Amor a los 45 (LGBT)

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Summary

No es una fantasía romántica con finales garantizados. Es amor real, adulto, complicado, en un contexto latinoamericano donde ser LGBT nunca fue —ni será— fácil. Para los que nunca vieron su historia reflejada en las series de Netflix. Para los que siguen esperando su momento de saltar. Para los invisibles.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

El peso de los años

La pantalla del televisor parpadeaba en la penumbra de la sala. Mateo había apagado las luces principales hacía una hora, dejando solo el resplandor azulado que bañaba su rostro cansado.

Era una de esas series que todo el mundo comentaba en redes sociales. Jóvenes hermosos, de veintitantos años, descubriendo el amor, el sexo, la identidad. Todo filmado con esa estética perfecta: luces doradas, cuerpos tonificados, besos apasionados bajo la lluvia.

En la pantalla, dos chicos se besaban con la urgencia del primer amor. Uno de ellos, de no más de veinticinco años, le susurraba algo al otro. Risas. Más besos. La promesa de que el mundo era suyo.

Mateo tomó un sorbo de su vino tinto —el tercero, o tal vez el cuarto— y sintió algo retorcerse en su pecho.

Humosky saltó al sofá y se acurrucó contra su muslo, pero ni siquiera eso lo consoló.

"Qué bonito", murmuró con amargura. "Qué jodidamente bonito cuando tienes veinticinco."

Apretó el control remoto hasta que sus nudillos se pusieron blancos, igual que aquella mañana frente a la ventana. Pero no cambió de canal. Se quedó ahí, torturándose, viendo algo que se sentía como ciencia ficción.

Porque eso —el amor, el deseo mutuo, alguien mirándote como si fueras lo único que importa en el mundo— ya no era para hombres como él.

***

El recuerdo lo golpeó sin avisar, como siempre lo hacían los malos recuerdos.

Tres semanas atrás. Viernes por la noche.

Mateo se había prometido a sí mismo que no volvería a las discotecas gay. Que ya había pasado esa etapa. Que un hombre de cuarenta y cinco años no tenía nada que hacer en un lugar lleno de veinteañeros sudorosos moviéndose al ritmo del reggaetón.

Pero la soledad pesaba demasiado ese viernes en particular.

Se había arreglado con esmero. Camisa nueva —azul oscuro, entallada, cara—. Pantalones que le quedaban bien, de esos que hacían que sus piernas se vieran más largas. El perfume importado que le había costado el salario de dos días, el mismo que usaban los modelos en Instagram. Se había lavado el pelo dos veces, usado acondicionador, incluso había ido al barbero esa misma tarde para que le arreglaran las canas.

Se miró al espejo antes de salir y por un momento —solo un momento— se había sentido bien consigo mismo.

"Puedes hacer esto", se había dicho. "No estás tan mal. Todavía eres atractivo."

Mentiras que se repetía para tener el valor de salir.

La discoteca estaba en el centro, un lugar conocido. No el antro más exclusivo, pero tampoco el peor. Clase media gay, podría decirse. Gente normal. Gente como él.

O eso pensaba.

Desde el momento en que entró, supo que había sido un error.

Las luces estroboscópicas revelaban una verdad incómoda: era, por mucho, uno de los mayores en el lugar. Había otros hombres de su edad, sí, pero estaban en grupos cerrados, en las esquinas, bebiendo en silencio. Los fantasmas de lo que alguna vez fueron.

El centro de la pista pertenecía a los jóvenes. Siempre a los jóvenes.

Mateo se acercó a la barra, pidió un whisky —necesitaba algo fuerte— y observó.

Cuerpos moviéndose. Manos tocándose. Risas. Ese brillo en los ojos de quien sabe que es deseado.

Él también había tenido eso una vez. Hacía tanto tiempo que se sentía como otra vida.

Tomó valor del vaso. Uno. Dos. Tres tragos.

"Vamos, Mateo. Solo acércate. Habla con alguien. Sé normal."

Había un grupo cerca de la barra. Tres chicos, tal vez de treinta, treinta y dos años. No eran modelos de revista. Uno tenía algo de panza. Otro era más bajo de lo que consideraría "típicamente atractivo". El tercero tenía acné en el cuello.

*Gente normal*, se dijo. *Como yo.*

Se acercó con una sonrisa que esperaba que se viera casual y no desesperada.

"¿Puedo unirme?" preguntó, su voz casi perdiéndose bajo el estruendo de la música.

Los tres lo miraron.

Hubo un silencio de tres segundos que se sintió como tres horas.

"Eh... la verdad es que estamos esperando a unos amigos", dijo el de la panza, sin siquiera mirarlo a los ojos.

"Sí, sorry," añadió el bajito, ya dándole la espalda.

El del acné ni siquiera respondió, simplemente se alejó hacia la pista.

Mateo se quedó ahí, plantado como un idiota, con su camisa cara y su perfume importado y su autoestima desmoronándose.

