LA ESCALERA DEL OTRO LADO
Por: The Witness Verse
Hay realidades que no se reemplazan. Se superponen.
Ana llevaba dos días en el departamento y todavía no había deshecho todas sus maletas.
No era falta de tiempo. Era otra cosa.
Como si hacerlo implicara aceptar que ese lugar ya era suyo.
El edificio estaba en silencio. No un silencio nocturno, sino uno más raro, sostenido, como si los sonidos habituales se hubieran quedado suspendidos en otra parte. Desde la ventana se veía la lluvia caer sobre los terrenos bajos que rodeaban la zona. Más allá, nada. El cielo gris se confundía con la tierra húmeda.
Probó llamar a Laura otra vez.
El tono sonó normal. Uno. Dos. Tres.
Luego, nada.
No un corte. No un mensaje. Solo ausencia.
Ana frunció el ceño y miró la pantalla, como si el teléfono pudiera corregirse solo.
Colgó y dejó el dispositivo boca abajo sobre la mesa. Las luces del living parpadearon una vez, apenas perceptible. Ana miró hacia el techo, esperando que se repitiera. No pasó nada.
Abrió una maleta al azar. Libros. Los dejó ahí, sin ordenarlos. Siempre hacía eso cuando algo no encajaba: postergar, moverse a otra cosa, mantener las manos ocupadas.
El aire estaba más pesado que afuera, como si el departamento retuviera la humedad de la lluvia. Abrió una ventana. No cambió nada.
Más tarde intentó llamar a otra persona. Después a otra.
Algunas llamadas no entraban.
Otras sonaban, pero no había voz del otro lado.
En una, creyó escuchar respiración.
Cortó enseguida.
Se dijo que estaba cansada. Que había sido una interferencia.
Nada más.
Cuando salió al pasillo, el contraste fue inmediato. El aire era más liviano. El teléfono mostraba señal completa. Probó otra llamada. Funcionó.
Volvió a entrar y cerró la puerta.
La señal bajó.
Ana apoyó la espalda contra la pared un segundo más de lo necesario, esperando sentir algo distinto. No pasó nada.
No pensó demasiado en eso. No todavía.
Esa noche, al subir las escaleras al volver del trabajo, la vio.
Venía bajando.
Era ella.
No idéntica. No del todo. Algo en la postura estaba corrido, como si el cuerpo recordara mal cómo ocupar el espacio. No levantó la mirada. No reaccionó. Simplemente pasó a su lado.
Ana se quedó quieta, con la mano en el pasamanos frío.
Escuchó los pasos alejándose hacia abajo.
Durante un segundo intentó convencerse de que había visto mal.
El intento no duró.
No la siguió.
El piso siguiente no coincidía con el que recordaba. El color de las paredes era apenas distinto. La luz, más blanca. Las puertas, iguales y no.
Entró rápido a su departamento.
Algo no estaba bien.
No era un cambio evidente, sino una suma de detalles mínimos. El aire estaba quieto, demasiado quieto, como si el espacio hubiera olvidado cómo circular. El olor no coincidía con el de hacía unas horas. La disposición de los objetos parecía correcta, pero había una ligera sensación de desfasaje, como si alguien los hubiera recordado en lugar de verlos.
Las luces parpadearon dos veces. El teléfono vibró sin notificación. Cuando lo levantó, no había nada. Ni llamada perdida. Ni mensaje.
Avanzó un paso y se detuvo. El departamento se sentía más chico. No físicamente, sino en la forma en que el sonido no viajaba igual. Sus propios movimientos parecían llegar con retraso.
Probó abrir la ventana un poco más.
No cambió nada.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez, sin sonido. En la pantalla apareció un intento de llamada entrante que se canceló solo antes de que pudiera tocarlo. El nombre no llegó a cargarse.
Fue eso lo que la decidió.
Necesitaba salir de ahí.
Comprobar que el problema seguía teniendo un borde.
Abrió la puerta y salió al pasillo, buscando aire, buscando confirmar que el problema era el departamento y no ella.
Cerró la puerta sin hacer ruido. El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo que esperaba, como si el pasillo vacío lo hubiera amplificado a propósito. Durante un segundo dudó, con la mano todavía apoyada en la madera, sintiendo que algo quedaba del otro lado.
No escuchaba nada.
Y ese silencio… no la tranquilizó.
La empujó a seguir.
Desde la ventana del descanso, la lluvia había aflojado. En la distancia, sobre los campos, vio luces moviéndose despacio. No como aviones. No como autos. Se cruzaron, se detuvieron, desaparecieron.
Cuando volvió a mirar, el cielo estaba vacío.
Las anomalías se acumularon sin apuro.
Mensajes que quedaban en “enviando”.
Audios que se grababan en silencio.
Luces que reaccionaban con retraso.
Sonidos en las paredes que no se repetían.
Se dirigió a las escaleras. El ascensor ni siquiera cruzó por su mente.
Al empezar a bajar, volvió a cruzarse con otras versiones de sí misma.
No aparecían todas juntas.
Eran encuentros breves, desordenados. Una subía con pasos demasiado lentos, como si midiera cada escalón. Otra bajaba sin tocar el pasamanos, con los brazos rígidos a los costados. Una tercera estaba detenida entre pisos, inmóvil, mirando un punto que no existía.
Ninguna la miraba.
