El gato que se enamoro de un Heroe

Summary

Katsuki Bakugo, mas conocido como el nuevo heroe en ascenso Dynamight, nunca imaginó que rescatar a un gatito empapado en medio de una tormenta cambiaría su vida para siempre. Tres años después, Izuku -el minino verde de ojos esmeralda- es su sombra pegajosa y compañero de vida. Pero cuando un Quirk accidental concede el deseo más puro del corazón de Izuku, el gato que lo amaba en silencio se transforma en humano. Ahora, frente a Katsuki está el chico de ojos verdes que siempre entendió sus gritos, sus silencios y sus caricias. ¿Podrá un héroe que nunca pidió ser amado aceptar el amor que de él que lleva tres años ronroneando en su pecho?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La lluvia caía con esa violencia sorda que tiene el agua cuando decide que hoy sí va a joderle la existencia a todo el mundo.

Katsuki reciente héroe profesional en ascenso caminaba con el cuello del traje de héroe levantado, maldiciendo entre dientes cada gota que lograba colarse por la rendija del cuello acababa de terminar una patrulla de mierda de 3 horas.

¡Dios! Patrullaje de mierda, clima de mierda, día de mierda.Solo quería llegar a su apartamento, quitarse las botas empapadas y meterse bajo la ducha hasta que el agua caliente le borrara el olor a calle mojada.

Y entonces lovio.

Un bulto diminuto verde, tembloroso, justo en el centro del carril donde los autos pasaban salpicando agua sucia a diestra y siniestra.

Tan pequeño que al principio pensó que era una bolsa de basura mojada. Hasta que la bolsa se movió y soltó un maullido tan débil que casi se pierde entre el ruido del agua y los cláxones.

Un gatito.No más grande que su puño cerrado. Apenas una bola de pelo empapado que apenas lograba mantener la cabeza levantada (de seguro ese cachorro de gato no pasaba de 2 semanas de nacido).

Un carro pasó rozándolo. Demasiado cerca.

¡Maldita sea!—gruñó Katsuki, saltando sin pensarlo.

Porque el siguiente auto iba directo.

Katsuki no pensó.

Saltó.

El frenazo del conductor sonó como un grito metálico. El gato maulló —un sonido débil, casi ahogado— y Katsuki lo atrapó contra su pecho con una mano, usando la otra para impulsarse con una explosión y rodar hacia la acera.

El conductor tocó bocina como si él fuera el problema.

¡Vete a la mierda, imbécil!—le gritó al carro, enseñándole el dedo medio mientras apretaba al minúsculo ser contra su pecho.

Bajó la mirada.

¡¿QUÉ CARAJOS HACES EN MEDIO DE LA CALLE, ESTÚPIDO?!—le gritó al animalito mientras se ponía de pie de un salto, empapado hasta los huesos. —¿Quieres morir aplastado o qué?

El gatito lo miró y parpadeo lento y luego soltó un maullido corto, casi como si contestara.

Tenia ojos enormes.Verdes esmeraldatan brillantes como vidrio recién lavado. Temblaba tanto que parecía que iba a desarmarse, pero aun así... no apartó la mirada. Y Katsuki, que estaba a punto de seguir gritándole, se quedó callado un segundo de más.

...Tch.—bufó, molesto consigo mismo por haberse quedado mirando como idiota—.Vas a morir si sigues siendo tan imbécil, ten mas cuidado la proxima.

Bajó la mano para dejarlo en la acera bajo el toldo de una tienda cerrada, con cuidado de no tirarlo. El gatito se tambaleó un poco, pero se quedó ahí, viéndolo fijamente.

Katsuki se dio la vuelta y empezó a caminar.

No habían pasado ni diez pasos cuando escuchó un maullido agudo detrás junto a unos unos pasitos rápidos detrás de él.

Plop, plop, plop.

pasos Pequeños pero decididos.

Giró la cabeza.

El gatito iba trotando torpemente tras él, empapado, con las patitas chapoteando en los charcos.

¿Qué mierda haces?—gruñó—.¡Vete! ¡Regresa a donde sea que saliste, carajo!

Maullido. Largo. Quejumbroso.

¡No! ¡Vete!—le señaló la calle—.¡Tienes que tener una mamá gata en algún lado o algo, hazme el favor!

El gatito solo aceleró el paso, pegándose a sus botas como si fueran su única salvación en el mundo.

Otro maullido. Más insistente.

Katsuki aceleró el paso.

El gatito también.

