1 | Camino a la verdad.
Axel
¡RIIING RIIIIING!, ¡RIIING RIIIIING!, ¡RIIING RIIING!
La alarma estaba sonando; me levanté asustado a apagarla como todas las mañanas. Un sonido molestamente necesario.
Estiré mi mano fuera de la cama y conseguí apagar la alarma de mi celular. Segundos después me puse de pie y seguí la misma rutina de todos los días: bañarme, vestirme, alimentar a mi gato, desayunar, cepillarme los dientes. Todo eso en un silencio que solo era interrumpido por mi gatito, Chimino. Repasé mentalmente mi horario, hoy tocaba Álgebra a primera hora y después Literatura.
Literatura. La clase donde Johan se sienta tres lugares delante de mí. Siempre lo observo haciendo algún comentario sobre lo aburrido que esta en voz baja cuando el profesor se distrae. Llevo observándolo discretamente desde que íbamos juntos en la preparat...
Meooooow.
Okay, Chimino devolviéndome a la realidad.
—¿Qué pasa? —me acerqué.
Chimino ya no maulló. Se frotó contra la mesa y caminó hacia la entrada. Fruncí el ceño; eran las siete de la mañana, demasiado temprano para tener visitas. Me acerqué a la puerta con cuidado de no hacer ruido.
TOC TOC TOC
—¡Mierda! —Bien, si es un asesino, ahora sabrá que sí hay alguien en casa. Aunque, ahora que lo pienso, ¿los asesinos no tocan la puerta de sus víctimas, cierto? Quién sabe, tal vez este sea un asesino con modales.
Céntrate, Axel.
—¿Quién es? —pregunté, temiendo lo peor.
—Soy yo, Johan. ¿Podrías abrir?
Espera, ¿qué? ¿Ese Johan? Abrí la puerta rápidamente y lo vi: estaba golpeado y su ojo se miraba hinchado. Me había puesto nervioso hace unos momentos al escuchar su voz, pero ahora solo estaba preocupado.
Johan
Jamás había estado en la casa de Axel, pero la reconozco porque paso por ahí todas las mañanas y lo veo saliendo. Axel y yo no somos cercanos, pero mi primer instinto fue aparecer aquí. Quizá porque siempre lo veo ayudando a los demás; transmite esa sensación de ser alguien en quien puedes confiar, incluso cuando todo se está cayendo a pedazos.
Tal vez estoy siendo muy desconsiderado al aparecerme en su casa sin avisar. Me arrepentí de haber venido en cuanto toqué la puerta —que toqué bastante fuerte, de hecho—. Segundos después de escucharlo maldecir y decirle que era yo, abrió la puerta y me repasó con la mirada de pies a cabeza. Sinceramente, ya estaba acostumbrado a que me mirara así, siempre lo hacía. Es un poco extraño ya que me mira directamente sin despegar sus ojos de mí, daba escalofríos. Ahora que estoy frente a él, me doy cuenta de que sus ojos son de color azul grisáceo.
—¡¿Estás bien?! —preguntó, cortando mis pensamientos.
—Sí, estoy bien, no te preocupes —traté de sonreírle—. Solo... necesito un favor.
Axel asintió con la cabeza.
—Claro, lo que necesites.
—Te quería preguntar... si... —Dios, qué incómodo es todo esto. Desvié la mirada a cualquier otra cosa y después volví a mirarlo—. ¿Me dejas quedarme solo por hoy en tu casa? Sé que es raro, ya que no nos conocemos mucho ni somos cercanos, pero no me quedaría mucho tiempo, me voy por la mañana. Te puedo pagar. Solo necesito un lugar donde pasar la noche y, si no quieres, igual está bie...
—Sí, puedes quedarte.
—¿Eh?
—Que puedes quedarte.
—¿Eh? —repetí como idiota.
—Tengo una habitación libre, te puedes quedar ahí e irte cuando quieras. Y respecto al pago, no es necesario. Pero te agradecería si compraras comida, mi refrigerador tiene como un mes con solo comida recalentada que me da mi mamá.
Por fin reaccioné. La verdad, no me esperaba que dijera que sí; tenía pensado ir a un hotel cuando me rechazara, pero valió la pena intentarlo.
