Prologo: El Eco del Acero.
A veces, el silencio en Zuarion City es más ruidoso que el rugido de sus motores.
He pasado la mayor parte de mi vida escuchando el murmullo de mi propia sangre; un ritmo constante que se acelera cada vez que desenvaino a Shingetsu. Dicen que soy un Oni, un demonio nacido del óxido y la traición. Y hubo un tiempo, no hace mucho, en el que yo también lo creía.
Miro mis manos y no veo solo piel; veo las sombras de todos los hombres que he derribado. Veo el rastro de una guerra que nunca pedí, pero que estoy condenado a terminar. Zuarion brilla desde aquí arriba, una joya tallada en cristal y soberbia, ignorando que sus cimientos están podridos por el dolor de los que ella misma olvidó.
Dicen que el acero no tiene sentimientos. Que una espada es solo un trozo de metal frío hasta que alguien la empuña. Pero se equivocan. Mi espada pesa. Pesa por los amigos que perdí, por las promesas que no pude cumplir... y pesa, sobre todo, por el eco de una voz que se niega a desvanecerse en mi memoria.
Vine a este laberinto de luces por una sola razón: LyriX. Ella es la única luz que el óxido de Neo-Ávora no pudo corromper, el único propósito que le queda a un hombre que ha olvidado cómo rezar. He venido por la verdad, aunque tenga que quemar esta ciudad de cristal para encontrarla.
No me importa si el mundo me recuerda como un salvador o como un monstruo. Al final, cuando el humo se disipe y el neón se apague, solo quedará una pregunta:
¿Qué queda de un hombre cuando ya no tiene nada que perder, excepto su propia sombra?
La respuesta está allá abajo, en el corazón del imperio. Y no me iré sin ella.