O1 | TRAICIÓN DESCUBIERTA
YOON SEOHYUN
El agua está muy caliente, provocando esa sensación que enrojece la piel, la adormece, y cuando sales, tiemblas como si el frío saliera de tus huesos. Hoy dejé que el agua corriera hasta que el vapor lo tapó todo, hasta que no pude ver ni el espejo ni los azulejos.
Cumplo veintisiete años. Y esta mañana me desperté con su lado de la cama vacío, las sábanas frías donde él debería estar, y supe que algo se está enfriando mucho más de lo que creí, ya que no hubo desayuno, ni regalo torpe sobre la almohada, ni siquiera ese beso en la frente. Solo el sonido bajo de su voz en el pasillo, hablando por llamada.
Cierro los ojos y dejo que el agua me golpee como un castigo por ser tonta, por haber esperado. Porque en algún lugar muy profundo y triste de mí, creí que hoy sería diferente. El agua se lleva la espuma del champú y también se lleva pedazos de esa esperanza que es una estupidez, esa parte de mí que todavía cree que el amor son gestos, fechas y recuerdos.
Soy una idiota.
La voz en mi cabeza lo repite claro.
¿Qué me hace pensar que merezco algo?
Me tenso bajo el chorro, los músculos del cuello tan rígidos que duelen, mientras el vapor se me mete en los pulmones, sofocante. Quiero desaparecer en esta niebla blanca, convertirme en nada, en vapor yo también.
Y es que, ser olvidada es un dolor, pero esperar ser recordada y no serlo es un martirio que te desgarra por dentro, lento, minuto a minuto.
Y entonces sus manos llegan sin aviso, grandes y calientes en el agua hirviendo. Aprietan mi cintura con una confianza que me quita el aire y me sujetan cuando mis pensamientos se vuelven más oscuros. Levanto la cabeza y abro los ojos, aunque me arden por el agua, pero aun así lo veo, es Seokjin. Su rostro, esas líneas suaves que siempre me volvió loca, está serio y quieto. No habla, solo se acerca y su boca cubre la mía.
El beso es húmedo y urgente, provoca un alivio tan fuerte que las lágrimas se juntan con el agua de la ducha, porque no me olvidó. Mi cabeza, llena de ruido, se calla de golpe y ya no pienso, solo dejo que mis dedos se claven en sus hombros, en esa espalda que me hace sentir pequeña y segura. Le devuelvo el beso con toda mi desesperación, quiero que lo sienta como pasión, no como el miedo que en verdad es.
Quiero beberme su atención, toda, hasta la última gota, almacenarla para los días vacíos que sé que vienen.
Siento su erección despertar, endurecerse contra mi vientre bajo el agua caliente. Estoy de puntillas, entregada hasta el punto de jadear, y ese dolor en mi pecho, ahora se mezcla con la excitación. Los dos queremos más. Yo lo necesito. Necesito que esto borre todo lo demás, que lo cubra con sensaciones tan fuertes que no pueda pensar.
Seokjin no me lo da como yo anhelo, de golpe me voltea contra la pared, el azulejo está frío, pero apoyo las manos y parte de mí rostro se aplasta. Ya no lo veo, solo lo siento cuando sus labios muerden mi hombro, chupan y marcan sin cariño, pero algo roto en mí desde niña, tiembla agradecido porque esto lo entiendo. Aquí no hay dudas, ni el miedo horrible a que no le importe.
Sus manos grandes se hunden en mis caderas, me obliga a abrir las piernas, sin paciencia, permitiéndome sentir el empuje de su erección, restregándose contra mi sexo ya mojado más de angustia y necesidad que por el agua. Tiemblo, pero mi espalda se arquea ofreciéndome más, y el llanto en mi garganta se vuelve un jadeo sucio.
—Seokjin...—susurro contra el azulejo, pero no es una queja, estoy suplicando.
Y él no responde con palabras sino con una embestida.
Un empuje violento que me atraviesa y llena, rompiéndome toda defensa, por lo que un grito agudo sale de mi boca, ahogado por la ducha, mientras él me sisea al oído.
Gruñe cuando mi cuerpo, traidor y sumiso, se cierra sobre él en un temblor brusco, apretándolo por puro instinto. Intento respirar, relajar los músculos de mis caderas tensas que me duelen, ese dolor punzante que llena el vacío negro dentro de mí. Pero él no espera. Su brazo me levanta apenas, me ajusta a su ritmo, me convierte en algo para su uso. Y entonces, comienza a embestir fuerte, rápido, sin compasión.
Solo busca su satisfacción, sin importarle mi comodidad, mi placer, mi existencia más allá de este uso.
Cada embestida me golpea contra la pared, por lo que gimo forzado, intentando sacar la incomodidad, la humillación de que me use así, sin besos, sin verme. Pero dentro de esa humillación, una chispa de placer se enciende, porque esto es real, su deseo por mí ahora es algo que puedo sentir.
Cierro los ojos, y cada gemido es una moneda que pago por su atención, para no sentirme sola en este día que debería ser mío. Me avergüenzo de que esto me excite, de encontrar en este uso sucio una forma retorcida de amor. Pero solo me entrego, porque el vacío y el silencio que me esperan son mucho peor.
Su clímax lo hace gruñir mientras siento su semen derramándose dentro de mi y su cuerpo cae sobre mi espalda, pesado y húmedo. Su respiración golpea mi nuca hasta que se aparta, saliendo de mí con un jadeo final, maldiciendo el agua hirviendo que quema su piel, por lo que intenta regularla.
El vacío que deja no es solo físico.
Me quedo pegada a los azulejos, las manos aplastadas contra lo frío y sin poder respirar bien. Siento nuestros fluidos bajar por mis piernas que no dejan de temblar, arrastrados por el agua, mientras lo escucho detrás de mí, lavándose con prisa, como si yo solo hubiera sido otra cosa para tachar de su lista.
—¿Estás bien? —pregunta, desde atrás. No suena preocupado, sino extrañado, como si mi silencio fuera una rareza.
Asiento temblorosa, sin saber si me ve. Me obligo a apartarme de la pared, pero tengo las piernas débiles y la cabeza pesada.
Seokjin ya no es tierno después del sexo, cuando antes me envolvía en sus brazos, me hablaba con un cariño que necesitaba. Pero ahora solo hay distancia y silencio.
Necesito que me abrace, que haga algo que diga que aún soy amada.
Cuando termina, al pasar detrás de mí, su mano se posa un instante en mi trasero y me da una palmada, no cariñosa, sino como quien da una palmadita a un perro que se ha portado bien.
Enreda una toalla blanca alrededor de su cadera y sale del baño sin mirar atrás, dejando la puerta entreabierta, provocando que el vapor se escape hacia el pasillo. El agua fría me golpea y no puedo dejar de temblar, sintiendo dentro de mi pecho el vacío que es ahora más grande y hambriento, tragándose ese instante en que fui deseada.
Salgo de la ducha, todavía temblando, mientras el aire de la habitación golpea mi piel mojada y con sus marcas. Él ya está casi listo. Tiene las medias, los pantalones oscuros puestos y abrocha los últimos botones de su camisa blanca, que resalta sus hombros y espalda ancha. Esa vista antes era tan familiar, que sentía como mi hogar, pero ahora solo me provoca una ansiedad horrible.
Permanecí junto a la cama, envuelta en la toalla. Allí estaba mi ropa, la lencería inútil, la camisa que le gustaba, la falda de tubo y mis tacones. No me vestí por quedarme mirándolo, esperando, con el corazón golpeando, que dijera algo, que probara que yo importaba aunque sea un poco, que no era solo un cuerpo. Pero no hubo nada.
Seokjin termina de abrocharse los puños de la camisa, con esos gemelos de plata que le regalé hace dos cumpleaños, y alza la vista hacia el espejo, provocando que sus ojos se encuentren con los míos en el reflejo.
