonido de succión era constante, un ritmo rítmico de slurp, slap, squelch que volvía loca a Joselyn. Él introdujo la punta de su lengua en su interior, explorando las paredes rugosas y calientes, para luego salir de golpe y succionar su clítoris con una fuerza que la hizo ver estrellas.
—Te voy a comer entera, Joselyn.— murmuró él contra su piel húmeda, su aliento caliente provocándole nuevos escalofríos. —Eres el mejor postre que he tenido en mi maldita vida. Él no se detenía.—
Su técnica era agresiva pero increíblemente efectiva. Empezó a usar un ritmo constante, una cadencia que no le daba respiro. Su lengua se movía en círculos, presionando con la firmeza justa, mientras sus labios rodeaban su centro, creando un vacío que succionaba hasta la última gota de su esencia. Joselyn sentía cómo la tensión se acumulaba en su vientre, una bola de fuego que amenazaba con explotar.
—¡Satoru, por favor... voy a... ahhh!— los gritos de ella eran música para los oídos de él.
Gojo levantó la vista un segundo, con la barbilla y los labios empapados, una imagen de pura depravación que solo logró encenderla más. Le guiñó un ojo, esa chispa juguetona siempre presente incluso en el acto más crudo, y volvió a bajar con más fuerza. Esta vez, introdujo dos dedos en su interior mientras su lengua seguía trabajando arriba sin descanso. El movimiento de sus dedos era rápido, imitando el ritmo de una estocada, mientras su boca se encargaba de llevarla al límite.La habitación se llenó del sonido de los fluidos chocando, del jadeo pesado de Satoru y de los gritos cada vez más altos de Joselyn.

Él era incansable, un motor de placer que parecía no necesitar aire. Mordisqueaba sus labios internos con cuidado, usando sus dientes para dar pequeños tirones que la hacían jadear, para luego lamer la zona con una ternura burlona que la dejaba rogando por más.
—¡Ya casi, ya casi!— chilló ella, con sus piernas temblando violentamente sobre los hombros de Satoru. Satoru sintió las primeras contracciones de Joselyn y, lejos de detenerse, aceleró. Su lengua se volvió un borrón de movimiento, atacando su clítoris con una ferocidad renovada. Succionó con fuerza, casi queriendo tragársela, mientras sus dedos se movían con una urgencia salvaje en su interior. Los sonidos de succión se volvieron más profundos, más húmedos, un banquete de carne y deseo.
De repente, Joselyn se arqueó por completo, sus talones estaban hundiéndose en los hombros de Satoru mientras un orgasmo violento la sacudía de pies a cabeza. Un chorro de placer brotó de ella, y Satoru no se apartó; al contrario, lo recibió todo, bebiendo de ella con una devoción casi religiosa. Se quedó ahí, manteniendo la presión de su boca hasta que el último temblor de los muslos de ella cesó.Satoru se incorporó lentamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano y dejando un rastro brillante en su piel. Miró a Joselyn, que yacía desparramada en la cama, con los ojos en blanco y la respiración rota.
—Evaluación terminada.— dijo él con una sonrisa de suficiencia, sus ojos azules brillaban con un triunfo absoluto. —La grieta ha sido sellada... por ahora. Pero creo que todavía queda mucho terreno que inspeccionar.—
Joselyn solo pudo soltar una risa débil, estirando una mano para acariciar el rostro de su hombre, mientras ella aún vibraba por el orgasmo anterior, él la reacomodó con una eficiencia que solo un hombre con su fuerza y confianza podría tener.
Satoru no le dio tiempo a Joselyn ni de recuperar el aliento. Agarró sus muslos con firmeza y la arrastró hasta que sus caderas quedaron elevadas, justo en la posición que él quería: sus piernas abiertas de par en par, con las rodillas casi tocando sus propios hombros, dejando su sexo totalmente expuesto, palpitante y brillante, como una fruta madura abierta al sol. Gojo hundió de nuevo el rostro, pero esta vez se detuvo un segundo para hablar contra sus labios húmedos.
—Oye, florecita...— su aliento caliente hizo que Joselyn diera un respingo. —He estado pensando. Esta "grieta" no es solo un temblor. Es un portal dimensional. Debería llamar a los científicos, porque creo que me voy a perder aquí dentro y no voy a querer salir nunca.—
Joselyn soltó una carcajada húmeda y ronca, con la cabeza hundida en la almohada.
