Capítulo 1
Era mayo de 1931, y había transcurrido ya un año completo desde que el carismático demonio de la radio había caído al Infierno en desgracia. Con el paso de los meses, Alastor comenzaba a sentir que aquel lugar infernal, con toda su crueldad y caos, era quizás el sitio donde realmente pertenecía. Después de todo, había aceptado con resignación amarga que estaba destinado a pasar el resto de su existencia eterna en aquellos dominios sombríos.
Sin embargo, últimamente había algo extraño flotando en el ambiente, una tensión sutil pero persistente que impregnaba las calles del Pentágono. Al principio, Alastor no le prestó demasiada atención a aquella sensación inquietante. Estaba demasiado ocupado consolidando el dominio sobre su territorio recién conquistado y disfrutando de sus habituales visitas al emporio de Rosie, donde compartían té y los chismes más jugosos del vecindario caníbal.
Fue precisamente durante una de esas agradables tardes cuando Rosie, con su característico tono confidencial, le reveló la noticia que explicaba todo. Lucifer Morningstar, el mismísimo rey del Infierno en persona, había decidido realizar el censo de población. No se trataba del Infierno entero —eso habría sido una empresa titánica incluso para el Diablo—, sino específicamente de la Ciudad Pentágrama. El último censo había tenido lugar diez años atrás, en 1921, así que según el cronograma infernal, este año tocaba nuevamente llevar a cabo el recuento. Y para sorpresa de todos, el barrio caníbal sería su primera parada.
Los ojos de Alastor brillaron con un destello de malicia ante la perspectiva. La idea de desafiar al mismísimo Lucifer Morningstar, de poner a prueba sus límites y quizás demostrar que el recién llegado Radio Demon no se intimidaba ante nadie, le parecía irresistiblemente tentadora. Pero Rosie, conociendo demasiado bien las inclinaciones temerarias de su amigo, lo detuvo en seco.
—Ni se te ocurra, querido —le advirtió con firmeza, dejando su taza de té sobre la mesa con un golpe seco que no admitía réplica—. No cometas esa estupidez.
Alastor reclinó su cabeza ligeramente, sin borrar esa sonrisa perpetua que caracterizaba su rostro, aunque sus ojos delataban cierta decepción ante la advertencia de Rosie.
—Vamos, querida —dijo con ese tono radiofónico que hacía vibrar el aire a su alrededor—. ¿Dónde está la diversión en simplemente... acatar órdenes? Seguramente Su Majestad Infernal apreciaría un poco de... entretenimiento durante su aburrido recuento de almas.
Rosie suspiró profundamente, sacudiendo la cabeza mientras rellenaba ambas tazas de té con movimientos elegantes pero firmes.
—Alastor, cariño, sé que apenas llevas un año aquí y todavía tienes esa chispa de rebeldía recién llegada —le explicó con paciencia maternal—. Pero escúchame bien: Lucifer Morningstar no es como los Overlords con los que has estado jugando estos meses. Él es otra cosa completamente diferente.
—¿Y eso debería intimidarme? —replicó Alastor, tamborileando sus garras afiladas sobre el reposabrazas de su silla—. He construido mi reputación precisamente desafiando a aquellos que se creían intocables.
—Sí, y mira dónde terminaste —respondió Rosie con un toque de ironía mordaz, arqueando una ceja—. Aquí, conmigo, tomando té en el Infierno. No me malinterpretes, adoro tu compañía, pero quizás sea momento de aprender cuándo pelear y cuándo... simplemente sonreír y cooperar.
El Radio Demon guardó silencio por un momento, sus dedos deteniéndose en su tamborileó constante. La estática crujió levemente alrededor de su figura.
—¿Tan peligroso es realmente? —preguntó finalmente, con genuina curiosidad filtrándose a través de su máscara de confianza.
—Más de lo que tu imaginación puede concebir, querido —confirmó Rosie, mirándolo directamente a los ojos—. Es el ángel caído original. El Lucero de la Mañana. No llegó aquí por morir, como tú o como yo. Él creó este lugar. Hay una diferencia abismal entre gobernar un territorio y ser literalmente el arquitecto de toda esta dimensión.
