Prologo

Sicilia, quince años antes.
El verano en que cumplí trece años, el aire olía a limoneros y pólvora. En nuestra finca, el sol siciliano caía fuerte sobre los muros de piedra y todo parecía vibrar bajo un calor sofocante. Para mí, ese calor siempre estaría unido al recuerdo de la sangre.
Mi hermano Gianni era el sol de nuestra familia. A sus veintidós años, era el heredero, el príncipe de la casa Vizzini. Tenía la sonrisa de mi madre y la mirada astuta de mi padre, una mezcla que encantaba a las mujeres. Yo, en cambio, era su sombra, una niña distinta, flaca y callada, que lo seguía a todas partes, aprendiendo todo lo que hacía y decía.
No me molestaba ser diferente. Nací siendo intersexual y nunca lo sentí como una condena. Era simplemente parte de mí, tan natural como mis ojos grises o como el cabello que se me rizaba con la humedad. Mi madre solía decir que yo tenía un alma fuerte, y mi padre, aunque no lo admitiera, me miraba con la misma exigencia que a Gianni.
Lo encontré esa tarde en el patio, sentado en la fuente mientras limpiaba su Beretta.
—¿Por qué siempre haces eso? —le pregunté, sentándome a su lado.
Gianni me sonrió, el metal oscuro del arma contrastando con la calidez de su mirada.
—¿Limpiar mi pistola? Porque un arma sucia falla, y en nuestro mundo, una sola falla es lo último que puedes permitirte, pero no te preocupes por estas cosas, sorellina, tú estás destinada a los libros y a un buen matrimonio, lejos de todo esto.
—No quiero un buen matrimonio —repliqué—. Quiero esto.
Señalé el imperio que nos rodeaba, los hombres que patrullaban los muros, los coches que entraban y salían, el poder.
Gianni soltó carcajada genuina que hizo que las palomas del tejado alzaran el vuelo.
—Eres una Vizzini, no hay duda, tienes el fuego, pero el fuego hay que controlarlo, Alessia, si lo dejas correr, te quema a ti y a todo lo que te rodea.
Esa fue la última lección que me dio.
Esa noche no volvió a casa. La tensión dejó de ser un zumbido de fondo y se volvió un grito. Mi madre rezaba. Mi padre, Marco “Il Martello” Vizzini, se quedó en su estudio, con la puerta cerrada.
Fue al amanecer cuando llegaron, no con buenas noticias, sino con un cuerpo envuelto en una lona. Lo dejaron en el suelo del vestíbulo, recuerdo el silencio que cayó sobre la casa, un silencio pesado que ahogaba hasta la respiración, mi madre soltó un grito de pura agonía.
Mi padre, se arrodilló lentamente y desplegó la lona.
Gianni.
O lo que quedaba de él.
Esa misma tarde, entre los susurros de los capos que venían a presentar sus respetos, reconstruí la historia. Fue una disputa territorial, un almacén en el muelle de Palermo. Gianni, lleno de orgullo, fue a razonar con ellos con solo tres hombres.
Era una trampa.
En su funeral, mientras mi madre se consumía en el dolor, mi padre me apartó. No me abrazó ni me ofreció consuelo. Me tomo del brazo y me obligó a mirar el ataúd.
—Míralo bien. Esto es lo que le pasa al fuego sin control, la pasión, la ira, el amor, el orgullo... son lujos, debilidades que el enemigo usa para destruirte, tu hermano murió por un trozo de tierra y por un exceso de sentimiento.
Ese día, a mis trece años, veía cómo bajaban a mi hermano a la tierra, ese día me hice una promesa. El fuego dentro de mí no se apagaría. Lo enfriaría hasta convertirlo en hielo tan duro que nada pudiera romperlo.
No cometería los errores de Gianni.
No sentiría.
Solo calcularía.
El sol de Sicilia siguió brillando, pero para mí todo se había vuelto frío.