Llegaron así hasta la casa del rubio. Katsuki abrió la puerta del portal con la tarjeta, entró y la cerró de golpe.

Silencio.

tres segundos.

cinco.

Y entonces empezó otra vez: maullidos agudos, rasguños diminutos contra la madera de la puerta.

—...Hijo de puta.

Abrió de golpe.

El gatito estaba sentado justo enfrente, mirándolo con esos ojos ridículamente grandes, empapado hasta parecer una rata ahogada con orejas grandes.

Katsuki lo miró fijamente durante cinco largos segundos.

Luego suspiró como si le estuvieran arrancando el alma.

Solo porque estás jodidamente mojado y vas a morir de hipotermia en mi entrada. No porque me importes, ¿entendido?

Lo levantó con una sola mano, sosteniéndolo lejos del cuerpo como si fuera una bomba a punto de estallar.

El gatito inmediatamente se acurrucó contra su palma y empezó a ronronear.

Qué asco das—masculló Katsuki mientras subía las escaleras—.Vas a llenarme todo de pelos y baba.

En el baño lo envolvió en la toalla más vieja que encontró (porque ni loco iba a usar una buena para un gato callejero) y empezó a frotarlo con movimientos bruscos pero cuidadosos.

Estás empapado hasta los huesos, estúpido. ¿Cuánto tiempo llevabas ahí afuera? ¿Eh? ¿Dos días? ¿Tres?—mientras hablaba, el gatito intentaba lamerle los dedos—.¡Para! ¡No me lamas, asqueroso!

Un maullido corto, casi ofendido.

Katsuki resopló.

A mí también me da asco la lluvia, ¿sabes? Pero no ando tirándome en medio de la calle por eso.

Le secó las orejitas con cuidado. El gato cerró los ojos, completamente rendido.

—...Tch. Pareces humano cuando me entiendes a la perfección cada que te hablo. Qué mierda de miedo.

Después de secarlo lo mejor que pudo, lo llevó a la cocina. Sacó una lata de atún que tenía olvidada en la despensa, le puso un poco en un platito y lo dejó en el suelo.

El gatito se lanzó como si no hubiera comido en semanas.

Katsuki se quedó apoyado en la encimera, brazos cruzados, observándolo.

mmm...tal vez pueda llevarte a un refugio mañana—dijo en voz baja, casi para sí mismo—.Pero si te ven así de patético seguro que no te adoptan y yo me voy a quedar con la sensación de que te entregué a unos idiotas que seguro te botaran de nuevo a la calle si nadie te lleva.

El gatito levantó la cabecita, con bigotes llenos de atún, y maulló suave.

Katsuki apartó la mirada.

Solo te quedas esta noche. Solo esta noche.



Tres años después.

...

La película en la televisión lleva cuarenta minutos de ruido blanco. Katsuki ni siquiera recuerda de qué trata.

Lo que sí recuerda —porque está literalmente encima de él— es el peso cálido y suave de 3.5 kg de gato bien alimentado y mimado desparramado sobre su pecho.

Izuku.

porque claro que tuvo que ponerle nombre después de el mismo adoptarlo —aunque katsuki siempre decía para molestar a veces a Izuku que simplemente se adoptó élsolo—está hecho un ovillo perfecto, con la cabeza apoyada justo bajo la barbilla de Katsuki, ronroneando tan fuerte que parece que tiene un motor adentro.

Katsuki suspira largo.

Izuku.

El gato abre los ojos lentamente. Verdes intensos. Inteligentes. Siempre le ha dado la sensación de que realmente lo entiende.

Tengo que levantarme—le dice, voz baja y áspera—.Tengo hambre. Y tú también tienes que comer la cena, glotón.

Izuku hace un sonido que es mitad queja, mitad indignación. Se estira lentamente, arqueando la espalda de forma exagerada solo para después dejarse caer de nuevo sobre el pecho de Katsuki, esta vez abrazándolo con las patas delanteras como si fuera una almohada gigante.

No me jodas—Katsuki resopla, pero su mano ya está rascándole detrás de las orejas—.¿En serio vas a ponerte dramático por comida?

Otro ronroneo más profundo. Izuku frota la mejilla contra el cuello de Katsuki, marcándolo a su manera.

Eres un maldito chantajista peludo, lo sabes ¿verdad?

El gato solo cierra los ojos, satisfecho.

Katsuki se queda callado un rato, mirando el techo mientras sigue acariciándolo.

Tres años—murmura—.Tres putos años y sigues siendo igual de pegajoso que el primer día.