—Date prisa.
El suspiro que libero es casi inaudible, pero lo siento salir de lo más profundo de ese vacío en mi pecho.
—Sí.
Me visto, pero al ponerme los zapatos, la cabeza me da vueltas, es el hambre y todo lo que trago sin llorar. Él también está listo, pero no me mira porque tiene el celular en las manos y la mirada fija ahí. Siento un nudo que se aprieta en mi estómago porque, al principio, cuando estábamos juntos, no lo tocaba, no quería saber nada de él, pero ahora es lo más importante, y lo que más duele es cómo se aleja como si con el cuerpo me dijera que hay un lugar donde no puedo entrar.
No quiero pensar lo peor.
—¿Vamos a desayunar algo? —pregunto, y odio la pizca de esperanza que tiembla en la pregunta. Pero es que quiero desayunar con él, como hicimos todos mis cumpleaños anteriores en la cafetería de la esquina, con él quejándose del café y yo riéndome, con sus pies tocando los míos bajo la mesa.
—No —responde, sin levantar la vista del celular—. Ya se me hace tarde.
—Pero... ni siquiera... ni siquiera me has saludado.
Esta vez, levanta la vista, y sus ojos almendrados se clavan en los míos con una expresión de confusión, casi de irritación.
—¿Saludarte? ¿De qué hablas? —frunce el ceño, como si mis palabras fueran un acertijo sin sentido.
—Hoy... hoy es mi cumpleaños, cariño.
Su expresión cambia, la confusión se disipa, reemplazada por una sorpresa que inmediatamente se nubla con el reconocimiento incómodo y el fastidio.
—Mierda —murmura, llevándose los dedos a las sienes, para luego soltar un suspiro largo—. Se me pasó por completo. No tengo cabeza para estas estupideces ahora, Seohyun, lo sabes.
Estupideces. La palabra me golpea, porque mis cumpleaños, nuestras costumbres, querer sentirme especial un solo día, todo es una estupidez para él, por lo que el dolor en mi pecho se abre paso y se queda como un moretón que no para de crecer.
Pero ya sé cómo termina esto. Si ahora le muestro lo que necesito, si lloro y le digo que su olvido me lastima, todo se pudrirá en un segundo. Él se cerrará, después arderá de rabia y, al final, la culpable seré yo porque arruiné su día, yo dramática, yo pesada. No puedo, no hoy que tengo que trabajar, tengo que mantenerme entera, tengo que actuar como si nada.
Actuar es lo único que en verdad sé hacer bien.
—Sí. No importa. No es gran cosa —murmuro, restándole importancia—. Podemos... podemos hacer algo a la noche.
—No. No puedo. Estaré ocupado.
—¿Otra vez? —la pregunta se me escapa, cargada de una desesperación que ya no puedo ocultar—. Pensé que... que podríamos salir a cenar...
Respira hondo, una inhalación tan larga que hincha su pecho, y en sus ojos veo cómo la paciencia, esa capa fina que cubría su mal humor, se agrieta.
—Tengo un viaje. Una maldita auditoría en la planta de Busan. Regresaré tarde, así que olvídate de la cena.
—¿Otro viaje?
No pude disimular el tono de incredulidad, de agotamiento, ya que era el tercero en un mes. Pero eso provocó que su control se rompiera.
—¡Sí, otro maldito viaje! —estalla, llevándose ambas manos a la cabeza, los dedos enterrándose en su cabello castaño—. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué le diga al malnacido de mi jefe que no puedo ir porque es el cumpleaños de mi novia? ¡Me despediría en el acto! Estoy hasta el cuello, Seohyun —lleva el borde de la mano a la garganta, en un gesto dramático de asfixia—. Hasta aquí.
Me quedé paralizada, viendo cómo la frustración que llevaba semanas—¿meses?— contenida estallaba como un volcán. No era solo el viaje. Era todo.
—No puedo creerlo —continua, comenzando a caminar de un lado a otro frente a la ventana, su silueta recortada contra la luz gris de la mañana—. A mis treinta y cuatro años debería estar arriba, no saltando cada vez que el idiota de mi socio chasquea los dedos. Si algo sale mal, la culpa es mía, pero si algo sale bien, el mérito es de él, del "gran estratega" —se detuvo y me miró, sus ojos inyectados de una rabia amarga—. ¿Y sabes por qué me quedo? Porque por más que lo intente, nadie me ofrece algo mejor.
Su confesión de fracaso debería haberme dado pena, pero solo hizo más grande mi vacío, porque su vida se caía a pedazos y yo, con mis preocupaciones, mis angustias y ganas, éramos solo basura bajo sus pies. Seokjin se ahogaba, y para no hundirse solo, me apretaba la cabeza bajo el agua. Pero, aun así, me acerqué, alargando la mano temblándome, queriendo tocar su brazo.
—Cariño, tranquilo...
—¡No me digas que me tranquilice! —se apartó bruscamente, dando un paso atrás, su mirada llena de un fastidio que rayaba el desprecio—. Tú no lo entiendes. En tu trabajo tienes tareas simples, hasta tu rutina lo es. No tienes idea de lo que es cargar con esto.
Cada una de sus palabras me lastimaba, haciéndome sentir pequeña, sin importancia. Usaba mi propio puesto, ese que él mismo me alentó a aceptar, para callarme e invalidar mi dolor. Y lo peor es que una parte de mi interior, creía que él tenía razón, que mis dramas no eran nada al lado de los suyos y que el simple hecho de necesitar que me quisiera era un capricho de niña tonta.
Seokjin respiró hondo, varias veces, hasta se pasó la mano por el rostro tratando de recuperar el control.
—Mira... mañana te doy un regalo y te llevo a cenar a donde quieras, pero hoy... no puedo.
Eso era un hueso arrojado al perro que ha sido regañado. Y yo, la perra hambrienta, solo pude asentir, ya que era algo y eso era mejor que nada.
Era la promesa de un mañana que quizás nunca llegaría, pero a la que podía aferrarme para sobrevivir al hoy.
—De acuerdo.
Asintió, pero luego miró su reloj y la urgencia regresó a sus ojos.
—Vamos. De verdad que vamos a llegar tarde.
Recogió su maletín y salió, por lo que tomé mis cosas para seguirlo. Bajamos en silencio, y una vez en el auto, encendió la radio, matando cualquier palabra. Me dejé caer en el asiento, viendo pasar la ciudad mientras pensaba en mi cumpleaños, el día que Seokjin me olvidó más que nunca. Y yo, en vez de enfadarme o irme, me aferré a los restos —un sexo salvaje, una promesa falsa, una migaja de su atención—, y lo llamé regalo.
Porque cuando has crecido creyendo que no mereces un banquete, aprendes a saciar tu hambre con migajas. Y a agradecer, con cada fibra de tu ser rota, que al menos te hayan tirado algo.
(...)
Al siguiente día, mi mañana también comenzó de nuevo como un golpe seco en mi estómago, y no por el clima frío ni por el viento que se cuela, sino porque ahora estoy sentada frente al escritorio impecable de Kim Namjoon, mi jefe en Velour Marketing Group, y su rostro mostraba una pena que lo decía todo.
La oficina era grande, con paredes de madera oscura que siempre olían a cera y a gente desesperada por triunfar. Sus estanterías, ordenadas de una manera obsesiva, de pronto me dieron asco.
—Seohyun... no hay manera fácil de decirlo —su voz bajó, volviéndose más grave, mientras se inclinaba hacia adelante—. La empresa está en quiebra. Hemos intentado mantenernos a flote, hemos recortado hasta donde no había más que recortar, pero... es el final.
Lo miro, y mis ojos deben estar vacíos, porque siento el vacío del desayuno que no tomé, expandiéndose ahora hacia un nuevo abismo. Mis labios se separan, pero el sonido tarda en llegar.
