Antes de las balas.
Las actividades públicas del nuevo pontífice católico eran tediosas, con contadas excepciones. Tras largas audiencias y después de fingir que le importaba lo que los ricos querían de él y de su Iglesia, se dejó caer con pesadez en el sillón frente al escritorio papal y hojeó el periódico del Vaticano con un suspiro sonoro.
Un titular lo hizo sonreír de forma inesperada. Ocupaba media página:
EL PRIMER PAPA LATINOAMERICANO ENTREGA A SACERDOTES ABUSADORES A LA JUSTICIA CIVIL.
La fotografía principal mostraba a varios curas y cardenales siendo llevados a un precinto policial, escoltados por agentes. Una imagen más pequeña lo mostraba a él junto a su secretario, entregando documentación al jefe de policía, que parecía sorprendido; no solo por el acto, sino por la cantidad de información.
No hubo orgullo. Solo la sensación de haber cerrado una puerta que llevaba décadas (tal vez siglos) abierta.
El pie descalzo encontró el botón bajo el escritorio. El compartimento se abrió sin ceremonia. Una laptop vieja, pesada, con las teclas comidas por el uso. Se colocó los lentes y comenzó a teclear. En su tiempo libre no rezaba: prefería leer o internarse en los rincones más oscuros de la web.
Los archivos no se anunciaban; se acumulaban. Rutas aéreas privadas, donaciones limpias en papeles sucios, fotografías tomadas con descuido. Un nombre reaparecía con insistencia obscena: Jonah Edelmann, su isla, secuestros, los famosos reunidos alrededor de él, laseguridad privada, la protección internacional.
—Santidad —anunció la guardia—, la representante legal del señor Edelmann.
—La estaba esperando. Hazla pasar —indicó el pontífice, guardando la laptop en el compartimento secreto y forzando una sonrisa.
La mujer entró con un vestido demasiado revelador y una sonrisa profesional.
—Me sorprende que haya venido después de todos los rumores sobre su jefe —comentó el papa mientras se levantaba para estrecharle la mano—, y más aún que asegure no estar interesada.
—Todo esto es exageración mediática —respondió ella—. Mi cliente siempre ha sido víctima de campañas malintencionadas.
—Los inocentes suelen dormir mejor —dijo el pontífice—. Su cliente no duerme nada.
La carpeta cayó al suelo. El vestido también. Debajo, un uniforme táctico negro, ceñido, sin insignias. El arma apareció con naturalidad.
—No sabe en qué se está metiendo.
El pontífice no se alteró. Presionó otro botón. La escopeta emergió del escritorio como una respuesta antigua.
Ella disparó. Él esquivó con un movimiento rápido y apretó el gatillo casi sin mirar. El cuerpo cayó sin dramatismo. La sangre manchó la alfombra persa, dibujando una cruz torpe.
—Menos mal que mandé a poner aislamiento acústico y vidrios antibalas —murmuró.
La mano derecha abrió el cajón del escritorio. Las gafas Ray-Ban reemplazaron a los lentes de lectura con una calma inquietante.
—Mario —dijo al intercomunicador—, prepara la avioneta.
—¿Ma qué cosa, Santidad? ¿Qué pacha?
—Hay pecados que no se absuelven a distancia.








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