Izuku abre un ojo, lo mira fijamente y maúlla bajito, casi como si dijera: «y tú sigues dejándome».

Katsuki suelta una risa corta, seca.

Maldito gato.

Y no se mueve.

Ni un centímetro.

Porque, en el fondo, sabe que la cena puede esperar cinco minutos más.

O diez.

O los que Izuku quiera.



La alarma no sonó.

Por primera vez en semanas, el despertador se quedó callado y Katsuki abrió los ojos por voluntad propia, con la luz del sol ya colándose por las rendijas de la persiana.

Día libre.

Bendito, glorioso, escaso día libre.

Se estiró con un gruñido largo, sintiendo el peso cálido que tenía encima del estómago.

Izuku ya estaba despierto.

Por supuesto que estaba despierto.

El gato lo tenía prácticamente inmovilizado: patas delanteras cruzadas sobre su pecho, barbilla apoyada en ellas, ojos verdes fijos en su cara como si llevara horas estudiándolo. Ronroneaba bajito, satisfecho, con esa vibración que parecía decir«hoy no te vas a ningún lado, humano».

Buenos días, pesado—masculló Katsuki, voz todavía ronca de sueño. Le rascó detrás de una oreja por puro reflejo—.¿Cuánto llevas ahí mirándome como psicópata?

Izuku respondió parpadeando lento, dos veces, y luego se estiró con toda la lentitud y pereza del mundo, arqueando la espalda hasta que la cola se le curvó en forma de signo de interrogación perfecto. Después bajó de un salto elegante y se sentó en el borde de la cama, esperando.

Katsuki resopló.

Qué jodidamente exigente eres cuando sabes que tengo dia libre.

Se levantó, se puso una camiseta y unos pantalones de chándal, y caminó descalzo hacia la cocina con su bola de pelo verde siguiéndole los talones.

Izuku saltó a la encimera de un brinco limpio —prohibido, pero Katsuki llevaba meses perdiendo esa batalla y ya se habia resignado a dejarle hacer lo queria simplemente— y se sentó justo donde siempre: un poco alejado del lado del fogón, cola enroscada alrededor de las patas, ojos atentos a cada movimiento.

Katsuki empezó a sacar cosas del refrigerador con más energía de la habitual.

Huevos. Tocino. Pan de molde. Aguacate. Tomates cherry. Hasta sacó la maldita sartén grande, la que usaba cuando...

Izuku ladeó la cabeza.

Katsuki cortó el tocino con movimientos precisos, pero no dijo nada.

El gato entrecerró los ojos.

Cuando Katsuki rompiócuatrohuevos en lugar de losdoshabituales y empezó a revolverlos con una cantidad ridícula de queso rallado, Izuku soltó un gruñido grave, profundo, de esos que salían desde el fondo del pecho y hacían vibrar el aire.

Katsuki por fin giró la cabeza.

¿Ya te diste cuenta, eh?—dijo con una media sonrisa torcida—.Jodido gato astuto.

Dejó la espátula a un lado, se dio la vuelta y sacó dos platos de la alacena. Los puso en la mesa del comedor con un golpe seco. Volvió a la cocina, sirvió una cantidad obscena de huevos revueltos con tocino crujiente en cada uno, y en ambos puso tostadas con aguacate y tomate.

Izuku no se movió de la encimera. Solo lo observaba. Cola golpeando el granito con ritmo lento y molesto.

Katsuki abrió la despensa, sacó la lata de comida húmeda favorita de Izuku —la de salmón salvaje— y caminó hacia el plato del suelo.

Primero vienes a comer, tramposo.—dijo mientras abría la lata con un chasquido—.Que después te pones dramático y no pruebas bocado en todo el día.

Dejó caer la porción generosa en el plato metálico del nombre izuku grabado en el.

Izuku bajó de la encimera con dignidad ofendida, caminó hasta el plato y empezó a comer, aunque sin el entusiasmo de siempre. Cada dos bocados levantaba la mirada hacia Katsuki, acusador.

Katsuki se agachó a su lado, apoyó un codo en la rodilla y le rascó la base de la cola con los nudillos.

Buen chico.—murmuró, suave—.Come tranquilo.

Izuku cerró los ojos un segundo, ronroneó traicioneramente fuerte y empujó la cabeza contra la mano de Katsuki, aceptando las caricias como si fueran su derecho divino.

Por un momento pareció olvidarse de todo.

Hasta que Katsuki habló de nuevo.