—Te limpiaré las heridas y después nos vamos, ¿de acuerdo? —Asentí—. Ven, sígueme.
Lo seguí dentro de su casa y, al pasar por su habitación —que tenía la puerta abierta—, noté que había varios pósters de bandas y películas en las paredes. Llegamos hasta el baño y vi que sacó una... ¿bolsa de unicornios? No pude evitar soltar una carcajada y Axel me fulminó con la mirada.
—Mejor cállate si no quieres dormir en la calle.
—Sí, lo siento —dije entre risas.
Axel pasó por mi lado y me dio un golpecito con su bolsa —hermosa, por cierto— y lo volví a seguir hasta la cocina.
—Siéntate —ordenó con la cara roja. No sé si era por el enojo o de vergüenza, pero obedecí y me senté en una silla frente a él.
—¡AUCH! —El muy idiota me estaba presionando la herida.
—¿Ahora quién se ríe? —dijo con una gran sonrisa, como si estuviera disfrutando mi dolor. Anotado: no reírme de la bolsita de Axel.
—Lo siento, ¿te lastimé? —Su voz se volvió tenue y su cara cambió a una de preocupación.
—Está bien, me lo merezco. Los unicornios merecen más respeto.
—Idiota —sonrió—. Es un regalo de mi madre.
Lo vi sacar algodón y alcohol de la dichosa bolsa, así que supongo que es algo así como su botiquín de primeros auxilios. Me pasó el algodón por debajo del ojo e hice una mueca de dolor.
—No te muevas —dijo, concentrado en limpiar mi herida—. ¿Qué fue lo que pasó para que tu ojo terminara así?
—Tropecé y me caí de unas escaleras —mentí—. Al caer, mi ojo se golpeó con una gran roca; por eso prefiero no ir a casa. Mis padres se preocuparían.
—Johan, no soy estúpido. Sé reconocer un golpe cuando lo veo —me estaba observando fijamente—. Pero está bien, no me debes explicaciones de nada. Bueno, un poco sí... es decir, apareces en mi casa de la nada; sí quiero una explicación, pero puedo esperar a que me la des. Una real.
—Gracias —sonreí.
—Bien, eh, creo que ya está. —Lo vi apartarse para ir al baño a guardar las cosas y después regresó conmigo—. Se nos hará tarde, hay que irnos —dijo Axel, que por alguna extraña razón evitaba mi mirada.
Salimos de su casa y él entró a su auto, así que copié su acción. Estaba conduciendo en silencio, así que me daba tiempo de pensar. ¿Qué haría si en este momento empezaran a llegar zombies? Probablemente le diría a Axel que los atropelle. Sí, después correría por encima de las casas, así no me atraparían; aunque creo que no es posible que los cadáveres salgan del cementerio, y si lo hicieran no durarían mucho ya que estarían en estado de descomposición. Pero si fuera un hongo como el que controla el cerebro de las hormigas, me daría mucho miedo y probablemente me cortaría el cuello para acabar con mi sufrimiento. ¿Qué haría Axel si eso llegara a pasar? Le tendré que preguntar después. Ni me di cuenta de que ya habíamos llegado y estábamos en el estacionamiento.
Axel
Por fin llegamos y me despedí de Johan. En todo el camino estuve pensando en lo que pasó en mi casa. Veníamos en un silencio agradable, como si esta fuera nuestra rutina diaria, pero solo tenía una cosa en mente: ¿él también habrá sentido esa electricidad cuando me acerqué más? Esa tensión que tenía el efecto de un imán y de alguna forma me impulsaba a seguir acercándome a él. Bueno, no creo que él se haya dado cuenta.
—Tierra llamando a Axel. ¿Hay alguien ahí o te quedaste atrapado en el multiverso de Álgebra?
Me sobresalté al escuchar la voz de Sasha, estaba frente a mí, apoyada en un casillero con los brazos cruzados. Me estaba poniendo nervioso, seguramente tiene intenciones de interrogarme. A su lado, Ulises masticaba un chicle y me observaba con los ojos entrecerrados. ¿Es que ahora voy a tener que dar explicaciones de hasta cuántas veces fui al baño?
—Hola —dije, tratando de sonar tranquilo mientras abría el casillero.
