Donde todo empezó
—Bienvenida, Isabella. Mi nombre es Marcus —dice el hombre, de unos cuarenta años, piel morena y cabello negro perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos avellana me observan con una calma que contrasta con lo intimidante que resulta su cuerpo tonificado bajo la camisa ajustada; hay algo en la forma en que ocupa el espacio, en sus hombros anchos y en la seguridad con la que habla que me hace sentir desnuda sin haberme quitado la ropa—. Cuéntame, ¿qué te trae hasta aquí?
Lo miro. La oficina huele a café y a libros cerrados demasiado tiempo. Él sostiene una libreta y un bolígrafo, esos que usan los psicólogos que parecen dedicarse solo a escuchar y asentir, como si la historia de uno fuera una película que ya han visto mil veces.
—No lo sé —respondo al fin—. O sea… sí lo sé, pero no sé por dónde empezar.
Marcus asiente despacio, como si esa respuesta fuera la más normal del mundo.
—No te preocupes por eso —dice—. Podemos empezar por el principio. Casi siempre es lo que más duele y, justo por eso, lo que más necesitamos mirar. ¿Sabes dónde y cómo naciste?
La pregunta se me clava raro. Podría decirle “en un baño”, reírme, quitarle peso, pero algo en su tono me obliga a tomarlo en serio. Trago saliva. De repente, la oficina desaparece y solo queda el recuerdo.
—Sí —susurro—. Sé exactamente dónde y cómo nací.
Cierro los ojos.
Nací a las cinco de la madrugada, en una residencia barata donde alquilaban habitaciones con baño privado por mes. No hubo hospital, ni camilla, ni enfermeras; solo un cuarto frío y un baño en obra negra, sin baldosas ni mármol, solo concreto.
Mi madre era muy pobre. Mi padre… bueno, oficialmente no existo para él. Yo era la segunda hija y, sí, de un hombre distinto al de mi hermana. Llegué al mundo sobre el piso de ese baño, literalmente. Nací con frío. A veces pienso que la vida ya sospechaba que se había equivocado al mandarme, pero fue demasiado tarde para arrepentirse.
Mi hermana tenía diez años cuando todo pasó. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, ella corría por el pasillo de la residencia, golpeando puertas, buscando ayuda porque mi madre se desangraba y yo estaba a punto de nacer.
Fue a llamar a la mejor amiga de mi mamá, una mujer que terminó siendo mucho más que eso: la que hizo de madrina, de tía, de salvavidas. Cuando ella entró al baño, me encontró en el piso, a mi mamá medio desmayada, pálida, apoyada contra la pared como si el cuerpo ya no le alcanzara para sostenerse.
Fue esa amiga quien me levantó, quien me dio el primer abrazo, quien me sostuvo como si yo sí valiera la pena. No un médico. No un enfermero. Ella. Con manos temblorosas, cortó mi cordón umbilical, lo amarró con un simple hilo y comprobó que yo llorara lo suficiente como para estar viva, aunque, personalmente, más de una vez hubiera querido que la historia hubiera sido distinta.
Siempre me ha parecido irónico que, a pesar de todo, mi ombligo haya quedado perfecto, casi bonito. Muy decente para no haber sido tocado por un profesional. Como si el cuerpo hubiera decidido salvar al menos un detalle.
Y así nací yo: un miércoles, a una mala hora y en un mal lugar.
Abro los ojos. La oficina vuelve. Marcus me observa en silencio, sin prisa, sin pena.
—Es un inicio intenso —dice al cabo de unos segundos—. Quiero que lo escribas.
Frunzo el ceño.
—¿Escribirlo?
—Sí. Compra un cuaderno, un diario, lo que quieras —explica, apoyando la libreta sobre sus rodillas—. Empieza por aquí: por ese baño, por tu hermana corriendo, por esa amiga de tu madre que te levantó del piso. Cada recuerdo, cada vivencia. Déjalos ahí, en papel. Que el peso no lo cargue solo tu cuerpo.
Lo miro, sin estar segura de si me acaba de mandar una tarea o me acaba de entregar una llave.
No lo sabe, pero ese será el primer capítulo del diario de una mujer común que lleva toda la vida intentando convencerse de que su nacimiento fue un accidente… cuando, en el fondo, siempre sospechó que era el principio de algo que todavía no ha podido descifrar.