Prólogo: El Testamento Perpetuo.
Me llamo Cassian Axio Bellator.
Fui soldado de la Séptima Legión, Aeterna Hiems. Sobreviví al Norte cuando otros hombres, más fuertes y más fieles, quedaron enterrados bajo el hielo. Esta no es una historia de gloria. Es el relato de cómo la disciplina se quiebra, de cómo la fe se congela y de cómo incluso el acero aprende a temer al frío.
Dicen que vivimos en el año 4753 de la fundación de Aftokratoría, una era sin principio ni final, tal como proclama el Testamentum Perpetuum. Así nos enseñaron. Así nos mantuvieron obedientes. Mientras la ciudad respiraba a través de motores eternos y cúpulas de vidrio, nosotros creíamos que el orden era indestructible.
Yo también lo creí.
Me alisté siendo apenas un muchacho. Serví al Rex Romulus, cuya carne —decían— había sido bendecida por el Pater Sempiter. Marché bajo estandartes luminosos, entre banderas de fibra pulsante y juramentos recitados como oraciones. Pensé que nada podía romper aquello.
Entonces el Rex desapareció.
Algunos afirmaron que ascendió a los cielos, reclamado por la divinidad, tal como estaba profetizado. Otros susurraron que fue asesinado por sus propios senadores. Hablar de ello era herejía. Pensarlo, una condena. Después vinieron los reemplazos. Reyes ambiciosos. Gobiernos frágiles. Guerras sin sentido.
Y finalmente, el Norte.
Allí donde el mundo se vuelve hostil incluso para la maquinaria, donde la nieve devora la voluntad y las bestias dejan huellas más grandes que un hombre. Allí nos enviaron. A nosotros. A la Séptima.
Marchamos durante siete días a través de un valle tallado por el hielo. El sol apenas era un recuerdo pálido sobre monolitos azules que reflejaban nuestra propia pequeñez. La nieve nos llegaba a los muslos. Cada paso era una lucha. Cada respiración, una promesa rota. El sonido de cientos de botas clavadas en la escarcha era lo único real. El viento lo devoraba todo.
Entre las rocas vimos marcas que no pertenecían a hombres. Garras colosales. Rastros de bestias adaptadas al frío eterno. Advertencias silenciosas de que no solo lucharíamos contra enemigos de carne, sino contra la tierra misma.
Mi armadura de Tritanio comenzó a fallar. El calor se escapaba. El aire exhalado se convertía en hielo dentro del yelmo. A nuestro alrededor, el Norte nos observaba con paciencia infinita. Cuando finalmente alcanzamos Castra Doloris, comprendí la verdad que ningún manual de guerra enseña:
La disciplina no muere en batalla. Muere congelada.
Aquí comienza mi testimonio. No para glorificar al Imperio, ni para honrar a dioses que nunca respondieron, sino para dejar constancia de cómo el hielo quebró al acero… y de en lo que tuvimos que convertirnos para sobrevivir.