—¿Está diciendo que...?
—Que hoy es tu último día aquí —traga saliva, un movimiento convulsivo de su nuez, y aparta la mirada por un instante hacia el ventanal, como si buscara en la ciudad alguna respuesta que no tiene—. Lo lamento de verdad. Tú has sido... excepcional, tanto así que si alguien me llama para pedir referencias, juro que hablaré maravillas de ti. No solo porque lo mereces, sino porque... te aprecio.
Ayer fue Seokjin quitándome el aliento. Hoy es esto. Esto era lo único estable. El escritorio, estas órdenes, este hombre que me decía qué hacer y a veces me premiaba con una sonrisa... Sin esto, ¿qué me queda? La pregunta resuena en mi cabeza.
—No... no esperaba esto.
Namjoon suspira por la incomodidad, y se ajusta las gafas, un gesto nervioso que he visto mil veces antes de las malas noticias.
—Sé que este no es el momento para añadir más peso, pero... la indemnización, va a retrasarse, quizás unos meses. El dinero está bloqueado por los acreedores, todo el proceso legal es un laberinto —hizo una pausa, y sus ojos, normalmente tan seguros, evaden los míos—. Te pagaré en cuanto pueda, lo prometo. Será lo primero que haga cuando esto se desenrede.
—Entiendo.
Se reincorpora, incómodo, como si no supiera cómo cargar con lo que ha hecho. Alarga la mano sobre el escritorio, pareciendo avergonzado, pero aun así la tomo, dándonos un apretón que debería ser normal, pero siento un temblor en su muñeca, su culpa o quizás solo su cansancio.
Es raro. En este momento, a mí me están echando, pero Namjoon es el que se está desmoronando por dentro.
—Mucha suerte, Seohyun.
Salgo de su oficina y el camino hasta la mía parece eterno. La puerta está abierta, por lo que entro y me desplomo en la silla que cruje con un sonido bajo mi peso. Mi mirada recorre el escritorio donde está la foto de Seokjin y yo en Busan cuando aún éramos felices, la pluma que Namjoon me obsequió para firmar cosas importantes, las carpetas que ya no sirven para nada.
Empiezo a guardar mis pertenencias en una caja, colocando la foto boca abajo para no ver nuestras sonrisas, la pluma rueda hasta el fondo de la caja y las carpetas forman una torre inútil. También guardo un cactus que ni yo pude matar al olvidarme de regarlo.
Todo cabe en una sola caja, es desgarrador.
Una vez que termino, tomo la caja entre mis brazos. No pesa de verdad, pero mis músculos tiemblan igual, cargados con todo lo que significa. Cruzo el pasillo vacío donde mis tacones resuenan, hasta que entro al ascensor y presiono el botón para bajar.
Al salir del edificio, la brisa me azota en la cara de una vez. No sé qué hacer. No tengo un plan y la energía para inventar uno se me agotó. Mi celular está silencioso en mi bolso. Seokjin no ha llamado y tampoco habrá un mensaje preguntando cómo fue mi día ni cumplirá su promesa de regalo y cena. Lo último que mandó anoche fue que llegaría tarde de su viaje.
Su crisis es todo, siempre más grande y más importante que la mía
Comienzo a caminar mientras la gente pasa a mi lado, absorta en sus propias vidas, ignorando cómo llevo la caja que es lo único que me queda.
¿A dónde voy? ¿A mi departamento a que me ahogue la soledad?
Entonces, la vibración que viene de mi bolso negro, colgando del hombro, llama mi atención. Me detengo en medio de la acera, balanceando la caja en una cadera mientras forcejeo con la cremallera con la mano libre. Los dedos tropiezan con lo que guardo hasta encontrar el celular con la pantalla encendida, y el nombre que aparece en la notificación me ofrece un absurdo consuelo, ya que se trata de mi mejor amiga.
DAYEON
¿Cuándo tienes un rato? Necesito hablar contigo.
Un suspiro largo se me escapa, ya que no tengo un rato. Tengo el resto de mi vida vacía por delante. Los dedos, torpes por el frío o por el temblor interno, teclean una respuesta.
Ahora.
La respuesta llega casi al instante, como si ella estuviera esperando al otro lado de la pantalla.
DAYEON
Perfecto. Estoy libre también.
Vamos a Café Lumen.
Café Lumen queda a seis calles de aquí, y mientras camino, las preguntas que venía evitando ahora zumban dentro de mi cabeza ¿cómo se lo digo a Seokjin? ¿Su cara será de fastidio? ¿Esto le probará finalmente que solo soy un problema? ¿O solo se encogerá de hombros, cansado de mí, y me dirá que busque otro trabajo?
Al entrar siento un golpe de calor y aroma dulce, escuchando solo voces y el sonido de las tazas. La veo al instante, ya que Dayeon está junto a la ventana, sentada con esa perfección que a veces odio. Su cabello rojo liso brilla, su ropa costosa se ciñe a su cuerpo.
Sonríe al verme, pero esta desaparece cuando mira la caja que aprieto contra mí, y su mirada sube, recorriendo mi rostro, mis hombros, cómo me aferro a la caja. Lo ve todo, por lo que se levanta de un movimiento rápido, rodeando la mesa con pasos rápidos, y sus manos se posan en mis hombros, intentando detener el temblor.
—¿Por qué llevas eso?
—Me quedé sin trabajo.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que te quedaste sin trabajo?! —su voz sale más alta de lo que ella pretende, por lo que siento una oleada de vergüenza, como si mi fracaso fuera un espectáculo que ahora todos pueden ver.
—Baja la voz —suplico, sintiendo mi rostro enrojecer.
Una camarera con delantal a rayas se acerca entonces, con una libreta pequeña en la mano y una sonrisa profesional en los labios. Dayeon recupera parte de su compostura con un esfuerzo visible y yo me desplomo en la silla frente a la suya, dejando el bolso colgado en el respaldo y la caja la coloco a mis pies, en el suelo.
—Un café americano, por favor.
—Café latte... y un trozo de pastel, el más chocolatoso que tengan —añado, sorprendida de lo rasposa que suena mi propia voz. El chocolate es un antojo infantil, un intento patético de encontrar consuelo en el azúcar, en algo que pueda llenar aunque sea por un momento ese hueco negro que se devora todo.
La camarera anota y se aleja. Dayeon me observa a través de la mesa, sus dedos jugueteando con el borde del mantel.
—¿Qué pasó?
Exhalo, inclinándome hacia adelante, apoyando los codos en la mesa y enterrando la frente en la palma de una mano.
—Velour se declaró en quiebra. Namjoon no tuvo opción... me despidió.
El sonido que sale de Dayeon es otro suspiro, pero este es de comprensión amarga, de un "ya me lo temía" que nunca se atrevió a verbalizar.
—Supongo que... en el fondo lo imaginaba. Había demasiados rumores últimamente, demasiada tensión en las llamadas de los directivos —cierro los ojos, concentrándome en la oscuridad detrás de mis párpados, en el leve dolor de presión en la frente. Es más fácil que enfrentar la luz del café, la expresión de Dayeon y la realidad—. Además me dijo que la indemnización tardará en llegar. Todo está bloqueado por los acreedores.
Siento entonces su mano deslizarse sobre la mía, sus dedos se cierran alrededor de los míos con una firmeza que pretende ser reconfortante, pero que a mí, en este instante, me parece solo otro recordatorio de todo lo que no tengo, de la estabilidad que ella posee y que yo he perdido. Aún así, me aferro a ese contacto.
—Sabes que estoy aquí para lo que necesites.
Asiento y levanto la mirada para encontrarme con la suya, mientras mis lágrimas, las traicioneras, presionan detrás de mis ojos, haciendo que su imagen se nuble.
