Eficientemente Creativo

All Rights Reserved ©

Summary

Emma Collins. Una diseñadora grafica que solo quería tranquilidad al mudarse a Riverside Apartments, un edificio elegante en el corazón de Londres para empezar una nueva vida. Lo que nunca imaginó fue que su vecino sería Oliver Wright. Un abogado: arrogante, rígido y demasiado lindo para su propio bien. Desde discusiones en el pasillo hasta peleas por la lavandería, Emma y Oliver parecen destinados a chocar. El pasillo demasiado angosto, los ascensores averiados y los encuentros inesperados los obligan a convivir más de lo que quisieran... y a descubrir que detrás de las miradas hay algo que ninguno de los dos puede ignorar. Lo que empieza como una guerra de sarcasmos pronto se convierte en una tensión imposible de ocultar. Entre risas, celos y confesiones a medianoche, Emma y Oliver aprenderán que el amor puede aparecer en el lugar más inesperado: justo en frente de la puerta.

Genre
Romance
Author
Jiret M.G
Status
Complete
Chapters
25
Rating
4.3 4 reviews
Age Rating
16+

1: La Mudanza

Creo que haberme dado cuenta que necesitaba otra idea de una gran ciudad me hizo tomar definitivamente una decisión tan grande como irme a vivir sola a un gran y hermoso edificio.

El taxi negro (un tanto caro) con ese tipico e icónico diseño londinense hacia que el nerviosismo que sentia cambiara por una felicidad inimaginable. Se detuvo haciendo que sonara un pequeño chirrido debido a los frenos, no podía dejar de ver por la ventana del taxi el imponente edificio de ladrillo blanco y esos ventanales altos que hacían que solo esbosara alegría, definitivamente esto me hizo caer en cuenta que esto era real.

—Todo listo señorita. Logramos llegar justo con los del camión de la mudanza —dijo el conductor, era un hombre con bigote gris y una sonrisa que le alegraba el dia a cualquiera, el bajo primero a lo cual quedé un tanto confundida, antes de poner mi mano en el pequeño seguro para abrir la puerta, el señor la abrió primero para luego tenderme su mano y así ayudarme a bajar.

—No tiene idea de lo mucho que se lo agradezco —dije una vez que ya había bajado del taxi sintiendo el aire fresco londinense. No era el frío cortante que había imaginado, sino una brisa fresca que olía a ciudad, a hormigón y a una vida nueva con infinidad de oportunidades.

Oportunidades. Esa era la palabra clave. Londres era mi nuevo lienzo en blanco. A mis Veintiséis años, con una mochila cargada de ambición y carpetas digitales llenas de diseños, había decidido que el pequeño pueblo de donde venía ya no me contenía. Esto era un salto de fe, un borrón y cuenta nueva con una ciudad que había soñado por mucho tiempo pero que nunca me pude permitir, hasta ahora.

Recogí mi bolso de lona, en el que llevaba el portátil (mi herramienta de guerra) y las llaves. Mientras me acercaba a la entrada principal, el edificio parecía más grande de lo que pensaba, sus líneas arquitectónicas mostraban un tipo de autoridad silenciosa. Era, sin duda, grande. No el tipo de grandeza ostentosa, sino la de un lugar con historia, con techos altos y pasillos que probablemente recordaban los ecos de vidas pasadas.

Dos chicos de la empresa de mudanzas, a quienes había contratado por un par de horas, ya estaban bajando la última caja del camión. Me habían ayudado a subir la mayor parte de mis pertenencias hasta el piso cinco, ahorrándome el primer y más agotador nivel de estrés de la mudanza.

—¿Todo listo señorita? —preguntó uno de ellos, con el aliento agitado por las escaleras, aunque la mayor parte se había subido en el ascensor.

—Todo listo y mil gracias. No sé qué habría hecho sin ustedes —dije, con una gratitud sincera. Les pague una propina generosa, consciente de que ellos habían cargado su vida entera en esas dieci y tantas cajas de cartón.

Se despidieron con la mano y, de pronto, me encontré sola frente a la imponente puerta de madera de mi nuevo hogar. Saqué la llave plateada, se sentía pesada y real en mi mano, la introduje en la cerradura. El clic que resonó en el pasillo pareció increíblemente fuerte.

