Prólogo
Soñar es uno de los actos más comunes del mundo. Y también uno de los más peligrosos.
Cada noche, al cerrar los ojos, la mente se desprende del cuerpo. La conciencia se afloja. La realidad pierde firmeza.
La mayoría regresa sin notarlo. Despierta. Olvida.
Pero hay sueños que no se limitan a existir. Sueños que se deforman. Que se alargan más de lo debido. Que no deberían sostenerse... pero lo hacen.
Hay lugares que nacen así. No por maldad. Sino por error.
No se entra caminando. No se entra despierto. Se entra cuando la mente está lo suficientemente abierta. Cuando el sueño es profundo. Cuando la conciencia no termina de soltarse.
Allí, el mundo no es estable. Respira. Cambia. Se moldea alrededor de quien lo pisa. Las cosas no siempre son lo que parecen. El suelo puede ceder. Las paredes pueden observar. Y aquello que habita en ese lugar aprende de quien llega.
A veces, algo responde.
No con palabras.No con voz. Sino con una certeza imposible de ignorar.
Un eco.
Quien lo sigue, rara vez vuelve igual. Y cuando algo regresa...la realidad ya no es la misma.
Se agrieta. Se debilita. Se vuelve blanda.