No porque evitaran su mirada, sino porque parecía que no podían. Sus ojos estaban abiertos, pero no enfocados. Como si ver no fuera una función disponible para ellas.
Ana apretó el celular con fuerza y aceleró el paso casi sin darse cuenta. El sonido de sus propios pasos no coincidía con el movimiento de sus piernas. A veces llegaba antes. A veces después.
Los escalones parecían multiplicarse bajo sus pies, estirarse. El descanso que debería haber llegado pronto tardaba demasiado, como si el edificio hubiera decidido alargarse solo para ella. El aire se volvía más denso a cada tramo.
El edificio no reaccionaba.
No crujía. No protestaba.
Simplemente aceptaba esas presencias como si siempre hubieran estado ahí.
Ana se detuvo, dio un paso atrás, desarmada, y apoyó la espalda contra la pared de la escalera, buscando sostenerse en algo que no pudiera desaparecer.
Fue entonces cuando notó que le temblaban las manos.
Intentó respirar hondo.
El aire no parecía entrar completo.
Sacó el teléfono e intentó llamar a emergencias.
La pantalla iluminó la escalera con una luz fría, revelando por un instante demasiado: barandas gastadas, paredes manchadas… y sombras que no parecían coincidir con nada.
El tono tardó en aparecer. Cuando lo hizo, sonó deformado, estirado.
—¿Hola? —dijo.
No hubo respuesta.
Luego, interferencia.
Entre el ruido, algo más.
Una risa.
La suya.
Después otra.
Y otra más.
Superpuestas. Desfasadas. Como si varias versiones de ella rieran al mismo tiempo, desde distintos lugares, ninguna completa. La línea se saturó de ecos.
Ana intentó hablar.
No se escuchó.
Las luces de las escaleras comenzaron a parpadear al ritmo de la risa. El aire se volvió denso, casi sólido. El teléfono vibró con fuerza y perdió señal de golpe.
Levantó la vista.
La escalera seguía descendiendo, interminable.
No se movió de inmediato.
Luego, siguió bajando.
Un tramo más.
Y otro.
Las escaleras parecían no terminar nunca. Cada descanso llevaba a otro igual, con la misma baranda, la misma pared, la misma luz blanca sin sombra.
Entonces las vio.
No cruzándose.
No pasando de largo.
Estaban allí.
Varias versiones de ella ocupaban los escalones, los descansos, los bordes contra la pared. De pie. Sentadas. Inclinadas sobre el pasamanos. Todas mirándola.
Entendió que no estaban ahí para perseguirla.
Ahora sí.
Sus rostros estaban tensos en sonrisas demasiado amplias. Algunas abrían la boca sin emitir sonido. Otras reían en silencio, con el mismo ritmo irregular que había escuchado en la llamada. Las risas no eran iguales entre sí, pero encajaban, como capas superpuestas de una misma grabación.
Ninguna se movía hacia ella.
No hacía falta.
Ana retrocedió un paso.
Luego otro.
Sintió el impulso antes de pensarlo.
Gritó.
El sonido salió roto, breve, como si el espacio lo hubiera absorbido apenas dejó su garganta. No hubo eco. No hubo reacción. Las sonrisas no cambiaron.
El espacio detrás parecía más corto de lo que debería. El aire se le cerró en el pecho.
Dio media vuelta y subió.
No caminó.
Corrió.
Los escalones pasaban bajo sus pies sin contarse. El pasamanos estaba frío, húmedo. Las risas la siguieron, no desde un punto fijo, sino desde todos lados, como si el sonido se desplazara con ella.
Empujó la puerta de su departamento con el hombro y entró.
Cerró.
Apoyó la espalda contra la madera. Se quedó quieta, respirando entrecortado, esperando sentir algo más.
O escuchar algo.
No había pasos afuera.
No había nada.
Silencio.
El edificio se estabilizó.
Las luces quedaron fijas. El aire volvió a sentirse normal. El teléfono marcaba señal completa. Ana se sentó en el piso, apoyada contra la pared, esperando algo que no llegó.
A la mañana siguiente, el lugar parecía igual de siempre. Las escaleras normales. El pasillo correcto. Ninguna versión de ella a la vista.
Abrió una maleta. Ordenó un estante. Preparó café.
Funcionaba.
Pero cuando miró su reflejo en la ventana, tardó un segundo de más en reconocerse.
Esa noche, antes de dormir, dejó el teléfono lejos de la cama.
No volvió a intentar llamar a nadie.
Sabía que, si lo hacía, algo del otro lado iba a responder.
No para hablar.
Solo para confirmar que la línea seguía abierta.
Y que ella también.
FIN
CREDITOS
Autor:
The Witness Verse
Obra:
La escalera del otro lado
Universo:
Donde habita el miedo
Relato:
Relato de terror psicológico N°2
Diseño Editorial:
The Witness Verse
Año de publicación:
2026
Edición:
Edición digital exclusiva para Inkitt
BIBLIOGRAFÍA E INSPIRACIÓN
Temática:
Exploración de la fragmentación de la identidad, la distorsión de la percepción y el terror psicológico como experiencia interna y progresiva.
Fuentes:
Inspirado en la vulnerabilidad de la mente en estados de aislamiento, en la arquitectura como extensión del estado emocional y en la idea de que el verdadero horror no irrumpe: se instala y permanece.
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