Primera Parte

Primera Parte
En la Brecha Dimensional habitaba una entidad temida por todo el mundo sobrenatural.
Allí, con las alas extendidas dentro de un vacío infinito donde los colores iridiscentes se mezclaban en todas direcciones, reposaba el Dragón del Infinito: Ophis.
Disfrutaba del silencio eterno. Un silencio que había sido su único compañero durante milenios, inmutable, constante, casi reconfortante.
Hasta que, un día, algo cambió.
Una chispa de curiosidad se encendió dentro de ella. El mundo humano volvió a llamar su atención. Recordaba haberlo visitado siglos atrás, cuando aún era primitivo y frágil. Ahora deseaba verlo de nuevo, comprobar cuánto había cambiado.
Su curiosidad se alimentó del progreso: tecnología desconocida, ciudades iluminadas como constelaciones artificiales… y, para su propia sorpresa, la gastronomía. En especial los dulces, cuyo sabor terminó por encantarle, aun cuando su rostro infantil permanecía inexpresiva.
Satisfecha, Ophis regresó a la Brecha Dimensional, esperando reencontrarse con su eterno silencio.
Pero no lo hizo.
Su santuario fue invadido por otra presencia.
Una existencia tan antigua y poderosa como ella misma.
Gran Rojo.
Fue un pensamiento fugaz el enfrentarlo.
Pero lo descartó tan rápido como llegó.
Era una mala idea pelear con Gran Rojo. Ambos poseían un nivel de poder equivalente y un conflicto entre ellos no conduciría a nada más que a un estancamiento eterno.
Por ahora, permitiría que aquel dragón permaneciera en la Brecha Dimensional… mientras concebía la forma adecuada de echarlo, a patadas si era necesario, de su hogar.
Con esa decisión tomada, Ophis abrió un portal y regresó al mundo humano.
Apareció en la cima de un volcán activo, desde cuyo cráter se alzaban densas columnas de humo gris que se perdían en el cielo. El calor era intenso, pero irrelevante para ella.
Mientras contemplaba el paisaje, algo llamó su atención.
Otra presencia.
No en la superficie, sino más abajo.
Dentro del volcán.
Ophis avanzó hasta el borde del cráter y descendió sin prisa, adentrándose en la boca del volcán. Allí, iluminado por el resplandor del magma, un mar carmesí se agitaba lentamente.
En medio de aquel entorno imposible, había una persona.
Un chico se bañaba en el magma como si se tratara de agua templada.
Eso la sorprendió levemente, aunque su rostro inexpresivo no lo reflejó.
El muchacho aparentaba unos quince años. Con gesto distraído, llevó ambas manos a su cabello negro, echándolo hacia atrás. Sin embargo, un mechón rebelde volvió a caer frente a su rostro.
Sus ojos dorados, de pupilas rasgadas, se clavaron con molestia en aquel mechón que invadía su campo de visión.
—¿Un dragón? —murmuró ella, sin darse cuenta de que no lo había pensado, sino dicho en voz alta.
El chico no reaccionó de inmediato. Continuó sumergido en el magma, como si aquella presencia no representara amenaza alguna.
—¿Dragón? —repitió, con un deje de ironía—. Si pensamos en su significado como un ser fuerte, poderoso e intimidante… entonces supongo que podría decirse que sí lo soy.
Habló con sequedad, sin mirarla siquiera, indiferente a la repentina intromisión de una entidad desconocida.
Para Senji Muramasa, la situación resultaba incómoda.
No lo reflejó en su rostro, pero lo era. Había vuelto a cambiar su apariencia una vez más, incluso viviendo en aquella isla remota, aislada de cualquier rastro de civilización. Un lugar perdido en medio del mar, tan alejado del mundo que ni humanos ni seres sobrenaturales tendrían razones para viajar allí, mucho menos para habitarlo.
Y, aun así, su suerte había decidido jugarle una mala pasada.
Arriba, levitando en el aire, se encontraba una niña de apariencia frágil, de unos diez o doce años. Vestía un elaborado conjunto de lolita gótica que contrastaba con el entorno volcánico.
Lo más llamativo era la parte superior de su atuendo: sus pequeños montículos estaban cubierto únicamente por cintas negras dispuestas en forma de X.
No hacía falta pensar demasiado para llegar a una conclusión evidente.
Aquella niña no era humana.
Y tampoco alguien ante quien se pudiera bajar la guardia.
