Entre el deber y lo filial
Nuestro deber.
(…)
Su deber era morir por el bien de todos.
Su deber era guiar a su gente.
Ambos fracasaron, condenando toda su especie.
(…)
Las hadas eran consideradas de gran longevidad por los seres humanos. Su larga vida no podía compararse al soplo de un simple humano, viviendo fácilmente más allá de los 500 años.
La tierra de las hadas estaba protegida y escondida de las demás especies, siendo una tierra inexplorada que solo ellas conocían.
La tierra de las hadas se consideraba un paraíso lleno de tesoros, pero también un lugar donde el tiempo se estancaba.
Pero incluso las cosas más estáticas cambian en algún momento.
(…)
— Mmm.
Paluz miró la fila de jóvenes hadas, todos hijos suyos y con rasgos algo similares. Estos fácilmente sobrepasarían los 50.
Detrás de él iba el sirviente a cargo de todos ellos.
El ambiente, lejos de ser alegre, proveía una pesadez en todos los presentes.
Miró con detenimiento a cada uno mientras pasaba a su lado, no se perdió ningún detalle.
Miró al encargado una vez terminó.
— Me informaste que encontraste al que portaba el gen, ¿Cuál de todos ellos es?
El hada de alas verdes asintió.
— Sí, su majestad, ya te lo muestro.
Hizo un ademán, un niño salió de la fila de niños y niñas, poniéndose a su lado.
Cabello plateado y ojos azules sin emoción aparente. Era uno de los pocos que no tenía alas, algo que lo hacía destacar un poco entre la multitud.
El hombre lo presentó.
— Este es el portador del gen savia, su majestad. Tiene 6 años.
— Ya veo, así que es él…
Una vez confirmó el hecho, colocó la mano sobre su joven hombro. Lo miró a los ojos.
— Escucha, a partir de ahora tu existencia estará destinada a alimentar la vida de nuestra especie. Serás quien nos proteja y cuide del resto de este mundo.
“Así que siéntete orgulloso”
(…)
La vida pacífica de las hadas tenía un precio.
La tierra donde vivían hace mucho había muerto. La mantenían viva gracias al sacrificio de un hada especial que portaba un gen igual de exclusivo.
El gen savia le otorgaba una vitalidad avasallante, siendo el individuo perfecto para convertirse en el que entregue vida a la tierra de las hadas.
Solo los herederos del rey podían tener este gen, y solo uno de sus muchos hijos nacía con él.
En cada generación se seleccionaba al portador del gen y se esperaba a su maduración para su posterior sacrificio.
En sus tiempos, se hizo lo mismo con uno de sus hermanos.
Ahora él lo haría con uno de sus hijos.
(…)
Un lago esmeralda se reveló una vez se traspasó la puerta de abedul con el niño detrás de él.
— Este es el lago esmeralda. Refina el maná en tu cuerpo y lo vuelve el doble de eficiente. En el pasado los humanos intentaron apropiarse de él.
Por eso nunca desactivaban la barrera, ni tampoco dejaban entrar humanos a sus tierras.
— Hmm.
El niño miró el hermoso lago de verdor lleno de vida. Miró a Paluz.
— ¿Puedo tocarlo, su majestad?
— No te traje solo para que lo miraras.
El niño entendió, dando un paso al frente. A orillas del lago, se arrodillo y asomó la cabeza al agua brillante.
PLOF.
Ah.
Metió su cabeza de golpe dentro del agua, bebiendo como un hombre sediento que encontraba agua después de días sin hidratarse.
Le resbaló una gota.
De todas las formas de beber, no esperaba que él lo hiciera así.
— Pff…
Cubrió su boca antes de que una risa de filtrara. Eso no sería profesional.
Después de unos minutos en donde el niño seguía con la cabeza bajo el agua, decidió intervenir tirando de su hombro. El chico sacó su rostro empapado.
— No es necesario beber mucha para que haga efecto, un poco basta.
Cruzó las piernas mientras se sentaba a la orilla.
— Ahora hay que digerirlo para que funcione mejor. Tienes que hacer circular tu maná por todo tu cuerpo para absorberlo bien.
El chico asintió, imitándolo. Su obediencia muda fue casi adorable.
Miró el maná que supuraba como llamas violentas de sus poros. Suspiró.
