El Precio del Capricho

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Summary

Satoru Gojo** está acostumbrado a tener el control absoluto, ya sea lidiando con el caos de su trabajo o con las expectativas de quienes lo rodean. Sin embargo, cuando llega a casa tras una jornada agotadora, se encuentra con un desafío que no puede ignorar: su esposa, **Joselyn**. Ella no busca palabras dulces ni promesas vacías; quiere que se le cumpla un capricho y está dispuesta a usar su arma más letal para conseguirlo: la seducción pura y descarada. Lo que comienza con una burla juguetona de Satoru se transforma rápidamente en un juego de poder y **lujuria glotona**. Tras un provocativo reto visual en el salón, la tensión estalla en una serie de encuentros crudos y explícitos que recorren cada rincón de su hogar. Desde un **cunnilingus voraz** en el sofá hasta la entrega total en la posición del **Juramento**, Satoru demuestra por qué su hambre por ella es infinita. A través de una noche marcada por la **pasión animal**, el uso de un lenguaje sin adornos y la exploración de los límites —incluyendo una intensa y húmeda sesión en la ducha—, ambos descubrirán que, en su relación, el placer es la única moneda de cambio válida. Una historia donde el deseo no conoce de etiquetas y donde cada capricho tiene un precio que Satoru está más que dispuesto a pagar con creces.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Satoru Gojo cerró la computadora de un golpe seco, dejando escapar un suspiro de alivio reconfortante, finalmente había terminado con los reportes de la academia. Se estiró, haciendo que sus articulaciones tronaran, y se bajó un poco las gafas oscuras de los ojos para frotarse el puente de la nariz. En ese momento, la puerta principal se abrió.

Joselyn entró con ese caminar pausado que siempre lograba captar su atención. Llevaba puesto un vestido de tejido negro, corto y ajustado, con aberturas laterales que dejaban ver más piel de lo necesario. Satoru la observó con una sonrisa ladeada, apoyando la espalda en el sofá.

—Llegas justo a tiempo para ver cómo sobrevivo al trabajo de oficina, florecita.— dijo él con su tono habitualmente burlón—. ¿Cómo estás?—

—Bien, pero vengo con un antojo.— respondió ella, acercándose hasta quedar frente a él. Sus ojos brillaban con una intención clara. —Quiero que me lleves a cenar a ese sitio nuevo en el centro. El que es imposible de reservar.—

Satoru soltó una carcajada corta y se cruzó de brazos.

—¿Cena? ¿Ahora? Ni de broma, Joselyn. Estoy agotado y mi único plan es convertirme en un mueble más de esta sala. Además, ¿no crees que pides demasiado para ser un martes?—

Él esperaba que ella insistiera o que hiciera un puchero, pero Joselyn simplemente sonrió de una forma que Satoru conocía bien: era la mirada de quien acepta un reto. Sin decir una palabra, ella se llevó las manos a la cadera, deslizando sus dedos por debajo del tejido negro, y con un movimiento fluido se quitó la ropa interior y la dejó caer al suelo como si no fuera nada.

Gojo alzó una ceja, y su sonrisa se volvió más afilada.

—Vaya... parece que alguien decidió que las reglas de etiqueta no aplican hoy.—

Joselyn no respondió con palabras. Se acercó un paso más, levantó su pierna derecha y la apoyó con firmeza sobre el hombro de Satoru, obligándolo a quedar cara a cara con la curva de su muslo. El contraste de la piel contra la tela oscura del vestido era hipnótico.

Satoru soltó un silbido bajo, sus dedos rozando apenas la rodilla de ella.

—¿Así que este es el plan B? —murmuró con voz ronca—. Eres peligrosa cuando te propones algo, ¿sabes? Pero me gusta que seas tan directa.

Él no esperó más. Agarró a Joselyn por la cintura, atrayéndola con fuerza hacia sí mientras ella se inclinaba, forzando la posición hasta que Satoru quedó perfectamente ubicado entre sus piernas. El aroma de ella, cálido y excitantelo golpeó de lleno.

Sin preámbulos, Gojo hundió el rostro en su intimidad, sintiendo la humedad inmediata y el calor que desprendía. Joselyn soltó un jadeo profundo, echando la cabeza hacia atrás mientras las manos de Satoru se anclaban en sus nalgas, apretando con posesividad.

Él empezó a lamerla con una lentitud tortuosa, usando la punta de la lengua para delinear cada pliegue, disfrutando de los temblores que recorrían el cuerpo de su mujer. Satoru era un experto en muchas cosas, pero en esto, se deleitaba siendo un absoluto perfeccionista. Sus succiones eran rítmicas, profundas, alternando entre la suavidad de un beso y la urgencia de quien tiene un hambre voraz.