Alastor permaneció pensativo, su sonrisa inquebrantable pero sus ojos ahora procesando cuidadosamente las palabras de su amiga.
—Entonces... ¿sugieres que simplemente me presente, responda sus preguntas insulsas sobre cuántas almas poseo y me retire como un buen ciudadano infernal? —el sarcasmo goteaba de cada palabra.
—Exactamente eso sugiero —afirmó Rosie con una sonrisa satisfecha—. Además, piénsalo así: si realmente quieres impresionar al rey del Infierno, hacerlo en un censo poblacional no es precisamente el escenario más... dramático o memorable, ¿no crees?
Eso captó la atención de Alastor. Rosie tenía razón en ese aspecto. Si algún día decidía demostrar su valía ante Lucifer Morningstar, ciertamente no sería durante un aburrido trámite burocrático.
—Supongo que tienes un punto válido, querida —concedió finalmente, levantando su taza en un brindis irónico—. Muy bien, seré el perfecto caballero infernal cuando Su Majestad se digne a visitarnos.
—Eso espero sinceramente —murmuró Rosie, aunque algo en su interior le decía que mantener a Alastor alejado de problemas con el rey del Infierno sería más difícil de lo que ambos anticipaban.
Tres días después, el barrio caníbal hervía con una actividad inusual. Las calles, normalmente decoradas con restos humanos y manchas de sangre artísticamente dispuestas, habían sido limpiadas con un esmero que Rosie jamás había visto en sus residentes. Incluso los caníbales más desaliñados se habían puesto sus mejores atuendos victorianos, conscientes de que el rey del Infierno en persona caminaría por sus aceras.
Alastor observaba todo el despliegue desde la ventana del segundo piso del emporio de Rosie, con su taza de café humeante en una mano y su bastón en la otra. La estática que siempre lo rodeaba crepitaba con una intensidad ligeramente mayor de lo normal, delatando su anticipación apenas contenida.
—Ahí viene —anunció Rosie, colocándose junto a él con sus propios binoculares ornamentados—. Y viene acompañado, como era de esperarse.
En efecto, una comitiva real descendía por la calle principal del barrio. Al frente marchaba Lucifer Morningstar, y Alastor tuvo que admitir, aunque fuera para sí mismo, que la presencia del rey era... imponente. No por su estatura —de hecho, era considerablemente más bajo de lo que Alastor había imaginado— sino por la energía pura que emanaba de cada paso que daba. El aire mismo parecía inclinarse ante él, y las sombras se alargaban de formas imposibles a su alrededor.
Vestía un elegante traje blanco inmaculado que contrastaba dramáticamente con el entorno infernal, un sombrero de copa adornado con una manzana dorada, y portaba un bastón con forma de serpiente que parecía moverse con vida propia. Sus ojos rojos escaneaban cada edificio, cada rostro, con una mezcla de aburrimiento y eficiencia.
Detrás de él venían varios demonios burócratas cargando pergaminos, plumas y lo que parecían ser dispositivos de registro mágicos que brillaban con luz azulada.
—Señoras y señores del distinguido barrio caníbal —la voz de Lucifer resonó por toda la calle sin necesidad de amplificación, clara como cristal y con un tono que mezclaba autoridad con cierto cansancio teatral—. Como ya habrán sido informados, estoy aquí para realizar el censo decenal de la Ciudad Pentágrama. El proceso será rápido y relativamente indoloro, siempre y cuando cooperen.
Hizo una pausa, y una sonrisa ligeramente burlona cruzó su rostro perfecto.
—Y antes de que alguien tenga ideas... creativas sobre no participar, permítanme recordarles que este censo no es opcional. Es una orden real. ¿Alguna pregunta?
El silencio que siguió fue absoluto. Nadie se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte.
—Excelente —continuó Lucifer, chasqueando los dedos. Inmediatamente, sus asistentes se dispersaron por la calle, comenzando a tocar puertas y registrar información—. Empecemos por el establecimiento más prominente. El... —consultó un pergamino— Emporio de Rosie. Ah, sí, la encantadora señora caníbal. ¿Está presente?
Rosie le lanzó a Alastor una mirada significativa de advertencia antes de dirigirse hacia la puerta.
—Compórtate —siseó en voz baja.
