El observador inmovil
La muerte no fue como en las películas. No hubo un repaso cinematográfico de mis errores ni una luz cegadora me invitaba al descanso eterno. Para mí, el fin de Frido fue el eco de un pitido constante y un frío voraz que me devoraba las manos, mientras veía a mi esposa y a mi hijo deshacerse en lágrimas junto a mi cama.
Tuve todo lo que un hombre "exitoso" debería ambicionar: una casa, una familia que me amaba, un buen trabajo. Pero, irónicamente, el éxito me sabía a nada. Pasé mi vida esperando un autobús que nunca llegó a la parada. El cáncer de páncreas no fue una tragedia, solo el punto final a una existencia monótona.
"Al fin, paz",
pensé mientras el mundo se desvanecía.
Pero la paz es caprichosa.
Mientras cruzaba ese túnel pálido, una voz que no pertenecía ni a los hombres ni a los dioses retumbó en mi conciencia:
—No es tu hora. Tienes otro propósito.
—¿Propósito? —quise gritar, pero ya no tenía boca. El blanco se tiñó de un negro absoluto y sentí que me desvanecía.
Cuando abrí los ojos, el hospital se había esfumado. No había olor a desinfectante ni pitidos de máquinas. No sentía mis extremidades; de hecho, no sentía nada. Mi mirada estaba anclada en un cielo de un azul extraño, veteado con pinceladas de un rosa antinatural, como si alguien hubiera derramado pintura sobre un lienzo cósmico.
El pánico intentó subir por mi garganta, pero no encontró camino. "¿Qué diablos está pasando? ¿Es esto el cielo o el infierno? ¿Por qué no puedo mover ni un dedo?" El silencio me gritaba respuestas que no podía entender.
Entonces, una voz que pareció nacer del mismo viento susurró:
—Ahora serás conocido como Samuel, el creador de m...n......s.
El final de la frase se deshizo en el aire. ¿Samuel? Un nombre nuevo para un cuerpo que no respondía. La sorpresa me mantuvo distraído unas horas, pero pronto la realidad me golpeó con la fuerza de un naufragio: había demasiada paz. La tranquilidad es solo el nombre elegante que los vivos le dan al aburrimiento absoluto de los muertos.
Para un tipo que vivía encadenado a las pantallas y al ruido, el silencio de la naturaleza era una tortura china. No podía gritar, no podía dormir, no podía cerrar los ojos para ignorar el paisaje. Solo podía existir, perdido en un bucle de pensamientos sin fin.
Pasaron días. O quizás semanas. El tiempo es una dimensión flexible cuando eres un objeto estático. ¿Qué se supone que soy? ¿Una roca? ¿Un monumento a mi propio mal karma?
Y entonces, ocurrió el primer cambio.
Sin saber cómo, sentí que mi percepción se rasgaba y se expandía. Mi vista, que antes estaba clavada en ese trozo de cielo rosa, empezó a rotar como si una cámara invisible se alejara de mi centro. Por primera vez, vi más allá. Vi el musgo esmeralda creciendo a mis costados y contemplé la inmensidad de un paisaje desolado que me rodeaba.
No tenía cerebro, ni nervios, ni ojos. Pero allí estaba yo, viendo el mundo de verdad por primera vez en toda mi existencia. Estaba aterrado, estaba aburrido y, sobre todo, estaba solo.
"¿Qué va a ser de mí?"