— No tienes que ser agresivo. Solo déjalo fluir suavemente, sin forzarlos, déjalo recorrer tu cuerpo como si fuera la corriente de un río tranquilo…
Amasó sus hombros y calmó su energía violenta. Lo sintió relajarse bajo sus manos.
— Recuerda, debes madurar lo mejor que puedas para mantener viva nuestra especie.
El chico asintió.
— Desde ahora tu nombre es Offering, morirás para que el resto de nosotros vivamos.
El silencio siguió al asentimiento del muchacho. Así nada más aceptó su cruel deber. Su fuerza de voluntad le pareció extraordinaria.
Es un chico muy valiente.
— Buen chico.
Su mano estuvo a punto de entregar unas palmaditas a su cabeza, pero a un centímetro de tocarlo se congeló.
Casi lo olvido…
Retiró la mano.
Este chico no es mi hijo, está destinado a sacrificarse por nuestra especie.
No debería demostrarle ninguna muestra de afecto, por más minúscula que fuera.
— Tu sacrificio será recordado por las siguientes generaciones. No olvides el deber que recae sobre tus hombros, Offering.
Otro asentimiento.
— Está bien, ya podemos irnos. Has digerido bien el agua del lago.
— Sí, su majestad.
Puesto en pie, se dirigió a la puerta, esperando que él lo siguiera.
Offering lo siguió, pero en el trayecto sus ojos se movieron a su mano derecha, la que estuvo a punto de tocarle la cabeza.
Tocó su propia cabeza.
(…)
El tiempo pasó.
— Un hada madura debe saber usar la magia más complicada, pero también debe ser fuerte físicamente.
Lo vigiló mientras balanceaba la espada, algo muy raro entre las débiles hadas que no entrenaban sus cuerpos. Además de él, no existían muchos que tuvieran habilidades de combate decentes.
Mirando cómo entrenaba su esgrima, echó un largo suspiro.
— Así no es.
— Ah.
Se colocó detrás de él y corrigió sus manos.
— Gastas mucha energía y esfuerzo en movimientos innecesarios. Buscar la eficiencia es primordial para ahorrar energía. El agarre también aporta mejor control de la espada…
— Sí.
— Ahora vuelve a intentarlo, esta vez tratando de ser más preciso.
— Sí, su majestad.
Lo volvió a intentar. Hizo un swing limpio y hermoso en el aire. Esta vez salió mucho más eficiente que al principio. Le aplaudió.
— Bravo, ya lo aprendiste tan rápido. Eres un aprendiz excepcional.
Si no estuvieras destinado a morir por nosotros, entonces habrías sido un gran guerrero. Quizás el mejor de todos nosotros.
Pellizcó su muslo. Disipo esos pensamientos apenas llegaron.
Miró el reloj en la pared.
— Ah… me tengo que ir, tengo trabajo que hacer. No descuides tu práctica. Recuerda el deber que tienes sobre tus hombros, Offering.
— Sí.
De camino a la salida, su mano por poco toca su cabeza. Retrajo los dedos. Una vez más estuvo a punto de caer.
— Adiós.
— Adiós, su majestad.
¿Cuántas veces iba a olvidar que ese chico no era su hijo?
(…)
Echó una mirada a su hermano dormido en el altar de piedra, arropado por enredaderas y flores azules.
Tocó su mejilla, la cual dejó una sensación helada en la yema de sus dedos. Sus hombros decayeron.
Falta poco para que muera…
Para ese entonces, Offering ya debería haber madurado lo suficiente para reemplazarlo.
El rostro de su hermano era pacífico, pero sabía que aún estaba consciente. Todos los sacrificios lo estaban hasta el día que morían. Al menos podía estar aliviado de que durmieran, lo que aliviaría un poco su dolor causado por la extracción constante de vitalidad.
Tocó su frente.
— Pronto podrás descansar, hermano.
Su deber pronto terminaría.
(…)
— Has crecido bastante.
Dijo después de darle la bienvenida de su viaje a las cavernas para su crecimiento.
Ya no miraba desde arriba, ahora debía estirar el cuello para mirarle el rostro.
Su cabello también se dejó crecer, plateada y brillante como su espada. Vestía un uniforme blanco, el uniforme oficial de todos los sacrificios.
