Capitulo 1.
La prisión de Kurogane no era un lugar para aprender lecciones.
Era un lugar para perderlas.
Los muros de concreto se alzaban como lápidas verticales, frías, indiferentes, con cámaras vigilando cada respiración. Ahí dentro, los hombres no eran hombres. Eran números. Animales. Historias mal contadas que nadie quiso escuchar hasta que ya era tarde.
Y luego estaba Ryomen Sukuna.
Interno #777.
El número parecía una broma.
El hombre no.
Sukuna no gritaba, no golpeaba las rejas, no iniciaba peleas. No lo necesitaba. Su reputación caminaba antes que él, arrastrándose por los pasillos como una advertencia. Había llegado años atrás, cubierto de rumores, expedientes sellados y demasiados testigos que ya no podían testificar.
Los otros internos lo llamaban El Rey.
No por respeto.
Por supervivencia.
Aquella mañana, Sukuna estaba sentado en la sala de entrevistas, esposado por protocolo más que por necesidad. Sonreía con desgano, como si todo aquello fuera una obra mediocre que ya había visto demasiadas veces.
La puerta se abrió.
—Ryomen Sukuna —dijo una voz firme—. Gracias por venir.
Sukuna levantó la mirada lentamente.
Jin Itadori, director de Kurogane.
Un hombre recto, traje impecable, ojos cansados. Un tipo que aún creía en el orden dentro de un lugar donde el orden se desangraba todos los días.
—No me dieron opción —respondió Sukuna, ladeando la cabeza—. Eso no es exactamente “gracias”.
Jin no sonrió.
—Voy a ser directo. Necesito que cuides a alguien.
Sukuna arqueó una ceja, divertido.
—¿Ahora soy niñera?
—Es mi hijo.
El silencio cayó como un disparo mal calculado.
Sukuna parpadeó una vez.
Luego rió.
Una risa baja, peligrosa, cargada de burla.
—¿Estás loco? —preguntó—. ¿Quieres meter a tu hijo en el mismo espacio que yo?
Jin apoyó las manos sobre la mesa.
—Ya está dentro.
Sukuna dejó de reír.
La prisión juvenil estaba al otro lado del complejo.
Más pequeña.
Más ruidosa.
Mucho más caótica.
Yuji Itadori, 16 años, expediente demasiado largo para alguien tan joven, caminaba escoltado por dos guardias mientras mascaba chicle con descaro.
—¿Sabés que esto es abuso de autoridad, no? —dijo, mirando a uno—. Soy un encanto.
—Cerrá la boca, Itadori.
Yuji sonrió.
Ese tipo de sonrisa que no pedía permiso.
Que provocaba.
Siempre había sido así.
No era violento. No realmente.
Pero empujaba límites como si fuera su deporte favorito. Peleas menores, provocaciones, sarcasmo excesivo, cero respeto por figuras de autoridad. Entraba y salía de prisión juvenil como si fuera un club exclusivo al que no podía dejar de volver.
Cuando lo empujaron dentro del sector especial, Yuji frunció el ceño.
—Ey, ey, ey… —miró alrededor—. Esto no es juvenil.
—Cambio de régimen —dijo el guardia—. Portate bien.
La puerta se cerró.
Y entonces lo vio.
Un hombre apoyado contra la pared, brazos cruzados, tatuajes asomando bajo la ropa carcelaria. Cabello rosado, mirada afilada, sonrisa torcida.
Sukuna.
Yuji lo observó sin miedo.
Con curiosidad.
—¿Y vos quién sos? —preguntó—. ¿Mi nueva sombra?
Sukuna lo recorrió de arriba abajo, evaluándolo como mercancía defectuosa.
Demasiado joven.
Demasiado vivo.
Demasiado provocador.
—Sos más ruidoso de lo que imaginé —respondió—. Jin tiene mal gusto.
Yuji chasqueó la lengua.
—Ah, genial. Otro adulto con complejo de superioridad.
Sukuna sonrió más.
En ese momento entendió algo peligroso.
Ese chico no sabía dónde estaba parado.
Y eso lo hacía interesante.
Horas después, Sukuna volvió a la oficina de Jin Itadori.
—Quiero garantías —dijo sin rodeos—. Limpian mi nombre. Borran mi expediente. Salgo libre.
—Si lo cuidás —respondió Jin—. Si nada le pasa.
Sukuna se inclinó hacia adelante.
—¿Y si se porta como un imbécil?
Jin lo miró fijamente.
—Entonces recordá que sigue siendo mi hijo.
Silencio.
Sukuna se recostó en la silla, sonriente.
—Trato hecho.
No porque le importara el chico.
No porque sintiera culpa.
Sino porque todos los demás internos eran inferiores.
Y porque Yuji Itadori, con esa lengua afilada y esos ojos llenos de fuego, era una moneda demasiado valiosa como para no usarla.
Aún no lo sabía.
Pero esa moneda no iba a comprar su libertad.
Iba a encadenarlo a algo mucho peor.