—Lo sé, y te lo agradezco. Si no fuera por ti...
No hace falta terminar, ya que ambas sabemos de qué hablo. De los años de estudio, de las tardes infinitas en su casa, donde el olor a comida casera y a orden era un alivio para el caos de la mía. Donde su madre me servía café, preguntándome por mis estudios, y su padre, siempre se preocupaba por mí, una presencia cálida y no amenazante.
Fue mi refugio. Aunque a veces pienso que fue mi perdición, porque me mostró cómo podría ser la vida, lo que podría tener y, desde entonces, he estado persiguiendo ese pedazo de paz en los hombres equivocados.
La camarera deja la bandeja y el ruido de la taza, el tenedor al lado del trozo de pastel enorme, todo me golpea los oídos. Dayeon mueve su café mientras clavo el tenedor en el pastel y me meto un bocado, sintiendo el chocolate espeso, demasiado dulce, tanto que se me pega en el paladar.
—¿Y ahora? ¿Qué vas a hacer, Seohyun?
Mastico y trago, la dulzura dejando un sabor amargo en el fondo de la lengua.
—No lo sé. No tengo planes. Ni siquiera... ni siquiera sé cómo voy a decirle a Seokjin.
En el instante en que digo su nombre, algo cambia en el rostro de Dayeon. Una tensión casi imperceptible recorre su mandíbula.
—Por favor...—digo, dejando el tenedor sobre el plato de forma más brusca de lo que pretendía—, no empieces. Hoy no puedo escuchar otra vez lo mucho que lo detestas. No hoy.
Abre la boca, pero luego la cierra y su mirada se desvía hacia su taza, hacia la espuma que ya se ha disuelto en el café negro.
—No es eso...
—Entonces, ¿qué?
Duda, traga en seco mientras sus dedos se clavan en la taza y me mira, permitiéndome notar cómo en su mirada pelean la lealtad y el miedo, un miedo a lastimarme, a ser la que trae la verdad que duele.
—Odio esto —susurra, y se lleva las manos al rostro por un instante—. No quiero herirte, Seohyun. Lo juro. Pero tampoco puedo... no puedo dejar que sigas sin saberlo. No si eres mi mejor amiga.
El corazón, ese órgano estúpido y persistente, comienza a golpear contra mis costillas con un ritmo sordo y acelerado mientras la cafetería pierde su calidez.
—Dayeon... habla de una vez.
Con un movimiento rápido, casi brusco, mete la mano en su bolso de cuero negro y saca su celular, donde sus dedos vuelan sobre la pantalla, buscando algo. Cuando lo encuentra, gira el celular y lo desliza por la mesa hacia mí.
No respiro. Todo lo demás—el murmullo de las personas, el aroma a chocolate, el peso de la caja a mis pies, la ciudad entera— se desvanece en un zumbido blanco y agudo.
Es una foto tomada con una luz del día demasiado clara, donde se ve el auto azul oscuro de Seokjin, y él a un costado, inclinado sobre una mujer. Reconozco su perfil, su nuca, su mandíbula. Sus labios aplastados contra los de ella en un beso profundo, de esos que solo das cuando quieres tragar a alguien. Ella tiene cabello corto, oscuro y un abrigo costoso. Pero no puedo ver su rostro, solo cómo él la cubre por completo, la mano en su cintura, sus cuerpos pegados.
Acerco la pantalla a mis ojos, como si al reducir la distancia pudiera encontrar un error, un truco de la luz, un reflejo, cualquier cosa que no sea lo que es. Pero no hay error. Es él. Es su coche. Es un beso.
—¿De dónde sacaste esto?
—La tomé esta mañana. Los vi saliendo del Hotel Aureum... el que está a dos calles de mi departamento.
Hotel.
La palabra me revienta la cabeza. Un hotel. Uno de esos sitios costosos para gente que tiene algo que esconder o algo que celebrar en privado.
Un zumbido me llena los oídos, tiemblo y dejo caer el celular sobre la mesa. Miro la mancha de chocolate en mi plato, los granos de azúcar, cualquier cosa con tal de no ver. Y ahí, recién ahí, vienen las lágrimas, silenciosas, que me bajan por el rostro y caen sobre la mesa, una tras otra, haciendo manchas. Siento la sal en mis labios y no las paro, ya no puedo.
Esta es la prueba final que mi cuerpo ya sabía y mi corazón se negaba a aceptar: siempre he sido reemplazable.
El silencio roto solo por el leve crujido del papel de la servilleta cuando Dayeon la extiende y la desliza hacia mí a través de la mesa.
(...)
Los primeros cinco días me pudrieron por dentro, porque la imagen quedó quemada en mis ojos. Su nuca, ese beso a plena luz del día, que lo dejaban sin excusa, provocaron que no tuviera ni siquiera fuerza para salir. Mi celular vibraba con sus llamadas, sus mensajes, sus audios. Pensar que esos mismos labios que decían "¿estás bien, amor?" estuvieron en la boca de otra la noche de mi cumpleaños.
Esta mañana decidí que tenía que salir porque, si no lo hacía, si no iba a enfrentarlo, iba a terminar ahogada en mi propia rabia y dolor. No fue por ser valiente sino porque ya no podía más. Prefería que me destrozara de una vez, en lugar de seguir pudriéndome sola en esa habitación.
Antes de salir, traté de tapar con maquillaje las marcas y la hinchazón de haber llorado tanto. Pero era inútil. Me puse unos jeans viejos, una blusa blanca y una chaqueta rosa.
En el taxi, el corazón me golpeaba contra el pecho, pero mis dedos, helados y torpes, escribieron el mensaje para avisar a Seokjin que estaba en camino. Lo envié y contemplé su visto. No hubo respuesta ya que, como siempre, él tenía el control del silencio, de la espera, del tiempo.
Al llegar al Café Lumen, me siento en una mesa afuera. Cuando se acerca una camarera, pido un latte para mí, y sin querer, también un café negro para él. Mi boca dijo las palabras sola, como si me traicionara.
Cuando las tazas llegan, el vapor se eleva en dos columnas, observo la suya, negra y amarga como lo que está por venir, y siento un escalofrío que me recorre la espina dorsal. Entonces, escucho los pasos y los reconozco antes de verlo. Levanto la vista y ahí está, avanzando entre las mesas con esa elegancia que siempre me ha fascinado. El cabello castaño y liso, cae sobre su frente, resaltando sus ojos almendrados, sus labios esponjosos y rosados.
—Hola, amor.
Sus labios rozan los míos, el beso de siempre. Ahora me da asco, un rechazo que apenas puedo contener. Se sienta y mira su café con una sonrisa de satisfacción, porque es la sonrisa del que se sabe esperado, atendido, cuidado.
Da un sorbo lento y me observa por encima del borde de la taza.
—¿Qué tienes? —pregunta, y su tono es ligero, como si mi presencia aquí, mi palidez, el temblor que debo estar irradiando, fueran solo un capricho más, un mal humor pasajero que él tiene la tarea de disipar.
Lo miro y veo al hombre con el que compartí la cama tantas veces, que me susurró promesas y a ratos me hizo sentir especial. Después veo la foto. La foto donde le mete la lengua a esa mujer frente a un hotel, después de haberse olvidado de que era mi cumpleaños.
—¿Qué tengo?
Suelta una risa breve, nasal, y aparta la mirada hacia la calle, como si mi seriedad fuera un espectáculo cualquiera que no merece toda su atención.
—Pareces agotada... peor que eso.
—Quiero preguntarte algo. Y necesito que me respondas con sinceridad.
Suspira cansado, y se recuesta en la silla, cruzando los brazos sobre su pecho. La postura es defensiva, ya lo sé, porque la adopta cuando anticipa una conversación que no quiere tener.
—Está bien.