Su sola presencia exudaba una presión silenciosa, antigua y poderosa, lo bastante densa como para alterar el ambiente a su alrededor.
—Y bien… ¿quién eres? —preguntó Senji mientras comenzaba a vestirse, la ropa formándose mágicamente sobre su cuerpo—. No pareces un ser extraordinario, al menos a simple vista.
Con un solo movimiento, se impulsó fuera del magma y emergió hasta la cima del cráter, dejando a la pequeña figura unos pasos atrás.
—Ophis.
Fue su única respuesta. Simple. Directa.
—Senji.
La suya fue igual de seca.
Ambos comenzaron a caminar uno al lado del otro, contemplando el mar y el cielo que rodeaban la isla volcánica. El viento arrastraba el olor a sal y ceniza.
El silencio se instaló entre ellos, denso, pero no incómodo. Parecía que ninguno tenía intención de romperlo.
Sin embargo, Senji fue el primero en hacerlo.
—¿Por qué razón viniste a esta isla?
Ophis parpadeó una vez antes de responder, como si ordenara sus pensamientos.
—Busco una forma de sacar a Gran Rojo de mi hogar.
Senji alzó una ceja.
Con solo oír ese nombre, la comprensión llegó. Aquella niña no era un ser cualquiera.
Ouroboros.
Y si hablaba de su “hogar”, solo podía referirse a la Brecha Dimensional: el dominio del Dragón del Infinito.
—¿Qué ocurrió para que Gran Rojo terminara viviendo en la Brecha Dimensional que te pertenece? —preguntó.
—Salí un momento al mundo humano —respondió Ophis—. Cuando regresé, Gran Rojo la había ocupado.
Su tono seguía siendo plano.
—Ahora debo encontrar una forma de sacarlo de mi hogar.
Senji llevó una vez más la mano a su cabello, empujándolo hacia atrás para apartar el mechón rebelde de su frente… solo para que este regresara, obstinado, a invadir su campo de visión.
—Maldito mechón —suspiró.
Luego, miró de reojo a Ophis.
—Te deseo suerte encontrando una forma de sacar a Gran Rojo de tu hogar.
Dicho eso, Senji comenzó a caminar, alejándose de ella sin esperar respuesta alguna. Pronto su figura se perdió entre el denso bosque que cubría la isla volcánica.
Ophis observó su espalda sin expresión alguna.
Había llegado hasta allí sin un plan elaborado. No poseía un método concreto, ni el conocimiento necesario sobre el mundo sobrenatural como para establecer una estrategia real contra Gran Rojo. Lo comprendía con claridad: expulsar a una existencia de ese nivel no era algo que pudiera resolverse con una acción simple.
Por ahora, carecía incluso de un punto de partida.
—Por el momento… iré con él.
Con esa decisión tomada, Ophis avanzó en la misma dirección que Senji, internándose también en el bosque.
Así, el Dragón del Infinito dio su primer paso fuera de la soledad eterna.
Y, sin saberlo aún, hacia un destino que alteraría el equilibrio del mundo.
【•••】
Regresé a la pequeña casa de madera que había construido antes de tomar un largo descanso dentro del volcán.
Esperaba silencio.
En cambio, algo en la puerta llamó de inmediato mi atención.
—¿Una foto…?
Me incliné y tomé aquel objeto olvidado. Bastó un vistazo para que el pulso se me tensara.
Era imposible no reconocerla.
Serafall Leviathan.
A su lado, una niña de cabello negro largo y ojos rojos la miraba a la cámara con una expresión tranquila. Su belleza era innegable. Demasiado familiar como para ser coincidencia.
En la parte inferior de la imagen había una firma que terminó de confirmar lo evidente:
“Mi preciosa hija, Akane.”
—Senji…
Miré de reojo a Ophis al escuchar mi nombre. Estaba a pocos pasos de mí, con una carta extendida en la mano.
—La encontré en el suelo.
—Mm… gracias, supongo.
Tomé la carta y observé el sobre con mayor atención. Reconocí de inmediato aquella caligrafía.
Serafall.
Debía haberse deslizado de la puerta.
Rompí la envoltura sin cuidado y saqué la hoja doblada que había en su interior. Al desplegarla, las letras se revelaron ante mis ojos.
Ella realmente me había encontrado.
Y había dejado esto para que supiera…
Para que supiera de la existencia de nuestra hija.
Suspiré.
La dedicación de Serafall por encontrar mi paradero me había tomado por sorpresa. Si ella sabía de este lugar… entonces ya no tenía sentido quedarme aquí por más tiempo.