Va a venir Ochako hoy—dijo como si nada, mientras seguía rascando (aunque no sabe para que se lo dice en realidad, pues sabe que izuku se dio cuenta apenas lo vio sacar la sartén grande)—.Ya sabes. A pasarse el día acá, desayuno, película, lo de siempre.

El ronroneo se cortó de golpe.

Izuku abrió los ojos. La pupila se le dilataba como si estuviera a punto de cazar.

Katsuki lo miró de reojo.

No empieces, Izuku.

El gato soltó otro gruñido, más corto, más afilado. Dejó de comer. Se sentó recto, cola azotando el piso como un látigo.

Katsuki suspiró.

Mira, sé que no te cae bien. Lo tengo claro desde la primera vez que entró por esa puerta y tú te subiste al respaldo del sofá a mirarla como si estuvieras planeando su asesinato.—Se encogió de hombros—.Pero es mi novia. Llevamos dos putos años. Vas a tener que acostumbrarte.

Izuku maulló, alto y ofendido. Dio un paso hacia atrás, como si el plato de comida de repente le diera asco.

Katsuki se pasó la mano por la cara.

Eres un maldito celoso territorial. Lo sé. Ella también lo sabe. Por eso siempre hacer que ella te caiga bien, por eso trae premios para ti, ¿recuerdas? Aunque tú los ignores como si fueran veneno.

Izuku giró la cabeza hacia otro lado, dignidad herida.

Pero Katsuki lo conocía demasiado bien.

Se inclinó más cerca y le habló bajito, casi en confidencia.

Te juro que después de que se vaya te doy doble ración de premios y te dejo dormir en la almohada toda la noche sin que te eche. ¿Trato?

Izuku lo miró de reojo. Solo un segundo.

Luego volvió a gruñir, se dio la vuelta con la cola muy alta y se fue caminando hacia la sala con pasos lentos, majestuosos y claramente indignados.

Katsuki se quedó agachado junto al plato, mirando cómo su gato desaparecía por el pasillo.

—...Qué dramático eres—murmuró, pero había una sonrisa pequeña, casi tierna, escondida en la comisura de su boca.

Se levantó, terminó de preparar la mesa y miró el reloj.

Ochako llegaría en 15 minutos.

Y él ya estaba calculando cuántos premios iba a tener que darle después para que Izuku le perdonara la existencia de la chica en la casa durante el resto del día.

El timbre sonó exactamente a las ocho y cuarto.

Katsuki, que estaba terminando de lavar la sartén, secó las manos en el trapo que colgaba de la encimera y miró hacia el pasillo.

Izuku—llamó en voz baja, tono de advertencia—.Compórtate.

Silencio.

Demasiado silencio.

Eso nunca era buena señal.

Abrió la puerta.

Ochako entró con su sonrisa de siempre, esa que parecía iluminar medio pasillo, cargando una bolsa de papel con el logo de la pastelería que estaba a tres calles de ahí.

¡Buenos días, Katsuki! Traje los croissants de almendra que te gustan y también unos de chocolate para después.—Se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la mejilla—.¿Cómo estás?

Bien—respondió él, automático, mientras cerraba la puerta—.Pasa.

Ochako se quitó los zapatos en el genkan y avanzó hacia la sala.

Y entonces lo vio.

Izuku estaba sentado en el respaldo del sofá, perfectamente erguido, cola enroscada con elegancia alrededor de las patas delanteras. No maulló. No se movió. Solo la miró.

Fijo.

Con esos ojos verdes que parecían atravesar el alma.

Ochako se detuvo un segundo, sonrisa congelada.

Hola, Izuku-chan...—dijo con voz un poco más aguda de lo normal—.¿Cómo estás hoy, pequeño rey?

El gato parpadeó una sola vez. Lentamente.

Katsuki resopló por la nariz.

No le hables como si fuera un bebé. Al parecer le ofende cuando se trata de ti.

Ochako soltó una risita nerviosa.

Es que es tan serio cuando me ve... Parece que me está juzgando.

Porque te está juzgando—murmuró Katsuki con una risa mientras pasaba a su lado rumbo a la cocina—.Déjalo, ya se le pasa.

Ochako dejó la bolsa en la mesa y se acercó a la cocina, apoyándose en la encimera.

¿Ya hiciste el desayuno?—preguntó, mirando los platos que todavía estaban en la mesa.

Hice para los tres—respondió Katsuki sin mirarla, sirviendo café en dos tazas—.Pero el gato ya comió.

Ochako sonrió.

Qué considerado.

Desde el sofá llegó un sonido bajo, casi inaudible.

Un gruñido.

Ochako giró la cabeza.