El corazón late con tanta fuerza que creo que va a romperme las costillas.
—¿Tú me amas? —salen las palabras, y suenan absurdas, infantiles, patéticas en este contexto, pero son la única verdad que podría, quizás, redimir esto.
Frunce el ceño, una arruga de fastidio que se marca entre sus cejas, y mira alrededor, como avergonzado.
—Sabes que no me gusta hablar de esas cosas —recalca por lo bajo, como si yo estuviera cometiendo una falta de tacto—. No así, en medio de un café. No es mi estilo.
El dolor que atraviesa mi pecho, porque no es el rechazo a la pregunta sino a la necesidad misma, a mi necesidad de escucharlo, de aferrarme a algo.
—Necesito escucharlo. Dímelo.
—Sí. Sí, te amo. ¿Ya está? ¿Satisfecha? ¿Es suficiente?
No lo es.
—Entonces... ¿por qué?
—¿Por qué qué? —pregunta, claramente molesto, exasperado—. Seohyun, estamos en un lugar público. Cualquiera puede oírnos. No empieces.
—Respóndeme.
—No entiendo a qué te refieres. Y no quiero que empieces a llorar aquí, a montar una escena.
La risa que me sale entonces es amarga, tanto así que ni siquiera yo reconozco.
—¿Una escena? —me inclino hacia adelante sobre la mesa, reduciendo la distancia, provocando que el aroma de su colonia, esa que yo le elegí, me invada y revuelva el estómago—. Si me amas como acabas de decir... entonces explícame por qué demonios me eres infiel con otra mujer.
El impacto de mis palabras es tanto, que el color abandona su rostro, sus ojos se abren de par en par por un instante, mostrando un destello de pánico puro, de sorpresa descubierta. Su boca se abre, se cierra, tardando demasiado en responder.
—¿Qué... qué mierda estás diciendo? —balbucea, pero la fuerza de su voz se ha quebrado.
—No te atrevas. No te atrevas a negarlo —susurro, y el rencor ahora fluye libre, caliente, por mis venas—. Te vi a la mañana siguiente de mi cumpleaños, saliendo del Hotel Aureum con ella. La besabas como no me besas a mí desde hace meses.
El silencio que se instala entre nosotros es opresivo. Lo observo tragar saliva, el movimiento de su nuez de Adán subiendo y bajando con dificultad. Aparta la mirada, la fija en la calle, los coches que pasan, en cualquier cosa que no sea la devastación que debe estar escrita en mi rostro.
Cuando vuelve a mirarme, su expresión ha cambiado. No hay arrepentimiento sino resignación, cansancio, y sobre todo, frialdad.
—¿Y qué quieres que te diga, Seohyun?
Me llevo las manos al rostro por un instante, no para llorar, sino para respirar, para contenerme, para no alcanzarlo a través de la mesa y arañarle esa mirada de indiferencia.
—Dime que no es cierto. Dime que no eres tan hijo de puta...
—Sí. Sí, te estoy engañando. Ya no tiene sentido seguir ocultándolo, ¿verdad? Ya lo sabes.
El zumbido en mis oídos se intensifica hasta ahogar el murmullo de las personas en la cafetería, el claxon de un coche en la calle, el latido de mi propio corazón.
Lo miro, y por un instante, no veo al hombre que amé.
Veo a un extraño hermoso y cruel.
—¿Cómo... cómo puedes decirlo así? —logro articular con la voz quebrada—. ¿Cómo puedes ser tan miserable?
—Baja la voz —se inclina hacia adelante, imponiéndose—. ¿Cuántas malditas veces debo decirte que no montes una escena? No vale la pena.
—¿No vale la pena? —repito, y ahora sí, la incredulidad se mezcla con la rabia—. ¿Nuestra relación? ¿Los cinco años? ¿Todo lo que...?
—Para mí, el amor no basta —me interrumpe con obviedad, como si estuviera dictando una verdad universal que yo, en mi simpleza, he sido incapaz de comprender—. No, Seohyun. No cuando vivo atado a un alquiler que apenas puedo pagar, cuando tengo que mirar el precio del menú antes de pedir, cuando mis sueños son más grandes que ese departamento de mierda y este trabajo estancado que no me lleva a ninguna parte.
Se recuesta en la silla, cruzando los brazos de nuevo, y su mirada se vuelve casi contemplativa, como si estuviera viendo un futuro brillante donde yo le estorbo.
—Conocí a alguien...—continúa, y ahora hay, ¿admiración? ¿Codicia?—, que no se conforma. Alguien con ambición... y con un apellido que abre puertas que ni siquiera puedes imaginar. Es multimillonaria.
Las lágrimas corren libres ahora, calientes y saladas, pero ya no me importa. El dolor es tan profundo que ha traspasado el umbral de la vergüenza.
—No puedo creer lo que estoy escuchando...
—Créelo —exige, y por primera vez veo una chispa de algo parecido a la emoción en sus ojos, pero es emoción por su propio futuro, no por nuestro pasado—. Lamentablemente, tú no tienes lo que yo necesito para llegar a donde quiero estar. Pero ella... ella sí. Yuna podría darme el empujón que necesito.
—¿Yuna? —susurro, saboreando las sílabas, este nombre que ha destruido mi vida—. ¿Así que ella se llama Yuna?
Una sonrisa lenta y cínica se dibuja en sus labios, como alguien que disfruta soltando la última pieza del rompecabezas, sabiendo el daño que causará.
—Jeon Yuna —pronuncia el apellido con una reverencia casi obscena.
Lo sé al instante.
Jeon.
Jeon Jungkook, aquel hombre que aparece en cada esquina, en cada revista, en ese círculo de dinero donde solo ellos respiran. El magnate. El divorciado codiciado. Su hija, Jeon Yuna, modelo de su empresa.
Mi corazón se detiene porque no me deja por otra cualquiera. Me ha cambiado por alguien cuyo mundo está a años luz del mío.
Seokjin inclina la cabeza, observando mi palidez, mi temblor, y su sonrisa cínica se ensancha.
—Si me amaras de verdad, entenderías. Mi futuro está con ella y su familia. Si Yuna me presenta como su pareja oficial, estoy seguro de que sus padres no dudarán en abrirme las puertas de JJKrown —exhala despacio, como si saboreara la idea—. Podré tener la vida que siempre soñé, Seohyun. Un coche último modelo —hace un gesto vago con la mano, señalando la calle—. Viajes a donde quiera, cuando quiera. Nunca más mirar el precio de nada —golpea la mesa con los nudillos, marcando cada palabra—. Nunca más sentir que soy un maldito fracasado.
Cada palabra me lastima a propósito. No solo hiere a la novia engañada, sino a la mujer que confió en él, que lo apoyó y aceptó sus sobras, pensando que su amor bastaba.
La humillación es completa.
Me ha convertido en solo un problema en su camino, un peso sin nombre que estorbaba sus sueños, pero él simplemente da el último sorbo a su café, como si hubiera salido todo bien, para luego dejar la taza en el platillo haciéndola resonar.
Se levanta ajustándose el suéter, me mira desde su altura, y en sus ojos ya no hay nada. Ni amor, ni odio, ni siquiera lástima.
—Adiós, Seohyun.
Se aleja entre las mesas, su espalda ancha marchándose para siempre. Yo me quedo temblando, con el sabor a traición en la boca y el nombre Jeon Yuna quemándome el alma.
Y es que, ¿qué le podía dar a un hombre como Seokjin? Solo amor. Y el amor, ahora lo sé con toda la crudeza, es lo más barato que existe.
Me siento usada, vacía, y lo peor, es que en una parte podrida de mí, lo entiendo. Entiendo querer escalar y sobrevivir, porque yo siempre me he estado ahogando, solo que mi salvavidas siempre fue un hombre. La ilusión de tener un padre, luego la necesidad de un novio. Y ahora ese salvavidas me soltó la mano y me empujó al fondo.