—Siempre lo hago, querida —respondió Alastor con una sonrisa aún más amplia, siguiéndola escaleras abajo.
Cuando Rosie abrió la puerta de su emporio, hizo una reverencia perfectamente ejecutada.
—Su Majestad, es un honor tenerlo en mi humilde establecimiento —saludó con su encanto característico—. Por favor, pase. Tengo té recién preparado si gusta.
Lucifer entró con pasos medidos, sus ojos rojos escaneando el interior del emporio con apreciación genuina.
—Rosie, siempre un placer —dijo con cortesía formal—. Tu establecimiento es, como siempre, impecable. Y veo que tienes... compañía.
Sus ojos se posaron directamente sobre Alastor, que permanecía junto a la escalera con su sonrisa perpetua y sus manos cruzadas sobre su bastón. Por un momento que pareció extenderse eternamente, ambos demonios se estudiaron mutuamente.
—Ah, sí —intervino Rosie rápidamente—. Permítame presentarle a Alastor, el Radio Demon. Llegó hace aproximadamente un año y se ha convertido en un... querido amigo.
—El Radio Demon —repitió Lucifer, con un tono que era imposible de descifrar—. Sí, he escuchado las transmisiones. Bastante... perturbadoras. En el buen sentido, claro.
Alastor inclinó su cabeza en un gesto que podría interpretarse como reverencia, aunque sus ojos nunca dejaron de mirar fijamente al rey.
—Su Majestad —dijo con su voz radiofónica perfectamente modulada—. El honor es completamente mío. Es fascinante finalmente conocer al arquitecto de este magnífico reino de condenación eterna.
Hubo algo en el tono de Alastor, una pizca de sarcasmo apenas perceptible, que hizo que la sonrisa de Lucifer se tensara ligeramente. Rosie contuvo la respiración.
—¿Fascinante? —preguntó Lucifer, dando un paso más cerca—. Qué curioso que uses esa palabra. Dime, Alastor, ¿encuentras fascinante tu estadía aquí hasta ahora?
La temperatura en la habitación pareció descender varios grados.
Alastor mantuvo su sonrisa imperturbable, aunque la estática a su alrededor crepitó con mayor intensidad.
—Fascinante es precisamente la palabra adecuada, Su Majestad —respondió con esa cadencia radiofónica que hacía que cada palabra sonara como parte de un espectáculo—. Este primer año ha sido... revelador. Diría incluso que educativo.
Lucifer ladeó la cabeza, estudiando al demonio pelirrojo con una curiosidad que iba más allá de la mera formalidad del censo. Se acercó más, rodeando lentamente a Alastor como un depredador evaluando a otro depredador, aunque sus movimientos eran casi perezosos, despreocupados.
—Interesante —murmuró el rey, observando los detalles de la apariencia de Alastor: las orejas que se asemejaban a las de un ciervo, las pequeñas astas que coronaban su cabeza, la sonrisa permanente llena de dientes afilados—. Muy interesante. No es común ver una transformación demoníaca tan... específica. Las orejas, las astas... ¿Un ciervo? ¿O quizás un venado?
—Perspicaz observación —concedió Alastor, sin moverse de su posición a pesar del escrutinio—. Parece que el Infierno tiene cierto sentido del humor irónico con sus transformaciones.
—Oh, el Infierno no hace nada sin razón —respondió Lucifer, deteniéndose frente a él nuevamente—. La forma que adoptas refleja algo fundamental sobre tu naturaleza, tu vida, tu muerte... o tus pecados. Un ciervo es una presa, ¿no es cierto? Y sin embargo... —sus ojos brillaron con comprensión— ...tú eras el cazador. ¿Me equivoco?
La sonrisa de Alastor se ensanchó imperceptiblemente.
—Su Majestad es tan astuto como las leyendas sugieren.
—Y tú eres bastante atrevido para alguien que lleva apenas un año aquí —replicó Lucifer, aunque no parecía molesto, sino más bien... intrigado—. La mayoría de las almas recién caídas pasan sus primeros años escondiéndose, sobreviviendo, siendo devoradas o esclavizadas. Tú, en cambio, construiste un imperio de broadcasting, adquiriste territorio, y haces vida social con uno de los pilares más respetados del barrio caníbal.