—Satoru... —murmuró ella, su voz rompiéndose mientras sus dedos se enredaban en el cabello blanco de él, empujándolo más contra sí.

Gojo emitió un gruñido de satisfacción contra su piel, intensificando el ritmo de su lengua, decidido a que ella olvidara cualquier cena y solo pudiera pensar en el hambre que él estaba saciando en ese momento.

Satoru no era un hombre de medias tintas. En el trabajo o en la cama, su filosofía era la misma: dominio absoluto. Sentir a Joselyn temblando sobre su hombro, con la respiración entrecortada y los dedos enterrados en su cabello blanco, solo alimentaba su ego.

—¿Todavía quieres ir a cenar, nena? —murmuró contra su piel, directamente sobre su clítoris—. Porque me parece que aquí hay un banquete mucho mejor.—

Joselyn no pudo responder con palabras, solo con un gemido agudo que se perdió en el techo del salón. Satoru usó sus manos para abrirla más, exponiéndola por completo a su lengua. No había delicadeza innecesaria; era un ataque directo y rítmico. Su lengua se movía con una destreza técnica, alternando presiones largas y húmedas con toques rápidos que hacían que las piernas de ella flaquearan.

El tejido negro del vestido de Joselyn se subía por sus caderas, revelando la perfección de sus curvas mientras ella se arqueaba. Satoru disfrutaba del contraste: él, todavía vestido con sus ropas oscuras de trabajo, y ella, entregada por completo a su merced en medio de la sala.

—Mírame —ordenó él, separándose apenas un segundo, con los labios brillantes por la humedad de ella.

Joselyn bajó la mirada, con los ojos nublados por el deseo y las mejillas encendidas. Ver la expresión de suficiencia de Gojo, esa sonrisa de "sé exactamente lo que te estoy haciendo", la volvió loca. Intentó empujar su pelvis más contra su rostro, pero Satoru la sujetó con firmeza, controlando el ritmo.

—No tengas tanta prisa —susurró él—. Apenas estoy empezando a probarte.—

Gojo regresó al ataque, pero esta vez fue más profundo. Introdujo dos dedos en ella mientras su lengua trabajaba el punto más sensible. El sonido de la fricción, ese chapoteo húmedo y constante, llenaba el silencio de la casa. Joselyn sentía que sus sentidos se sobrecargaban; y la intensidad de sus succiones la hacían ver estrellas.

Él sabía exactamente dónde presionar. Cada vez que ella estaba a punto de llegar al límite, Satoru bajaba la intensidad, soplándole aire frío para luego volver a succionar con fuerza, llevándola en una montaña rusa de frustración y placer puro.

—Satoru... por favor... yaaaaa. —rogo ella, con la voz quebrada, sintiendo los espasmos empezar a subir por sus piernas.

—¿"Ya"? —se burló él, mirándola desde abajo con un ojo azul asomando tras la venda—. Pensé que las mujeres como tú siempre querían más. ¿Dónde quedó ese orgullo, Joselyn?—

Para castigar su impaciencia, Gojo succionó con una fuerza tal que ella soltó un grito, su cuerpo tensándose como una cuerda de violín. El orgasmo la golpeó con la fuerza de un rayo, sacudiéndola mientras Satoru no se detenía, bebiendo cada gota, saboreando su victoria sobre ella.

Cuando Joselyn finalmente colapsó un poco, apoyando más peso sobre él, Satoru la sostuvo por la cintura para que no se cayera, pero no la soltó. La miró de arriba abajo, viendo su pecho subir y bajar agitadamente bajo el tejido del vestido.

—Eso fue solo el aperitivo —dijo él, poniéndose de pie con una agilidad felina, sin dejar de sujetarla—. Ahora me toca a mí decidir qué vamos a comer de plato principal.—

Satoru la giró con un movimiento rápido, pegando la espalda de ella contra su pecho y bajándole los tirantes del vestido negro, dejando sus hombros al descubierto mientras sus manos bajaban peligrosamente hacia el borde de la tela.

Satoru sintió el calor del cuerpo de Joselyn contra el suyo, una presión eléctrica que le recorría el pecho. Ella no se quedó quieta; sabía perfectamente qué botones pulsar para transformar la arrogancia de Gojo en hambre pura. Con un movimiento lento y calculado, Joselyn se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas de sus manos contra el respaldo del sofá, dejando que su trasero, apenas cubierto por el hilo del vestido negro, quedara a la altura de la pelvis de él.