— He hecho el esfuerzo en crecer bien, su majestad.
En señal de respeto, hizo una reverencia y recogió su mano. Un beso fue plantado en sus nudillos como muestra de su lealtad.
El interior de Lapuz se sobresaltó, pero lo disimuló bien.
Una vez retiró su mano, dijo:
— Quedan dos años antes de que el anterior sacrificio, mi hermano, muera. ¿Estás listo para ese momento?
— Estoy preparado, su majestad.
Alegó firme y calmado. Se maravilló de tal compostura. Ese autocontrol era raro de encontrar, aun entre los sacrificios más obedientes del pasado.
— Tu sacrificio no será en vano.
— Lo sé.
Buen chico.
Siempre tan obediente…
…aun cuando hablaba de su propia muerte.
Su mano se quedó suspendida antes de tocar su cabello. Nuevamente estuvo a punto de meter la pata. ¿Qué parte de él nunca entendía su rol aquí?
Devolvió su mano.
— Estos últimos dos años estarás en mi palacio descansando, tienes que estar en tu mejor condición para ese día.
— Obedeceré.
— Bien.
El reloj comenzó a contar su escaso tiempo.
Después de todo, 2 años era como un soplo para las longevas hadas.
(…)
Para conmemorarlo, se pensó pintar un retrato de Offering para agregarlo al salón de las memorias, un salón que albergaba los cuadros de los anteriores sacrificios.
Esto era parte de la tradición, así que pasarlo por alto no era una opción. Así inmortalizaban a quienes dieron sus vidas por su especie.
Para ello empleaban el mejor pintor, quien hacía cada detalle exacto al original.
— Por favor, no te muevas y mantente firme.
Offering asintió, de espalda recta y mirada al frente. Se notaba a leguas lo nervioso y preocupado que estaba por no enojar al pintor. Paluz sintió algo de pena por él.
¿Uh?
Mirando el traje galante del caballero hada, miró una ligera imperfección en su manto blanco.
— Espera…
— ¿¡Mmm!? ¿Q-Qué pasa, su majestad? ¿Hice algo mal?
El pintor detuvo el pincel que estaba a punto de tocar el lienzo, cubierto de una capa de sudor frío.
Paluz no le contestó, sino que se llegó a Offering, estirando sus manos hacia su ropa.
— Aquí está arrugado.
Alisó la ropa con sus manos, quitando esa horrible imperfección que arruinaba la imagen de Offering. Lo dejó perfecto para el retrato.
Se retiró unos pasos, mirando su trabajo.
Sonrió.
— Ahora estás listo.
Se colocó detrás del pintor.
— Comienza.
— S-Sí, su majestad.
Atrás del lienzo, Offering tocó ligeramente el lugar recién arreglado de su ropa.
(…)
Llegó el día.
El día de la muerte de su hermano.
Y también del sacrificio vivo de Offering.
— Adiós, hermano, ya puedes descansar de tu deber.
Tocó la mejilla de su hermano, cuya calidez se redujo a nada.
Cerró los ojos, guardando silencio.
— Es hora.
— Sí.
Dos hadas guardianas retiraron a su hermano. Las enredaderas lo dejaron ir, habiendo sido despojado de toda vitalidad.
— Offering.
— Sí, su majestad.
Habiendo guardado silencio hasta este momento, dio un paso al frente.
Obediente, ocupó el lugar anteriormente ocupado. Las enredaderas laxas cobraron vida, enterrándose en su piel.
— Hk.
Las espinas rayaron su piel, succionando su sangre. El altar de piedra se cubrió de sangre espesa. Las flores azules afloraron una vez más.
Un brillo azul surgió del rojo, extendiéndose por el resto del mundo de las hadas, floreciendo a costa de la vida de Offering.
Tengo sueño.
El sueño persiguió a Offering. Su mirada se enfocó en el perfil de Paluz, quien se acercó a él.
— Su majestad…
Miró sus ojos una última vez.
— Adiós, y gracias, Offerin.
—…
Entregándole sus últimas palabras, cerró sus párpados, dando por terminada la ceremonia.
(…)
Los años pasaron. La vida siguió gracias a la abnegación de Offering, algo que todas las hadas entendían muy bien en el fondo de sus corazones.