Izuku no se había movido ni un centímetro. Seguía en la misma posición, pero ahora la punta de su cola golpeaba el respaldo del sofá con un ritmo lento y deliberado.

Katsuki miró por encima del hombro.

Izuku.

El gato giró la cabeza hacia él. Solo la cabeza. El resto del cuerpo permaneció inmóvil como una estatua.

No empieces.—le advirtió Katsuki.

Izuku maulló. Corto. Seco. Ofendido.

Ochako se rio bajito, intentando quitarle peso al momento.

Ay, pobrecito. Se pone celoso cada vez que vengo, ¿verdad?

Katsuki puso los ojos en blanco.

No son solo celos. Es territorialismo de mierda. Y es un dramático profesional de primera de paso también.

Cogió las dos tazas y las llevó a la mesa.

Ochako se sentó, todavía mirando de reojo al gato.

¿Puedo darle uno de los premios que traje? Traje los de salmón que me dijiste que le gustan...

Katsuki se encogió de hombros.

Inténtalo. Pero no te ilusiones.

Ochako sacó un paquetito de la bolsa y lo agitó suavemente.

Izuku-chan~ ven, mira lo que tengo para ti~...

El gato ni se inmutó.

Solo la miró un segundo más y después giró la cabeza hacia la ventana, como si de repente el paisaje urbano que se veía por la ventana cercana fuera infinitamente más interesante que la humana que estaba intentando sobornarlo.

Ochako suspiró, derrotada, y dejó el premio sobre la mesa.

Algún día me va a querer... ¿verdad?

Katsuki se sentó frente a ella, tomó un sorbo de café y murmuró:

No cuentes con eso. —Bromeo el rubio.

Desde el sofá llegó otro sonido.

Esta vez fue un bufido largo y exagerado.

Katsuki miró hacia allá.

Izuku se había bajado del respaldo y ahora caminaba con pasos lentos y majestuosos hacia la cocina. Pasó rozando deliberadamente las piernas de Ochako —lo suficientemente cerca para que ella se tensara— y luego saltó a la encimera, justo al lado de la taza de Katsuki.

Se sentó.

Miró a Ochako.

Y empezó a lamerse una pata con una tranquilidad insultante.

Katsuki soltó una risa corta y seca.

Mensaje recibido, peludo.

Ochako miró al gato, después a Katsuki, y después otra vez al gato.

¿Sabes?—dijo con voz suave pero resignada—.Creo que nunca voy a ganar esta batalla.

Katsuki estiró la mano y rascó la barbilla de Izuku sin siquiera mirarlo.

El gato cerró los ojos, ronroneó fuerte y empujó la cabeza contra la palma.

No es una batalla.—dijo Katsuki, voz baja—.Es que él llegó primero y lo sabe.

Ochako sonrió, esta vez de verdad, aunque había un dejo de tristeza.

Lo sé. Y está bien.

Se quedaron en silencio un momento.

Izuku abrió los ojos, miró a Ochako directamente...

Solo la observó.

Como evaluándola.

Como decidiendo si hoy, solo por hoy, le concedería una tregua.

Después se giró, se acurrucó contra el brazo de Katsuki y cerró los ojos de nuevo.

Tregua aceptada.

Pero no amistad.

Nunca amistad.

Katsuki miró al gato sobre su brazo, después a la chica frente a él, y pensó que, en el fondo, esa era exactamente la dinámica que mejor describía su vida últimamente.

Un equilibrio inestable.

Y jodidamente complicado.



El día había transcurrido en una guerra silenciosa.

Izuku había subido el nivel de pegajosidad en katsuki a proporciones ridículas. Cada vez que Ochako intentaba sentarse más cerca de Katsuki en el sofá, el gato aparecía como por arte de magia: primero se metía entre ellos, después se subía directamente al regazo del rubio, después apoyaba las patas delanteras en su pecho y lo miraba fijamente como diciendo «mío». Cuando Katsuki intentaba apartarlo con suavidad, Izuku emitía ese maullido bajo y lastimero que siempre funcionaba como chantaje emocional.

Ochako lo había intentado todo: premios, voz dulce, ignorarlo. Nada. El gato parecía tener un radar interno que detectaba cualquier intento de contacto físico más allá de un roce casual cuando se trataba de ellla.

Y Katsuki... Katsuki simplemente dejaba que pasara. Con una media sonrisa resignada cada vez que Izuku ganaba otra ronda.