—"Hola", dice —Sasha soltó una risita y me repasó con la mirada—. Axel, tienes unas ojeras que llegan hasta el piso y llegaste con Johan.
—¿Alguien se la pasó muy bien anoche, eh? —le siguió Ulises.
—Lamento decepcionarlos, pero no estuvo en mi casa por la noche; las ojeras son por Chimino. Y les recuerdo que es hetero y, aparte, tiene novia.
—Entonces, ¿por qué llegaron juntos?
—Es una larga historia. Se va a quedar unos días en mi casa, o eso creo, aún no lo hemos hablado bien.
—Increíble —dijo Sasha—. Que tu crush se quede en tu casa es muy de T/N.
—Por favor, no le cuenten de esto a nadie —los corté, cerrando el casillero con más fuerza de la necesaria.
—Axel, sabes que no lo haríamos.
Justo en ese momento Johan pasó por el pasillo. Iba rodeado de sus amigos, riendo de algo que decía Elena. Su risa se congeló un milisegundo y me sonrió incómodamente.
—Vaya... —Ulises fue el primero en hablar—. ¿Soy yo o eso se sintió raro?
—No eres tú —le respondió Sasha—. Axel, necesitamos todos los detalles.
Sasha me miraba con los ojos entrecerrados esperando a que soltara todo, y cuando estaba a punto de decirle, sonó la campana. Nunca me había alegrado tanto que iniciaran las clases.
—Adiós —dije, y me fui casi corriendo a mi aula.
Llegué y me senté en el lugar de siempre. La clase fue monótona y el profesor se paseaba por el salón explicando no sé qué. No puse mucha atención; tenía mi mente ocupada en otras cosas.
ーーー ❌️
Por fin acabaron las dos horas de Álgebra y solo puedo decir que fueron las dos horas más largas de mi vida. Salí del aula y me dirigí a Literatura. Cuando llegué, Johan ya estaba sentado con Elena al lado y pude ver un leve movimiento en sus labios, estaba sonriendo con su cara girada hacia la de su novia y ella le susurraba algo con preocupación mientras acariciaba su ojo hinchado.
Dejé de mirarlos. No puedo creer que fui tan estúpido como para creer que, de la nada, se iba a enamorar de mí. Ahora mismo me siento como Conan.
Pasaron las siguientes clases y evité toparme con Ulises, Sasha, Johan o cualquier otra persona. Siento el estómago revuelto. Creía que lo del dolor en el pecho después de alguna decepción amorosa era solo una metáfora que utilizaban las personas para referirse a que les "habían roto el corazón", pero ahora que lo siento, veo que es real, y no puedo evitar sentirme tan idiota. Es que, ¿cómo me voy a ilusionar con solo una interacción que tuvimos? No tiene sentido.
Ya era de noche, así que me fui a mi auto. Al salir del estacionamiento lo vi, Johan parado junto a un poste. Del susto casi escondo mi celular; parecía un delincuente acechando a su víctima. Me estacioné frente a él y bajé el vidrio. Duele verlo, pero tampoco soy tan hijo de puta como para dejarlo a su suerte después de que me pidiera ayuda. Aparte, no es culpa de él que yo me sienta así.
—¿Nos vamos? —pregunté.
—Claro —me dedicó una sonrisa y se dio la vuelta para subir—. Tengo hambre, ¿tú no?
—No mucha.
—¿Quieres que vayamos a cenar? —Johan se encontraba apoyado en la ventana del copiloto sin entrar todavía al auto.
—Estoy cansado. ¿Y si compramos algo para comer en casa?
—Está bien, pero yo conduzco.
No me dio tiempo de pensarlo. En un abrir y cerrar de ojos, él ya estaba parado en mi puerta esperando a que yo bajara, y eso hice. Dios, mi pobre auto. Le dediqué una mirada de advertencia y me subí al asiento del copiloto.
—Tranquilo, no es como si fuera la primera vez que hago esto —movía los espejos distraídamente, lo que aumentaba mi preocupación—. Este bebé quedará intacto.
—¿Qué me asegura que las otras veces que has conducido no has atropellado a alguien? Y no le digas "bebé" —puse los ojos en blanco.