Debía marcharme.
—¿No vas a entrar a lo que es tu casa? —preguntó Ophis al notar que me desviaba en otra dirección, sin siquiera acercarme a la puerta.
—Este lugar fue descubierto. Dejó de cumplir su función en el momento en que otra persona supo de su existencia.
—¿Es mi culpa?
Solté una ligera risa. No había esperado esa pregunta.
—No. No es tu culpa —respondí—. No me importaría si hubieras sido la única en descubrir este lugar. El problema es que alguien inesperado sabe que vivo aquí. Por eso debo irme. Encontrar otro sitio donde esconderme.
—Entiendo —dijo tras una breve pausa—. Te seguiré.
Abrí los ojos, sorprendido.
—¿En serio piensas seguirme?
—No tengo nada que hacer por el momento —respondió con total naturalidad—. Necesito idear un plan para sacar a Gran Rojo de mi hogar.
—Haaah… —dejé escapar un suspiro resignado—. Bien. Entiendo ese sentimiento. Recuperar tu hogar no es algo que se pueda ignorar.
Giré ligeramente el rostro hacia el horizonte.
—Es momento de ir a la civilización humana.
—¿Dónde? —Ophis inclinó la cabeza, su rostro infantil mostrando una genuina confusión.
—Grecia.
Mientras Senji escapaba del lugar que había llamado hogar, acompañado por Ophis, en otro punto del mundo —mucho más abajo— la sangre Leviathan dejaba sentir su peso.
El Inframundo.
Un patio amplio, rodeado por muros de obsidiana y columnas grabadas con antiguos sellos demoníacos. Era un lugar pensado para niños… aunque incluso allí el poder nunca dormía del todo.
—Oh. Llegó la que no tiene papá.
La burla salió de la boca de un niño de cabello marrón, apenas mayor que la niña a la que señalaba. Sonreía con la seguridad torpe de quien no entendía el alcance de sus palabras.
La niña se detuvo.
Akane Leviathan.
Cinco años. Cabello negro cayendo liso por su espalda, ojos rojos intensos que no tenían nada de infantiles cuando se enfriaban.
Cruzó los brazos con calma y lo miró de arriba abajo, evaluándolo como si fuera algo… pequeño.
—Ese fue un intento muy bajo —dijo con voz tranquila, demasiado compuesta para su edad—. Burlarte de alguien por no tener padre dice más de ti que de mí.
El niño frunció el ceño.
—¿Ah, sí?
Akane ladeó apenas la cabeza.
—Mi madre es Serafall Leviathan —continuó—. Una Maou.
El aire a su alrededor cambió.
No fue una explosión de poder. No fue intencional.
Pero el ambiente se volvió pesado, como si el Inframundo mismo reconociera el linaje que hablaba.
El niño dio un paso atrás sin darse cuenta.
—Así que… —Akane sonrió, una sonrisa pequeña y peligrosa— creo que eso elimina casi todo tu intento de burlarte.
Se inclinó un poco hacia él.
—Niño estúpido.
No gritó.
No levantó la mano.
No necesitó nada más.
El niño tragó saliva y se giró, alejándose con pasos rápidos, sin mirar atrás.
Akane descruzó los brazos y suspiró suavemente, como si aquello hubiera sido una molestia menor.
—Qué cansado… —murmuró.
Levantó la vista hacia el cielo rojizo del Inframundo, sin saber por qué una sensación extraña le apretaba el pecho.
En algún lugar del mundo…
Alguien se estaba alejando.
Y aunque aún no podía ponerle nombre, la sangre que corría por sus venas ya lo estaba llamando.
La pequeña Akane había regresado a su hogar, caminando con pasos tranquilos pero decididos en una dirección muy específica.
La oficina de su madre.
Al llegar frente a la enorme puerta, levantó la mano, giró el pomo y entró sin tocar, como siempre. Dentro, Serafall Leviathan estaba inclinada sobre su escritorio, rodeada de montones de documentos, firmando y revisando con una concentración poco común en ella.
—¡¿Cómo fue tu día de clase, Akane-chan?!
La voz animada de su madre resonó casi de inmediato. Serafall dejó la pluma a un lado y giró la silla para mirarla con una sonrisa exageradamente alegre.
Era evidente que cualquier excusa era buena para escapar del papeleo… pero también era verdad que nada le gustaba más que pasar tiempo con su hija.
—Me fue genial —respondió Akane—. Aunque…
La sonrisa de Serafall se suavizó al notar la pausa.
