Capítulo 1. La Seda del Norte.
La casa de los Allen estaba en silencio, como siempre a esa hora. El sol del mediodía caía alto sobre los jardines perfectamente recortados, y las sombras de los muros altos dibujaban límites precisos entre lo que pertenecía a la propiedad y lo que quedaba fuera de ella.
Micah llegó sin aire, con el corazón golpeándole el pecho y el pulso desbocado. Había corrido demasiado, y lo sabía. Le ardían las piernas, la respiración se le iba en bocanadas cortas, y aun así miró el muro como si todavía existiera una posibilidad. Era tarde. Muy tarde. Pero había aprendido a aferrarse a esas mínimas oportunidades que aparecían cuando ya no deberían existir.
«Mierda. ¡Mierda, mierda, mierda!»
Se apoyó en la piedra, flexionó los dedos y comenzó a subir con rapidez, sin elegancia, sin pensar en nada más que en caer del lado correcto. Si lograba llegar antes de que notaran su ausencia estaría a salvo. Porque si su padre descubría dónde había estado realmente, no sería solo una reprimenda.
—¡Micah!
La voz fue firme. El omega giró demasiado rápido. El cuerpo perdió el equilibrio antes de que pudiera corregirlo, y cayó dentro del jardín, de rodillas, con las manos apoyadas en el pasto húmedo. El barro le manchó las palmas y se le pegó a la tela del pantalón. La escena era tan absurda que tuvo que encorvarse un poco para poder reírse, escondiendo el gesto, con los hombros sacudiéndose en una carcajada ahogada.
«Cometí el error clásico de los cuentos: creí que podía huir del castillo sin que el gigante lo notara»
Cuando se incorporó, Cassian Allen ya estaba frente a él. Su postura era firme y su ceño estaba fruncido. Micah bajó la mirada apenas, ya conocía el orden de los acontecimientos. Su padre le tomó el rostro con ambas manos y lo obligó a alzar la vista. El gesto no fue brusco, pero sí cargado de una preocupación intensa, casi sofocante.
—Hijo —empezó, con ese tono que mezclaba reproche y angustia—. ¿Qué crees que estás haciendo?
Enderezó los hombros de inmediato. Ajustó la postura y activó la versión correcta de sí mismo.
—Lo siento, padre —respondió con educación medida—. No pretendía causarle molestias.
El alfa no lo soltó.
—No puedes andar solo —continuó—. No entiendes lo peligroso que es. Eres un omega en un mundo que no perdona descuidos. ¿Y si algo te pasara? ¿Y si alguien…
«Se obsesiona.
Me sigue.
Me hace daño.
Usted no se lo perdonaría jamás.
Serica se quedaría sin heredero»
Pensó en lo arcaico de aquel discurso que conocía de memoria, como si fuera el himno nacional.
—Si algo te ocurriera —prosiguió Cassian, bajando la voz, pero no la intensidad—, yo no podría vivir con eso.
Micah asintió con lentitud, con el gesto exacto que sabía que lo calmaba.
—Lo comprendo, padre.
El alfa por fin soltó su rostro, aunque la tensión permaneció.
—Hijo mío, hoy no es cualquier día. Hoy te presentaré como mi heredero ante los Foster, eres la cara de Serica. No puedes permitirte estos… descuidos.
Su mirada bajó al barro, a la ropa manchada.
—Tienes cuarenta y cinco minutos —añadió—. Quiero que estés listo. Presentable. Como corresponde.
El omega inclinó la cabeza con corrección impecable.
—Así será, padre.
Pasó junto a él, entró a la casa y subió las escaleras despacio, cada movimiento era cuidadosamente medido. Con ese aire del hijo y heredero perfecto. Obediente. Solo cuando dobló el pasillo y quedó fuera de la vista de su padre, el cuerpo se le aflojó de golpe. Una risa nerviosa se le escapó del pecho, breve, incrédula.
El omega entró a la habitación y se apoyó un segundo contra la puerta cerrada. Se sintió aliviado, la urgencia de su padre le había ahorrado preguntas. Se pasó una mano por el cabello, respiró hondo y fue directo al baño. El agua cayó caliente sobre su cuerpo y le arrancó un suspiro largo. Apoyó las manos contra la pared de la ducha y dejó que el vapor le despejara la cabeza.
Se inclinó un poco, dejando que el agua le corriera por la nuca, y pensó en la reunión. En los socios. En las miradas medidas y en las expectativas altas. En la idea casi obsesiva que su padre tenía de él sentado algún día en una mesa de consejo como si ese fuera el único futuro posible. Cerró la llave con decisión y la idea vino clara a su mente. No había duda, ni culpa. No era un impulso. Era una elección.
«Si quiere al heredero perfecto, pensó, tal vez conviene recordarle todo lo que no soy. Es hora de empezar a corregirle la vista.»