Respire profundo. Aquí vamos.

Al abrir la puerta, la primera cosa que me golpeó fue el silencio. Un silencio denso, absoluto, roto solo por el suave latido de mi propio corazón. El departamento no era enorme para los estándares londinenses, pero era mío. Tenía pisos de madera pulida, paredes de un color neutro que pedía a gritos un toque de color, y un ventanal en el salón que prometía vistas decentes de los tejados vecinos.

Lo más importante: no olía a pintura vieja ni a humedad, sino a aire limpio, lo cual agradezco ya que sinceramente pensé que era algo que no podría encontrar en la ciudad.

Las cajas estaban apiladas de manera ordenada justo dentro de la entrada y a lo largo de la pared del salón. Ropa de cama, libros, la cafetera imprescindible, la colección de vinilos que atesoraba, y, por supuesto, una docena de cajas etiquetadas como “MATERIAL DE TRABAJO”. ¡FRÁGIL!“.

No había tiempo para pararse a contemplar. Me había propuesto que el día de la llegada no terminaría hasta que la cama estuviera montada y la cafetera enchufada. Lo demás podía esperar, pero la productividad era clave para evitar la resaca emocional de la mudanza.

Me quité el abrigo y lo arrojé sobre una de las cajas más pequeñas. Me recogí el cabello en una coleta improvisada, dejando escapar un mechón rebelde que caía sobre mi frente. El ambiente de productividad estaba activado.

Mi plan era simple, aunque ambicioso: primero, el dormitorio. Necesitaba un santuario.

Arrastre las tres cajas marcadas como “DORMITORIO” y “ROPA ESENCIAL” hacia el fondo del pasillo, donde se ubicaba la habitación. El esfuerzo me hizo sudar ligeramente. Estaba sorprendida de lo rápido que el silencio inicial se había convertido en un ruido de cartón arrastrándose y mi propia respiración acelerada.

Mientras desempacaba sábanas y toallas, mi mente ya estaba diseñando el espacio. Una lámpara de lectura aquí, algunas otras cosas por alla. Me sentía como una diseñadora de interiores poseída, y la adrenalina de la organización era el mejor de los estimulantes.

Pero la sala de estar me llamaba. Sabía que la mayor parte de mi vida estaba en las cajas que contenían mis libros de diseño, mi tableta gráfica y mis marcadores de colores.

De vuelta en el pasillo principal que conectaba la entrada con el salón, me di cuenta de que no podría dejar todas las cajas allí. Necesitaba espacio para moverme y, sobre todo, para que la luz del ventanal llegará al resto del departamento.

Tome una decisión rápida, y posterior, desastrosa.

Tome las cinco cajas más grandes y pesadas, las que contenían la mayor parte de mis libros y mi equipo de arte, y las apile momentáneamente fuera de la puerta. Solo un minuto. Mientras iba y venía llevando el resto de las cajas vacías al rincón de la cocina.

—No pasa nada —me dije a mi misma, con el corazón latiendo rápido por la prisa—. Es el último viaje de la empresa de mudanzas en el piso y nadie más está aquí. Es la quinta planta.

El pasillo comunitario era amplio, pero la pila de cartón, apilada contra la pared, era definitivamente una obstrucción. Sin embargo, en este momento eran solo un obstáculo temporal en el camino hacia la organización total.

Me concentré en una caja particularmente grande que decía “CAFETERA + TAZAS”. No se trataba de estética, se trataba de supervivencia.

Mientras me inclinaba para levantarla, un sonido se abrió camino en el silencio pasillo : el ding del ascensor y el golpe sordo de la puerta al abrirse. No preste mucha atención. Probablemente alguien del servicio, o algún vecino volviendo de un día normal.

Estaba a punto de entrar de nuevo al departamento cuando el sonido se intensificó. No era un paso casual, sino una zancada firme y acelerada.

Me encontraba agachada, medio dentro del departamento, cuando el impacto me sacó de mi burbuja.

No fue un golpe violento, sino un tropiezo seco y repentino.

