Último trago
Vox entró al bar con una mezcla de nerviosismo y anhelo, siendo recibido por una luz deslumbrante y la melodía sutil de un jazz que estaban tocando en aquel local.
Tan pronto como llegó, sus ojos recorrieron el lugar buscando a un hombre muy particular, y lo halló.
Ahí estaba él, con su enigmática sonrisa, su báculo y la cabeza reposándose sobre mano, con la mirada perdida en el vaso recién servido de licor, en la barra de aquel bar.
Se acercó sigilosamente, con suma atención en no crear ruido ni alboroto, llegando a encontrarse con el demonio más temido del pentagrama al momento de tomar asiento. Los ojos del pecador más poderoso se movieron en dirección al más joven, observándolo con alta precisión. Viendo cómo se sentaba y le saludaba animosamente.
—Vaya, si me permites hacer la observación —habló con lentitud a la par en que movía para enderesarse—, al parecer estás pasando una buena racha.
El demonio televisor se encogió y dibujó una sonrisa en su rostro, llevando su mirada hacia el piso.
—Los tiempos han sido buenos —admitió—, estoy creciendo como no imaginé.
Alastor sonrió genuino, —Es una dicha oír tal noticia, mi estimado, has sido perseverante en esto.
La televisión formó una torpe y tímida sonrisa, acompañada de un sutil sonrojo. A pesar de toda la cercanía y cotidianidad de su relación, acostumbrarse a los halagos que solía lanzarle su compañero; tal vez era la sinceridad con la que sonaban, o bien podría ser la sensación de aceptación que le provocaban aquellas palabras.
—Todo es gracias a ti.
El otro ser arqueó la ceja con curiosidad, o quizá de orgullo sabiendo lo que estaba por decir el overlord menor. Al final, ambos sabían que si Vox era lo que era, fue, obviamente, gracias a los consejos y experiencias de Alastor.
Notó cómo se cohibía, su semblante ansioso y los ambos ojos heterocromáticos enchinándose, cómo sus dedos se enterraban en el pantalón debido a los nervios y, por un instante, miró aquellos labios esbozando una pequeña y dulce sonrisa.
—Tú eres inspirador —pensó que nunca lo diría—, enserio.
Alastor escuchó al menor halagarle su medio de comunicación, hablando de la evolución de la comunicación moderna.
—¿Te estoy aburriendo con mis halagos? —soltó la televisión después de unos momentos
—Quizá... —respondió aquel.
Las mejillas de Vox se tiñeron de carmesi al oír la respuesta, esforzándose por no hacer notar su nerviosismo al compartir su propuesta.
Mencionó su tiempo siendo compañeros, acercándose con discreción a su mayor, tratando de que su admiración no se desbordara para crearle molestias al locutor.
Citó un «Tú también eres nuevo» del demonio superior, sacándole una risita delicada que fue apreciada con intensidad por parte del aparato moderno.
El locutor apoyaba su mentón sobre la mano, prestando atención a los gestos y palabras tan alegres del más joven, debía admitir que algo que le fascinaba de él, era justamente su personalidad juvenil y llena de energía que hacía contraste con la suya.
—Te conviene escuchar lo que vengo a ofrecerte —continuó.
El pelirrojo mantuvo su magnética sonrisa, afirmándole su atención ante lo que estaba por decirle mientras pedía al cantinero otro whisky.
El pecador de las antenas se quedó callado por unos segundos, desviando la mirada para no tener que llevarla a los ojos del contrario, sus ansias siendo obvias por más que hubiera querido ocultarlas, Alastor siguió observando, sin dejar olvidada su bebida en la barra.
—Yo... Estuve pensando —expresó al fin—, y con tu impresionante poder y mi enorme influencia —se levantó con impulso—, seríamos imparables.
Se acercó y apoyó sus manos sobre los hombros del pecador más poderoso con delicadeza y sin permanecer mucho tiempo sobre ellos para no incomodar.
Para luego, alejarse y estirarle la mano y decir: —Tú y yo, como socios.
La esperanza y el orgullo podían verse a kilómetros, ¿unírsele? ¿A él? Primero muerto, Alastor no dependía de nada ni nadie, ¿qué podía obtener algo que no tuviera ya? Estaba claro que ese vínculo solo beneficiaría a una sola parte. Él no era ningún idiota, era consciente de que podía dominar y controlar todo el maldito infierno sólo él, únicamente con su astucia, su esfuerzo y sus habilidades. ¿Necesitar a esa estúpida cajita de colores? Eso era demasiado ridículo para alguien tan poderoso e invencible como él.
Soltó una risa, no, más bien, una carcajada. Debió sonar en todo el lugar porque los demás clientes se giraron a buscar el espectáculo, y fue allí cuando abandonó el vaso de la mano, dejándolo en la barra.
Vox estaba confundido, no entendía la gracia y por qué su compañero se doblaba de la risa en su asiento.
—Ay, no es un chiste —dijo entre risas al ver qué la mano del hombre azul continuaba alzada, esperando una estrechada para sellar la colaboración.
Las carcajadas siguieron por varios segundos más, el semblante del moderno había pasado de ser uno positivo a verse como si alguien acabase de morir.
—Sabía que eras un chiquito patético pero no imaginé que fueras tan débil.
Esas palabras marcaron algo que Vox no lograba procesar, se estaba burlando de él, en su propia cara.
Rió perplejo, forzado a evitar mostrar su vergüenza al seguirlo escuchando riéndose.
—¿Qué? —fue lo único que pudo decir con la voz temblorosa.
