Mi Musa

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Summary

Ella, sometida a una vida de humillación y desprecio por parte de los dioses. Elara, una “musa”, se ve obligada a luchar constantemente por su dignidad en un mundo donde, si no eres eterno, no eres perfecto. Él, nacido de la guerra. Thalion, dios de la ira y el dolor, vive su eternidad destruyendo a todo aquel que ose alzarse contra la divinidad. Sigues sus reglas y vivirás. El enemigo no merece piedad. Sus caminos se cruzan no por casualidad. Su deber: hacerla doblegar, una musa defectuosa que debe ser arreglada. Puede parecer una tarea fácil, pero Elara jamás deja de luchar. Ambos juraron destruir aquello que ahora no pueden evitar amar. Porque su amor no es casual: es una guerra que los dos están dispuestos a ganar.

Status
Complete
Chapters
101
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

Elara

— Una musa desobediente, qué desgracia para los templos.

— ¡Jajaja!, ni que lo digas, deberían acabar con esa cosa.

El eco de las risas y comentarios retumba en las paredes del coliseo, mezclándose con el silbido del látigo detrás de mi.

(crack)

Un golpe llega a mi pierna.

— Ni siquiera inspira piedad, mírala, parece un animal.

— Deberían borrarla del Olimpo, no merece el título que lleva.

Ja... idiotas.

(crack)

Otro latigazo me abre la espalda. Siento la carne arder y el calor mezclandose con el frío del mármol bajo mis pies.

— Idiotas... —logro susurrar entre dientes.

No siento el cuerpo.

Me duele todo.

Ya ni siquiera recuerdo el por qué estoy aquí...

¿O si...?

Tal vez por no dejar que esos bastardos me tocaran.

Tal vez por haber golpeado a esa hada presumida que se burló de mí.

Ya no lo sé.

(crack)

Otro golpe en la pierna. La herida se abre, caliente y húmeda. No grito, no me muevo, solo siento la sangre resbalar hasta el suelo.

—Tch... qué aburrido, ni siquiera lucha —dice Hermes, recostado en su brillante trono.

— Ni que lo digas, ya me aburrió este show — suelta Afrodita, acomodándose el cabello con aire de diva.

Tontos...

— Silencio —retumba una voz cansada, grave, y reconocible. El aire se corta. Nadie respira.

Zeus.

El coliseo entero calla mientras su mirada cae sobre mí, tan pesada y altiva como siempre.

— ¿No crees que ya es suficiente altaneria, Elara? — su tono no tiene compasión, solo autoridad disfrazada de paciencia.

Levanto apenas la cabeza. La sangre me nubla la vista, pero lo veo. Ese brillo arrogante en sus ojos, ese gesto que parece cansado de existir.

—¿Y bien? ¿Algo que decir, Elara? —repite.

Una sonrisa pequeña y amarga se me escapa.

— No sé qué quiere decir, oh, gran dios Zeus.

Su ceño se frunce, suspira y chasquea los dedos. Un golpe tras otro me atraviesan el costado. Cierro los ojos un segundo. El dolor me recorre el cuerpo de manera insoportable.

— No dejas de meterte en problemas, ¿eh, niña? — su voz suena lejana, como si hablara de un asunto aburrido. — No siempre tendremos compasión. También se nos agota la paciencia.

¿paciencia?.

Como si supieran lo que es.

— Vamos, pide perdón ahora y podrás irte — ordena.

¿Perdón?

— No tengo nada por qué disculparme — mi voz sale baja, pero firme.

Su ceño se hunde más.

—Elara, no hagas esto más difícil.

— No hice nada malo, no tengo porque disculparme. — Lo miro, aunque apenas mantengo los ojos abiertos.

Zeus suspira, pesado.

— Nunca aprenderás verdad, ¿musa? .

Chasquea los dedos. Golpe tras golpe regresan a mi. El dolor se vuelve una ola interminable, punzante, agobiante, hasta que mi mente se apaga por instantes. Siento que me pierdo, y que en cualquier momento puedo morir, pero de pronto el látigo cesa y todo queda en... silencio.

— Ya sáquenla de aquí — dice Zeus con asco.

Las cadenas de mis muñecas se sueltan y caigo al suelo, sin fuerza y apenas respirando.

— Es la última vez, Elara — susurra Zeus, con ese tono entre advertencia y desprecio. — Ya no habrá más perdón.

Los guardias me arrastran fuera del coliseo. No digo nada solo los dejo llevarme, al llegar a la salida me sueltan como si fuera basura.

Mi cuerpo golpea el suelo, el aire se me escapa del pecho. Todo me da vueltas.

— Maldición... — susurro apenas y me quedo ahí por un segundo más.

El suelo está áspero y frío, mi respiración dificultosa y todo me tiembla. Suspiro y me obligo a levantarme aunque mis rodillas no me respondan.

Comimezo a caminar sintiendo la sangre bajando por mi espalda, pegándose a la tela rota de mi túnica.

— Joder... —susurro entre dientes, el aire quema igual que mi cuerpo.

El sol de la tarde me golpea la piel, y me recuerda que sigo viva, que todavía hay dolor que sentir. Camino tambaleante., necesito llegar a curarme antes de desvanecerme por completo.

Después de minutos que se sienten como siglos, el horizonte dorado me recibe. El palacio de Apolo. Tan reluciente y brillante que me dan ganas de escupir., Cada columna parece burlarse de mí, cada estatua presume perfección.

Asqueroso.

Al cruzar el umbral, la música me invade. Golpes suaves de lira, voces agudas. El aire huele a vino dulce, incienso y sudor.

Genial... Otra maldita fiesta.

La escena es la misma de siempre: semidioses enredados con hadas, ninfas bailando sobre las mesas. Y claro ahí están ellas. Las almas del espectáculo., Mis "hermanas". Las musas.

Cuerpos perfectos, sonrisas calculadas, coronas de laureles. Reinas de un circo que todos veneran.

Un asco de ver.

Aceleroi caminar.. Paso de largo por un pasillo oscuro, más fresco, donde el eco de la música se apaga. Llego a mi "habitación"., —Si es que se le puede llamar así a un cobertizo apartado del — y cierro la puerta tras de mi.

Rebusco entre telas viejas y frascos de hierbas. Encuentro lo necesario. Me siento en el suelo y empiezo a limpiar mis heridas. El dolor es tan intenso que tengo que morder una toalla para no gritar.

El agua se tiñe de rojo con cada trapo que paso. Es un río pequeño que me recuerda que sigo aquí., las manos me tiemblan pero al final logro limpiar y vendar las heridas.

—Cielos... qué día... —murmuro para mí misma.

Me acerco al espejo pequeño y agrietado. Veo mi cuerpo cubierto de vendas y cicatrices. Un mapa de todas las veces que me negué a inclinar la cabeza.

—Idiotas... —Una lágrima me resbala por la mejilla, siento necesidad de ceder, pero me abstengo, la borro antes de que termine de caer.

Ordeno todo como puedo, dejo los trapos en su sitio y me tumbo en el diván, —o ese trozo de madera disfrazado de cama — cierro los ojos, y dejo que el cansancio me arrastre.

Algún día todo terminará... lo sé... Lo sé...

Algún día... Nada, ni nadie me lastimara.