No lo habían rechazado por ser feo.

Lo habían rechazado por ser *viejo*.

***

Pero lo peor vino después.

Necesitaba aire. Necesitaba salir de ahí antes de que las lágrimas de humillación que sentía formarse en sus ojos se hicieran evidentes.

Se dirigió hacia los baños, buscando un momento de privacidad.

El pasillo que llevaba a los baños era oscuro, apenas iluminado por unas luces neón rosadas. Y ahí, recargado contra la pared, estaba uno de los chicos que lo había rechazado. El bajito.

Pero no estaba solo.

Estaba besándose con otro hombre. Alguien mayor que Mateo. Cincuenta, tal vez cincuenta y cinco. Con barriga prominente, calvicie avanzada, la camisa medio desabotonada revelando vello canoso en el pecho.

Y el chico joven —el mismo que minutos antes había fingido que Mateo no existía— se apretaba contra él con una sonrisa.

Mateo pasó de largo, su cerebro tratando de procesar lo que acababa de ver.

Entró al baño, se encerró en uno de los cubículos, y se sentó en la taza del inodoro con la cabeza entre las manos.

No era el rechazo físico. No era que fuera feo.

Era algo peor.

Ese hombre mayor tenía *dinero*. Se notaba en el reloj, en los zapatos italianos, en la forma en que el chico joven lo miraba. No con deseo, sino con *interés*.

Mateo se había esforzado tanto. El perfume caro, la ropa nueva, la postura mejorada, la higiene impecable, las horas en el gimnasio.

Pero no era suficiente.

Nunca sería suficiente.

Porque no tenía veintitantos. Y aparentemente, si no tenías veintitantos, necesitabas tener *muchísimo* dinero para compensar.

Él tenía un trabajo decente. Un departamento modesto. Ahorros razonables.

Pero no era *rico*. No podía ofrecer viajes a Europa, cenas en restaurantes exclusivos, regalos caros.

Solo podía ofrecer... él mismo.

Y eso, evidentemente, no era suficiente.

***

Salió del baño veinte minutos después, con los ojos rojos pero secos.

En el camino de salida, pasó frente a la pista de baile.

Había un chico —no podía tener más de veintidós años— bailando solo. Delgado, sin camisa, cubierto de purpurina y sudor. Objetivamente no era especialmente guapo. Tenía la nariz torcida, los dientes un poco chuecos, la piel marcada por acné antiguo.

Pero estaba *rodeado* de hombres.

Le ofrecían tragos. Le tocaban la cintura. Le susurraban al oído.

Mateo los observó. No eran todos jóvenes. Había hombres de treinta, cuarenta, incluso cincuenta, orbitando alrededor de este chico que no era particularmente atractivo.

Pero tenía veintidós años.

Y eso era todo lo que importaba.

***

Mateo había llegado a casa esa noche, se había quitado la ropa cara, se había lavado el perfume importado, y se había visto al espejo.

Cuarenta y cinco años.

Todo el esfuerzo. Todo el dinero invertido en verse bien. En oler bien. En *ser* mejor.

En vano.

Porque cuando tenía veintitrés años, con mal aliento, sin usar hilo dental, con ropa desaliñada del mercado, la piel llena de acné y el pelo grasoso con caspa...

Había sido más deseado.

No porque fuera mejor persona. No porque fuera más guapo. No porque tuviera algo especial.

Solo porque era *joven*.

Y la juventud, en el mundo gay, era la única moneda que realmente importaba.

***

De vuelta en su sala, el programa había terminado. Los créditos corrían en la pantalla.

Mateo apagó el televisor y se quedó en la oscuridad, con solo la luz de la calle filtrándose por la ventana.

Humosky ronroneaba contra su pierna, ajeno al peso que su dueño cargaba.

"No puedo seguir así", susurró al vacío.

Había pensado en irse. En serio. Mudarse a otra ciudad, otro país. Empezar de nuevo donde nadie lo conociera.

Pero ¿de qué serviría? Seguiría siendo un hombre de cuarenta y cinco años. El problema no era el lugar.

El problema era él.

El problema era el tiempo.

Su teléfono vibró en la mesa de centro.

**Ely:** *Dos días más, hermano. Estoy contando las horas. No sabes cuánto necesito verte.*

Mateo miró el mensaje por largo rato.

Elías.

La única constante en su vida. La única persona que nunca lo había mirado con lástima o rechazo. Que lo llamaba, que lo buscaba, que lo *elegía*, aunque fuera solo como amigo.

La sonrisa volvió, pequeña, cansada, pero real.

Tal vez el mundo gay lo había desechado.

Tal vez ya no tenía lugar en las discotecas ni en las apps de ligue.

Tal vez era, efectivamente, un viejo invisible.

Pero en dos días, Elías estaría aquí.

Y cuando Elías estaba cerca, Mateo podía *casi* olvidar que el resto del mundo había dejado de verlo.

*Casi*.