—¡Ay, Mierda! —El sonido que siguió fue una mezcla de un gruñido masculino de frustración contenida y el ruido seco del cartón al ser pateado accidentalmente.

Me levanté de golpe, girándome con la agilidad de quien ha sido pillada en una travesura.

Allí, justo sobre la fila de cartón que había improvisado en el pasillo, se encontraba un hombre notablemente alto, llevaba un traje oscuro de corte impecable, del tipo que sugiere una cuenta bancaria saludable y muchas horas en una oficina con vistas a la calle. Su corbata azul marino estaba ligeramente aflojada, señal de que acababa de escapar del riguroso código de vestimenta. Tenía el pelo castaño oscuro, cortado con precisión, y unos ojos claros que ahora mismo brillaban con una intensa desaprobación e irritación.

Parecía la personificación del profesional joven y exitoso de Londres. Y ahora mismo, parecía un profesional joven y exitoso que acababa de estropearse el día. Y yo era la culpable.

Una de las cajas, la que decía “LIBROS/VARIOS”, había cedido ligeramente por el impacto, y un par de papeles de carpetas se habían deslizado por el suelo del pasillo. El hombre se estaba enderezando la chaqueta, con una expresión que indicaba que su día ya había sido lo suficientemente malo como para que ahora tuviera que negociar con un campo de obstáculos en su propio departamento.

—¿Perdona? —dijo él, y la palabra no era una pregunta, sino una acusación fría. Su tono era bajo, controlado, pero cargado de veneno.

Sentí como el calor subía por mi cuello hasta mi cara. Mi primer encuentro con uno de los vecinos, y ya había causado un accidente vial con cajas.

—¡Oh, lo siento mucho! —me apresure a disculparme, intentando sonar lo más conciliadora posible, aunque la defensiva ya se estaba activando en mi interior— Llevo todo el día con la mudanza, no debí dejarlas aquí.

Él ni siquiera me había mirado por completo, manteniendo su vista fija en la mayoría de los papeles que ahora estaban a sus pies.

—“No debí” es la frase clave aquí —replicó él, con un acento británico que era tan limpio como su traje—. El pasillo no es una unidad de almacenamiento personal. Lo normal es que uno entre en su propia casa.

No pude evitar parpadear. La disculpa no había funcionado. Su tono natural y algo informal chocaba con la rígida irritación de El.

—Lo sé, lo sé. Ya las estaba moviendo de hecho — di un paso hacia los papeles para intentar recogerlos— ¿Te has hecho daño?

Él finalmente levantó la mirada y me miró. Pude notar que sus ojos eran de café muy claro y que, en ese momento, reflejaban la luz artificial del pasillo con un brillo agudo. Vio mi coleta desordenada, la mancha de sudor en el cuello de mi camiseta vieja, y probablemente la expresión de exasperación que ahora igualaba la suya.

—No, no me he roto el tobillo, gracias por preguntar —dijo, sin una pizca de agradecimiento en su voz—. Pero no sé si aprecias el concepto de paso libre en un área común. Hay normativas en este edificio, ¿sabes?

Apreté los labios. Ya no estaba dispuesta a disculparme humildemente. El chico guapo del quinto piso estaba siendo innecesariamente latoso.

—Vaya, qué bienvenida tan agradable —respondi, estirando los papeles que había recogido hacia él. Sus dedos rozaron los míos. El contacto fue breve, pero electrizante, y no precisamente de una buena manera; fue como la chispa de un cortocircuito.

El tomó los papeles y retiró su mano como si el contacto la hubiese quemado.

—No es una cuestión de “bienvenida”. Es una cuestión de cortesía básica y de no dejar residuos de cartón a la espera de que alguien se caiga y se rompa el cuello. supongo que eres la nueva inquilina.

—Soy Emma Collins —dije con la barbilla ligeramente levantada. Estaba decidida a no ser intimidada por su actitud de “persona importante regresando de su jornada laboral”.

—Soy Oliver Wright. Y vivo en la puerta de enfrente —dijo él, señalando con la cabeza la puerta justo enfrente de la mía. La proximidad me golpeó como otro ladrillo. Genial, el vecino irritado se encontraba justo enfrente de mí.