Rosie carraspeó suavemente, intentando aliviar la tensión.
—Alastor es... excepcionalmente talentoso, Su Majestad —intervino—. Y ha sido muy respetuoso con las jerarquías establecidas del barrio.
—No lo dudo —dijo Lucifer, sin apartar su mirada de Alastor—. Pero me pregunto... ¿qué planes tiene exactamente el Radio Demon para su futuro eterno aquí?
Era una pregunta aparentemente casual, pero todos en la habitación entendieron que era mucho más que eso. Era una evaluación, una prueba.
Alastor inclinó su cabeza ligeramente, considerando sus palabras con cuidado por primera vez en la conversación.
—Mis planes son simples, Su Majestad. Entretenimiento. El mundo de los vivos era terriblemente aburrido en ciertos aspectos, con todas sus reglas y convenciones morales. Aquí, en cambio... —hizo un gesto amplio con su mano libre— ...las posibilidades son infinitamente más... estimulantes.
—Entretenimiento —repitió Lucifer, y por primera vez, una sonrisa genuina cruzó su rostro—. Qué refrescante. La mayoría miente y dice que solo quieren "sobrevivir" o "encontrar su lugar". Tú al menos eres honesto sobre tu hedonismo.
Chasqueó los dedos y uno de sus asistentes burócratas se acercó rápidamente con un pergamino y una pluma.
—Muy bien, procedamos con el censo oficial. Nombre completo para los registros infernales.
—Alastor —respondió el demonio—. Solo Alastor. Los apellidos son irrelevantes ahora, ¿no le parece?
Lucifer arqueó una ceja pero anotó la información.
—Año de muerte: 1930. Causa de muerte... —hizo una pausa, consultando lo que parecía ser información que simplemente conocía— ...balazo en la cabeza. Qué poético para un cazador.
Alastor no respondió, pero la estática a su alrededor chirrió brevemente.
—Territorio reclamado: aproximadamente seis cuadras en el distrito este que está cerca del barrio caníbal —continuó Lucifer—. Almas bajo contrato... —sus ojos brillaron— ...cantidad sorprendentemente alta para un recién llegado. Cuarenta y tres, para ser exactos.
Rosie parecía impresionada. Incluso ella desconocía ese número exacto.
—¿Cómo...? —comenzó Alastor, genuinamente sorprendido por primera vez.
—Soy el rey del Infierno, querido —interrumpió Lucifer con una sonrisa satisfecha—. Cada contrato de alma que se firma en mis dominios deja una... huella energética que puedo rastrear. Es parte del trabajo. Ahora bien...
Se acercó nuevamente, y esta vez había algo más penetrante en su mirada.
—Lo que realmente me intriga, Alastor, es tu actitud. Has estado a punto de faltarme el respeto al menos tres veces en esta conversación, lo cual requiere o una valentía excepcional o una estupidez monumental. Aún no decido cuál de las dos es —hizo una pausa calculada—. ¿Acaso estabas... tentado a desafiarme durante este censo?
Rosie palideció visiblemente. Alastor, sin embargo, soltó una risa que sonaba como estática de radio antigua.
—¿Desafiarlo, Su Majestad? —dijo con tono inocente que no engañaba a nadie—. Jamás se me ocurriría tal cosa. Simplemente disfruto de las conversaciones... estimulantes. Son tan raras de encontrar.
Lucifer lo observó en silencio durante un largo momento, luego, inesperadamente, se echó a reír. Era una risa clara, genuina, que resonaba con un poder que hacía temblar ligeramente las paredes del emporio.
—Oh, me agradas —declaró finalmente—. Eres arrogante, peligroso y claramente tienes un complejo de superioridad del tamaño del Infierno mismo. Pero al menos eres entretenido. Este lugar necesita más personalidades como la tuya.
Hizo un gesto desdeñoso con la mano.
—Registro completo. Puedes continuar con tus... actividades de entretenimiento. Pero Alastor —su tono se volvió serio, casi amenazante—, si alguna vez decides que quieres "entretenerte" desafiándome directamente, asegúrate de estar preparado para las consecuencias. Porque a diferencia de los Overlords que has estado eliminando, yo no moriré. Y mi castigo creativo supera cualquier cosa que tu imaginación retorcida pueda concebir.
