Principe De Los Magos.

Summary

Baiscamente Naruto nacido en una de las diez familias magicas más poderosas del mundo, ergo no esperen que sea una buena persona o que tenga paciencia con Harry Potter y sus amigos sino todo lo contrario.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Capítulo 1: La Cuarta Gran Era

En toda su vida inmortal, nunca se le cruzó por la mente a Minato que llegaría el momento de dudar si de verdad estaba listo para ser el Rey de todas las naciones mágicas, o al menos el líder del consejo de los diez reyes. Claro, su abuelo mismo se lo había encomendado, pero... sinceramente, el gran rey Qin nunca se caracterizó por tomar decisiones sensatas. De hecho, era el tío Zeref quien a menudo frenaba sus resoluciones más... caóticas, por decirlo de una forma amable.

Sin embargo, eso era irrelevante en ese momento. Lo importante era que él había estado presente desde la Primera Era, había sobrevivido a los genocidios de la Segunda y a la búsqueda de poder absoluto de la Tercera. Nunca había dudado de su capacidad para dirigir el gobierno, pero la era actual estaba demostrando ser peor que cualquier cosa que el Rey Dorado o el Rey Dragón hubieran provocado. Esto se debía, principalmente, a que ninguno de ellos buscaba la destrucción total del mundo, sino exterminar a los dioses y ascender a la cima, respectivamente, por lo que no representaban una amenaza real para el pueblo en sí.

Pero la Cuarta Era estaba demostrando ser la que, en realidad, pondría de cabeza el mundo que él se había encargado de proteger por más de 30,000 años.

En realidad, ni siquiera fue la Cuarta Era como tal. Los primeros milenios transcurrieron en paz, pero los problemas surgieron alrededor del siglo c XIV. Para ser completamente honesto, en ese momento no consideré intervenir, ya que tenía asuntos más importantes que atender.

La culpa recaía principalmente en ciertos sectores de la población mágica que se obstinaron en seguir viviendo en las tierras asignadas a los no mágicos. Esto ocurrió a pesar de que las Diez Grandes Naciones habían implementado máximas protecciones para dividir el mundo y asegurar una separación total. Sinceramente, en aquel entonces los consideraba simplemente pérdidas aceptables. Si se negaban a abandonar sus tierras, incluso con los grandes beneficios ofrecidos por los diez países para que se recluyeran en zonas designadas, el que esos brutos terminaran quemados en la hoguera no era su problema.

Con el paso de los años, esto demostró ser uno de sus mayores errores. Para empezar, diezmaron sus acervos genéticos al tener, básicamente, descendencia entre parientes cercanos. Además, constantemente exponían la magia, simplemente porque eran demasiado estúpidos para comprender que los no mágicos son propensos a matar todo lo que les da miedo, y temen todo lo que no son capaces o no quieren entender... o por simple fanatismo.

La verdad, los idiotas endogámicos no le importaban demasiado. Se extinguirían solos en unas cinco o seis generaciones más, lo que para un elfo era apenas un parpadeo, e incluso menos para él, que era particularmente anciano.

Además, Artoria y Poseidón ya habían confirmado que los señores oscuros que habían surgido en Gran Bretaña y los países nórdicos estaban ayudando considerablemente a exterminarlos. Solo tendrían que asegurarse de evitar que dichos señores oscuros se volvieran demasiado problemáticos.

Para ser honesto, el verdadero problema radicaba en que el mundo no mágico (principalmente las regiones europea, asiática y los descendientes anglosajones en lo que hoy se conoce como Estados Unidos de América) se encontraba en medio de una guerra fría cultural. Esta situación, en pocos años más, los llevaría a la destrucción de su parte del mundo. No es que le importara demasiado, pero nada bueno resultaría si comenzaban a matarse por razones tan estúpidas como la superioridad nacional.

Los magos, en cambio, habían trascendido eso hace milenios. Literalmente, su hijo mayor era el mejor amigo de los príncipes de sus naciones hermanas, y todos se llevaban relativamente bien. Esto se debía precisamente a que el Gran Rey Qin les enseñó que matarse no era la forma adecuada de resolver conflictos... aunque irónicamente, lo aprendieron a través de la madre de todas las guerras. Pero ese no era el punto ahora.

—Te ves consternado, padre —dijo su hijo al entrar a la sala del trono.

Y hablando del rey de Roma... podría serlo si quisiera, ya que Nero había dicho que se acostaría con su hijo cuando cumpliera dieciocho años.

El hecho fue que su hijo simplemente entró. Para ser honesto, agradeció la interrupción. Nunca le había gustado particularmente detenerse a reflexionar mucho sobre ese tipo de cosas, ya que generalmente le causaban horribles dolores de cabeza. Su hijo, sin embargo, tenía un don natural para aliviar tales molestias.

Además, había algo muy importante que necesitaba discutir con él. Su hijo había cumplido recientemente los diecisiete años y, como era de esperar de un niño nacido de un padre elfo y una madre sirena, ya había comenzado a desarrollar unos rasgos físicos verdaderamente majestuosos. Era cierto que era un poco engreído y bastante arrogante, creyendo que su sangre azul lo hacía más importante que la mayoría, pero el padre sabía que esto era producto de la juventud. Con el tiempo, esa actitud se desvanecería; después de todo, él mismo había sido así en su época, y su propio padre no había sido mucho mejor.

