Capítulo 1
𝒯𝓇ℯ𝓈 𝒸ℴ𝓇𝒶𝓏ℴ𝓃ℯ𝓈 𝓊𝓃 𝒽ℴ𝑔𝒶𝓇
Era domingo de carrera en uno de sus circuitos favoritos, pero Checo estaba frustrado. No había podido terminar debido al accidente que tuvo con Magnussen. Se encontraba en su pequeña habitación en el hospitality de Red Bull, molesto y agotado. Sentía que su rendimiento empeoraba cada vez más y sabía que, de seguir así, corría el riesgo de perder su asiento; aunque en el fondo, sabía que era inevitable con la mierda de carro que tenía este año.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que, cuando golpearon la puerta, se sobresaltó. Sabía perfectamente quién era, pero en ese momento no estaba dispuesto a hablar con nadie. Max volvió a tocar, esta vez con más insistencia al no recibir respuesta.
—Checo, abre. Sé que estás ahí —habló Max, con la voz amortiguada por la madera—. Sergio, por favor.
Checo se debatía entre abrir o no. No quería consuelo, ni siquiera si se trataba del hombre que tanto amaba. Quería soledad para procesar todo lo sucedido. A Checo le gustaba su espacio personal, y Max lo sabía, pero al holandés le importaba poco el protocolo cuando sentía que Sergio estaba sufriendo. Al no recibir respuesta, Max se alejó para buscar al encargado de las llaves; le costó convencer a su jefe, pero finalmente la obtuvo.
Entró rápido y cerró la puerta tras de sí. Checo alzó la mirada y frunció el ceño al verlo.
—¿Qué haces aquí, Max? ¡Te dije que quería estar solo! —exclamó Sergio con una mirada de pocos amigos.
A Max se le apretó el pecho al ver a Checo con los ojos y la nariz enrojecidos por el llanto que había intentado ocultar. Odiaba verlo así. Ignoró la orden y se acercó con cautela, sabiendo que Sergio intentaría echarlo.
—Pecas, por favor déjame ayudarte. No te voy a dejar solo, y mucho menos así —susurró Max.
—No quiero ayuda, Max. Quiero espacio —murmuró Sergio con un tono que derrochaba vulnerabilidad—. Sal de aquí. Por favor.
Max, en lugar de retroceder, acortó la distancia y lo tomó de la muñeca, jalándolo suavemente hacia él. Sergio intentó soltarse sin éxito. Cuando quedaron frente a frente, Max acarició su mejilla con devoción.
—Vamos a casa, Sergio. Allá hablamos —suplicó suavemente. Rendido, Sergio asintió.
El trayecto fue silencioso. Checo miraba por la ventana como si fuera lo más interesante del mundo, mientras Max conducía con una mano y mantenía la otra sobre la pierna de su esposo, buscando ese contacto físico, temiendo que se desvaneciera. Al llegar, Sergio salió del vehículo rápidamente, deseando escapar. Max lo siguió a una distancia prudente, cargando ambas mochilas. Quería abrazarlo y decirle que todo estaría bien, pero sabía que Sergio lo rechazaría. Se tragó las ganas y simplemente caminó detrás de él; el sonido de sus pasos sincronizados en el pasillo vacío era lo único que llenaba el ambiente, una cuenta regresiva hacia el refugio de su hogar.
Al entrar al departamento, Sergio caminó hasta la sala y miró a Max.
—Siéntate —ordenó señalando el sofá.
Max obedeció, sorprendido por la firmeza en su voz. Se sentó en el borde del cojín, esperando cualquier reclamo.
—Lamento haberte hablado mal hace un rato. Estaba frustrado... bueno, aún lo estoy, pero no debí desquitarme contigo. Perdón, Maxie —murmuró Sergio con la mirada cristalizada.
Max se levantó de inmediato y lo envolvió en un abrazo firme.
—Te entiendo, Pecas. No te preocupes. Entiendo que necesitabas espacio, pero recuerda que estamos juntos en esto. Te amo más que a nada en este mundo y eso nada lo cambiará.
Sergio se hundió en el pecho de su pareja. No necesitaban más palabras. Después de un rato, se separó y miró a Max con adoración absoluta; solo él sabía cómo sacarlo de sus pensamientos destructivos.
—Te ves horrible, Pecas —susurró Max con una sonrisa traviesa. Checo soltó una risa ligera; sabía que no lo decía en serio.
—Lo sé. Estoy cansado y sudado. Necesito un baño —respondió Sergio levantándose. Miró a Max y sonrió—. Vamos a darnos un baño, Maxie.
Caminaron hacia la habitación principal, dejando el uniforme de Red Bull tirado en el pasillo como si fuera piel muerta. Bajo el chorro de agua caliente, el mundo exterior desapareció: no había cámaras ni estrategias fallidas. Solo estaban ellos dos y las manos de Max enjabonando la espalda de su esposo con una lentitud que prometía paz.
Tenían una semana de descanso total en su departamento de Mónaco. No habían hablado con su retoño el día anterior debido a la diferencia de horario con México, pero mientras desayunaban, el timbre rompió el silencio. Se miraron confundidos; no esperaban visitas.
Max se levantó y, al abrir la puerta, sonrió de par en par. Era su pequeña Rachel. Ella le hizo una seña de silencio y Max la dejó entrar, ayudándola con la maleta. Rachel caminó sigilosamente con un hermoso ramo de dalias entre sus brazos. Max la siguió de cerca, cuidando que Sergio no notara su presencia.
—𝐆𝐮̈𝐞𝐫𝐨, ¿quién es? —preguntó Sergio dándose la vuelta.
Su mundo se detuvo. Lo primero que vio fue esa mirada azul intensa y esa carita llena de pecas que tanto amaba. Su Rachel estaba ahí. Sergio se acercó con cuidado, temiendo que fuera un truco de su imaginación. La joven acortó la distancia y lo abrazó con fuerza, protegiendo las flores.
—Los extrañé mucho, así que decidí venir a verlos —murmuró ella.
El olor de las dalias y el calor del abrazo fueron el ancla que Sergio necesitaba. Por encima del hombro de su hija, vio a Max observándolos con los ojos empañados. Max se acercó, rodeó a sus dos amores con sus brazos y besó la cabeza de ambos, sonriendo al ver, finalmente, a su equipo completo.