—Tomo nota, Su Majestad —respondió Alastor con una reverencia más profunda esta vez, aunque su sonrisa nunca flaqueó.
Lucifer se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo en el umbral.
—Rosie, un placer como siempre. Tu té es divino, aunque esta vez no tuve oportunidad de probarlo —dijo, y luego miró nuevamente a Alastor—. Y tú... nos volveremos a ver, Radio Demon. Estoy seguro de ello.
Con eso, el rey del Infierno salió del emporio, su comitiva reorganizándose a su alrededor mientras continuaba su recorrido por el barrio caníbal.
En cuanto la puerta se cerró, Rosie se dejó caer en una silla, abanicándose dramáticamente.
—Por todos los círculos del Infierno, Alastor —exhaló—. Pensé que iba a incinerarte allí mismo.
Alastor, por su parte, seguía mirando por la ventana hacia la figura cada vez más distante de Lucifer, sus ojos brillando con una mezcla de respeto, curiosidad y algo que podría haber sido... ¿admiración?
—Fascinante —murmuró para sí mismo—. Absolutamente fascinante.
Lucifer continuó su recorrido por el barrio caníbal con la misma eficiencia metódica que había demostrado en el emporio de Rosie. Casa por casa, edificio por edificio, su comitiva de burócratas infernales registraba nombres, fechas de muerte, territorios reclamados y contratos de almas. Los residentes del barrio se mostraban sorprendentemente cooperativos, algunos incluso obsequiosos, ofreciendo refrigerios de dudosa procedencia que el rey declinaba con cortesía distante.
Para el atardecer infernal —ese perpetuo crepúsculo rojizo que nunca terminaba de convertirse en noche completa—, la comitiva real había completado aproximadamente la mitad del censo del barrio. Lucifer se despidió de sus asistentes con instrucciones de continuar al día siguiente, y desapareció en un remolino de llamas doradas que dejó el aroma a azufre y manzanas en el aire.
Mientras tanto, en el emporio de Rosie, Alastor no se había movido de su posición junto a la ventana. Sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre el cristal, creando un suave repiqueteo que se sincronizaba con la estática que crepitaba a su alrededor. Su sonrisa permanecía intacta, como siempre, pero había algo diferente en sus ojos. Una intensidad, una inquietud que Rosie reconocía demasiado bien.
—Querido —llamó ella desde su sillón favorito, donde había permanecido recuperándose del encuentro—. Puedo prácticamente escuchar los engranajes girando en tu cabeza. Sea lo que sea que estés pensando, déjalo ir.
El Radio Demon finalmente se apartó de la ventana, girando con una fluidez casi antinatural para mirar a su amiga. La luz carmesí del exterior proyectaba sombras alargadas que hacían que sus astas parecieran más prominentes, más amenazadoras.
—¿Dejar ir qué exactamente, querida Rosie? —preguntó con una inocencia fingida que no engañaba a nadie—. Simplemente estoy... reflexionando sobre nuestro ilustre visitante.
Rosie suspiró profundamente, dejando su taza de té sobre la mesita lateral con un clic deliberado.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. Conozco esa mirada, Alastor. Es la misma que tenías cuando empezaste a planear cómo derrocar a esos tres señores supremos el mes pasado. La misma que precede invariablemente a que hagas algo espectacularmente peligroso.
Alastor caminó hacia el centro de la habitación, su bastón repiqueteando contra el suelo de madera con cada paso calculado. Se detuvo junto a la chimenea, observando las llamas danzantes con una fascinación casi hipnótica.
—Admito que Lucifer resultó ser... más de lo que anticipaba —confesó, y había una nota de genuina admiración en su voz que raramente se permitía mostrar—. Su poder es palpable, casi embriagador. La forma en que el ambiente mismo se doblegaba a su presencia, cómo conocía detalles sobre mis contratos de almas sin necesidad de consultarlos... es verdaderamente impresionante.
—Exactamente —afirmó Rosie, inclinándose hacia adelante—. Es impresionante, aterrador y completamente fuera de tu alcance. Así que sea cual sea la idea que está germinando en esa mente retorcida tuya, sofócala ahora.