—¿Qué es lo que te preocupa, mi niña?
Akane dudó un segundo ante de extenderle un panfleto.
Serafall lo tomó y leyó el contenido con rapidez. Era un anuncio escolar:
Día de padres e hijos.
Actividades conjuntas. Juegos. Competencias familiares.
La Maou soltó una pequeña risa.
—Oh, esto suena divertidísimo~ —dijo con entusiasmo—. ¡Definitivamente necesito un descanso de estos papeles!
Luego… se detuvo.
Releyó el título.
Padres e hijos.
Alzó la mirada lentamente hacia Akane.
—¿Te preocupa que solo vaya yo contigo?
Akane negó con la cabeza casi de inmediato.
—No… —respondió, pero su voz salió un poco más baja de lo normal—. No me importa si soy la única que no tiene papá en la reunión de padres.
Serafall no habló al instante.
Se levantó de la silla y caminó hasta quedar frente a su hija, arrodillándose para quedar a su altura. Sus manos se posaron con suavidad sobre los hombros de Akane.
—Akane —dijo con una sonrisa firme, pero cálida—. Escúchame bien.
Los ojos rojos de la niña se alzaron hacia los de su madre.
—Tú no “no tienes papá” —continuó Serafall—. Tú tienes una madre que es una Maou, una familia que te ama y un lugar al que perteneces. Y eso es más de lo que muchos pueden decir.
Akane apretó un poco los labios.
—Yo lo sé… —murmuró—. Solo que… a veces siento que falta algo. No sé qué es.
Serafall la abrazó sin pensarlo dos veces, envolviéndola con fuerza, pero con cuidado.
—Si algún día decides buscar esa respuesta, lo haremos juntas —susurró—. Pero hasta entonces, no necesitas a nadie más para demostrar lo increíble que eres.
Akane cerró los ojos y correspondió el abrazo.
—Entonces… ¿irás conmigo?
—Por supuesto —respondió Serafall con una sonrisa traviesa—. Y ganaré cualquier competencia. Después de todo… no todos los niños pueden decir que fueron acompañados por una Maou.
Akane soltó una pequeña risa.
Sin saberlo, en algún lugar lejano, alguien seguía avanzando hacia un destino inevitable.
Y el lazo que los unía… aún estaba esperando el momento de revelarse.
【•••】
Grecia.
El sol comenzaba a caer entre las ruinas antiguas, tiñendo de naranja las columnas quebradas y los templos olvidados por el tiempo. Senji avanzaba con paso tranquilo por un sendero de piedra, llevando una bolsa sencilla al hombro. Nada llamativo. Nada que delatara su existencia.
Ophis caminaba a su lado en silencio, observando todo con curiosidad infantil, como si aquel mundo humano fuera un libro abierto que recién comenzaba a leer.
—Este lugar… —murmuró ella—. Está lleno de historia.
—Sí —respondí sin mucho entusiasmo—. Aquí los dioses cayeron, fueron olvidados o se ocultaron. Es un buen sitio para alguien que no quiere ser encontrado.
Seguimos caminando.
De pronto…
Me detuve.
Mi respiración se volvió pesada por un instante, como si algo invisible presionara directamente contra mi pecho.
—… —fruncí el ceño.
No era dolor.
No era miedo.
Tampoco una amenaza mágica.
Era otra cosa.
Algo denso. Profundo. Irracional.
Llevé una mano a mi pecho, cerrando los dedos con fuerza.
—¿Senji? —preguntó Ophis, al notar el cambio—. ¿Estás herido?
—No —respondí tras unos segundos—. Estoy bien.
Mentira.
El peso seguía ahí. Como una cuerda tensa alrededor del corazón, tirando desde algún lugar imposible de señalar.
Miré a mi alrededor, buscando una fuente, algún rastro de energía… nada.
—Entonces, ¿qué es? —insistió Ophis.
—No lo sé —admití—. Solo… siento que algo está mal.
Ophis me observó en silencio. Sus ojos de un negro profundo parecían atravesarme.
—Los vínculos no siempre necesitan palabras —dijo finalmente—. Algunos se sienten antes de entenderse.
No respondí.
Seguimos caminando, pero el peso no desapareció.
Muy lejos de allí…
En el Inframundo, una niña de ojos rojos reía suavemente al lado de su madre, sin saber que cada paso que daba en su vida dejaba una marca invisible en alguien que aún no recordaba su lugar junto a ella.