—Bueno, Oliver, no tienes que ser tan... legalista al respecto. Fue un descuido. Lo siento. Las meteré ahora mismo —dije, reuniendo las cajas con una prisa que ni yo me había dado cuenta que tenía.

Él no se movió, sino que se quedó allí, como una estatua de la desaprobación con traje de tres piezas.

—Legalista —repitió Oliver, con un ligero matiz de diversión oscura en la palabra—. Es una aptitud útil cuando el pasillo de tu casa se convierte en la zona de descarga de un vertedero. ¿Cuánto tiempo planeabas mantener tus pertenencias en el pasillo, Emma? ¿Una hora? ¿Un día? ¿Hasta que las ratas decidan que son un buen nido?

—¡No va a haber ratas! — exclamé sintiéndome insultada por la sugerencia. Yo me consideraba una persona limpia, por el amor de Dios. Además, ¡era un edificio caro en el centro de Londres!— Las estoy metiendo ahora.

Vi que aún habían papeles a un costado de las cajas, también eran de él sin duda. Una de ellas decía ” Harrison & Co. Solicitors”. Un abogado, por supuesto. Eso explicaba la actitud de superioridad moral.

Le tendí nuevamente los papeles hacia el.

—Tus... cosas legales —dije, con un tono sarcástico y ligeramente burlón, enfatizando la última palabra.

Oliver tomó los documentos con un movimiento rápido y preciso, como si estuviera tomando pruebas en un juzgado.

—Asegúrate de que esta sea la última vez que tengo que hacer una maniobra evasiva para entrar a mi casa. Y considera esto una advertencia amistosa sobre la normativa del edificio. No es precisamente tolerante con el desorden.

La expresión “advertencia amistosa” sonó de todo menos amistosa. Sonó a amenaza disfrazada de etiqueta social.

Estaba tratando de evitar sacar a la real Emma de mi, me mordí la lengua para no soltar la primera réplica que se me había ocurrido. Algo sobre su traje o sobre su evidente necesidad de relajarse. Recordé que este era el inicio de mi nueva vida y empezar una guerra territorial con el vecino abogado no era un buen presagio.

—Entendido —dije con un tono igualmente frío y formal— El pasillo está libre. Ahora, si me disculpas, voy a meter mis “residuos de cartón” y continuar con mi mudanza.

Oliver asintió, una vez, ese gesto sutil que la gente con autoridad usa para dar por terminada una interacción. Se giró hacia su puerta, sacó su propia llave, y la abrió con un movimiento fluido.

—Bienvenida al edificio, Emma. Intenta no asfixiar a nadie con tu basura —dijo, y luego entró, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el pasillo.

Quede allí, junto a mis cajas, con la sangre hirviendo en mis venas. Mi sonrisa de “nueva vida, nuevas posibilidades” se había congelado y quebrantado.

—Y tú intenta no tropezarte con tu propio ego, abogaducho —murmure, lo suficientemente bajo como para que él no me escuchara, pero lo suficientemente alto para desahogarme.

Empuje las cajas restantes dentro del departamento con una fuerza renovada, sintiendo la necesidad de castigar el cartón. El aire en minnuevo hogar, que antes me había parecido lleno de posibilidades, ahora se sentía cargado con la tensión del encuentro.

Oliver. El abogado arrogante de la puerta de enfrente. Esto iba a ser interesante.

Cerré la puerta de mi apartamento con el pie, empujando la última pila de cajas con un gruñido. El eco del portazo resonó en mi pecho. Si hubiera una prueba olímpica de cómo arruinar una primera impresión en 30 segundos, yo habría ganado el oro.

Me dejé caer sobre una caja que, afortunadamente, parecía contener cojines o algo suave. La adrenalina de la mudanza se había disipado, reemplazada por una mezcla ácida de vergüenza y pura irritación.

—¿Residuos de cartón? ¿Vertedero? ¿Advertencia amistosa? —susurré al techo, citando al abogado impertinente. ¿Quién se creía que era?