Para cuando el sol empezó a caer y la luz de la sala se volvió anaranjada, Izuku estaba exhausto. Había pasado toda la tarde en estado de alerta máxima, sin tomarse su siesta sagrada de las tres de la tarde. Así que cuando empezaron a poner una película cualquiera (una de acción que ninguno estaba viendo realmente), el gato se rindió. Se acurrucó en el otro extremo del sofá, hecho un ovillo perfecto, y se durmió profundamente. Su respiración se volvió lenta, el ronroneo desapareció, solo quedaba el subir y bajar tranquilo de su costillar.

Ochako miró al gato dormido. Después a Katsuki.

Parece que por fin bajó la guardia—susurró.

Katsuki resopló bajito.

No cantes victoria todavía. Ese cabrón tiene sueño ligero cuando se trata de ti.

Pero el gato no se movió.

Y el ambiente se volvió... diferente.

Más tranquilo.

Más íntimo.

Hablaron en voz baja sobre tonterías: el último villano que Katsuki había enfrentado, el nuevo café que Ochako había descubierto y que planeaba llevar a katsuki aunque fuera a rastras, una anécdota estúpida en la agencia del rubio debido a su cuarteto de amigos idiotas. Y en algún momento, entre frase y frase, los silencios se hicieron más largos. Las miradas más directas.

Ochako se acercó un poco más.

Katsuki no se apartó.

Entonces ella se inclinó y lo besó.

Fue suave al principio. Casi tentativo. Como si estuviera probando si el gato iba a saltar como un misil.

No despertó.

Eso fue luz verde para Ochako, la cual sonrió contra sus labios y el beso se hizo más profundo.

Katsuki respondió. Una mano en su nuca, la otra en su cintura. La atrajo más cerca.

Ella se subió a su regazo sin romper el beso. Las piernas a ambos lados de sus caderas. Las manos enredadas en su pelo rubio desordenado. Katsuki gruñó bajito contra su boca, un sonido que vibró en el pecho de ella.

Rato después se levantaron sin dejar de besarse. Tropezando un poco. Riendo entre besos. Manos que se buscaban bajo la ropa. Respiraciones aceleradas.

Llegaron al pasillo. Ochako abrió la puerta del dormitorio con el hombro mientras Katsuki la besaba en el cuello.

Entraron.

Ella extendió el brazo hacia atrás, tiró de la puerta.

Se escuchó un golpe seco.

Cerrada.

O eso creyó.

Ochako se giró hacia Katsuki, lo empujó suavemente hacia la cama. Se subió encima de él sin dejar de besarlo. Las manos de Katsuki ya estaban bajo su blusa, subiéndola despacio. Ella se arqueó cuando sintió los dedos calientes en su espalda.

—Te extrañé esto —murmuró contra su boca—. Todo el día ese gato...

—Shh —Katsuki la calló con otro beso, más hambriento—. No hables de él ahora.

Ropa que empezaba a sobrar. Besos que bajaban por el cuello, por la clavícula. Manos que exploraban. Suspiros que se volvían gemidos contenidos.

Estaban a punto de cruzar esa línea donde ya no hay vuelta atrás, piel contra piel.

El aire en la habitación estaba denso, cargado de calor y respiraciones entrecortadas.

Ochako tenía las manos apoyadas en el pecho desnudo de Katsuki, inclinada sobre él, besándolo con una urgencia que ya no se molestaba en disimular. Katsuki le sujetaba las caderas con firmeza, dedos clavándose ligeramente en la piel mientras ella se movía despacio encima, buscando más contacto, más fricción.

Estaban justo en ese punto donde las palabras sobran y solo queda instinto.

Entonces.

Un golpe seco.

No un rasguño. No un maullido.

Un golpe fuerte. Como si algo hubiera chocado con decisión contra la madera.

La puerta, que nunca había quedado bien cerrada, cedió de golpe y se abrió de par en par con un crujido.

Izuku entró.

No caminó.

Entró como una tormenta gris.

Se quedó paralizado en el umbral un segundo entero.

Ojos enormes, dilatados hasta lo imposible. Pelo erizado desde la cabeza hasta la punta de la cola, haciendo que pareciera el doble de grande. Orejas mas levantadas y atentas. Cola tiesa como un látigo.

Vio a Ochako encima de Katsuki.

Vio las manos de ella en el pecho y piel desnuda de SU katsuki.

Vio la piel expuesta.

Y algo dentro de él se rompió.

Katsuki se incorporó sobre los codos, respiración agitada, intentando procesar.

Izuku, ¿Qué caraj-?¡Fuera! ¡Ahora!—le ordenó con voz ronca pero firme—.¡sal no es buen momento ahora! ¡afuera!