—Te lo aseguro yo.
Fue lo último que escuché. Me alcancé a agarrar con todas mis fuerzas del asiento cuando Johan aceleró. Estaba conduciendo como si viniera un demonio siguiéndonos.
Creo que estos son mis últimos momentos. Fue una linda vida; adiós mamá, adiós Chimino.
Estaba aferrándome a la vida con los ojos cerrados cuando habló.
—Tranquilo, conduciré más lento —dijo, y pude escuchar la risa en su voz. Genial, ahora se burla por segunda vez en el día.
Lo miré mal y me señaló la ventana con la cabeza. ¿Por qué tenía que verse aún mejor con la luz de la luna? Lo odio. Cuando volteé y miré a través del vidrio, vi la ciudad: las luces de las casas, las calles llenas de autos, los edificios. Puede que no suene como la gran cosa, pero juro que la vista es hermosa. Me quedé admirando hasta que pasamos por una zona donde había restaurantes de comida rápida.
—¿Quieres algo de aquí? —preguntó Johan, reduciendo la velocidad.
—Sí, lo que sea está bien, mientras no sean mariscos —hice una mueca de asco.
—Se me olvida que tienes un pésimo gusto —dijo, y puso los ojos en blanco.
Johan se detuvo en un autoservicio de un restaurante de hamburguesas y pidió una cantidad absurda de estas y de papas fritas; la misma cantidad que pediría alguien que no ha comido en una semana entera.
—¿De verdad vas a comer todo eso?
—No me comeré todo, también voy a compartir contigo. Lo compré para los dos —me miró—. Aparte, hoy necesito calorías, no me juzgues —regresó la vista al frente y se encogió de hombros.
—Johan, ¿podemos hablar de lo que pasó esta mañana? —Noté que su cuerpo se tensaba al oír eso.
—¿Y qué ha pasado exactamente?
—Sabes a qué me refiero. Y no es por presionarte, pero tarde o temprano tendrás que hablar del tema. No sé si es algo grave o si solo fue una pelea escolar, y tampoco sé por qué elegiste quedarte conmigo teniendo tantas opciones. Necesito respuestas, Johan.
—Ni siquiera yo lo sé.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—No... es solo que... tienes razón. No sé por qué mi primer instinto fue aparecerme en tu casa. Me sentí tan ridículo cuando abriste la puerta y noté que lo que acababa de hacer era una estupidez. No sabes lo bien que me sentí cuando aceptaste que me quedara, porque si estás cerca todo se siente diferente, más real. Siempre noto tus miradas porque te observo más de lo que me gustaría admitir —sonrió—, solo que yo sé disimular.
Me quedé en blanco. No sé qué decir al respecto. ¿Esto es algo así como una declaración o estoy alucinando? Lo tomaré como que le caigo muy bien; no quiero malinterpretar las cosas e ilusionarme más.
—¿Axel?
—Sí, perdón.
—No sé si quieras escuchar lo del golpe. Es... complicado.
—Lo entenderé si me lo explicas. Quiero ayudarte y para eso necesito saber la verdad.
Johan se detuvo en un semáforo en rojo. Estábamos a solo unas calles de mi casa. Apartó la vista del frente y me miró fijamente; su mirada sobre mí ardía con una intensidad que hizo que se me revolviera el estómago.
—¿Y si la verdad es peor que la mentira? ¿Te irías? —Su voz era baja—. Si te digo lo que realmente pasó, ¿te asustarías y me pedirías que me largue?
Podía escuchar el temor en su voz. Inmediatamente recordé lo de esta mañana: por la manera en la que llegó, era evidente que no huía de una simple pelea.
—No voy a asustarme —le aseguré—, pero necesito un mapa, Johan. No puedo ayudarte si no sé hacia dónde estás corriendo.
Se quedó mirando el volante por un largo momento, como dudando si debería contarme o no. El semáforo se puso en verde, pero él no se movió; los autos detrás comenzaron a tocar la bocina. Y entonces reaccionó. Condujo en silencio hasta llegar a mi aparcamiento. Una vez ahí, nos quedamos dentro del auto sin decir nada hasta que él habló.
—¿Quieres un mapa, Axel? Pues aquí está.