Mi plan de Fresh Start, New Emma no incluía un vecino que parecía sacado de un catálogo de ropa de negocios, con el ceño permanentemente fruncido y un complejo de superioridad de dos metros. Estaba tan metida en mi burbuja de organización que ni siquiera había procesado su presencia. Solo sentí el impacto, el gruñido y el tono de voz que sonaba como si estuviera dando un veredicto en la corte.

Sentada en medio del caos, repasé la escena. Sí, dejé las cajas en el pasillo. Fue un error de novata. Pero su reacción fue completamente exagerada. Era la quinta planta de un edificio de apartamentos en Londres; no se había tropezado en el pasillo de Downing Street.

El hecho de que fuera Oliver, el de la puerta de enfrente, solo lo hacía mil veces peor. Tendríamos que compartir rellano, el olor a comida, quizás un ascensor incómodo de vez en cuando. La perspectiva de tener que cruzarme con ese traje impecable y esa mirada de juicio cada mañana hizo que mi estómago se revolviera.

Emma, no te estreses, me dije. Es solo un chico pretencioso. Estás aquí por ti, por tu trabajo y por tus sueños.

Me levanté, sintiendo un renovado impulso de demostrarle al silencio del apartamento, y por extensión a Oliver al otro lado de la pared, que no era una persona descuidada. Soy diseñadora gráfica, por el amor de Dios. La organización y la estética son mi vida ¿o no?

La primera misión, ahora más urgente que nunca, era crear orden. El orden es la cura para el caos, tanto físico como mental.

Empecé por la cocina. Era pequeña, pero tenía encimeras de granito y un horno que parecía nuevo. Localicé la caja salvadora: “CAFETERA + TAZAS”. Al abrirla, el olor a café tostado, incluso sin preparar, me dio una pequeña dosis de serotonina.

Enchufar la cafetera fue mi primer acto de colonización del espacio. El suave clic del interruptor fue una pequeña victoria. Mientras hervía el agua, desempaqué mis tazas favoritas: una azul turquesa de un viaje a Escocia y otra con el logo de un festival de música independiente. Cada objeto que sacaba de esas oscuras cajas era como un ancla recordándome quién era yo más allá de la “chica que bloquea pasillos”.

Puse un poco de música en mi altavoz portátil. Algo jazzero y suave, para no molestar a mi flamante y sensible vecino. El sonido llenó la estancia. Era mi propia banda sonora para la soledad productiva.

Con una taza de café caliente en la mano, me dirigí al salón. Este era el corazón de mi nuevo comienzo. Mi estudio, mi zona de descanso, mi todo.

Me puse manos a la obra con las cajas de “MATERIAL DE TRABAJO”. ¡FRÁGIL!“. Sacar mi tableta gráfica Wacom, mis lápices de dibujo, mis libretas de bocetos y mi Mac Studio fue como reencontrarme con mis mejores amigos después de un largo viaje. Sentía que, al liberar mis herramientas, estaba liberando mi propia creatividad que había estado reprimida por el estrés de la mudanza.

Mientras colocaba mis libros de diseño en una pequeña estantería que ya estaba puesta en la pared (libros sobre tipografía, teoría del color, branding) me permití soñar con el futuro. Iba a conseguir clientes grandes. Iba a hacer freelance a tiempo completo. Iba a demostrarle a la Emma de hace un mes, la que dudaba en dejar su trabajo a tiempo parcial, que esta era la decisión correcta.

Las horas pasaban y la luz de la tarde se desvanecía, el brillo anaranjado de los faroles de la calle empezó a notarse tras el ventanal. Estaba exhausta, cubierta de polvo de cartón, pero la cama estaba montada, las sábanas limpias olían a detergente y la mayor parte del salón había pasado de “zona de desastre” a “estudio funcional”.

Dejé caer la última caja vacía en la esquina, destinada al reciclaje. Miré mi reloj: eran casi las nueve de la noche. Tenía hambre, demasiada hambre.

Mi mente vagó hacia la última caja de la cocina, la que contenía la comida de emergencia: pasta, una lata de salsa y un abrelatas.

