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El aire del hospital olía a antiséptico y preocupación. Jin, envuelto en una suave bata de seda color crema, tenía los ojos fijos en la pequeña criatura que dormitaba detrás del vidrio de la incubadora. Eunji, su hija, su milagro, no era más grande que su mano extendida, con cables y tubos diminutos conectados a su frágil cuerpo.
"Mi pequeña algodón de azúcar", susurró Jin, apoyando la frente contra el cristal templado. Las lágrimas resbalaron silenciosas por sus mejillas, las mismas que había derramado cada día desde aquel terrible momento en la bañera.
—Jin-ah —la voz de Namjoon, grave pero inusualmente suave, resonó a sus espaldas—. El médico dijo que debes descansar, maldita sea.
Jin no se volvió, sabiendo que detrás de esas palabras groseras se escondía la preocupación de su alfa. "Ya voy, solo quiero pasar un rato más con ella".
Namjoon se acercó, su imponente figura de casi dos metros proyectando una sombra sobre su omega. Vio cómo los hombros de Jin temblaban levemente.
—Está bien, mi condenada bola de nervios —gruñó Namjoon, colocando una mano enorme pero cuidadosa sobre la nuca de Jin—. Pero solo cinco minutos más o te cargaré en brazos de vuelta a la habitación, joder.
Jin esbozó una sonrisa débil. Sabía que era la forma de Namjoon de decir "te amo, me preocupo por ti". Desde que Eunji había nacido prematuramente a los seis meses, su alfa había estado más presente de lo habitual, aunque su vocabulario seguía siendo igual de colorido.
—Mira, Joon —murmuró Jin señalando a la bebé—. Hoy abrió los ojos un momento. Son oscuros como los tuyos.
—Claro que los tiene como los míos, ¿qué esperabas? —refunfuñó Namjoon, pero su mirada se suavizó al observar a su hija—. Pequeña luchadora. No es débil como esos idiotas que trabajan para mí.
En ese momento, pasos apresurados resonaron en el corredor. Jimin apareció con una cesta de mimbre, seguido de Jungkook que cargaba a Minjae en sus brazos mientras Yoongi caminaba solemnemente a su lado, agarrando el dedo de su padre.
—¡Jin-ah! —Jimin corrió hacia ellos, ignorando la mirada gélida que Namjoon le lanzó por el bullicio—. Te traje galletas de jengibre y el té de hierbas que te ayuda a dormir.
—Gracias, Minnie —Jin aceptó el abrazo de su amigo, notando cómo Jimin olía a lavanda y masa de galletas recién horneada.
—¿Cómo está nuestra sobrina? —preguntó Jungkook, acercándose a la incubadora. Minjaje extendió sus bracitos hacia Jin haciendo pucheros—. Papi, papi.
—Eunji está mejor hoy —respondió Jin, tomando al pequeño de dos años en sus brazos—. Los médicos dicen que está ganando peso poco a poco.
Yoongi, con la seriedad de un adulto en su rostro de cinco años, se acercó al vidrio y observó detenidamente a la recién nacida.
—Es pequeña —declaró con voz firme—. Pero fuerte. Como papá y tío Namjoon.
Namjoon soltó una carcajada brusca que resonó en el corredor silencioso. —Este mocoso sí que tiene cerebro, no como esos imbéciles que me rodean.
—Gracias, supongo —murmuró Jungkook, haciendo una mueca.
Jimin se acercó a Jin y le tomó la mano. —Tienes que cuidarte también. Tu cuerpo aún se está recuperando.
Jin asintió, sabiendo que su amigo tenía razón. El trauma del parto prematuro aún le pesaba, las pesadillas en las que la bebé no respiraba todavía lo visitaban por las noches. Solo la presencia firme de Namjoon a su lado, despierto y vigilante, lo mantenía anclado a la realidad.
—Jin-ah —Namjoon gruñó de nuevo—. Ya es suficiente. Vamos. La pequeña tirana seguirá aquí mañana.
Jin asintió, entregando a Minjae de vuelta a Jungkook. Antes de irse, colocó su mano sobre el vidrio, justo donde estaba la diminuta mano de Eunji.
—Hasta mañana, mi algodón de azúcar —susurró.
Mientras se alejaban por el corredor, Jin apoyó la cabeza en el hombro de Namjoon. —Gracias por estar aquí.
—¿De qué hablas, idiota? —refunfuñó Namjoon, pero su brazo rodeó la cintura de Jin con firmeza—. Eres mi omega. Y esa pequeña maldita es mi hija. No estaría en otro maldito lugar.
Y en ese momento, Jin supo que detrás de cada insulto, cada palabra grosera, se escondía el amor más feroz y protector que un omega podría desear. Mientras Eunji luchaba en su incubadora, ellos lucharían a su lado, cada uno a su manera. La familia de la mafia más poderosa de Asia tenía una nueva integrante por la que pelear, y no descansarían hasta que su pequeña algodón de azúcar estuviera segura en casa.