— Su majestad…
— ¿Qué sucede? No te ves bien.
Su sirviente se veía algo alterado.
— Mire esto.
— Ah.
En su mesa fue colocada una flor marchita.
De por sí no era raro que una flor se marchitara, todo moría en algún momento, incluso las cosas más bellas.
Sin embargo, cómo se marchitó fue lo extraño.
La recogió.
— Está ennegrecida…
Como si la hubieran coloreado de hollín.
— ¿Dónde la encontraste?
— Cerca de los jardines reales. No es la única. También he visto otras así en otras ubicaciones…
— ¿A qué se debe esto?
— No tengo idea, pero parece envenenada.
— ¿Qué podría envenenar las flores aquí?
No había intervención humana de ningún tipo, y las plantas y animales que tenían eran perfectamente pacíficos.
— Hay que investigar a fondo esto. Busca otras señales como esta.
— Como ordene, su majestad.
Su sirviente abandonó la oficina. Volvió a mirar la flor en su mano.
Le causó una extraña nostalgia, pero ¿por qué?
¿Por qué huelo tu aroma aquí?
(…)
Las flores no fueron las únicas afectadas; los animales también lo fueron.
— Este conejo murió envenenado, su majestad.
El conejo tenía venas negras por todo su cuerpo, parecía haber agonizado antes de morir.
— ¿Es el único que ha visto?
El sirviente bajó la cabeza.
— Yo…no he visto animal exento. Además…
Su expresión se hizo aún más grave.
— También he visto algunas hadas con algunos síntomas similares.
(…)
Tuvo que haberlo visto venir.
Se extendió un veneno en el reino de las hadas, un veneno negro y corrosivo que formaba venas en los corrompidos. Se le llamó la corrupción.
Hacía efecto particularmente rápido, debilitando y carcomiendo las mentes de quienes corrompía. Pronto se comenzó una racha de muertes que las hadas no tuvieron cómo predecir ni evitar.
Apretó sus puños, mirando desde su balcón los corruptos siendo sometidos por los guardias. Estos se volvían agresivos y sin conciencia, solo para morir de forma inevitable unos días después.
Llevó una mano a su frente.
— No entiendo, ¿qué causa esto?
¿Quién los estaba envenenando?
Humanos no podían ser, la barrera seguía en pie, y nadie podía entrar sin que él lo supiera.
— El veneno se propaga por todos lados y no existe modo de evitarlo.
Incluso si los ciudadanos de aislaban, igual llegaba a ellos.
La corrupción debía tener un modo de extenderse aun a los que se escondían…
¿Era viral? ¿Existía algo que no afectara?
Iba por plantas, animales y hadas, ¡corrompía todo!
— Es como si estuviera en todos lados, como si no hubiera lugar al que no pudiera llegar…
Ah…
Algo chasqueó dentro de su cabeza.
—…veneno que se propaga por todos lados sin evidencia de sabotaje externo…
Solo existía un lugar que reunía esas características.
(…)
— Ah…
Las enredaderas ya no eran verdes, sino negras. También estaban corruptas por el veneno que corría por ellas y se propagaba al resto del reino.
Todo se originó en Offering. Todo fue debido a él.
Offering seguía hibernando, probablemente inconsciente de lo que hacía.
¿Pero por qué?
Tuvo una corazonada.
— ¿Acaso su cuerpo no quiere morir?
El gen savia en su sangre debería proveer los nutrientes para el reino de las hadas, pero lo único que hacía ahora era envenenarlos. ¿Era su respuesta a la creciente demanda? ¿Un modo de venganza silenciosa por ocuparla a su antojo?
A diferencia de la voluntad Offering, su cuerpo no quería morir, así que se defendía con uñas y dientes para evitar su destino.
Era la primera vez que algo así sucedía en la historia de las hadas.
Sus manos temblaron.
— Necesito desconectarlo.
¿Pero cómo?
— Si lo hago, entonces el reino perderá su soporte vital…
Entonces la tierra marcharía a su estado original. No podrían seguir viviendo allí.
Aleteó múltiples veces, incapaz de quedarse quieto.
— Pero si no lo hago, todos moriremos por el veneno…
Él era capaz de resistir la corrupción, pero el resto moriría si seguían expuestos.