Me acerqué a la nevera que había instalado hacía unas pocas horas, que obviamente estaba vacía, y me di cuenta de la realidad brutal: necesitaba leche para mi té de la noche y, más importante, no tenía ni un solo gramo de sal para la pasta que había logrado preparar con lo poco y nada que tenía. Había vivido en el caos de la mudanza, asumiendo que el supermercado más cercano aún estaría abierto hasta tarde.

Saqué mi teléfono y busqué. El Tesco Express más cercano estaba a trescientos metros que se sentía como un maratón en mi estado actual de agotamiento. No me apetecía para nada ponerme el abrigo y volver a enfrentarme al mundo exterior.

Me quedé mirando el pasillo, pensando si podría saltarme la sal y cenar pasta sin sazón. No, no le haría eso a mi paladar.

Así que, con un profundo suspiro, me cambié la camiseta vieja por un suéter de lana y busqué mi cartera. Me puse mis zapatillas de deporte, pensando que si tenía que enfrentarme a la noche londinense, al menos lo haría cómoda.

Al abrir mi puerta, eché un vistazo rápido al pasillo. Estaba, en efecto, impecablemente limpio. Ni un rastro de mis “residuos de cartón”. Oliver estaría orgulloso.

Y justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta detrás de mí. Se me prendió una chispa . No necesitaba una tienda entera. Solo necesitaba una pizca de sal. Y un abrelatas, el mío estaba en una caja perdida así que fue una de las pocas soluciones que se me ocurrieron.

La idea de tocar el timbre de Oliver me provocó un escalofrío. Sería como admitir que mi nueva vida no era completamente funcional y que necesitaba algo de él. Después del tenso intercambio, parecía el peor momento para pedir un favor.

Pero mi estómago ganó la batalla. La pasta con salsa sin sal era impensable.

Tomé una respiración, levanté la mano y, antes de que pudiera arrepentirme, golpeé la puerta de madera justo al frente. Dos toques rápidos.

Esperé. No hubo respuesta. Pensé: ¡Genial! Ha salido a cenar a un sitio elegante donde no tienen que lidiar con la gente normal. Me preparaba para retirarme cuando escuché algo.

La puerta se abrió, no de golpe, sino con una pausa calculada. Y ahí estaba.

Oliver.

Había cambiado su traje. Ahora vestía una camiseta simple de algodón gris oscuro, con un ajuste que no dejaba lugar a dudas de que iba mucho al gimnasio. Su cabello seguía ordenado, pero sus ojos verdes se veían un poco más cansados, menos tensos, que antes. Aún así, la irritación seguía ahí, latente.

—¿Sí? —preguntó, y su tono seguía siendo reservado, casi profesional.

Me sentí infantil de repente.

—Hola, Oliver. Lo siento mucho por molestarte —empecé, intentando que mi voz sonara dulce y no forzada—. Ya sabes, estoy terminando de desembalar... y me he dado cuenta de que me falta algo crucial.

Él arqueó una ceja, ese gesto sutil que decía “¿Y a mí qué?“.

—¿Y qué es lo crucial, Emma? ¿Otra caja con tus pertenencias en el pasillo?

—No, no —dije, riéndome nerviosamente, aunque él no se rió—. Es algo mucho más mundano. Por casualidad... ¿tienes sal? Solo un poco. Necesito sazonar la pasta o será incomible. Lo siento por la interrupción y si tienes un abrelatas también sería genial.

Oliver me miró de arriba abajo. Había un momento de silencio tan largo que juraría que podía escuchar el jazz suave filtrándose por la pared desde mi departamento.

Su expresión era de alguien que está analizando un contrato con cláusulas inesperadas.

—¿Sal? ¿Me has llamado a la puerta, después de nuestra... interacción previa, para pedirme sal?

—Es el karma de la mudanza, supongo —respondí, tratando de aligerar el ambiente— Sé que es ridículo pero mi caja de especias está en algún lugar entre mi vida vieja y mi vida nueva. Juro que te la devolveré mañana, o te compraré un bote nuevo, o lo que sea que uses.

Oliver suspiró, un sonido ligero pero cargado. Me dio la impresión de que era un hombre que no lidiaba bien con lo inesperado.

—No necesito un bote nuevo de sal —dijo, y luego se giró hacia el interior de su apartamento—. Espera.