—No puedes culparme por eso... estoy teniendo serios problemas con la parte de la población que vive en la zona de los no mágicos —se defendió Minato con calma, recordando que las reservas wyberianas en Rumanía le habían solicitado recientemente autorización para movilizar un dragón adicional a Gran Bretaña. Ni siquiera sabía que ya habían autorizado tres para empezar.

Su hijo, por su parte, se sentó en posición de loto frente a su padre y comentó con tranquilidad: —Japón no es tan malo... su gente en realidad acepta a los nuestros como si nada. —Él mismo visitaba ese lugar de vez en cuando.

—Ellos creen que los terremotos son provocados por cangrejos del tamaño de edificios, hijo mío —replicó Minato con sequedad. Para ser honesto, esos tipos creían cosas muy raras.

—De todas formas, no son ellos los que están causando problemas... son los británicos. Tuvieron la brillante idea de revivir el Torneo de los Tres Magos y usarán wyverns en la primera prueba. Si bien no se preocupa precisamente por esa parte de su gente (y de hecho, ni siquiera son su gente, sino la de su sobrina Artoria), lo cierto es que usar dragones es, literalmente, lanzar una bengala a los no mágicos para que los encuentren y se inicie una guerra de exterminio. En el peor de los casos, esto terminaría involucrando a la totalidad de las diez naciones para evitar un genocidio de las especies mágicas protegidas.

—¿Quieren matar a sus mejores prospectos? —preguntó su hijo con un tono ligeramente burlón.

—Ese no es el problema, y lo sabes, Naruto —dijo Minato, mirando a su hijo con desaprobación. Aunque sabía que Naruto veía a cualquiera que hubiera nacido fuera de los diez países como poco más que monos (él mismo lo hizo en su tiempo), también sabía que Naruto entendía el verdadero problema: la posibilidad de una guerra abierta contra los no mágicos si el estúpido torneo se salía de control.

—No te preocuparías tanto si ya tuvieras un plan, padre —le dijo Naruto con sequedad, pues su padre nunca se preocupaba a menos que tuviera un plan, ya que solo le inquietaba que los involucrados en él resultaran heridos.

—Ciertamente —admitió Minato con el mismo tono. A veces le preocupaba que su hijo lo conociera tan bien.

Padre e hijo permanecieron en un silencio prolongado. Naruto aprovechó para pensar en qué haría ahora que su entrenamiento había concluido por al menos un mes, ya que su maestro estaba en una misión importante encomendada por su padre. Mientras tanto, Minato buscaba la forma más adecuada de explicarle que, en esencia, lo estaba enviando a supervisar el maldito torneo para asegurar que no hubiera excesos. Aunque él y los otros reyes habían autorizado el torneo, por alguna razón, la responsabilidad de la seguridad y de velar por el estatuto del secreto recaía sobre él.

—¿Quieres que vaya y ponga orden, verdad? —preguntó tras un rato de silencio.

Minato dejó escapar un profundo suspiro. —Si tuviera a alguien más, no te lo pediría. Sabes que no. Aunque tengo influencia y poder, estos se limitan solo a nuestro reino. Además, todos mis estadistas capaces de defenderse están actualmente asignados a misiones mucho más importantes que vigilar un torneo para evitar que los no mágicos nos descubran. Tú eres fuerte, eres mi heredero, conoces las leyes y la política, y tienes la capacidad de silenciar a cualquiera que intente salirse de la línea.

Tras la orden, Naruto se limitó a asentir. No le agradaba particularmente la idea de ser niñera, y menos aún de “monos”, pero su padre era el jefe de la familia, y la obediencia era incuestionable. Había sido educado para acatar siempre sus designios, pues su sociedad mantenía una estructura bastante arcaica donde todas las ramas familiares se sometían al patriarca. Si bien su padre era sorprendentemente liberal y rara vez emitía órdenes, cuando lo hacía, estas se cumplían sin dudar.

—¿Cuándo debo partir? —preguntó tranquilamente. No postergaría la partida si tuviera que ser ese mismo día, pero le gustaría disponer de tiempo para hacer algunas cosas antes.

—El año escolar comienza el 1 de septiembre, pero el torneo iniciará el 31 de octubre. No creo que quieras pasar casi dos meses sin hacer nada más que ver a los niños en clase —dijo Minato, sabiendo que Naruto optaría por la opción que le daba básicamente tres meses para hacer lo que quisiera.

—No... definitivamente no —contestó Naruto con su mejor cara de póquer. No era un secreto que odiaba la inactividad, y ver a los niños en clase era la cosa más aburrida del mundo después de ver secarse la pintura. —Con tu permiso, me retiro, padre —dijo antes de levantarse.

—Puedes retirarte —respondió Minato, permitiendo que Naruto se marchara a hacer quién sabe qué.

fin del prólogo.