Me levanto de la mesa y camino sin ver nada, llorando, con el cuerpo temblando, mientras la chaqueta rosa es inútil contra el frío.
Doy unos pasos torpes, hasta que choco contra alguien que no se mueve, su cuerpo duro me detiene y se me escapa un gemido bajo. Casi caigo, pero sus manos grandes me sostienen de los brazos y me dejan pegada a él mientras mis dedos se aferran a su saco gris. Su cuerpo caliente está pegado al mío, envolviéndome el aroma a su colonia amaderada y el mentolado de su crema de afeitar, una combinación que me marea y me deja expuesta, atrapada en su presencia, con el corazón desbocado y el dolor mezclándose con la vergüenza.
No soy capaz de mirar su rostro, solo bajo instintivamente la mirada, escondiendo el mío. No quiero que nadie me vea así. No quiero que nadie sea testigo de esta ruina.
—Tranquila —su voz sale grave, más grave que la de Seokjin—. Respire. Solo respire un momento.
—Lo... lo siento...
Intento liberar mis brazos de su agarre, que no es fuerte.
—Espere...—insiste la voz, dejándome percibir una genuina preocupación y hasta algo de curiosidad.
No puedo quedarme. Si me quedo, voy a romperme. Y peor, corro el riesgo de aferrarme a este extraño, de buscar en sus ojos la validación que acabo de perder, de repetir el patrón con un desconocido.
La idea me horroriza y me atrae a la vez, pero ese conflicto me da la fuerza para seguir.
Forcejeo liberándome, paso por su lado y camino rápido, sintiendo su mirada en mi espalda, pero no miro atrás. Escapo de él, de su voz tranquila, de las ganas de recibir un abrazo que me haga romperme por completo.
A lo lejos escucho una voz femenina gritar algo, pero no entiendo las palabras. Solo necesito alejarme de todo, aunque en mi cabeza no deje de resonar Jeon.
Un maldito apellido.
Un mundo entero de privilegios que ha destrozado el mío.
(...)
Pasaron días desde la cafetería y sigo rota por lo que Seokjin me dijo, se me cayó todo y no volvió a levantarse, tanto así, que me quedé encerrada en mi habitación, llorando hasta cansarme y durmiendo solo para no pensar. No sé qué día es ni me importa, no como, no contesto a nadie, dejé el celular tirado como si no existiera.
Estar viva pesa, respirar cuesta y duele saber que sigo en este cuerpo que nadie quiere.
La llave suena y me hace saltar, pero no me muevo de la almohada, ni siquiera cuando escucho pasos y unas bolsas caen sobre la mesa, como si vinieran a obligarme a salir de este pozo.
Dayeon entra y siento su mirada antes de verla, mezcla de preocupación y enojo, esa forma suya de fingir cuando en realidad tiene miedo por mí.
—¿Cuánto tiempo llevas así? No me digas que desde el día que me llamaste llorando.
Giro el rostro hacia la pared, donde la pintura tiene una grieta que he estudiado durante horas.
—Déjame dormir.
—No.
Va hacia la ventana y corre las cortinas, la luz del atardecer cae sobre todo y deja a la vista el desastre, los pañuelos tirados por el suelo, por lo que me hundo bajo las mantas con el pecho apretado, ardiendo de vergüenza y rabia, queriendo esconderme de ella, de la luz y de mí misma.
—Vas a levantarte, y vas a ducharte.
—No quiero.
—No es una opción.
Forcejeamos un poco, pero pierdo al quedarme sin fuerzas y termino yendo al baño arrastrando los pies, con esa sensación sucia de haber cedido otra vez.
Cierro la puerta y me meto bajo el agua pero no me limpia nada, sigo igual por dentro, mientras escucho a Dayeon ordenar mi habitación.
Cuando salgo con la toalla puesta, encuentro ropa limpia esperándome, por lo que agradezco mentalmente ese gesto. Una vez que me vestí, salgo de la habitación y veo a mi amiga que ya está sirviendo comida en silencio. El aroma me revuelve el estómago, pero igual me siento donde me indica porque no tengo fuerzas ni para negarme.
Tomo asiento, frotándome uno de los ojos que siento hinchados y ardientes, notando cómo me observa en silencio por unos segundos, y sé perfectamente que ella debe tener rabia de saber que ese hombre ha conseguido reducirme a esto.
—Come —ordena, deslizando el tazón hacia mí.
Llevo los fideos a mi boca, aquel sabor es tan familiar, el de nuestro sitio favorito, pero por mi ánimo, sabe a nada. Mastico, sintiendo cómo la comida se atasca en mi garganta.
—Gracias —susurro, sin levantar la mirada del tazón, porque si lo hago, si veo la compasión en sus ojos, voy a romperme de nuevo y no estoy segura de poder recomponerme.
Dayeon deja escapar un suspiro largo de frustración y se recuesta en el sofá, cruzando los brazos.
—No puedes seguir así, Seohyun. No puedes quedarte en una cama llorando como si tu vida hubiera terminado —me sostiene la mirada mientras aprieta la mandíbula—. Sé que duele, en serio lo sé, pero no puedes dejar que te hunda.
—¿Y qué soy ahora? —mi voz sale rota mientras frunzo el ceño—. Me quedé sin trabajo, sin él y sin nada. Todo lo que me daba un poco de calma... ya no está.
—Escúchame, tú vales más que esto, ¿me escuchas? Mucho más —se inclina hacia mí, y su mano encuentra mi hombro, sus dedos clavándose ligeramente en mi piel a través de la tela, y ese contacto me da algo a lo que aferrarme por un segundo—. Tienes que levantarte, tienes que buscar un nuevo trabajo, pagar tus cuentas, vivir. Ese imbécil no merece que lo cargues encima todo el tiempo ni que te destruya de esta manera.
—Pero él tenía razón, Dayeon —aseguro amarga—. No soy ambiciosa. Nunca lo fui. Lo poco que conseguí, este departamento, ese trabajo... ya era demasiado para mí. No merezco más de lo que tuve. Y él lo sabía. Por eso me dejó.
Me mira con incredulidad, apretando la mandíbula hasta que los músculos se marcan bajo su piel y veo la furia protectora en sus ojos.
—No vuelvas a decir eso. No lo pienses siquiera —masculla, apretando el agarre en mi hombro—. Él no te merecía a ti. Y si te lo propones, puedes tener mucho más de lo que ese pobre hombre, con su mentalidad de trepador, podría soñar en darte.
Quiero ser capaz de creerle, de decirle algo, pero solo me quedo en silencio, mirando el tazón.
—Te guste o no, voy a sacarte de este agujero, aunque tenga que arrastrarte de los pies, ¿entendido?
Asiento, un movimiento mínimo, porque es más fácil ceder que luchar, y sigo comiendo, cada bocado una batalla contra la náusea y la apatía.
Dayeon observa cómo doy un par de bocados más, y luego respira hondo, como reuniendo valor para algo.
—Hay algo... no sé si es el momento de decírtelo, pero ya sabes cómo soy.
Levanto apenas la mirada, sin mucho interés, porque en este estado nada parece importar realmente.
—Si empiezas así, suena a que no debería escucharlo.
—Tal vez. Pero como me conoces, sabes que lo voy a decir igual —entrelaza las manos sobre su regazo inclinándose hacia mí—. Hace unos días mi jefe despidió a su asistente personal. Y están buscando reemplazo.
Sus palabras caen sobre mí, provocando que la cuchara choque contra el borde del tazón con un tintineo.
—¿Tu jefe...? ¿Te refieres a...? —la indignación me sube a la cara, un calor repentino y amargo—. ¿Estás hablando del padre de Yuna, de la mujer que se metió en mi relación y me lo robó?