—¡Cállate y come, Satoru!— exclamó ella, aunque su risa se transformó en un grito cuando él dio un lametón masivo que recorrió toda su hendidura de abajo hacia arriba. —A la orden, jefa. El servicio de mantenimiento de Gojo Satoru no deja ni una mota de polvo... o de jugo, en este caso.— replicó él antes de silenciarse con la carne de ella.
El deleite de Satoru era evidente. Sus ojos azules, aunque entrecerrados, brillaban con una fascinación casi maníaca mientras observaba cómo sus propios labios rodeaban el clítoris de Joselyn. El sonido era obsceno: un schlopp ruidoso y constante que se mezclaba con los suspiros de ella. Satoru succionaba con un ritmo juguetón, usando su lengua para dar pequeños golpecitos rítmicos, haciendo que Joselyn perdiera el control de sus extremidades.
—¡Dios, Satoru! Los sonidos... ¡estás haciendo demasiado ruido!— gimió ella, avergonzada pero excitada al máximo.
Él se separó apenas un milímetro, con el mentón goteando y una mirada de pura malicia.
—¿El ruido? Eso es solo el sonido de la calidad, Joselyn. Si no suena así, es que no lo estoy haciendo bien.— dijo con suficiencia. —Además, tienes una arquitectura interna fascinante. Si fuera por mí, te pondría un monumento. "Aquí yace la mejor cuca de la ciudad, protegida por Satoru Gojo”.— Dicho esto, volvió a bajar con un hambre renovada.

Sus manos bajaron de sus muslos para separar físicamente sus nalgas, dándole una vista total y absoluta del despliegue de su placer. Se dedicó a decorar cada rincón con su saliva, lamiendo los pliegues más ocultos con una minuciosidad aterradora. Satoru usaba su lengua de manera plana, cubriendo mucha superficie, y luego la afilaba para dar toques eléctricos justo donde sabía que ella perdía la razón. Joselyn estaba en un estado de trance. El contraste entre la cara bonita de Satoru, su cabello blanco angelical, y la absoluta depravación con la que la devoraba era demasiado para sus sentidos. Él metía la nariz profundamente, inhalando su aroma con una desesperación que la hacía sentirse la mujer más deseada del planeta.
—Está tan rica, Joselyn...— murmuró él directamente contra su centro. —Sabe a gloria y a pecado. Creo que me voy a volver adicto. De hecho, cancela todos mis planes para los próximos tres días. Mi nueva oficina está justo aquí.—
Él empezó a usar sus dedos de nuevo, pero esta vez con más fuerza, abriéndola para que su lengua pudiera llegar más profundo, casi queriendo lamerle el alma. Los sonidos de succión se volvieron más pesados, más carnales. Slurp, squish, slap. Cada vez que ella intentaba cerrar las piernas por la intensidad, él usaba sus hombros para mantenerlas abiertas, recordándole quién tenía el control de la situación.
—Mírate.— dijo él, levantando la vista un segundo mientras sus dedos seguían trabajando dentro de ella. —Estás toda rosada y empapada. Si alguien te viera así ahora mismo, se volvería loco. Pero qué suerte tengo... soy el único con pase VIP para este espectáculo.—
Joselyn no podía articular palabras. Solo emitía sonidos guturales, pequeños "oh" y "ah" que se aceleraban a medida que Satoru aumentaba la velocidad de su lengua. Él se volvió un torbellino; su cabeza se movía con una destreza inhumana, combinando succión, lametones y pequeños mordiscos en sus muslos internos que la hacían estremecer de puro placer.
El deleite era mutuo. Satoru disfrutaba del poder que tenía sobre ella, de la forma en que su cuerpo respondía a cada una de sus ocurrencias, tanto sexuales como verbales. Para él, esto era un juego donde todos ganaban, y estaba decidido a ser el campeón indiscutible.
—Prepárate.— susurró él, fijando su boca sobre su clítoris con una determinación fina.l—Porque el verdadero terremoto está a punto de llegar y no pienso dejar que te caigas hasta que yo termine de beberme hasta la última gota de tu reacción.—
Joselyn apretó los dientes, sintiendo cómo la ola definitiva de placer empezaba a romper sobre ella, mientras Satoru, con una sonrisa que ella solo podía adivinar tras su vagina, continuaba su banquete con una devoción absoluta. De