Entró en su cocina y yo me quedé en el umbral, sintiéndome como una extraña. Pude echar un vistazo rápido. Su apartamento era lo opuesto al mío: completamente organizado. Todo en su lugar. Minimalista, con tonos cafés y blancos. El hogar de un hombre con poco tiempo libre y alto nivel de exigencia. Un polo opuesto a mi caos creativo.

Volvió un momento después, sosteniendo en la mano un pequeño salero de acero inoxidable y un abrelatas de aspecto industrial.

—Toma —dijo, entregándomelos. Su mano rozó la mía de nuevo, y esta vez, aunque el contacto fue igual de breve, no hubo la hostilidad de la tarde. Solo una frialdad profesional.

—¡Oh, muchas gracias, de verdad! Eres un salvador —dije, sintiendo un alivio genuino.

—No soy un salvador, Así que no exageres además…—me corrigió, sin inmutarse— prefiero que mis vecinos no toquen a mi puerta pidiendo bienes de primera necesidad. Considera esto un incentivo para que termines tu mudanza de forma eficiente.

Su regreso a la formalidad irritante fue tan rápido que me hizo rodar los ojos, aunque me contuve.

—Entendido. Terminaré de forma eficiente —dije, enfatizando la palabra—. De nuevo, gracias. Y lamento lo de las cajas. En serio.

—Bien. Disfruta de tu pasta sazonada —dijo, con un tono que no reflejaba ninguna alegría por mi cena.

Estaba a punto de cerrar la puerta, cuando algo que había visto en su sala me hizo detenerme.

—Espera. Oliver, ¿Era esa una escalera de mano la que tienes ahí?

Él se puso tenso de nuevo.

—¿Por qué la pregunta?

—No, es que... es una de esas escaleras plegables que me encantan. Son súper estables. ¿La estás usando? Porque necesito colgar unas estanterías mañana, y no tengo una. Si no te importa ¿te la podría pedir prestada?

Oliver me miró fijamente. Parecía que le había pedido su riñón, no una escalera de mano.

—No. La estoy usando —dijo secamente.

—Pero está ahí. ¿La estás usando ahora mismo? —insistí, consciente de que estaba presionando mi suerte.

—No. Pero está reservada para mañana por la mañana. Tengo que terminar de colgar unos cuadros.

—¡Perfecto! Yo la necesito esta noche. Si me la prestas, la tienes de vuelta a primera hora, antes de que salgas a tu... trabajo legal —dije, usando el tono burlón que había mantenido antes.

Él entrecerró los ojos. La tensión regresó con fuerza. Estaba claro que no le gustaba que lo cuestionaran.

—Estás cruzando la línea, Emma.

—Solo estoy intentando ser eficiente y no comprar otra escalera que luego tendré que almacenar, igual que mis cajas —respondí, dándole una sonrisa que sabía que era un poco demasiado inocente.

Hubo otro silencio. Un pulso. Era una pequeña batalla territorial por un objeto de ferretería.

Finalmente, Oliver cedió, pero lo hizo con una condición que resonó con su personalidad controladora.

—Bien. Te prestaré la sal, el abrelatas y la escalera pero la quiero mañana temprano en la mañana.

—Entendido. Mañana temprano —acepté, con una pequeña victoria. Había conseguido el salero, el abrelatas y la escalera.

—Y Emma —dijo, deteniéndome justo cuando iba a irme—. Por favor, la próxima vez que te mudes, planifícalo mejor.

—Y Oliver —respondí, con mi propia sonrisa maliciosa—. Por favor, la próxima vez que vuelvas a casa, mira dónde pisas.

Me giré antes de que pudiera responder, cerrando la puerta con cuidado, pero con la satisfacción de saber que había tenido la última palabra.

Ahora, de vuelta a mi caos. La pasta me esperaba, y ahora, gracias a Oliver, estaría deliciosa. Pero más que eso, estaba esta extraña sensación: Londres era grande, pero mi pequeño rincón en el piso cinco ahora tenía un punto focal de irritación justo enfrente. Un vecino abogado, guapo y latoso. Mi nuevo comienzo no iba a ser tan aburrido o eso espero.