Empezó a mover las nalgas con un ritmo circular, restregándose contra su entrepierna, buscando sentir la dureza que ya se marcaba bajo el pantalón de Satoru. Él soltó un gruñido bajo, una vibración que ella sintió en toda la espalda.

—No te basta con una vez, ¿verdad? —susurró Satoru, su voz ahora mucho más oscura—. Quieres que pierda el control.—

Joselyn giró un poco la cabeza, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa desafiante.

—Me gusta cuando dejas de ser un caballero, Satoru. Y sé que todavía tienes hambre.—

Esa fue la señal. Satoru la agarró por las caderas con una fuerza que dejó claro quién mandaba ahí. La obligó a agacharse más, abriendo sus piernas hasta que el ángulo fue perfecto. No hubo delicadeza en el siguiente movimiento: Gojo se arrodilló detrás de ella, sus ojos azules brillando con una lujuria glotona detrás de la venda medio caída.

Se lanzó sobre ella como un animal hambriento. Sus labios se sellaron contra su entrada trasera, sin asco, sin reservas, con la urgencia de un hombre que quería devorarlo todo. Joselyn soltó un grito ahogado que se convirtió en un gemido constante mientras sentía la lengua de Satoru, ancha y caliente, abriéndose paso con una presión implacable.

Gojo era un glotón. Se ensañaba con ella, lamiendo y succionando con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Al mismo tiempo, para no dejar ninguna parte de ella desatendida, hundió tres dedos de su mano derecha en su vagina, que todavía estaba empapada por el orgasmo anterior.

—¡Ah! ¡Satoru! —exclamó ella, arqueando la espalda y sus uñas clavándose en la tela del sofá.

Él no se detuvo. Sus dedos dentro de ella se movían con un ritmo salvaje, entrando y saliendo con una profundidad que la hacía vibrar, mientras su lengua seguía trabajando su ojete con una devoción pecaminosa. Era un ataque coordinado; la estimulación interna y el lametón voraz en su zona más prohibida la estaban llevando al borde de la locura.

Satoru metía la lengua con fuerza, explorando cada pliegue, deleitándose con el sabor amargo y dulce de su piel, comportándose como un verdadero lujurioso que no conocía la saciedad. Sus dedos se enganchaban en su interior, buscando ese punto que la hacía perder el juicio, mientras sus labios succionaban con una glotonería que dejaba marcas rojizas en su piel morena.

—Eres una delicia, Joselyn... —logró articular él entre lametones, su voz sonando distorsionada por el esfuerzo. —Podría comerte toda la noche y no me cansaría.—

Joselyn sentía que el mundo desaparecía. Solo existía la lengua de Satoru invadiéndola por detrás y sus dedos reclamándola por delante. El ritmo de Gojo se volvió más errático y potente, sus dedos golpeando contra su cérvix mientras su lengua no le daba tregua. La humedad de ambos se mezclaba, manchando los muslos de ella y las manos de él, creando un cuadro de absoluta depravación en mitad de la elegante sala.

Ella empezó a sacudirse, el placer acumulándose en la base de su columna como una carga eléctrica a punto de estallar. Satoru lo sintió; sintió cómo las paredes de su vagina se apretaban alrededor de sus dedos y cómo su esfínter se contraía rítmicamente contra su lengua. Lejos de apartarse, aumentó la intensidad, devorándola con más ganas, queriendo absorber hasta el último rastro de su clímax.

—¡Satoru, me voy a... me voy a romper! —chilló ella, con la cabeza enterrada en los cojines, mientras el segundo orgasmo, mucho más violento que el primero, la sacudía por completo.

Gojo se quedó ahí, firme, sin dejar de lamerla ni un segundo mientras ella terminaba de vaciarse, disfrutando de cada espasmo como si fuera un regalo personal. Cuando finalmente se apartó, un hilo de saliva conectaba su boca con la piel de ella. Satoru se limpió los labios con el dorso de la mano, respirando con dificultad, su mirada fija en el cuerpo tembloroso de su esposa.

Se puso de pie, su sombra cubriéndola por completo mientras ella intentaba recuperar el aliento, todavía en cuatro sobre el sofá.

—Bien —dijo él, su voz cargada de una promesa peligrosa mientras empezaba a desabrocharse el cinturón con una parsimonia aterradora—. Ahora que estás bien abierta y servida... es hora de que yo reciba mi parte del trato.—