En el vestidor, abrió el clóset y recorrió las prendas con la mirada. Trajes bien cortados y camisas sobrias. Pasó de largo. Se detuvo frente a una camisa clara, de tela suave, con una abertura amplia en la espalda. Un escote discreto pero evidente. La tomó entre los dedos, evaluándola un segundo más de lo necesario.
Sabía perfectamente cómo se veía. Sabía que la prenda no era vulgar, pero tampoco corporativa. Sabía que ese tipo de escote no pasaría desapercibido. Pero, sobre todo, que no era lo que su padre habría aprobado para una reunión de negocios.
Se vistió con calma calculada, ajustando cada detalle sin prisa, consciente del tiempo que dejaba correr. Se miró al espejo una última vez. No había nada desaliñado en su apariencia. Al contrario. Se veía atractivo, luminoso… y fuera de lugar.
Cuando bajó las escaleras, su padre ya lo esperaba en la sala. Lo recorrió con la mirada de arriba abajo en silencio, deteniéndose apenas un segundo más de la cuenta en la camisa. Micah sostuvo la expresión neutra, correcta, como si no notara el juicio.
—Eso no es lo que habría elegido para una reunión corporativa —dijo Cassian al fin, con el ceño apenas fruncido—. Después hablaremos de tu sentido de la etiqueta.
Miró el reloj.
—Ahora no hay tiempo. Vámonos.
Micah inclinó la cabeza con esa docilidad impecable que tanto desesperaba al alfa.
—Como usted diga, padre.
Por dentro, la sonrisa volvió a aparecer, pequeña, satisfecha. «Uno a cero». Cruzó la puerta de la casa con paso tranquilo, sabiendo que había ganado al menos esa pequeña batalla.
El automóvil se incorporó al tráfico con un movimiento suave. El omega apoyó el codo contra la puerta y dejó que la ciudad pasara frente a sus ojos sin realmente mirarla. Sabía que su padre iba a hablar. Siempre lo hacía en los trayectos. Era terreno seguro para los discursos.
—Hoy quiero que observes a Eriss Foster —dijo Cassian—. Es un omega recesivo que se impuso donde otros, con más ventajas, fracasaron. Eso es carácter. Eso es disciplina. Tu como omega dominante deberías ser mejor que él.
Micah asintió con corrección, sin girarse.
—Sí, padre.
No necesitó extenderse más. No hacía falta. El mensaje estaba claro: «si él pudo, tú no tienes excusas». Ya lo había escuchado otras veces, con otros nombres, con otros rostros. La comparación no le dolía; le aburría. Era una constante, como un ruido de fondo que había aprendido a ignorar.
Mientras su padre continuaba hablando de expectativas y de ejemplos, Micah empezó a pensar en lo que realmente había decidido hacer ese día. No destacar. Todo lo contrario. Mostrar, con una naturalidad casi ofensiva, que ese mundo no era el suyo. Callar cuando esperaran que hablara y elegir mal las palabras si tenía que hacerlo. Como un acto de rebeldía abierta, una evidencia de que no encajaba allí. Que la vergüenza no fuera suya, sino del molde que intentaban imponerle.
Si eso no funcionaba, siempre quedaba la otra posibilidad. Lior se lo había propuesto: irse y dejar atrás apellidos, juntas y herencias. Una vida nueva. Había considerado la oferta más de una vez, aunque nunca sin ironía. La solución perfecta del manual: un alfa resolviéndole la vida a un omega. Casi podía ver la escena desde afuera y reírse de lo predecible que sonaba.
«Solo me falta la torre y el dragón». No quería huir para convertirse en otra cosa que no había elegido. Pero tampoco podía negar que, si todo salía mal, esa puerta seguía entreabierta. Entonces apareció otra idea, aunque no menos ridícula.
«Siempre queda envenenarlo». Aquel recurso solo aparecía cuando el cansancio apretaba demasiado. La descartó de inmediato. Sabía que no funcionaría. Así muriera el perro, seguiría heredando las pulgas.
La voz de Cassian volvió a imponerse con claridad.
—Quiero que estés atento. Aprende. Mira cómo se comporta alguien que entiende su lugar y lo domina.
Micah giró apenas la cabeza.
—Haré lo que esté a mi alcance, padre.
Cassian pareció satisfecho. El coche continuó avanzando.
Micah volvió la vista a la ventana. A lo lejos, las líneas limpias de ERISSU empezaban a recortarse contra el cielo.
«Vamos a ver qué tan perfecto es el Diamante. Seguramente será un tipo insulso con buenas conexiones».









Cassian? el mismo amigo de Eliot? porque es tan raro!!!!
Listo para leer!!!
Me encontré por casualidad con esta historia.... Siento que será interesante 🤔