After Us

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Summary

Dicen que el amor no es un crimen. Pero en Aurevia, amar sin permiso puede costarte un reino. Diez años después, Anwen Rhos regresa para un compromiso que nunca pidió presenciar. Rowena Valen está a punto de convertirse en reina, y de enfrentarse al pasado que ambas juraron olvidar. Entre jardines de invierno, promesas impuestas y silencios heredados, dos princesas deberán elegir entre el deber o la verdad que aún late entre ellas

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Aurevia

Volver a Aurevia no estaba en mis planes.

Hacía ocho años que mis padres habían decidido enviarme lejos, bajo el pretexto de protegerme, aunque ambos sabíamos la verdad: pertenecía a la realeza, sí, pero mi papel no era lo suficientemente importante como para quedarme.

Eso me concedió un privilegio extraño: una vida casi normal.

En la Universidad Real de Osfoxd, todos sabían quién era.

Mi apellido abría puertas, pero no generaba reverencias.

No era heredera, no era promesa, no era símbolo.

Y en Osfoxd eso bastaba.

Allí todos compartíamos lo mismo: responsabilidad.

En ese lugar, nadie era alteza.

En unos días, Caelan, mi hermano, anunciaría oficialmente su compromiso con Rowena Valen.

La ironía no se me escapaba.

Nuestros padres jamás se llevaron bien.

Demasiado orgullo.

Demasiada historia.

Demasiados silencios heredados.

Pero un acuerdo entre monarquías siempre encontraba la forma de imponerse.

Cuando éramos niñas, Rowena y yo montábamos juntas. Aprendimos equitación lado a lado, cayéndonos y riendo sobre la arena húmeda.

Más tarde nos enviaron a un viaje naval, parte de un entrenamiento militar conjunto.

Seis meses.

Seis meses largos.

Allí nacieron historias que me esforcé por borrar de mi memoria.

Y ahora el destino parecía burlarse de mí con una crueldad exquisita: mi hermano se casaría con mi primer beso, mi primera vez, la única mujer de la que me he enamorado.

Aurevia era un reino avanzado.

En el año 2057, amar a alguien de tu mismo sexo no era un crimen.

La ley había cambiado.

La sociedad también.

Pero no el poder.

El único problema entre Rowena y yo nunca fue el reino.

Fui yo.

Ella no sentía lo mismo.

Para Rowena, aquello fue curiosidad, experiencia, una forma de vivir la vida que sus padres le negaban.

Y en su forma de vivir, no le importó romperme. Por eso, cuando mis padres me propusieron marcharme a Inglaterra, no lo pensé dos veces.

—Su Alteza, ¿está lista?

La voz de Maelis, el guardia real, me arrancó de mis pensamientos.

—Lo estoy —respondí— ¿Llevas mi maleta?

—Sí. El rey Aldric se encargará de recibirla a su llegada.

Asentí.

—¿Mi madre irá con él?

—No, Alteza. La reina Elowen se encuentra actualmente en España, junto a su hermano.

—Entiendo —dije tras una breve pausa—Estoy lista, Maelis.

Mentí.

Pero era momento de enfrentar mi hogar.

Mi verdad, y sobre todo, a ella...

Aurevia no quedaba tan lejos de Inglaterra.

Seis horas de vuelo bastaban para cruzar la distancia entre ambos mundos, aunque durante años me convencí de que el océano era más profundo de lo que marcaban los mapas.

Aurevia había sido una colonia europea.

Una extensión orgullosa del viejo continente que, siglos atrás, se alzó en independencia bajo el estandarte del primer rey de la Casa Valen, Edric Valen, el monarca que firmó la ruptura definitiva y fundó la corona que aún hoy gobernaba el reino.

Mis abuelos abandonaron España con la esperanza de que, algún día, nuestra sangre también alcanzara el trono de Aurevia.

Nunca ocurrió.

La historia eligió otros nombres, otros pactos, otros linajes.

Hasta ahora.

Porque hoy, por primera vez, la Casa Rhos se entrelazaba oficialmente con la Casa Valen.

El avión descendió con suavidad sobre la pista privada del aeropuerto real.