—Sí —admite, con una calma que me parece peligrosa—. Y sí, sé exactamente lo que estás pensando. Pero antes de que me respondas, antes de que me digas que no en mil formas diferentes, escúchame. No se trata de él. Se trata de ti —me apunta con el dedo y alza una ceja—. ¿O acaso no quieres demostrarle a Seokjin, y a ti misma, que puedes ir mucho más lejos de lo que él jamás se atrevió a imaginar para ti?
—¿Trabajar para el padre de quien fue la amante de Seokjin? —suelto una risa incrédula—. ¿Tú escuchas lo que dices? Es... repulsivo —hago una mueca de disgusto—. Además, mi currículum no se acerca ni de lejos al de la gente que postulará para algo así. Un hombre como Jeon Jungkook ni siquiera perdería un segundo mirando mi solicitud entre la pila.
—Ahí te equivocas —chasquea la lengua mientras niega con la cabeza—. Aunque creas que van a competir cientos de personas, siempre son menos de lo que piensas. Y la mayoría renuncia o es descartada en la primera semana —se encoge de hombros, distraída, jugando con el borde de un almohadón—. He oído cosas, como que el puesto es exigente al punto de ser insoportable, que Jungkook es un perfeccionista obsesivo —frunce apenas el ceño—. Tal vez por eso dura tan poco la gente a su lado.
—Pues entonces, menos razones para intentarlo...
—O más —corrige, bajando la voz—. Porque tú sí podrías soportarlo. Y no me digas que no, porque te conozco, sé de lo que eres capaz cuando te aferras a algo con esa terquedad tuya que es a la vez tu mayor fortaleza y tu mayor debilidad. Has soportado cosas mucho peores que un jefe exigente.
—No sé si podría estar frente a él —niego con la cabeza, agotada—. Saber quién es... lo que representa... sería como tener a Yuna respirándome en la nuca todo el tiempo, recordándome por qué estoy ahí, por qué fracasé.
—Es muchísimo dinero, Seohyun. Un salario que podría cambiarte la vida. Y necesitas ese dinero, lo necesitas ahora —me interrumpe, inclinándose aún más, como si quisiera imprimir sus palabras directamente en mi mente—. Necesitas progresar, no hundirte. Esto podría sacarte del agujero en el que estás, darte poder. Un poder que ese idiota nunca te dio.
Presiono los labios, atrapada entre el orgullo herido y la urgencia, entre el asco y la curiosidad venenosa que empieza a brotar en algún lugar oscuro.
—Además... —sonríe entonces, cargada de una ironía que no intenta disimular—, sería casi poético, ¿no lo crees?
—¿Poético? —repito con el ceño fruncido, desconfiada—. ¿En qué sentido?
—Que le arrebataras algo importante a Yuna —responde obvia, mirándome fijo—. Ella está acostumbrada a tenerlo todo sin esfuerzo, a que nadie le diga que no. Y su padre... él no es cualquier hombre. Para Yuna es intocable.
—¿Por qué pareces...?
—La odio desde hace tiempo. En un evento benéfico donde yo trabajaba me dejó en ridículo delante de un montón de gente solo porque confundí el año de un vino —niega despacio, una sonrisa torcida se dibuja en sus labios—. Fue a propósito. Quería marcarme el lugar y lo logró. No lo olvidé —gira la cabeza hacia mí, conectando nuestras miradas—. Y escúchame bien, Seohyun, no vas a salir de esto escondiéndote, lamiéndote las heridas. Si quieres devolverles el golpe, tienes que hacerlo de frente —apoya el codo en el respaldo, segura—. Tienes que aparecer justo donde no te quieren ver, al lado del dueño de JJKrown, del hombre que mueve todo y que esa niña caprichosa cree controlar, pero no.
Una risa breve y oscura se le escapa, cargada de una satisfacción anticipada que me eriza la piel.
—Imagínate sus caras. La de ella y la del imbécil de Seokjin cuando se enteren.
—Estás loca —murmuro, mirándola como si de pronto estuviera frente a una desconocida—. Ese hombre debe tener... ¿qué? ¿cincuenta? ¿Sesenta?
—Cuarenta y seis —aclara sin titubear, como si tuviera los datos memorizados—. Y no exageres, no parece de esa edad ni de cerca. Yo lo veo seguido y parece fácil diez años menos —se encoge de hombros—. Y mira, amo a mi novio, pero tampoco soy ciega —ladea la cabeza y me mira de reojo—. Jeon Jungkook llama la atención, es bastante atractivo. Si yo estuviera soltera y fuera ambiciosa, no te voy a mentir....—apoya la espalda contra el respaldo y medio sonríe con picardía—, lo intentaría sin pensarlo demasiado.
—No podría. Ni aunque fuera el último hombre sobre la tierra. Me daría...—hago una mueca de repulsión, apartando la mirada hacia la ventana, hacia la luz que ahora se está oscureciendo—, no sé, escalofríos. Asco. Es el padre de la mujer que odio.
—Eso es porque no lo has visto como yo lo he visto —replica con un destello de diversión perversa en los ojos—. Y porque todavía no entiendes lo que podrías ganar. No es solo el dinero. Es la posición. Es mirarlos desde arriba. Es dejar de ser la víctima y convertirte en... en alguien con poder.
Seguimos hablando, ella insiste y yo me niego, una y otra vez. Al final, Dayeon se levanta, toma sus cosas, se pone la chaqueta, y ya en la puerta, voltea a verme.
—Piénsalo, Seohyun. Solo piénsalo. Nada humillaría más a Yuna y a Seokjin... que verte al lado de Jungkook, con más poder, más influencia, más brillo... más de lo que ese trepador podría jamás imaginar —chasquea la lengua, negando con la cabeza—. Tú, viviendo en un mundo al que él solo puede aspirar lamiendo botas. Eso sí sería justicia.
La idea es repugnante. Es retorcida. Es todo lo que he jurado no ser. Pero también es la primera chispa de algo que no es dolor puro en días.
(...)
Al amanecer me levanto después de tan solo tres horas de sueño, repasando cada palabra que he practicado en el espejo, mientras me visto con cuidado. Mi traje negro, comprado con mis últimos ahorros, me aprieta fuerte, y los tacones altos me dan una estatura falsa y temblorosa. Mi cabello castaño y liso cae como una cortina hasta la cintura, rozándome con cada paso.
El taxi avanzaba entre los edificios, donde todo parecía creado para imponer y hacer sentir intrusos a los que no pertenecen. Entonces vi cómo JJKrown se alzaba entre las torres, cristal negro, letras metálicas iluminadas con una luz blanca y gélida sobre la entrada.
Respiro hondo, tragando el nudo en la garganta, y entro por las puertas de cristal que giran suaves. Adentro todo es lujo, mármol en el suelo, lámparas de cristal que brillan por todos lados, y un aroma costoso y sofisticado a perfumes y esencias exclusivas de la marca, que se pega a mis pulmones.
Una mujer elegante, de traje color beige y una sonrisa que parece pintada, se acerca.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
—Yoon Seohyun —me presento nerviosa—. Tengo una entrevista programada con el departamento de dirección.
La recepcionista asiente mientras sus ojos pasan sobre mí con una evaluación rápida y profesional, para luego consultar en una libreta de cuero negro. Asiente de nuevo.
—Sígame, por favor.
La sigo a través del vestíbulo, mis tacones resonando en el mármol mientras atravesamos un pasillo amplio, con pantallas que muestran imágenes en cámara lenta de joyas en movimiento sobre pieles, hasta llegar a un ascensor cuyas puertas son espejos negros.
Al entrar, mi reflejo se multiplica hasta el infinito en todas direcciones, vestida de negro, con el rostro pálido y los ojos demasiado grandes.