Apretó sus dedos, quienes se negaban a quedarse quietos.
¿Qué debía hacer? ¿Cuál es la decisión correcta?
— ¿Debería preparar otro sacrificio? Pero no hay tiempo.
Incluso si quería adelantarse, un sacrificio no madurado no perduraría nada. Tampoco podía esperar a que creciera tranquilamente, el reino se tambaleaba hacia su destrucción con cada día que pasaba, el tiempo no le sobraba.
Miró a Offering, quien seguía durmiendo.
Se mordió el labio.
(…)
— Su majestad, debería reconsiderarlo…
— ¿Qué otra opciones tenemos? Si nos quedamos aquí, moriremos, tenemos que salir antes de que el veneno nos mate a todos.
— ¡Pero afuera es peligroso!
— ¿Aquí no? La población ha disminuido tanto que contamos con menos de 200 hadas. Necesitamos irnos a buscar nueva tierra.
— Pero eso es muy difícil. Los humanos y otras especies tienen el control afuera, seremos presa fácil.
— Incluso así, debemos hacer el intento. De hecho, deberíamos haber buscado nueva tierra mucho antes de que ocurriera este desastre.
“Tampoco soportaremos mucho más aquí…”
El resto de sirvientes se miraron nerviosos. El miedo los sobrecogió. Siempre vivieron escondidos del peligro, ¿ahora debían salir de su zona segura a buscar un nuevo hogar?
Pero nada de lo que dijeron convenció a Paluz de lo contrario.
(…)
Los sonidos comenzaron a resonar con mayor claridad. Volvió a sentir sus extremidades, las cuales llevaban mucho tiempo sin moverse.
Abrió los ojos, bajando el velo negro que llevaba desde hace varios años.
Vio un sitio lúgubre, con vegetación marchita y ennegrecida.
¿Qué pasó?
Parpadeó unas cuantas veces y se levantó de su lecho. Las enredaderas cayeron sin resistencia, ya totalmente muertas. Las flores azules ya no estaban por ningún lado.
— ¿Qué…?
¿Por qué todo se veía tan muerto? ¿Pasó algo malo de lo que no se enteró?
Todo era tan silencioso.
No le gustó.
Saliendo del altar, caminó fuera de la cueva, echando a un lado la cortina de seda. Vio el comienzo de los pasillos reales.
No escuchó a nadie.
Siguió caminando.
Los pasillos del palacio no tenían guardias ni sirvientes a la vista. Ni siquiera podía oír el canto de los pájaros o el chirriar de los insectos que usualmente alegraban el reino en las mañanas.
¿Dónde están todos?
Las baldosas del castillo se veían viejas, como si muchos años hubieras pasado ya. La brillantez del pasado se convirtió en un mero recuerdo lejano.
Después de caminar un rato y explorar todo el palacio, entró por la puerta que daba al lago esmeralda. No supo exactamente por qué llegó allí de todos los lugares.
Una vez pasó la puerta envejecida, se encontró frente a un lago gris y falto de brillo, el cual una vez brilló tanto como las propias gemas.
En la orilla estaba alguien de túnicas blancas.
Contuvo la respiración.
Esa persona giró la cabeza, ojos blancos se enfocaron en él.
— ¿Despertaste?
—…
Fue el único que se vio igual en medio de un sitio en ruinas.
Los dedos de Offering se retrajeron numerosas veces.
— Acércate.
Obedeció al instante, sin preguntas, sin dudas, solo obedeció su voz.
— Siéntate.
Palmeó su lado. Él ocupó el lugar, colocándose en cuclillas. Aun sentado debía mirar abajo para verle la cara.
Hubo un momento de silencio, en donde solo miraron el lago gris.
Pero la voz de Offering no podía mantenerse escondida mucho más.
— Su majestad, ¿qué…qué pasó aquí? ¿Dónde están todos? ¿Por qué todo se ve así?
— Pasaron muchas cosas.
Muchas cosas.
— ¿Por qué todo se ve así?
—…
Adentró su mano al agua, moviendo lo que alguna vez fue hermoso.
— Digamos que…tu cuerpo no quería morir.
— ¿Qué?
¿Su cuerpo…no quería morir? ¿Cómo así?
— ¿A qué se refiere exactamente?
Paluz dio una sonrisa vacía.