El gato no escuchó.

No oyó nada.

Sus pupilas eran rendijas negras en medio de verde brillante. Todo su cuerpo temblaba de furia pura, incontrolable.

Y entonces se movió.

Corrió.

Saltó.

Se abalanzó directo contra Ochako con un chillido agudo y salvaje que ninguno de los dos había oído jamás salir de su boca.

Ochako gritó por puro instinto cuando sintió el peso repentino y las patitas diminutas aferrándose con fuerza desesperada a su pelo. No eran uñas largas, no las suficientes para rasguñarla y causarle otras heridas—Katsuki se las cortaba religiosamente cada dos semanas para que no destrozara los muebles—, pero las pequeñas y curvas que quedaban bastaban para engancharse y tirar.

¡Ay! ¡Quítamelo! ¡Katsuki, quítamelo!—gritó Ochako, agitando la cabeza, intentando agarrarlo sin hacerle daño mientras el gato tiraba y maullaba como poseído.

Katsuki se levantó de un salto, todavía sin camiseta, ojos abiertos de par en par.

Izuku, ¡basta!—bramó, avanzando hacia ellos—.¿que te pasa? ¡Para ahora mismo, carajo!

Pero Izuku no paraba.

Tiraba del pelo con una determinación ciega, gruñendo y siseando, negándose a soltar aunque Ochako se moviera desesperada. Era como si todo el instinto territorial, todo el cariño posesivo acumulado durante dos años, hubiera estallado en ese único momento.

Katsuki nunca lo había visto así.

Jamás.

Ni siquiera cuando llegaba tarde de patrulla y el se enojaba, ni su primera vez en el veterinario para sus inyecciones. Nunca había perdido el control de esa manera.

Izuku...—murmuró, más sorprendido que enfadado, intentando acercarse sin asustarlo más— Mírame. Soy yo. Para.

No funcionó.

Ochako, entre el pánico y el dolor del tirón, por fin logró atrapar una de las patitas traseras del gato con la mano. Cerró los dedos alrededor de ella.

Y jaló.

Con fuerza.

Izuku se llevó consigo un buen mechón de pelo castaño, pero no tuvo tiempo de reaccionar.

Ochako, en un movimiento instintivo y desesperado, lo lanzó lejos de sí con toda la fuerza que pudo reunir.

El cuerpo pequeño de pelo verde voló por el aire.

El golpe contra la pared resonó como un disparo en la habitación.

Izuku rebotó contra el yeso y cayó al suelo hecho un ovillo inerte, patas estiradas en ángulos raros, cabeza ladeada. Un hilillo de sangre empezó a manar de su nariz, rojo brillante contra el pelo verde.

Ochako se quedó congelada, con los brazos aún extendidos en la posición del lanzamiento, respiración agitada, ojos muy abiertos.

Katsuki tardó dos segundos eternos en procesar.

Y entonces explotó.

¿QUÉ MIERDA ACABAS DE HACER?—El rugido salió tan fuerte que vibró en las paredes. Saltó de la cama como si le hubieran prendido fuego, arrodillándose junto al cuerpo inmóvil del gato—.¡IZUKU!

Sus manos temblaban cuando lo levantó con cuidado extremo, como si estuviera hecho de cristal. Le tocó el pecho, el cuello, buscó el latido con dedos que apenas obedecían.

Respira... respira, maldita sea...—murmuraba, voz quebrada—.Vamos, cabrón, no me jodas...

Ochako se tapó la boca con las manos, pálida hasta los labios.

Katsuki... yo... no quise... se me escapó la fuerza... lo siento, lo siento mucho...

Katsuki ni la miró. Solo acunaba a Izuku contra su pecho, palpando con cuidado la cabeza, el lomo, buscando fracturas.

Está vivo—dijo más para sí mismo que para ella con un suspiro de alivio—.Eso Respira . Pero está...Dios... estas sangrando...

Se levantó despacio, con el gato pegado al torso como si fuera lo único que lo mantenía cuerdo.

Ochako intentó acercarse.

No te acerques.—escupió Katsuki sin levantar la vista.

Solo quería defenderme—dijo ella, voz temblorosa pero subiendo de tono—.¡Ese gato loco se me tiró encima! ¡Me jaló del pelo! ¡Quería matarme, Katsuki!