A través de la ventanilla vi las luces alineadas, la guardia formada, las banderas inmóviles pese al viento nocturno.

Aurevia no improvisaba recepciones.

Cuando la escalerilla tocó el suelo, las puertas se abrieron con precisión ceremonial.

Bajé despacio, con la espalda recta, el rostro sereno, el apellido pesando sobre mis hombros como siempre lo había hecho.

Las guardias reales inclinaron la cabeza al unísono.

—Su Alteza.

Respondí con una leve inclinación, sin sonreír.

Una princesa no llega: toma posesión del suelo que pisa.

La limusina aguardaba a pocos metros.

La puerta trasera se abrió antes de que yo me acercara del todo.

Mi padre estaba allí.

El rey Aldric Rhos no se levantó de inmediato.

Me observó durante un segundo más largo de lo protocolar, como si confirmara que no era un recuerdo el que avanzaba hacia él.

Me detuve frente a la puerta.

—Su Majestad —dije, clara, firme—Es un honor volver a Aurevia.

Él inclinó la cabeza apenas, lo justo para que nadie dudara de su autoridad.

—Bienvenida a casa, princesa Anwen.

Entré al vehículo y tomé asiento frente a él.

Durante unos segundos, solo el sonido del motor llenó el espacio entre nosotros.

Entonces, su voz cambió.

—Hija mía… —dijo en voz baja—¡Te he extrañado!

La corona dejó de pesar por un instante.

Me incliné hacia adelante y lo abracé, rompiendo el protocolo solo cuando nadie podía verlo.

—Yo también, padre —respondí, apoyando la frente en su hombro—Yo también.

—Tu madre y tu hermano regresan en unas horas —dijo mi padre—Te reencontrarás con ellos esta noche.

Asentí despacio.

—Está bien, padre —respondí—¿Y tú? ¿Cómo estás?

Hacía semanas que no hablábamos realmente.

No con calma. No sin testigos.

Él miró al frente unos segundos antes de responder.

—Un poco estresado, para ser honesto. Nuestro futuro depende de esta unión.

Sentí cómo la frase se acomodaba en mi pecho, pesada.

—¿Es así? —pregunté—¿De verdad depende de eso, padre?

Asintió.

Luego suspiró, como si la corona pesara más de lo habitual.

—Lo es. Y lamento haberte hecho volver tan apresuradamente. El compromiso se anuncia hoy.

—¿Hoy…? —repetí.

Tragué saliva. No estaba preparada para esa palabra.

Hoy.

—Sí —continuó— Cuando lleguemos a casa, elige un vestido hermoso. Es momento de anunciar que Anwen Rhos, tras diez años, ha regresado al reino.

Reí. Una risa breve, falsa, automática.

No me preocupaba cómo me vería frente a las cámaras, me preocupaba no estar preparada para verla: A aquella princesa de cabello rubio y ojos azules.

Pensé que tendría semanas.

Tiempo para mentirme mejor.

Mi padre tomó mi mano entonces, con un gesto inesperadamente cálido.

—Estoy feliz de que estés aquí, cielo.

Lo miré.

—¿En serio, padre?

—Claro que sí —respondió—Sé que siempre has creído que no eres importante. Pero quiero que sepas que mi motivo para enviarte lejos fue más que suficiente. Solo espero que tus sentimientos hayan cambiado, y que hayas madurado.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Qué quieres decir, padre? —pregunté con cuidado—¿Cuál fue ese motivo?

Pero no hubo respuesta.

La limusina redujo la velocidad.

Las ruedas crujieron suavemente sobre la piedra antigua.

Habíamos llegado.

La Fortaleza de los Azules se alzaba frente a mí como un recuerdo intacto.

El palacio de los Rhos.

Diez años.

Diez años sin cruzar esas puertas. Sin respirar ese aire salino mezclado con mármol frío y flores nocturnas. Diez años sin oír el eco exacto de mis pasos.

Cuando bajé del vehículo, el mundo pareció detenerse.

Las antorchas iluminaban las murallas, los estandartes azules ondeaban lentamente, la guardia formaba un pasillo silencioso, solemne.

