Cap.1: "Un Viaje TRASCENDENTAL"
“Cuando el ser humano llega a sus limites, nacerían nuevos universos oníricos, donde seguir avanzando”
Aquel joven empezó a hundirse en la nieve. El frío extremo de las cordilleras del Himalaya enfriaba el corazón del aventurero; con sus últimos alientos, observó los pinos antes de soñar.
Entre cálidos recuerdos, escuchó una voz fraternal que invadía el espacio, dándole forma. En la sala estaba el emperador de China: un hombre de mirada modesta, con cicatrices marcadas por miles de guerras, envuelto en un hanfu de seda. Él dijo a mi padre:
—Marco Polo, mi reino necesita dirección y expansión.
Marco Polo respondió con serenidad:
—Claro. Pero permítame presentarle a mi discípulo.
Se acarició la barba y, sonriendo, dio un paso al costado. Quedé frente a él.
La forma peculiar de mi padre me hizo dudar, pero al sentir aquella mirada poderosa, no pude hacer otra cosa que inclinarme.
Saludé con respeto al poseedor del espíritu del Dragón.
Marco Polo se quitó el gorro y, al colocármelo sobre la cabeza, dijo:
—Se llama Leonardo.
Sentí cómo mi cabello amarillo caía sobre mis ojos y lo aparté con los dedos.
El ambiente estaba cargado de decisiones, pero el actuar de mi padre aligeraba la situación… por ahora.
El gesto de mi padre me dio confianza.
Aun así, su hogar no estaba destinado a durar.
Marco Polo permaneció junto al emperador, y antes de marcharse me dejó algo claro:
debía volar solo.
Leonardo apretó los puños, tomó su armamento y caminó con decisión.
El eco de sus pasos resonó en los pasillos de la realeza de Xing.
Los grandes monumentos del Dragón fueron vistos por última vez.
Sabía que no debía confiar en nadie.
Pero apenas tocó la tierra húmeda de la salida, una voz directa y fría lo detuvo.
El viento del mediodía empujaba al aventurero a seguir…
aunque el Imperio aún permanecía abierto a otra oportunidad.
—Te ofrezco un trato.
La voz cobraba vida a medida que el joven se acercaba a Leonardo.
Del otro lado, él se quitó el kimono y comenzó a doblarlo con calma, hasta que volvió a escucharlo:
—Es imposible que te aventures por toda Asia.
Leonardo tomó las mangas y las ató a su cintura, dejando al descubierto su bivirí y el símbolo marcado en su hombro derecho.
No dijo nada. No hizo falta.
El joven caminó a su alrededor. Príncipe y aventurero se miraron fijamente.
—Soy Li —dijo—. Y pronto todo será mío. Si te unes a mí, cumplirás tus sueños.
Leonardo lo ignoró. Ajustó el nudo, apartó a Li con la mano y siguió su camino.
Solo.
El camino se volvía largo, casi inalcanzable.
El silencio a su alrededor se hacía incómodo.
Las palabras de su padre y del príncipe de China regresaban una y otra vez, llamándolo de vuelta a casa.
Aun así, no se detuvo.
Leonardo comenzó a llorar.
—No sé de dónde vengo… pero quiero conocerme —repitió, una y otra vez.
Entonces recordó, por primera y última vez, las experiencias junto a Marco Polo.
Algo extraño lo invadió.
Sus pupilas brillaron como estrellas.
Dejó su carga y comenzó a correr, libre.
La tierra seca y anaranjada marcaba sus pasos, recordándole que no estaba solo.
Montañas blancas como el cielo, pinos cerrando el paso, aire fresco envolviéndolo todo.
Porque toda belleza…
esconde sus peligros.
Al poco rato, Leonardo sintió que sus piernas dejaban de responder, como si se adormecieran.
Miró a su alrededor. Todo seguía siendo bello, intacto… pero algo dentro de él le decía que no era así.
De pronto, el frío pasó y sacudió sus huesos.
Era como si las cordilleras mismas soplaran, intentando apagar una vela.
Leonardo buscó sus cosas, pero la nieve ya rozaba sus pies, cerrándole toda vía de escape.
Los vientos continuaron empujándolo, una y otra vez, hasta que el muchacho cayó rendido.
Todo a su alrededor se tiñó de oscuridad.
El silencio se apoderó de su ser.
"Cuando la mente alcanza sus límites humanos, la imaginación despierta y rompe las barreras de lo imposible".
