Una vida normal
En algún momento de su vida, Allison había sido perfectamente consciente de que no era normal, pero en algún otro momento, simplemente lo había olvidado. Su madre hacía años que no hablaba sobre el tema, y la adolescencia y posterior adultez habían hecho que la mente de la mujer se centrara en otros asuntos más importantes como evitar a sus exnovios cuando se los cruzaba por la calle o acordarse de domiciliar la factura de la luz para que no se la volvieran a cortar.
También tuvo que ver que su vida, en general, hubiera sido muy normal. Tan normal como para ir a una escuela pública, donde no destacó especialmente por nada, y tan normal como para que sus padres le contaran que se iban a divorciar poco después de su cumpleaños número diecinueve.
Allison a veces se engañaba a sí misma y se decía que el divorcio había sido la razón por la que había dejado la universidad, pero la realidad era que su sueño de ser jueza no le pareció tan suculento cuando se dio cuenta de todo lo que tenía que estudiar y de lo poco que le gustaba pasarse horas enfrascada en libros de leyes.
Abandonó sus sueños de volverse una justiciera moderna dentro de la ley para volcarse en la atención al cliente, por así decirlo. Allison había trabajado en una infinidad de puestos de cara al público, desde panaderías y perfumerías, pasando por tiendas de ropa, y acabando en su puesto actual como camarera en una tetería. Aunque nunca la habían despedido, su trabajo más largo le había durado apenas dos años. Allison era una trabajadora incansable, con un carisma espectacular que solo había demostrado tener cuando había abandonado el instituto. El único problema que tenía era que se aburría con demasiada frecuencia. Aborrecía pasar más de un año haciendo lo mismo a diario y, como sus referencias eran excelentes y la mayoría de sus jefes soltaban más de una lagrimilla cuando les decía que renunciaba (su última jefa incluso se había arrodillado para pedirle que no se fuera), no tenía ningún problema en encontrar otro puesto de trabajo que le pareciera más interesante.
A veces se arrepentía de no haber perseguido su sueño de ser jueza, pero no tardaba en alegrarse de su decisión al darse cuenta de que, lo más probable, era que hubiera abandonado la profesión al poco tiempo, al igual que el resto de sus otros trabajos.
Como todas las vidas normales, la de Allison también estuvo marcada por un evento no tan normal cuando todavía era una niña. Su hermano George se había marchado de casa el día que había cumplido los dieciocho años y nunca habían vuelto a saber de él. Allison apenas tenía siete años por aquel entonces, y lo único que recordaba de él era que la empujaba demasiado fuerte en el columpio del parque. Cuando fue más mayor y tuvo la suficiente madurez como para darse cuenta de que era un poco raro que sus padres nunca hablaran de su hijo ausente, les preguntó directamente la razón de su marcha. Su padre, Antonio Rosa, le quitó importancia al asunto explicándole que George regresaría cuando se diera cuenta de que marcharse había sido un error, y que ellos lo acogerían con los brazos abiertos cuando ocurriera. Por mucho que Allison insistió, no consiguió sacarles a ninguno de los dos la verdad que había hecho que su hermano mayor decidiera que era mejor enfrentarse al mundo por su cuenta que contar con el apoyo de sus padres.
Allison, por otro lado, sí que necesitaba ese apoyo. Sus continuos cambios de trabajo la forzaban a mudarse frecuentemente de apartamento. Durante los diez años que habían pasado desde que se había independizado, Allison había vivido en prácticamente todos los barrios de la ciudad de Altos Manzanos. Odiaba el transporte público y adoraba andar, así que prefería romper los contratos de alquiler a la mitad, perder la fianza y gastar todos sus ahorros en un nuevo apartamento que no se podía permitir, pero que estaba más cerca de su recién adquirido puesto de trabajo. Su madre, Elisa Rosa, era la jefa de cirugía del Hospital General de Altos Manzanos, y trabajaba tantas horas a la semana que no tenía ningún problema en ofrecerle a su hija todo el dinero que esta le pidiera sin preguntar para qué lo necesitaba. El padre de Allison era carpintero, y como su trabajo no era tan solvente como el de su exmujer, le ofrecía sus habilidades manuales para mejorar los viejos, costosos, y semiderruidos pisos que su hija alquilaba.