Todo estaba igual.

Y sin embargo, yo no lo estaba.

Sentí un nudo en la garganta.

Una presión conocida, antigua, regresando a su lugar.

Había vuelto a casa.

Y por primera vez entendí que nunca se deja de pertenecer al sitio que te rompió primero.

Dormí tres horas.

Cuando desperté, la luz del atardecer se filtraba por las cortinas altas de mi habitación, tiñendo el mármol de un azul suave, casi irreal. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Luego el peso del silencio me devolvió al presente.

Había vuelto.

Me levanté despacio. El palacio tenía un sonido propio: pasos lejanos, puertas que se cerraban con cuidado, voces bajas que no querían perturbar nada. Todo seguía funcionando sin mí, como siempre lo había hecho.

Un golpe firme, preciso, resonó en la puerta.

—Adelante.

La puerta se abrió y mi madre entró.

La reina Elowen Rhos no vestía aún para la noche. Llevaba un vestido sencillo, azul profundo, sin joyas visibles. Su cabello, recogido con sobriedad, mostraba hilos de plata que no recordaba.

Nos miramos en silencio.

—Su Majestad —dije, inclinando la cabeza.

Ella avanzó dos pasos y cerró la puerta tras de sí.

—Anwen —respondió—Has crecido.

—Usted también, madre.

Una sombra de sonrisa cruzó su rostro. Apenas un gesto.

—El viaje ha sido largo.

—No tanto como la ausencia.

Sus ojos se suavizaron un instante, pero su voz permaneció firme.

—Este reino no permite sentimentalismos prolongados —dijo—Pero quería verte antes de esta noche.

Asentí.

—Padre me habló del anuncio.

—Sí. El regreso de una princesa no puede pasar desapercibido —me observó con atención—Mucho menos ahora.

—¿Ahora?

—Las miradas estarán sobre ti —respondió—Querrán saber quién eres después de tantos años lejos.

—Y qué lugar ocupo —añadí.

La reina sostuvo mi mirada.

—Ese lugar aún no está decidido.

No hubo reproche en sus palabras.

Tampoco consuelo.

—Descansa —dijo finalmente—Esta noche será larga.

Se acercó entonces y, por primera vez desde que entró, me tocó el brazo.

—Me alegra que estés en casa, hija.

La puerta se cerró tras ella con el mismo cuidado con el que había entrado.

Un rato después, otro golpe.

Esta vez, más informal.

—¿Anwen?

—Pasa.

Caelan entró sin ceremonia. Mi hermano no llevaba la rigidez del protocolo encima; aun así, su postura era tensa. Me miró como si buscara algo en mi rostro.

—Madre dijo que ya estabas despierta.

—Lo estoy.

Se sentó en el borde del sillón frente a la ventana.

—Te ves distinta.

—Tú también.

Sonrió apenas.

—Supongo que crecer en palacios distintos deja marcas distintas.

Hubo un silencio cómodo, antiguo.

—Esta noche será complicada —dijo al fin.

—Para ti más que para mí.

Caelan bajó la mirada.

—Nada de esto es sencillo —murmuró—Ni siquiera cuando parece estar decidido desde hace generaciones.

Lo observé.

Había cansancio en él.

No miedo, no culpa, cansancio.

—¿Estas feliz de regresar hermana? Porque… Yo… Yo se porque te fuiste.

Mi pecho se tensó.

—Las vi —continuó—Aquella última noche, en el establo.

El mundo se estrechó.

—Antes de que te marcharas —añadió—No dije nada entonces. No sabía cómo. O a quién.

Tragué saliva.

—No era algo que debieras cargar —respondí.

—Tal vez no —admitió—Pero lo hice. Y ahora… Ahora estamos aquí.

Nos miramos en silencio.

—Nada de esto es justo —dijo con voz baja— No es justo para ti que me veas casarme con la mujer que amas, y no es justo para mi que por culpa de nuestros padres y nuestro deber, seré yo la segunda persona en romperle el corazón a mi hermana.

No lo negué.

Porque algunas verdades no necesitan defensa.