La Donna di Acciaio (G!P +18)

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Summary

Alessia "La Donna" Vizzini está destinada a gobernar el imperio de la Cosa Nostra de su padre, un trono que ha aceptado a costa de su propio corazón. Para ella, el amor es una debilidad que conduce a la muerte, una lección aprendida con la sangre de su hermano. Su mundo de fría estrategia y violencia calculada se ve irrevocablemente alterado con la llegada de Chiara Moretti, una restauradora de arte cuya calidez y honestidad desafían todas las defensas de Alessia. Lo que comienza como un trato se convierte en un romance secreto y apasionado, donde el control y la sumisión se entrelazan tanto en el lecho como en sus vidas. Pero en el mundo de la mafia, el amor es un blanco. Con rivales y traidores acechando en cada sombra, Chiara se convierte en la única vulnerabilidad de Alessia. Para protegerla, la heredera de hielo deberá desatar una guerra, reclamar su corona y demostrar que su mayor debilidad es, en realidad, su arma más poderosa. Es una historia sobre si una reina forjada en la oscuridad puede construir un futuro a la luz del amor. Advertencia de Contenido (Lectores +18) GP- Mujer intersexual Violencia gráfica Temas de BDSM Lenguaje explícito.

Status
Complete
Chapters
51
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prologo

Sicilia, quince años antes.

El verano en que cumplí trece años, el aire olía a limoneros y a pólvora, en nuestra finca, el sol siciliano caía a plomo sobre los muros de piedra, haciendo que todo pareciera vibrar con un calor sofocante, para mí, ese calor siempre estaría ligado al recuerdo de la sangre.

Mi hermano, Gianni, era el sol de nuestra familia, a sus veintidós años, era el heredero, el príncipe dorado de la casa Vizzini, tenía la sonrisa fácil de mi madre y la mirada astuta de mi padre, una combinación que encantaba a los hombres y desarmaba a las mujeres, yo, en cambio, era su sombra, una niña distinta, flacucha y silenciosa, que lo seguía a todas partes, absorbiendo todo lo que hacía y decía.

No me incomodaba ser distinta, desde pequeña nací siendo intersexual, y nunca lo viví como una condena, era simplemente parte de lo que era, tan natural como mis ojos color gris o como el cabello que se me rizaba con la humedad, mi madre solía decir que yo tenía un alma fuerte, y mi padre, aunque no lo reconociera, me observaba con la misma exigencia con la que veía a Gianni.

Lo encontré esa tarde en el patio, bajo la sombra de una parra, limpiaba su Beretta 92 con una calma casi ritual.

—¿Por qué siempre haces eso? —le pregunté, sentándome en el borde de la fuente de mármol.

Gianni me sonrió, el metal oscuro del arma contrastando con la calidez de su mirada.

—¿Limpiar mi pistola? Porque un arma sucia te falla, y en nuestro mundo, un solo fallo es el último, pero no te preocupes por estas cosas, sorellina, tú estás destinada a los libros y a un buen matrimonio, lejos de todo esto.

—No quiero un buen matrimonio —repliqué, frunciendo el ceño—. Quiero esto.

Señalé el imperio que nos rodeaba, los hombres con trajes oscuros que patrullaban los muros, los coches negros que entraban y salían por la verja de hierro forjado, el poder.

Gianni se rio, una carcajada genuina que hizo que las palomas del tejado alzaran el vuelo.

—Eres una Vizzini, no hay duda, tienes el fuego, pero el fuego hay que controlarlo, Alessia, si lo dejas correr, te quema a ti y a todo lo que te rodea.

Esa fue la última lección que me dio.

Esa noche no volvió a casa, la tensión en la mansión pasó de ser un zumbido de fondo a un grito silencioso, mi madre rezaba rosarios con los dedos temblorosos, mi padre, Marco “Il Martello” Vizzini, permanecía en su estudio, la puerta cerrada como la de un mausoleo.

Fue al amanecer cuando llegaron, no con noticias, sino con un cuerpo envuelto en una lona. Lo dejaron en el suelo del gran vestíbulo, recuerdo el silencio que cayó sobre la casa, un silencio pesado y espeso que ahogaba hasta la respiración, mi madre soltó un grito que no parecía humano, un sonido de pura agonía animal.

Mi padre, en cambio, se arrodilló lentamente y desplegó la lona.

Gianni.

O lo que quedaba de él.

Esa misma tarde, entre los susurros de los capos que venían a presentar sus respetos, reconstruí la historia, una disputa territorial, un almacén en el muelle de Palermo que los Falcone reclamaban, Gianni, lleno de orgullo y fuego, había ido a “razonar” con ellos con solo tres hombres, una trampa.

En su funeral, mientras mi madre se deshacía en un mar de dolor, mi padre me apartó, no me abrazó, no me ofreció consuelo, me agarró del brazo, sus dedos como tenazas de acero, y me obligó a mirar el ataúd de caoba.

—Míralo bien —su voz era tan afilada como un trozo de cristal roto—. Esto es lo que le pasa al fuego sin control, la pasión, la ira, el amor, el orgullo... son lujos, debilidades que el enemigo usa para destruirte, tu hermano murió por un trozo de tierra sin valor y por un exceso de sentimiento.

Ese día, a los trece años, mientras veía cómo bajaban a mi hermano a la tierra, hice una promesa, el fuego dentro de mí no se apagaría, lo enfriaría, lo comprimiría hasta convertirlo en un núcleo de hielo tan duro y denso que nada pudiera romperlo.

No cometería los errores de Gianni.

No sentiría.

Solo calcularía.

El sol de Sicilia siguió brillando, pero para mí, todo se había vuelto frío.