Sus padres, a pesar de no seguir viviendo juntos y haber separado sus cuentas bancarias, se llevaban bastante bien. El divorcio había venido de manera natural con los años. El amor se había ido disolviendo en los horarios cada vez más exigentes de Elisa y en el acomodamiento de Antonio, que cada vez había ido pasando menos tiempo con su mujer y más con sus pedazos de madera. Todavía quedaban los tres juntos para comer como una familia feliz cada pocos meses, y para asegurarse de que ninguno de ellos había contraído una enfermedad terminal, o había sido estafado por hombres trajeados haciéndose pasar por abogados de un tío lejano fallecido al que nunca habían conocido, y a los que tenían que pagarle una elevada cantidad de dinero para poder acceder a su herencia ficticia. Allison conocía a demasiada gente que había caído en esa estafa y no se fiaba de nadie que llevara un traje y llamara a la puerta de su casa.
A sus treinta y dos años, la mayor preocupación que tenía Allison era que sus padres estaban obsesionados con que se casara. Lo del trabajo estable les daba igual, conocían a su hija y hacía tiempo que habían perdido la fe en que encontrara algo que realmente le gustara, pero querían que se casara a toda costa.
—Miénteles y diles que tienes novio —le sugirió Fresa, su nueva mejor amiga y compañera de trabajo en la tetería.
Allison estaba terminando de recoger las mesas mientras ella revisaba la caja para confirmar que no tenían que poner dinero de sus propinas por un mal cálculo al darle el cambio a los clientes.
—Cada vez que les digo que tengo novio me piden que les mande una foto —suspiró Allison mientras amontonaba la última silla—. Y cuando paso más de tres meses con él, me obligan a invitarlo a comer con ellos.
—¡Qué intensos! —se burló su amiga, apoyándose en el mostrador de la tetería y robando una galleta de fresa de debajo de la campana de cristal.
Allison nunca llamaba a sus amigos por su verdadero nombre, siempre les ponía apodos de fruta y procedía a olvidar cómo se llamaba realmente. La mayoría no se daba cuenta que recibir aquellos apodos significaba que habían calado hondo en el corazón de Allison, y muchos lo consideraban una burla por su parte. Pero Fresa, que adoraba aquellos diminutos cítricos rojos con pepitas, se lo había tomado especialmente bien y había exigido a sus amigos más cercanos que también la empezaran a llamar así. Incluso se había teñido su corto pelo de color rojo y se colocaba varias gomillas negras para encajar mejor con su apodo.
—Ali, ¿quieres que te presente a mi nuevo compañero de piso? —sugirió la joven, robando otra galleta mientras todavía tenía la mitad de la otra en la boca.
Allison le dirigió una larga mirada de desaprobación, pero no por su sugerencia, sino por la falta de autocontrol de su amiga. Fresa era más joven que ella, acababa de cumplir los veinticinco y había empezado a vivir por su cuenta hacía apenas uno. La Tetería del Chá era su primer trabajo y, en los seis meses que Allison llevaba trabajando allí con ella, la había visto casi ganar más de quince kilos a base de acabar con todos los excedentes dulces llenos de mantequilla del local. Fresa no hacía más que decir que tenía que ponerse a dieta cada vez que se tenía que comprar un pantalón nuevo porque el botón del anterior cedía irremediablemente ante los carbohidratos acumulados en forma de grasa de su cintura, pero Allison no la veía con demasiada motivación.
—¿Tienes un nuevo compañero de piso? —preguntó Allison—. No me habías dicho nada.
—Como Rita y Alicia han empezado a salir, están compartiendo habitación, así que hemos decidido alquilar la que se ha quedado libre —respondió, quitándose las migas que habían caído sobre su camisa negra del uniforme—. El tío se llama Oliver y no está nada mal. Además, parece majo.
—No tengo paciencia para salir con hombres más jóvenes que yo, Fresa —suspiró Allison, apoyándose sobre la escoba con cara de aburrimiento—. Y menos para contentar a mis padres.
—No creo que sea más joven que tú —meditó su amiga—. Tiene una de esas caras que no sabes exactamente qué edad tiene, pero sé que está soltero porque fue lo único que le preguntamos antes de alquilarle la habitación. Ya estamos apretados siendo cuatro y no queríamos que nos metiera un quinto de sorpresa—. Apuntó con una uña de color verde radiactivo a su amiga antes de añadir—: ¡Por eso tú eres perfecta para él! Tienes tu propio apartamento, así que pasará más tiempo allí contigo que con nosotros.
Allison levantó una ceja y esbozó una media sonrisa burlona.
—¿Me estás utilizando para pagar menos alquiler sin tener que aguantar a otro compañero de piso?