— En vez de dar vida, extendió veneno por todo el reino… Fue una plaga terrible que afectó todo aquí.
— ¡…!
¿Qué?
¿Él hizo qué…?
— Yo… ¿hice eso?
¿Envenenó su hogar? ¿A sus hermanos? ¿A su gente?
— Como las cosas empeoraron, decidimos buscar otro lugar donde vivir.
Una sonrisa crítica apareció en sus labios.
—…pero no funcionó. No importa a donde fuéramos, siempre éramos acosados por los humanos. Además de mí, el resto de las hadas no eran fuertes ni resilientes. Cayeron uno a uno conforme pasaba el tiempo…
Arrancó una hierba seca.
— Solo quedé yo. Al final, regresé a este lugar. También fui yo quien corté el origen de las enredaderas que te ataban.
—…
¿Todo eso pasó…?
— Sabes, llevas 15 años durmiendo. Nuestra especie era tan débil que ese tiempo bastó para empujarnos a estos extremos…
Offering bajó la cabeza, arrepintiéndose con cada respiro. Sus hombros temblaban, llevando un peso insoportable de culpa.
Bajó la cabeza, humillándose en tierra.
— L-Lo lamento, lo lamento mucho, su majestad. Yo no quería…no pude cumplir mi deber para con nuestra gente, lo siento, realmente lo siento.
¿De qué sirve arrepentirse si todos ya están muertos?
Enterró las uñas en la tierra, causándose dolor a propósito.
—…Yo…merezco ser castigado, merezco morir por lo que hice—
— ¿Qué hay de mí?
— ¿Eh?
Con la pérdida arraigada a sus ojos, Paluz lo miró.
— No pude proteger a mis súbditos de los enemigos, y ni siquiera pude encontrarles un hogar, guiándolos a su destrucción.
Sonrió, pero no se sintió alegría en su sonrisa.
— Soy un pésimo rey… No me sorprendería que todos me odien en el más allá…
Las lágrimas corrieron.
— No pude hacer nada por ellos. Ni siquiera pude morir para acompañarlos.
Como rey hada, su poder iba mucho más allá de un hada normal. No murió por la corrupción, ni tampoco murió asesinado.
Por eso seguía aquí, atado a sus remordimientos.
— Su majestad…
Reprimió un gemido ahogado. Tomó sus manos, ahora mucho más pequeñas que las suyas.
— No se culpe… Usted hizo lo mejor que pudo.
— Pero no funcionó… Todos están muertos, todos excepto yo…
— Pero estoy aquí.
—…
Su mirada cambió a algo más.
— Te envié a morir por el resto de nosotros, ni siquiera deberías estar vivo.
— Pero lo estoy.
Miró el lago, ahora despojado de su antigua gloria.
— Yo provoqué esto. Fui el culpable de la caída de nuestra especie.
“Así que no dirija el odio a usted, maldígame a mí.”
— ¿Por qué vas tan lejos por alguien como yo?
Las lágrimas siguieron formando caminos bajo sus ojos.
— Nunca te vi más allá de un sacrificio para nuestra supervivencia. Si todo hubiera marchado bien, habrías muerto en ese lugar sin haber visto la luz del día otra vez.
Intentó zafarse, pero el agarre de Offering no flaqueó.
— Incluso así, mi lealtad le pertenece solo a usted. Mi vida y muerte le pertenece en su totalidad, y no me disgusta que sea así.
“Incluso si se equivoca, no lo juzgaré por ello. Siempre lo seguiré a donde vaya, aun si el final de ese camino no tiene esperanza…”
—…
Hubo unos instantes de mudez, hasta que…
— ¿Por qué eres tan devoto a mí? Literalmente te crie para morir.
— Ese siempre fue mi deber.
— Aun así…
— Además, yo…
No pudo evitar ir más lento.
—…siempre quise que estuviera orgulloso de mí, que me mirara con ojos de aprobación…
Por eso cumplió todos los requisitos para ser un buen sacrificio.
Todo porque quería su atención.
—…
Paluz apartó sus manos. El corazón de Offering se hizo añicos.
— Offering…
Pero en vez de alejarse, tocó su rostro tiernamente, deteniendo su respiración.