Pero Alastor no respondió inmediatamente. Sus dedos acariciaban distraídamente el mango de su bastón mientras su mente procesaba cada detalle del encuentro. La manera en que Lucifer lo había evaluado, no con miedo o desprecio como otros demonios poderosos, sino con curiosidad genuina. Como si Alastor fuera un rompecabezas interesante, una anomalía digna de atención.
Y eso era lo que realmente le clavaba la espina.
Durante su vida mortal, Alastor había sido el depredador supremo, el que controlaba las narrativas, el que mantenía a Nueva Orleans bailando al son de su música macabra sin que nadie sospechara jamás la verdad. Incluso aquí, en el Infierno, había ascendido rápidamente, construyendo su imperio de transmisión y sembrando terror con una eficiencia que había sorprendido incluso a los residentes más veteranos.
Pero Lucifer... Lucifer lo había mirado como un adulto mira a un niño precoz. Impresionado, quizás ligeramente divertido, pero nunca amenazado. Nunca verdaderamente preocupado.
Esa actitud, esa confianza absoluta en su superioridad, se había incrustado en el orgullo de Alastor como una astilla envenenada.
—¿Sabes qué fue lo más perturbador? —dijo finalmente Alastor, rompiendo el silencio—. No fue su poder. No fue su conocimiento omnisciente sobre los contratos de almas. Fue su... aburrimiento.
Rosie frunció el ceño, confundida.
—¿Aburrimiento?
—Sí —Alastor se volvió para mirarla, y sus ojos brillaban con una mezcla de frustración e intriga—. Estaba aburrido, Rosie. Realizando ese censo como si fuera una tarea doméstica tediosa. Gobernando el Infierno entero como quien administra una propiedad heredada que ya no le interesa. Hubo destellos de interés cuando hablamos, pequeños momentos donde capté su atención, pero luego... volvió a esa apatía regia.
Se acercó al sillón de Rosie, sentándose en el apoyabrazos con una familiaridad que solo su amistad permitía.
—El rey del Infierno está aburrido de su propio reino —continuó, casi para sí mismo—. Y eso, querida mía, es infinitamente más fascinante que cualquier despliegue de poder.
Rosie estudió a su amigo cuidadosamente. Conocía lo suficientemente bien a Alastor para saber que cuando algo captaba su fascinación de esta manera, era imposible disuadirlo completamente. Lo mejor que podía hacer era canalizar esa obsesión hacia algo menos suicida.
—Alastor, escúchame con atención —dijo con firmeza—. Lucifer ha estado gobernando el Infierno desde antes de que la humanidad inventara la escritura. Su aburrimiento no es una debilidad que puedas explotar. Es el cansancio existencial de alguien que ha visto literalmente todo, que ha experimentado cada permutación posible de rebelión, desafío y caos. ¿Entiendes lo que eso significa?
Alastor ladeó la cabeza, su sonrisa adquiriendo un matiz pensativo.
—Significa que sería extraordinariamente difícil sorprenderlo verdaderamente. Que cualquier intento de desafiarlo probablemente ya lo ha visto antes, en mil variaciones diferentes.
—Exactamente —Rosie asintió—. Así que si valoras tu existencia continua, y nuestra amistad, mantendrás una distancia respetuosa del rey del Infierno. Hay muchísimas otras formas de entretenerte que no implican provocar al ser más poderoso de toda esta dimensión.
El Radio Demon permaneció en silencio por un largo momento, procesando las palabras de Rosie. La estática a su alrededor se calmó gradualmente, como si estuviera llegando a algún tipo de conclusión interna.
—Tienes razón, por supuesto —concedió finalmente, levantándose del apoyabrazos y estirándose con movimientos exagerados—. Sería una absoluta locura intentar desafiar a Lucifer. Una locura suicida, de hecho.
Rosie lo miró con suspicacia.
—¿Por qué siento que hay un 'pero' implícito en esa declaración?
Alastor se rió, esa risa llena de estática que hacía vibrar el aire.
—No hay 'peros', querida. Simplemente... observaciones. Después de todo, no hay nada de malo en observar, ¿verdad? En estudiar. En aprender sobre el funcionamiento de este reino y su gobernante. Es simple curiosidad intelectual.