—¡No diré que mis acciones no tienen intenciones ocultas! —Fresa escribía en su móvil con una mano mientras atrapaba una nueva galleta con la otra—. Has quedado con él mañana a las cuatro, cuando acabe tu turno, aquí en la tetería. Ni siquiera te tienes que mover para la cita.
—Espera, ¿qué? —dijo Allison con la boca abierta, dejando caer la escoba—. ¡Pero si ni siquiera he dicho que sí! Y además, ¿cómo lo has organizado en tan poco tiempo?
—Puede que mi plan haya estado gestándose unas cuantas horas en mi cabeza y haya aprovechado las quejas sobre tus padres para darle las puntadas finales.
Allison sonrió y negó con la cabeza. Estaba segura de que no iba a llegar a ningún lado con el tal Oliver, pero le encantaban esos pequeños giros inesperados en su vida que la sacaban del aburrimiento.
Al día siguiente, ni siquiera se preparó para la cita. Se vistió con la camisa negra del uniforme y se puso uno de sus vaqueros más antiguos. Se recogió su largo cabello castaño en una trenza y se pintó el borde de los ojos con un poco de eyeliner negro. Se miró en el espejo antes de salir durante unos segundos y quedó bastante satisfecha con su aspecto.
El cuerpo de Allison era bastante normal, al igual que su rostro. Tenía unos ojos grandes de color marrón y una nariz pequeña y redonda. Su piel tenía un ligero color tostado y no era ni muy alta ni muy baja. Lo único que destacaba de ella eran unas gafas de color amarillo flúor de puntas alargadas que le encantaba llevar. Por lo demás, sería difícil distinguirla entre una multitud de mujeres de su edad si no se la conocía demasiado.
La mañana estuvo tan ajetreada en la Tetería del Chá que se olvidó por completo de la cita. Cinco minutos antes de las cuatro, cuando llegó su compañero Pedro para el cambio de turno, Allison estaba terminando de revisar el interior de su bolso para asegurarse de que no se dejaba nada cuando recibió un mensaje de Fresa que decía:
“Oliver me ha dicho que va a llegar unos minutos tarde. ¡No lo dejes tirado, que nos conocemos!”
Allison tardó casi un minuto entero en recordar quién era Oliver y por qué Fresa le estaba escribiendo para hablarle de ese extraño en su día libre. Cuando lo hizo, volvió a dejar con resignación su bolso de tela bajo el mostrador y le pidió a Pedro que le llevará un Earl Grey con leche fría a una de las mesas que estaba libre.
No tenía ni idea de cómo iba a reconocer al tal Oliver, y lo más importante, cómo se suponía que él la iba a reconocer a ella, pero decidió seguirle el rollo a Fresa y esperar pacientemente su llegada.
Casi diez minutos después de las cuatro, un hombre con el pelo negro y revuelto, y unos ojos demasiado verdes, entró en la Tetería del Chá. A Allison le llamó la atención porque fue el único hombre que entró solo durante el tiempo que estuvo esperando. Al igual que le pasaba a ella, tenía un rostro bastante común y, si no fuera por aquel intenso color de ojos, también bastante olvidable. Llevaba una sudadera negra ancha con capucha y un bolsillo en la parte delantera donde tenía metidas ambas manos, a juego con unos pantalones de chándal largos.
—Un atuendo bastante arriesgado para una cita —pensó Allison, siguiéndolo con la mirada.
El hombre, presumiblemente Oliver, se detuvo unos segundos en la puerta de cristal de la tetería, pasando aquellos mares verdes que tenía por ojos de una mesa a otra con el ceño fruncido. Cuando se cruzó con las gafas amarillas de Allison, la arruga de su frente se relajó y adelantó un pie en su dirección. Ella se levantó de un salto y agitó la mano a modo de saludo. Pero a medida que el hombre se acercaba a ella, su ceño empezó a arrugarse de nuevo y sus labios se separaron en una mueca extraña. Sus ojos comenzaron a abrirse como si estuviera viendo un fantasma y, cuando estuvo a menos de un metro de la mesa, se arrodilló sobre una rodilla, bajó la cabeza y dijo en voz alta:
—¡Perdóneme por mi atrevimiento, alteza, princesa de Rosa! La he reconocido demasiado tarde y no ha recibido un saludo apropiado por mi parte.
Y Allison recordó, en aquel preciso instante, que en realidad ella no era una persona normal y corriente como el resto de clientes humanos que los estaban observando entre silencios incómodos, risas bajas y cejas levantadas.