— Al final solo quedamos tú y yo, los responsables de traer la destrucción a nuestra gente…
“Aun así, ¿aún quieres seguir conmigo?”
Abrazó su mano.
— Nunca pensaría lo contrario, su majestad.
— ¿No cambiarás de opinión?
— Nunca.
— Es de sabios cambiar de opinión.
— Entonces seré un necio.
¿Era necesario ir tan lejos?
Mirándolo tan serio, no tuvo cómo doblegar su voluntad de seguirle.
Fue entonces que su mano buscó su cabeza, entregando unas palmadas suaves a su coronilla plateada.
Offering respingó. Paluz se rio de su reacción.
— Sabes…siempre me contenía para no demostrarte afecto. Después de todo, encariñarme con un sacrificio no tenía sentido.
“Pero ahora ya no tengo la obligación de hacerlo”.
Offering se quedó sin palabras.
Pasó años imaginando la sensación del toque de sus manos. La felicidad lo embargó sin control alguno.
Se miró al espejo después de un día entero de entrenamiento. Recordó la mano del rey a punto de tocar su cabeza. Dirigió su mano a ella, dando unas tres palmadas. ¿Cómo se sentirían las suyas?
Seguro sería mucho mejor que sus propias manos.
Miró los ojos blancos de su rey.
Si lo pienso detenidamente, aun no quería morir…
Se suponía que un sacrificio no tuviera deseos más allá de cumplir su deber.
Sin embargo, él siempre tuvo un anhelo secreto.
Quería que él me acariciara la cabeza y me mirara con afecto.
Quería experimentar su amor sin obstáculos, sin trabas de deber y responsabilidad.
¿Es justo ser tan feliz después de haber fallado?
(…)
El tigre rugió, propagando una onda que hizo vibrar el aire y los árboles.
No obstante, su fiereza no fue rival para el filo de la espada, siendo cortado por la mitad apenas la hoja se hincó en su frente.
Offering sacó la espada de su cuerpo, tuvo cuidado de no mancharse de sangre.
— Ya está muerto, su alteza.
— ¿Ya? Eso fue rápido.
De los troncos emergió Paluz. Abrió sus alas y voló hacia Offering, sosteniéndose de su hombro y dando una mirada al cadáver del tigre.
— Eres realmente feroz luchando. El pelaje de esos tigres es resistente a la magia, así que son problemáticos incluso para mí…
— Incluso el animal más difícil muere si lo cortas en trozos.
— Es raro oírte hablar así…
— Ah…
Lo miró muy apenado.
— Lo siento, cambiaré mi modo de hablar.
Se negó.
— Habla como mejor te parezca. Ya no somos rey y subordinado.
— Usted siempre será mi rey.
—…
Frunció el ceño, ruborizándose por su vergonzosa honestidad. Estiró las manos a su hombro, en donde una lesión se extendía hasta su pecho.
— Curación.
Una luz blanca arropó la herida, curándola.
— No olvides cuidar tu cuerpo.
— Lo siento, a veces olvido hacerlo…
Mintió a medias.
Aunque era cierto que a veces olvidaba cuidarse, podría haber evitado esa lesión muy fácilmente.
Pero se dejó golpear a propósito para que él lo curara.
¿Qué puedo decir? Quiero toda su atención.
— ¿Seguimos?
Paluz miró el sendero que debían seguir. No sabía que otras cosas aparecerían en su camino, podrían ser horrores que lo devorarían de un bocado.
Sin embargo, esta vez tenía una indecente confianza en poder superar cualquier cosa.
— Sí.
“Sigamos”.
Pero esta vez no estuvo solo para enfrentarlo. Ese fue el factor decisivo.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Y no, no dejé mis otras historias, es que estoy enviciada jugando, a ver si adivinan qué estoy jugando. Literal me la pasé mañana y tarde (y algo de la noche) jugando hasta completarme el juego, por eso no aparecí hasta ahora, lo siento. Aun me falta un jefe, ¡es tan difícil! ¡Pero ya logré debilitarlo a su primera fase! ¡Falta sobrevivir un poco más, pero ya me estoy aprendiendo los patrones, así que algún día lo derrotaré!
Literal estuve escuchando música triste mientras escribía esto. Me ayudó mucho. Adiós a todos, Analyn se despide, ¡bye bye!