Desde las profundidades de la tierra, un ser mitológico comenzó a evocar una luz.
Huesos antiguos se iluminaron… y también los de Leonardo.
Poco después, cintas doradas nacieron de su corazón.
Envolvieron su cuerpo y le concedieron otra oportunidad.
Leonardo empezó a sentir la textura fría y pesada de la nieve.
Su piel pálida, los músculos tensos, la ropa húmeda.
La consciencia regresó poco a poco.
Mientras se recuperaba, comenzó a moverse, liberándose de la nieve blanca que lo había mantenido soñando.
Leonardo observó a su alrededor.
Nubes grandes y blancas cubrían el cielo, dejando caer copos de nieve con calma engañosa.
Sus ojos brillaron una vez más. La piel se le tensó.
Intentó mantenerse como un simple espectador, pero algo en el ambiente no era normal.
Los pinos frente a él ocultaban secretos entre susurros de pájaros.
Las cordilleras comenzaban a mostrar sus rostros rocosos y majestuosos.
Y el suelo, antes pesado y frío, se volvía más liviano… más cálido.
Como si el mundo estuviera preparándose.
Comenzó a caminar, intentando aligerar el ambiente y calmar su corazón.
Entonces lo vio.
Un pequeño yak salvaje, a varios kilómetros de distancia.
Tardó un segundo en darse cuenta: estaba mordiendo su carga.
La alarma lo atravesó de golpe.
Sin pensarlo dos veces, Leonardo echó a correr.
El pequeño yak salvaje notó su presencia, soltó la carga y salió corriendo hacia su manada.
—¡Aléjate de mi carga! —gritó Leonardo mientras corría tras él.
Se detuvo en seco.
Frente a él aparecía el padre del pequeño yak.
Su cuerpo enorme y robusto, la mirada protectora y el instinto salvaje que emanaba lo obligaron a retroceder.
Leonardo no lo dudó.
Dio media vuelta y echó a correr como si su vida pendiera de un hilo.
Al llegar a un pino, se trepó con gran habilidad, alcanzó una rama y se acomodó como pudo.
Su corazón latía con fuerza.
La falta de oxígeno nublaba su mente.
El yak salvaje llegó embistiendo y golpeó el árbol con un cabezazo que lo hizo temblar.
Leonardo perdió el equilibrio y saltó.
Cayó sobre el lomo de la bestia.
—Voy uno a cero… en tu cara —dijo, emocionado.
Mientras todo eso ocurría, desde unos arbustos enanos, alguien los observaba con atención.
Era una presencia imposible de percibir incluso para los animales.
El yak salvaje, aún furioso, se inclinó para arrancar líquenes del tronco de un árbol.
El movimiento casi hizo caer a Leonardo, que se aferró con rapidez a los cuernos.
El gesto enfureció aún más a la bestia.
El yak comenzó a correr y a saltar sin control.
Leonardo sintió su cuerpo sacudirse con violencia. Un mareo breve lo desorientó…
pero pronto empezó a reír.
Hasta que algo más apareció.
En la montaña por la que había descendido momentos antes, una manada de leopardos de las nieves lo observaba en silencio.
Los leopardos de las nieves comenzaron a descender por la montaña.
Se dividieron con precisión, cerrando el paso y acorralando a la manada de yaks salvajes.
Leonardo, aún sobre el lomo del padre yak, intentó calmarlo.
—Tranquilo… podremos salir vivos si unimos fuerzas —murmuró, acariciándolo.
Entonces lo notó.
El cuerpo estaba frío. Tenso.
Demasiado quieto.
Una alarma recorrió su mente.
Antes de poder reaccionar, el enorme animal se desplomó.
El impacto lo lanzó al suelo, dejándolo aturdido.
El peso cayó sobre su pierna izquierda.
Leonardo intentó moverse…
y la desesperación comenzó a apoderarse de él.
Por otro lado, el arbusto enano, empezó a mover sus ramas, como si intentara llamar al pequeño yack, este al llegar al arbusto enano, ve que las ramas le dan espacio y se acurruca mientras era acariciado por sus hojas. Mientras tanto, Leonardo intenta alzar al pesado Yack, pero no lo logra, por lo que cierra los ojos mientras siente un fuego que le quema la pierna, hasta que por un momento, su corazón de lo acelerado, empieza a calmarse, y nacen otra vez cintas doradas, que se dirigen a los brazos y los convierte en dragón. Esto multiplica su fuerza, que logra levantarlo al pesado animal.