¿Matarte?—Katsuki por fin giró la cabeza. Los ojos le ardían—.Es un gato. ¡Un puto gato!. MI gato. No tiene uñas afiladas porque yo mismo se las corto, parece que ni lo conocieras, solo había que calmarlo para que te soltara. ¿Y tú lo lanzas contra la pared sin piedad como si fuera una maldita basura?

¡Me asusté!—gritó Ochako, lágrimas empezando a caer—.¡Estaba histérico! ¡Me atacó sin razón!

La razón es que tú entraste aquí y cerraste mal la maldita puerta.—Katsuki hablaba bajo, pero cada palabra era un latigazo—.Te dije que se pone celoso. Te dije que es territorial. ¿Y qué haces? ¿Dejas la puerta entreabierta para que entre justo en el peor momento? ¿¡Y luego lo tiras como trapo viejo con la intención de matarlo acaso!?

Ochako se cruzó de brazos, temblando de rabia y miedo.

Deja de defenderlo siempre. ¡Siempre! ¡Como si fuera más importante que yo!

Katsuki la miró fijo. Algo en su expresión cambió. Se volvió más frío. Más peligroso.

Porque lo es.—dijo con voz plana y firme—.Izuku estaba aquí antes que tú. Izuku me salvó de sentirme solo en esta mierda de vida y de apartamento vacío. Izuku no me juzga, no me pide que cambie, no me hace sentir que tengo que elegir. Izuku solo est-

Ochako soltó una risa amarga, histérica interrumpiendo al rubio.

¿Sabes qué? Ya estoy harta. Harta de fingir que me cae bien, harta de aguantar sus miradas asesinas, harta de que cada vez que vengo tenga que competir con un gato por tu atención.—Respiró hondo, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—.Decide de una vez, Katsuki. él o yo.

Silencio.

Katsuki la miró como si la estuviera viendo por primera vez.

Y entonces, con una calma que helaba la sangre, respondió:

No hay decisión que tomar.

Ochako parpadeó.

¿Qué?

No hay decisión.—repitió Katsuki mientras dejaba a Izuku con cuidado sobre la cama, sobre su camiseta para que estuviera cómodo—.¿no es obvio? Porque tú misma acabas de decidir por los dos con tan solo esa pregunta.

Se inclinó, recogió los pantalones del suelo y empezó a vestirse con movimientos mecánicos y rápidos.

Te quiero fuera de mi casa. Ahora.

Ochako se quedó inmóvil.

K-katsuki...

Lárgate—dijo él sin mirarla, abotonándose una camisa—.Llévate tus cosas. Y no vuelvas.

Ochako empezó a llorar de verdad, sollozos fuertes y descontrolados.

No puedes estar hablando en serio... por un gato...

Ese “gato” es mi vida.—Katsuki levantó la vista por fin. Ojos rojos, furiosos, pero también húmedos—.Y acabas de hacerle daño. Deliberadamente. Delante de mí.

Ochako se tapó la boca, horrorizada consigo misma.

Yo... no quise... ¡te estoy diciendo qu-

—¡No me importa!—cortó él—.Voy a ir al veterinario de emergencia. Llama un taxi. No quiero verte cuando llegue.

Ochako se quedó parada, temblando, mientras Katsuki terminaba de vestirse, envolvía a Izuku en una manta suave para luego meterlo en su jaula portátil de viaje y cargarlo contra su pecho otra vez.

Cuando pasó junto a ella rumbo a la puerta, murmuró sin detenerse:

Y no me escribas. No me llames. Esto termino.

La puerta principal se cerró con un golpe seco.

Ochako se quedó sola en el apartamento.



¡pum!

Primera parte lista.

¿como creen que este izuku?

Katsuki por mucho que quiera sabe que jamas lo graria enojarse con izuku, sin importar la estupidez que haga (aun si no es del todo buena como pudieron ver)

La tematica de este one-shot se me vino de la nada a la cabeza, literal solo estaba hoy con mi gatito dandole mimos y pues el tiene unos ojos verdes que amo ♡

al pensar en ojos verdes fue inevitable qué no se me viniera izuku a la mente, entoces me pregunte ¿que tal seria un izuku gatito? ¿te imaginas a katsuki con él? Jajaja, Se me hizo super tierna la idea y mi mente empezo a maquinar de más y una cosa llevo a la otra y aqui me ven escribiendo una historia de esta tematica muak.

No creo que esta historia sea extensa tal vez solo tenga una parte más o dos, la verdad no se jajaja

Espero y les guste, si es asi apoyenme con sus votos y comentarios en esta historia plis!

Nos vemos en la siguiente parte

Byeee, Los amooooo 💗✨

-Lady Todoroki ♡