—La curiosidad mató al gato —murmuró Rosie.
—Pero yo soy un ciervo, querida —respondió Alastor con una sonrisa particularmente amplia—. Y además, estoy técnicamente muerto ya. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Rosie no dignificó esa pregunta retórica con una respuesta. Ambos sabían que en el Infierno, siempre había algo peor que podía pasar.
Mientras Alastor se despedía y salía del emporio hacia la noche rojiza, Rosie permaneció en su sillón, mirando preocupada hacia la puerta cerrada. Conocía a su amigo lo suficiente para saber que la semilla de la obsesión ya había sido plantada. La pregunta no era si Alastor eventualmente haría algo al respecto, sino cuándo y qué tan desastrosas serían las consecuencias.
En las calles del barrio caníbal, Alastor caminaba con sus manos entrelazadas detrás de su espalda, tarareando una melodía jazz que su bastón amplificaba en ondas de sonido que rebotaban por los callejones. Su mente ya estaba trabajando, catalogando cada detalle del encuentro con Lucifer, cada matiz de su comportamiento, cada pequeña revelación.
La espina estaba clavada profundamente, y Alastor sabía por experiencia que las espinas no sanaban ignorándolas. Eventualmente, había que extraerlas o dejar que se infectaran en algo más grande.
Por ahora, simplemente observaría. Aprendería. Y cuando llegara el momento oportuno, cuando tuviera suficiente información y la estrategia correcta...
Bueno, entonces vería si era posible hacer que el rey del Infierno dejara de estar aburrido. Después de todo, el entretenimiento era lo que Alastor hacía mejor.
Pasaron exactamete cinco días antes de que Alastor admitiera para sí mismo que la espina no solo no había desaparecido, sino que se había hundido más profundamente, infectándose con una obsesión que le resultaba imposible ignorar. Cinco días de intentar concentrarse en sus transmisiones radiales, en expandir su territorio, en cualquier cosa que pudiera distraerlo de los pensamientos recurrentes sobre el rey del Infierno.
Pero nada funcionaba.
Cada noche, cuando el Infierno se sumergía en su versión particular de oscuridad —ese tono carmesí que se oscurecía apenas lo suficiente para simular la noche— Alastor se descubría reproduciendo mentalmente cada segundo de su encuentro con Lucifer. Analizando cada palabra, cada gesto, cada matiz de expresión en ese rostro perfectamente angelical.
La sexta noche, Alastor tomó una decisión.
Estaba de pie en la terraza de su torre de transmisión, observando el horizonte infernal donde se alzaba, imponente y distante, la mansión del rey. Era imposible no verla; dominaba el centro de la Ciudad Pentágrama como una joya oscura engarzada en el corazón del caos. La estructura era una amalgama imposible de arquitectura gótica y art déco, con torres que se retorcían hacia el cielo perpetuamente rojo y ventanas que brillaban con luz dorada.
—Esto es una terrible idea —se dijo a sí mismo en voz alta, su voz radiofónica resonando en el aire nocturno.
La estática a su alrededor crepitó en acuerdo.
—Rosie me mataría si supiera lo que estoy a punto de hacer.
Más estática, esta vez en un tono casi de advertencia.
—Y sin embargo...
Alastor cerró los ojos, permitiéndose un momento de honestidad brutal consigo mismo. Sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué. No era solo curiosidad. No era solo el desafío. Era algo más fundamental, más visceral. Durante toda su existencia, mortal e inmortal, Alastor había sido el que dictaba los términos, el que controlaba el juego. Pero Lucifer lo había evaluado, categorizado y descartado con una facilidad que había herido algo profundo en su ego.
Y Alastor necesitaba... ¿qué exactamente? ¿Validación? ¿Reconocimiento? ¿Una segunda oportunidad de demostrar que era más que un demonio recién llegado con ilusiones de grandeza?
—Patético —murmuró para sí mismo, aunque su sonrisa nunca flaqueó—. Absolutamente patético. Y sin embargo, aquí vamos.