El ascensor sube en silencio y se detiene, por lo que la mujer me lleva a una sala de espera con sofás grises. Hay seis personas sentadas, todas tensas, jugando con portafolios o relojes. Se escucha cada movimiento, un papel al pasar, un pie golpear el suelo, un suspiro, mientras la recepcionista me indica un asiento y se va, dejándome sola con esa ansiedad que me oprime.
Me siento notando los pocos candidatos, lo que me da un alivio rápido que desaparece al verlos más de cerca y notar que parecen igual o más nerviosos que yo, algunos casi en pánico.
Cada tanto, una puerta se abre y sé quién es de inmediato por las fotos que vi anoche. Park Jimin, director de operaciones de JJKrown y mano derecha de Jungkook. Su cabello rubio está peinado hacia atrás y el traje gris le queda perfecto, llevando corbata negra.
Dice un nombre, por lo que un hombre se levanta y entra, aunque vuelve a salir en menos de diez minutos. Y así se repite con cada persona, que recogen sus cosas y se van sin mirar a nadie, como si estuvieran avergonzados.
La penúltima candidata sale de la sala de entrevistas con el rostro tenso, abrazando su bolso de diseñador como si la protegiera, claramente afectada por lo que pasó dentro. Jimin sostiene una carpeta de cuero negro y veo la esquina de un papel sobre ella.
Sus ojos cafés, barren la sala y se posan en mí.
—Yoon Seohyun —pronuncia mi nombre.
Me levanto rápido, con el corazón latiéndome a mil, las manos heladas. Espero que me lleve a la gran oficina de Jungkook, pero Jimin gira y me conduce a una puerta lateral, a una sala pequeña, como una antesala del juicio.
Al entrar, todo es lujoso, tienen fotos de eventos de JJKrown, siempre con Jungkook en el centro, dominando todo, hasta hay vitrinas con joyas antiguas que brillan.
Jimin cierra la puerta y me mira de reojo mientras se sienta en el sofá, señalándome con la mano el otro frente a él.
—Antes de que se ilusione con algo, el procedimiento es simple —aclara, como alguien que recita un protocolo que ha repetido cientos, miles de veces—. Nadie, absolutamente nadie, llega a la presencia de Jungkook sin pasar primero por mí. Es mi trabajo decidir quién entra y quién no. Si alguien no aguanta esta sala, no está preparado para verlo a él. Y créame, es misericordia.
Abre la carpeta y sus ojos, esos ojos cafés que no parecen ver sino escanear, repasan mi currículum.
—Empezó en una empresa pequeña de logística... luego dio el salto a Velour Marketing Group...—alza la vista, y sus ojos se clavan en los míos—. Una compañía con una reputación bastante sólida en su momento, hasta que quebró de manera bastante estrepitosa.
—Mi trabajo en Velour estaba enfocado exclusivamente en relaciones públicas y gestión de eventos para sus clientes del sector tecnológico —aclaro, manteniendo la voz lo más controlada y plana que puedo—. La caída de la empresa se gestó en decisiones financieras y estratégicas tomadas muy por encima de mi nivel y de mi departamento. No tuve relación ni conocimiento de esos procesos.
Jimin inclina la cabeza levemente, evaluando cada palabra.
—Interesante —murmura casi para sí mismo, y vuelve a bajar la vista a la carpeta por un momento. Luego, sin levantar la cabeza del todo, pregunta—: Dígame algo, señorita Yoon... ¿está usted aquí por el puesto o por quién ocupa la oficina al fondo del pasillo?
Por dentro me quemo y pienso demasiado, pero por fuera no muestro nada y sostengo mi cara profesional sin fallas.
—Estoy aquí por el puesto de asistente personal —contesto, sin titubeos, mirándolo directamente a los ojos—. Por la oportunidad profesional que representa en una empresa líder como JJKrown.
—Permítame entonces una pregunta hipotética —se acomoda en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra—. El señor Jeon tiene una agenda impredecible y un carácter exigente. Suponga que hay una reunión clave, un socio importante está esperando y su jefe cambia todo a último momento o entra de mal humor —inclina apenas la cabeza, observándome fijo, como si midiera cada reacción—. ¿Cómo maneja la situación para proteger la imagen de la empresa sin desautorizarlo ni empeorar el problema? —hace una breve pausa—. Quiero saber si puede mantener el control cuando la presión es real.
—Hablaría con el socio de inmediato, sin excusas ni rodeos, le explicaría que hubo un cambio y le daría una alternativa concreta para que no sienta que perdió su tiempo —respondo, moviendo apenas una mano para marcar el punto y vuelvo a apoyarla sobre mi pierna—. Al mismo tiempo evitaría que el señor Jeon tenga que enfrentarse al conflicto en ese momento. Si algo falla, asumo la responsabilidad y después evalúo cómo evitar que vuelva a pasar —respiro hondo, sin apurarme—. Mi prioridad es que la empresa no quede expuesta y que él pueda concentrarse en decidir, no en resolver imprevistos.
El silencio se alarga y Jimin me mira evaluándome por un momento, para luego levantarse y abrocharse el saco con calma, seguro de lo que acaba de decidir.
—Bien. Sobrevivió a mí. Vamos a ver si sobrevive a él.
Me levanto sintiendo cómo las piernas me tiemblan, pero camino derecha, con los hombros atrás y el mentón alto, porque ya no tengo nada que perder más que lo que ya está roto.
Se detuvo frente a dos puertas altas de madera oscura, levanta la mano y señalala puerta de la derecha.
—Señorita Yoon, puede pasar.
Pero justo cuando abre la puerta para permitirme pasar, escucho un susurro apenas audible a mi espalda, tan bajo que podría haberlo imaginado.
—Le deseo suerte.
Entro a la oficina y Jimin cierra la puerta. El escritorio grande de madera oscura está limpio, con una laptop cerrada, una pluma costosa y un portadocumentos bien acomodados. A un lado hay un sofá de cuero, una mesa baja con una botella, que por el color de la bebida supongo que es whisky, y dos vasos. Los estantes están llenos de libros y los ventanales muestran Seúl desde arriba y lejana.
Detrás del escritorio está Jeon Jungkook de pie, frente a los ventanales mirando Seúl con las manos en la espalda. El traje negro le marca el cuerpo, hombros anchos, cintura estrecha y muslos gruesos.
Cuando se gira y me mira de frente, su expresión es seria y controlada. Tiene la mandíbula marcada, los pómulos definidos, la nariz recta y unos ojos oscuros que se clavan en mí sin parpadear. No sonríe ni baja la vista, solo me mira entera, mi ropa, mi postura, el temblor de mis manos y el miedo en mis ojos, como si ya supiera si voy a soportar esa mirada que me deja expuesta hasta el pecho.
Trago saliva y el ruido seco me retumba en el silencio. Doy unos pasos y obligo a mis piernas a avanzar mientras mantengo la espalda recta, aunque me arda, para luego hacer una reverencia mínima con la cabeza, el movimiento más pequeño que el protocolo y mi dignidad tambaleante permiten.
Se mueve y camina despacio alrededor de su escritorio, sin sentarse, mientras sus ojos no me sueltan. Toma una carpeta, la abre y pasa los dedos sobre el papel, levantando luego la vista para mirarme de nuevo, provocándome un estremecimiento por todo el cuerpo. Es como si me estuviera viendo por completo, con una curiosidad intensa que me deja sin defensa
—Yoon Seohyun —dice, sorprendiéndome, ya que su voz no suena cómo esperaba. Profunda, sí, pero también tranquila, modulada y apenas ronca—. Antes de que empecemos con la entrevista, quisiera hacerle una pregunta, si me permite —hace una pausa, y sus ojos oscuros se clavan en los míos con una fuerza que me hace querer apartar la mirada, pero no lo hago—. ¿Hemos tenido el gusto de conocernos con anterioridad?