Y Senji, sin saber por qué, apretó el puño.
Como si estuviera perdiendo algo que nunca supo que tenía.
【•••】
Serafall observó cómo Akane cerraba la puerta con cuidado, procurando no interrumpir más. La sonrisa animada que había mantenido frente a su hija se fue apagando poco a poco, hasta quedar sola con el silencio… y el papeleo que había dejado a medio firmar.
Suspiró.
Apoyó la espalda contra la silla y llevó una mano a su frente, cerrando los ojos por unos segundos.
El tema de su padre.
Era imposible no pensarlo ahora.
Lo había encontrado después de años de búsqueda. Años.
Nunca imaginó que Senji Muramasa estaría oculto en una isla perdida, lejos de cualquier civilización humana, rodeado por un mar tan vasto que parecía querer borrar la existencia de quien viviera allí.
Y, aun así, lo había encontrado.
Dentro de la isla, en el volcán.
Durmiendo.
Recordarlo todavía le parecía extraño.
Su presencia… era inconfundible.
Con el tiempo que habían convivido, Serafall ya no necesitaba verlo para saber que estaba allí. No importaba si cambiaba su apariencia, si ocultaba su aura o si se perdía en lugares donde nadie más se atrevería a ir. Ella lo sabría.
Ese vínculo especial que habían construido no se rompió cuando él se marchó.
Nunca lo hizo.
—Tonta… —murmuró para sí misma, con una sonrisa débil.
Giró la silla lentamente y miró por la ventana de su oficina, observando el cielo del Inframundo. Pensó en Akane. En su manera de hablar, en su seguridad, en esa pequeña arrogancia bien ganada que nacía de saber exactamente quién era.
Su hija.
La hija que tuvieron antes de que Senji se fuera.
Antes de que decidiera alejarse de todo… y de ella.
—No puedo seguir fingiendo que esto no me importa —susurró.
Akane decía que no le afectaba. Que no le importaba ir sola a un evento de padres.
Pero Serafall no era tonta.
Era una Maou.
Y, sobre todo, era una madre.
Apretó los labios, tomando una decisión silenciosa mientras enderezaba los papeles del escritorio.
—Senji… —dijo su nombre en voz baja, casi con cariño—. Esta vez no voy a dejar que sigas huyendo tan fácilmente.
Porque si Akane iba a enfrentarse al mundo con la cabeza en alto, entonces su padre también tendría que hacerlo algún día.
Y Serafall Leviathan ya sabía exactamente por dónde empezar.
Los días pasaron.
El tiempo, implacable, hizo su trabajo incluso con seres que se creían ajenos a él.
Serafall Leviathan observaba el horizonte desde el balcón de su oficina, los papeles apilados a su espalda olvidados por primera vez en horas. Su sonrisa habitual no estaba allí. En su lugar, había determinación. Clara. Firme.
Ya había dudado suficiente.
Ya había esperado suficiente.
—Es hoy —murmuró.
Alzó una mano enguantada y el aire frente a ella respondió de inmediato.
Círculos mágicos comenzaron a superponerse unos sobre otros, girando en direcciones opuestas. Runas antiguas, propias de la magia de un Maou, se grabaron en el vacío como si el mundo mismo aceptara su autoridad. El sello brilló con un azul profundo, cargado de poder y precisión.
No era un portal común.
Era un acceso absoluto: un hechizo que le permitía llegar, sin error ni desvío, al lugar exacto que deseaba.
Una pequeña isla, oculta por el mar y el aislamiento.
Un volcán silencioso.
Y dentro de él…
Senji Muramasa.
Serafall dio un paso al frente sin vacilar y atravesó el portal.
El mundo cambió.
El olor a sal y ceniza reemplazó el aire ordenado del Inframundo. El sonido distante del mar chocando contra la roca volcánica llenó sus oídos. La isla seguía siendo tan remota como la recordaba… pero ya no estaba vacía para ella.
Su objetivo era simple. Directo. Innegociable.
Hoy, Senji conocería a su hija.
Hoy, Akane dejaría su tristeza cuando conociera a su padre.
Y mañana…
Mañana, irían juntos al evento escolar.
Como una familia.
Serafall avanzó, su presencia imponiéndose incluso antes de ser vista.
Esta vez, no iba como Maou.
Ni como Serafall.
Iba como madre.
Su humor se agrió.
No había rastro de Senji.
El volcán estaba vacío. La isla, silenciosa. Ni una sola señal de su presencia persistía en el ambiente, como si hubiese borrado sus huellas con cuidado deliberado.