Se disolvió en sombras y estática, reapareciendo en el nivel de la calle. Comenzó a caminar con pasos decididos hacia el centro de la ciudad, su bastón repiqueteando un ritmo constante contra el pavimento infernal. Las calles estaban relativamente vacías a esta hora; los demonios más débiles se escondían en sus refugios, mientras que los más peligrosos acechaban en los callejones, cazando o siendo cazados.
Ninguno se atrevió a acercarse al Radio Demon.
El camino hacia la mansión de Lucifer lo llevó a través de varios distritos. Pasó por el barrio de los señores supremos, donde edificios imponentes competían por dominar el horizonte con arquitectura cada vez más extravagante y amenazante. Atravesó el distrito comercial, donde incluso a esta hora los negocios infernales permanecían abiertos, vendiendo todo tipo de servicios y productos de dudosa legalidad —aunque la legalidad era un concepto bastante flexible en el Infierno.
Finalmente, después de casi una hora de caminata —Alastor había rechazado deliberadamente el uso de sus poderes de teletransportación, necesitaba el tiempo para pensar— llegó a la base de la colina donde se alzaba la mansión real.
Y allí se detuvo.
Porque entre él y la mansión había una verja de hierro negro que se extendía en ambas direcciones hasta donde alcanzaba la vista, decorada con símbolos angélicos retorcidos y runas que brillaban con un poder antiguo y terrible. Las puertas principales eran monumentales, flanqueadas por estatuas de ángeles caídos que parecían seguir con sus ojos de piedra cualquier movimiento.
Y frente a esas puertas, había guardias.
No eran demonios ordinarios. Alastor reconoció inmediatamente la naturaleza diferente de estas criaturas: eran constructos, seres formados directamente de la voluntad de Lucifer, armaduras vivientes que rezumaban poder celestial corrupto. Cada uno medía al menos tres metros de altura, portaba lanzas que chisporroteaban con energía divina oscurecida, y sus cascos no tenían aberturas para ojos, solo una oscuridad vacía que de alguna manera parecía ver todo.
Alastor se acercó con la confianza que no sentía completamente, manteniendo su postura erguida y su sonrisa perfectamente calibrada.
—Buenas noches, caballeros —saludó con su voz más encantadora—. Vengo a solicitar una audiencia con Su Majestad.
Los guardias no se movieron. No respondieron. Simplemente permanecieron en sus posiciones, tan inmóviles como las estatuas que los flanqueaban.
—Comprendo que es tarde —continuó Alastor, sin permitir que el silencio lo desanimara—. Y que probablemente no tengo cita previa. Pero estoy seguro de que si simplemente le informan al rey que el Radio Demon solicita un momento de su tiempo, él...
—No —dijo una voz que pareció emanar de ambos guardias simultáneamente, resonante y completamente desprovista de emoción—. Acceso denegado.
La estática alrededor de Alastor chirrió con irritación.
—¿Ni siquiera van a consultar con Su Majestad? —preguntó, manteniendo un tono educado aunque su paciencia comenzaba a agotarse—. Parece bastante presuntuoso de su parte asumir que el rey no querría verme.
—El rey del Infierno no recibe visitantes no programados —respondieron los guardias al unísono—. Retírate o serás removido por la fuerza.
Alastor consideró sus opciones. Podía intentar forzar su entrada, pero incluso con su considerable poder, enfrentarse a constructos creados directamente por Lucifer parecía extraordinariamente imprudente. Además, llegar a una audiencia cubierto en polvo de guardias destruidos probablemente no causaría la mejor primera impresión.
Bueno, segunda impresión, técnicamente.
—Muy bien —dijo finalmente, dando un paso atrás—. Entiendo. Las reglas son las reglas. Pero, ¿sería posible al menos dejar un mensaje para Su Majestad?
Los guardias permanecieron en silencio por un momento, como si consultaran mentalmente con alguna autoridad superior.
—Mensajes deben ser presentados por escrito en la oficina administrativa durante horas de operación —respondieron mecánicamente—. Lunes a viernes, 9 AM a 5 PM. No se aceptan mensajes verbales.
Por supuesto que no, pensó Alastor. Incluso el Infierno tenía burocracia.
—Encantador —murmuró, girando sobre sus talones—. Absolutamente encantador.
CONTINUARÁ