La burla, la humillación de sentirse aplastado cuando el hombre rojizo admitió que pensaba que estaba alcanzándole y el sentimiento de que su corazón (y claramente, su ego) se estaba rompiendo ante aquel acto denigrante le mareó.
—Yo creía que... —agregó volviendo a sentarse y nuevamente, enterando sus manos en la tela del pantalón— como somos amigos...
Alastor se acercó lo suficientemente cerca como para que un par de centímetros los separaran, mirando fijamente al humillado Vox.
—¿Amigos? En el infierno no hay amigos, Vincent —confesó—. ¡Pensé que esa obviedad estaba clara!
La pantalla reflejaba claramente la vergüenza y el dolor de la crítica que le estaba regalando el insensible caníbal.
—Qué vergüenza me das.
¿Le daba vergüenza? ¡Solo le había ofrecido un maldito trato! ¿Y esto era lo que recibía? ¿Un puto espectáculo denigrándolo por pensar en unir fuerzas?
El Demonio de la radio se recuperó y se levantó para dirigirse a la salida, tomando un último trago y dejando su whisky sin terminar y a aquel pobre iluso aún cargando todo el desequilibrio emocional que causó.
La elegancia de su paso era irónica, salía como si no hubiera roto la autoestima de un overlord que le creía por igual.
Un tic nervioso y lleno de rabia modificaba la pantalla de Vox, quien al ver al pelirrojo abrir la puerta del bar y abandonarlo, fue tras él.
No podía creerlo, años de cercanía tirados a la basura, ¿por qué? Porque el bastardo con aires de superioridad de Alastor juraba que no lograría llegar a nada.
Alastor no había ido muy lejos, le bastó permanecer en la vía pública sosteniendo su báculo, esperando.
Esperándolo.
Sabía que Vox no lo dejaría ir así.
A los pocos segundos, la máquina moderna salió del bar, cerrando de un portazo y avanzando hacia donde se encontraba con rabia.
—¿Por qué te vas? —preguntó cuando estuvo frente a frente con la radio.
La sonrisa macabra permanecía en el rostro de su humillador, y aunque siempre había sido la misma, Vox podía jurar que ésta era diferente, como si se deleitara en su frustración.
—Porque la conversación ya no es entretenida, cariño.
La manera en la que lo decía era espeluznante, con una tranquilidad increíble.
—¿Solo soy eso para ti? —contestó con un enojo creciente—. ¿Entretenimiento?
—Oh, vamos, querido —dando un paso hacia enfrente, obligando a Vox a dar uno atras—; eres bueno siendo lo que eres: un juguete. Pero —sus ojos se afilaron— no lo confundas con afecto.
La cólera lo iba a consumir, se mordió el labio para evitar dejar salir sus impulsos.
—¡Te reíste de mí, allá dentro, enfrente de todos! —gritó.
—Admiro a los soñadores, dulzura, pero no te confundas... Yo no soy como esos idiotas a los que manipulas.
—Eres un hijo de puta —escupió
—Mmm... —Alastor ladeó la cabeza sonriendo— me han dicho cosas peores.
Vox avanzó dos pasos más, ya demasiado cerca.
—No entiendo qué ganaste haciéndome esto —le dijo entre dientes—. ¡No éramos solo… eso!
Alastor lo miró con una calma, conocía lo suficiente a Vox para saber que eso lo sacaba más de quicio.
—Yo nunca dije que lo fuéramos.
Las palabras tomaron por desprevenido a Vox, su mirada se suavizó y no precisamente por tranquilidad.
—¿Y todo lo que hicimos? ¿Todo lo que…? —la voz se le quebró un segundo—. ¿Todo lo que compartimos?
Alastor apoyó un dedo sobre la pantalla de Vox, justo sobre su rostro proyectado.
El toque era suave, casi íntimo. Demasiado íntimo.
—Confundes cercanía con pertenencia, mi querido televisor —susurró con voz vibrante—. Y yo no pertenezco a nadie.
Vox tembló. Era ira, era orgullo herido pero también era esa maldita atracción que siempre lo arrastraba hacia él.
—No tienes que pertenecerme —murmuró—. Solo pensé… que confiabas en mí.
Una risa suave escapó de los labios del demonio rojizo.
—Confiar no está en mi naturaleza. Y tú deberías saberlo mejor que nadie.
Sin embargo, sus ojos bajaron un segundo a los labios de Vox. Un instante mínimo, fugaz.
Vox lo notó.
—A veces pareces disfrutar de tenerme cerca —dijo, bajando la voz—. Y otras, te esfuerzas en alejarme.
—Eso se llama equilibrio —respondió Alastor con una sonrisa afilada.
Vox acercó una mano a la camisa roja del locutor, tomándola apenas con dos dedos.
—Sabes que… si me sigues tratando así… voy a terminar odiándote, ¿verdad?
Alastor rió, de forma suave, encantadora y cruel a la vez.
—Oh, Vincent… —susurró—. Eso es lo más cercano al amor que puedes ofrecerme.
Vox se quedó sin respiración por un instante. Sus palabras no eran románticas, reconfortantes, ni siquiera llegaban a ser lindas.
Pero lo tocaron de una forma que él odiaba reconocer.
Alastor se inclinó apenas, lo suficiente para que sus frentes casi se rozaran.
—Y mientras sigas reaccionando así… —susurró, sus labios peligrosamente cerca del marco metálico de la pantalla— seguiré disfrutando cada segundo de tu miseria.
Vox lo miró, con rabia y con ese maldito afecto que le tenía a pesar de ser un bastardo con él.
—Eres un monstruo.
Alastor sonrió, le halagaba.
—Y tú, cielo, sigues eligiéndome.