Serafall avanzó hasta la pequeña casa de madera que él había construido años atrás. Aquel refugio improvisado que había servido como ancla antes de que decidiera volver a dormir en el corazón del volcán… durante cinco largos años.
Empujó la puerta.
Vacía.
Sus ojos recorrieron el interior con rapidez, buscando algo en específico. El lugar donde había dejado la fotografía. La carta. El mensaje silencioso que confirmaba que ella lo había encontrado.
No estaban.
Un chasquido de comprensión cruzó su mente.
—Así que lo leíste… —murmuró.
Eso solo significaba una cosa.
Senji había entendido que ella conocía este lugar.
Y había huido.
Por un instante, el aire a su alrededor se volvió pesado. Pero lejos de enfurecerse, Serafall dejó escapar una breve risa, suave, casi divertida. Una risa que no presagiaba nada bueno.
—Bien… bien —dijo, llevándose un dedo a los labios—. Así que decidiste correr.
Una larga sonrisa se dibujó en su rostro, amplia y peligrosa, muy distinta a la que solía mostrar ante los demás.
—Supongo que convertir esto en un juego será más entretenido.
El maná a su alrededor reaccionó a su estado de ánimo, vibrando con expectación.
—Corre todo lo que quieras, ratón —susurró—. El mundo es grande… pero yo siempre gano al final.
Y esta vez, no iba a escapar.
【•••】
Senji se detuvo frente a la mesa improvisada donde había extendido un mapa viejo del Mediterráneo. Grecia. Islas. Rutas. Lugares donde desaparecer sin llamar la atención.
Ophis se encontraba cerca de él, observándolo con atención absoluta.
—He pensado en un plan —dijo ella de pronto.
Senji suspiró, anticipando lo inevitable.
—Ilumíname.
—Reclutar personas fuertes —respondió Ophis sin rodeos—. Un grupo grande. Atacar a Gran Rojo juntos. Sacarlo de la Brecha Dimensional.
Hubo silencio.
Senji cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
—Primero —dijo, levantando un dedo—, el plan es muy estúpido.
Ophis parpadeó.
—¿Estúpido?
—Segundo —continuó, ignorándola—, incluso si por algún milagro reclutas “personas fuertes”, ¿en qué te basas para creer que aceptarían pelear contra Gran Rojo?
Caminó un poco, gesticulando con cansancio.
—No ganan nada. No dinero. No poder. No prestigio. Lo único que obtienen es una muerte inmediata en el instante en que Gran Rojo decida moverse en defensa propia.
Se detuvo frente a ella.
—Y tercero —añadió con frialdad—, no existen personas fuertes capaces de pelear contra Gran Rojo.
Ophis inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso no es correcto.
—Lo es —replicó Senji—. La única excepción eres tú.
Ella lo miró en silencio durante unos segundos. Luego alzó un dedo y lo señaló directamente.
—Tú también eres fuerte.
Senji se quedó quieto.
—Me ayudarías mucho —continuó Ophis—. Con tu ayuda podría sacar a Gran Rojo de mi hogar.
Él dejó escapar una risa breve, sin humor.
—Tienes razón en algo —admitió—. Soy fuerte.
Apartó la mirada, serio.
—Pero no hay ninguna razón que me mueva a ayudarte.
Ophis frunció el ceño, un gesto casi imperceptible, pero extraño en ella.
—Recuperar mi hogar no es razón suficiente.
—No para mí —respondió Senji con calma—. No tengo conflicto con Gran Rojo. No me ha hecho nada. No me interesa una guerra entre dragones primordiales.
Se dio la vuelta.
—Y no me involucro en problemas que no son míos.
El silencio volvió a instalarse.
Pero esta vez, había algo distinto.
Ophis no respondió de inmediato.
Lo observó. Analizó su postura. Su respiración. Algo en él… no encajaba del todo con sus palabras.
—Mientes un poco —dijo finalmente.
Senji se tensó apenas.
—¿Ah, sí?
—Dices que no tienes razón para ayudarme —continuó ella—. Pero tu pecho se siente pesado.
Senji frunció el ceño.
—No sabes nada de eso.
—Lo sé —replicó Ophis con total seguridad—. Lo estás ignorando.
Él guardó silencio.
Por primera vez desde que se conocieron, Senji no tuvo una respuesta inmediata.
Y muy en el fondo, sin entender por qué, aquel extraño peso en su pecho volvió a hacerse presente.